Capítulo 33
—Nate acaba de escribir. Está de camino a la residencia.
Las palabras de Xander me detienen a mitad de un bocado, y me quedo con la boca abierta, a escasos centímetros del perrito caliente.
Ahora que se acerca el final de la temporada, nuestro equipo ha añadido sesiones extra de entrenamiento los domingos en los que no jugamos, eso significa que hoy he tenido que saltarme una comida después del entrenamiento para llegar a tiempo al partido de Milo.
Hasta ahora he cumplido mi palabra y he asistido a todos y cada uno de los encuentros que no coincidían con mis horarios.
Aunque eso implicara llevarme también a Xander para poder pasar tiempo con él.
Después de nuestra primera cita, vino una segunda. Y una tercera. Además, seguimos viéndonos entre una y otra.
No estoy muy seguro de qué está pasando exactamente entre nosotros, solo sé que hay una fecha de caducidad flotando sobre nuestras cabezas.
Ambos nos graduaremos este verano y, después, cada uno seguirá su camino...
o nos convertiremos en compañeros de equipo.
Más allá de lo que decidan los Rebels conmigo, no veo cómo podría funcionar esto.
Todavía me pongo demasiado nervioso cada vez que estamos juntos en público.
—Pensaba que esta noche se quedaría en casa de alguna chica. —La voz me sale ronca y apenas audible, lo que hace que Xander resople.
—Ya te dije que te quedarías sin voz de tanto gritar —me reprende. Me encojo de hombros. No sé quedarme callado cuando hay acción sobre el hielo. Da igual que sea la final de la Copa Stanley o un partido cualquiera de hockey escolar.
—¿No eras tú el que quería hacerme callar?
—Eso es verdad, pero ahora que Nate va a estar por aquí tendré que pensar en alguna forma de cerrarte la boca apta para todos los públicos.
Arrugo la nariz al imaginar que mi hermano nos sorprenda a Xander y a mí a solas. Ya fue bastante embarazoso que nos descubriera en Navidad. Desde luego, no pienso quedarme a dormir con mi gemelo a pocos metros mientras Xander y yo nos dedicamos a intercambiar arrumacos cada cinco minutos.
Xander parece compartir mi opinión, porque deja escapar un suspiro suave y el aire sale de su boca en pequeñas nubecillas blancas.
—¿Te apetece dar un paseo antes de volver? —propone, y asiento de mala gana. Me cuesta reconocerlo, pero llevaba toda la semana esperando esta noche.
Xander es muy distinto de la imagen que me había formado de él sobre el hielo o de las miradas sarcásticas que me lanzaba desde el otro lado de la habitación de Nate en la residencia.
Sí, sigue siendo desesperante cuando me echa la bronca por pasarme un poco con el acelerador o me fulmina con la mirada porque no recojo el equipo de hockey nada más llegar.
Pero también está la forma en que se deja mangonear por una chihuahua diminuta cada vez que vamos a la protectora a sacar a pasear a Lila y Violet.
Me mata la ternura con la que les acaricia la cabeza y les rasca el lomo.
La sonrisa que se le dibuja en la cara cuando una de las perritas se acurruca a su lado es muy parecida a la que aparece cuando resuelve uno de sus absurdos juegos de palabras o descubre algún dato histórico que no le interesa absolutamente a nadie más.
Durante estas últimas semanas también he descubierto que siente una auténtica fascinación por la historia europea y que incluso tiene una lista de lugares que quiere visitar.
¡Escrita a mano! Pasamos una tarde entera viendo fotos del último viaje que hice con mi familia a los Países Bajos y Xander me hizo tantas preguntas que terminé con la mandíbula dolorida de tanto hablar.
Y, para mi enorme satisfacción, también descubrí que echar agua hirviendo sobre unos fideos instantáneos representa el límite absoluto de sus habilidades culinarias.
Sus madres lo malcriaron tanto que le preparaban la comida hasta que terminó el instituto.
Es una de mis armas favoritas cada vez que se le ocurre llamarme «mocoso malcriado».
—Podrías venir a mi casa.
Mi estómago ruge para recordarme cuáles son las verdaderas prioridades de la vida, y le doy un mordisco enorme al perrito caliente.
—¿Lo dices en serio? —Xander me mira como si acabara de proponerle que pasemos la noche acampados en el muelle.
Me río por lo bajo y asiento, demasiado ocupado masticando para responder.
—Va... vale. —Frunce el ceño—. ¿Pero tus compañeros de piso lo saben?
—Sí —murmuro distraído entre bocado y bocado. Toso cuando una miga de pan se me va por mal camino. Xander levanta una mano para darme unas palmadas en la espalda, pero la aparto—. Espera, ¿a qué te refieres con eso de si lo saben?
—Quiero decir, ¿saben que estamos saliendo? ¿Saben que eres bisexual? ¿Tendremos que fingir que estamos estudiando juntos cuando estemos allí? Porque no me siento cómodo mintiendo...
Lo miro extrañado cuando empieza a encadenar preguntas hasta quedarse prácticamente sin aliento.
—Eh, Xanxan, tranquilízate un momento. Claro que mis compañeros de piso saben que soy bisexual.
—Pues claro que lo saben —repite Xander con sequedad—. Pensaba que no habías salido del armario.
—He salido del armario con la gente que me importa, no en Instagram.
—Me encojo de hombros. No lo digo con mala intención, pero la expresión de Xander se ensombrece al instante, así que me apresuro a añadir—: Pero no todos saben que llevamos un tiempo viéndonos.
—Y desde luego no será porque no hayan intentado averiguarlo.
Se dieron cuenta enseguida de que pasaba algunas noches fuera de casa—.
Linden lo sabe —le recuerdo cuando su ceño se frunce todavía más.
Me llevo el último trozo del perrito caliente a la boca y me limpio los dedos en el pantalón de chándal.
Como era de esperar, Xander hace una mueca de desaprobación y yo sonrío.
El corazón me late tan fuerte que casi me retumba en los oídos al pensar en lo que estoy a punto de hacer.
—Y los demás se enterarán esta noche —añado mientras le cojo la mano.
***
A pesar de toda mi valentía, esperaba que al menos alguno de mis compañeros hubiera salido esta noche.
Sin embargo, hay coches aparcados por toda la entrada cuando llegamos al Refugio.
Xander observa la casa con cautela, como si esperara que diera media vuelta y condujera hasta el campus de St. Bernard para hacerme pasar por Nate y colarme en su habitación de la residencia.
En lugar de eso, apago el motor. Permanecemos sentados en silencio durante unos segundos, hasta que Xander se aclara la garganta.
—No he traído el cepillo de dientes.
—No hace falta que busques una excusa para volver.
Las comisuras de sus labios se curvan en una sonrisa contenida.
—Quizá estoy buscando una excusa para no tener que entrar.
Niego con la cabeza mientras le abro la puerta.
Sé que nuestra llegada va a provocar un aluvión de preguntas, y ya me da pánico tener que responderlas.
Pero también sé que esto es importante. Más que para mí, para Xander y para mis amigos.
Y, aunque dentro de unos meses todo esto no sea más que un recuerdo, sé que con ellos estará a salvo.
Lo primero que oigo al entrar es el marcado acento sureño de Micah. Está cantando una canción sobre tomar una curva demasiado rápido en un viejo Corvette.
—¡Si ni siquiera tienes un Corvette! —grito desde el recibidor. Me quito los zapatos y luego busco la mano de Xander. El corazón me late tan deprisa que empiezo a sentirme mareado.
—¿Nicko? Pensaba que estabas en una ci... —Olli asoma la cabeza desde el salón y se interrumpe a mitad de frase al vernos. Parpadea una vez, sus ojos bajan hasta nuestras manos entrelazadas y, por instinto, aprieto los dedos alrededor de los de Xander.
—Ah. —Y, tras un instante—: ¡Ah! Así que tu cita misteriosa era el señor Blandito.
—¿Qué? —frunzo el ceño, desconcertado, mientras Xander se aclara la garganta a mi lado.
—Hola, Yardley.
—¿Os conocéis? —Me quedo boquiabierto, provocando una risita por parte de mi compañero de piso.
—Todos los gays nos conocemos, Nicholas. ¿Es que no te he enseñado nada?
Xander pone los ojos en blanco antes de volver la vista hacia mí.
—Los dos formamos parte de la Alianza LGBTQIA+ de Bonham College —explica, y yo dejo escapar un suspiro.
—Claro. Por supuesto.
—Y lo llamo señor Blandito porque es justo lo contrario de du... —empieza Olli con entusiasmo, pero levanto una mano para cortarlo.
—No, no, por favor. No quiero saberlo.
La cena resulta sorprendentemente divertida.
Micah cocina como una auténtica abuela sureña que espera a toda la familia por Navidad, así que hay comida de sobra para todos.
La presencia de Xander apenas provoca unas cuantas miradas insistentes y algún que otro susurro de «¿pero no se suponía que era el enemigo? » por parte de Marisol.
Aun así, noto cómo los hombros se me relajan cuando por fin subimos a mi habitación.
Mis compañeros de piso han decidido quedarse todos abajo para una improvisada noche de cine, con el volumen de la televisión tan alto que parece que quieran despertar a todo el barrio, y muy significativamente, no nos han invitado.
—¿Qué crees que intentan decirnos? —se ríe Xander cuando cierro la puerta y dejamos atrás la ráfaga de disparos ficticios que llega desde el salón.
Me froto la nuca, algo avergonzado, mientras saco el móvil para enviar un aviso al chat del grupo antes de que aparezca la policía para echar abajo la puerta.
—Creo que están intentando apoyarnos.
—¿Hacen esto cada vez que traes a alguien a casa?
Xander ya está curioseando por la habitación, examinando con atención las estanterías y el escritorio.
Todo está bastante ordenado, aunque eso se debe principalmente a que no tengo demasiadas cosas.
No me interesan especialmente los libros ni las películas.
Nunca he tenido paciencia para terminar una serie o pasarme un videojuego entero.
Mi principal afición es el hockey, y eso salta a la vista.