Capítulo 32 #3
—¿Ah, estamos en una cita? Maldita sea, casi se me olvida —murmuro, riéndome cuando Nicko me empuja hacia unos arbustos.
—Imbécil —gruñe.
—Creo que —continúo, una vez que me he quitado unas cuantas hojas del pelo y de la hamburguesa— el objetivo de una cita no es tener una reacción alérgica a la comida, sino conocerse mejor. —Miro a Nicko de reojo.
—Dios, Xanxan, eres tan anticuado —gime Nicko, pero puedo ver un ligero rubor que se extiende por sus mejillas. Me encojo de hombros de nuevo, sin inmutarme por su comentario. Al menos la tensión se ha disipado.
Encontramos un banco y nos sentamos a comer. Nicko ya se ha comido la mitad de sus patatas fritas cuando me acerco para robarle una. Me fulmina con la mirada.
—Te compraré más con mi primer sueldo de los Rebels —prometo con toda naturalidad.
Solo me doy cuenta de lo presuntuoso que ha sonado cuando Nicko se atraganta.
Clavo la vista en mi hamburguesa, como si estuviera decidiendo dónde darle el siguiente bocado—.
Además, vamos a jugar juntos. No creo que un titular del tipo «Jugador de hockey le compra patatas fritas a su compañero en un gran gesto gay» vaya a levantar demasiado revuelo.
Nicko resopla de nuevo y niega con la cabeza, pero cuando vuelve la vista hacia el agua, se encoge de hombros. Da un par de bocados más a la hamburguesa y, justo cuando está a punto de meterse dos patatas fritas en la boca, se queda inmóvil.
—¿Crees que esta vez será diferente?
—¿El qué?
—Jugar juntos —dice, gesticulando con una patata frita en la mano antes de mirarme. No hace falta que mencione todo lo que podría interponerse entre nosotros sobre el hielo esta vez.
—Bueno... Todavía me odiabas cuando jugábamos contra los Grizzlies, ¿no?
Y los destrozamos. Juntos. —Le robo otra patata frita y me quedo mirándola mientras sigo hablando—.
Y... me gustó que me echaras la bronca por no abrir el juego por las bandas.
Y cuando me criticabas el revés. —Le doy por fin un bocado y vuelvo la vista hacia Nicko.
Me observa fijamente, como si se hubiera olvidado de la comida.
Le dedico una sonrisa que consigue sacarlo de su ensimismamiento.
—No puedes comparar los equipos de la NHL con los universitarios.
Asiento mientras hago una bola con el envoltorio de mi hamburguesa.
—Por supuesto que no. Y eso suponiendo que los Rebels nos pongan en la misma línea, pero creo que formamos un gran equipo y que podemos aprender mucho el uno del otro. ¡Y entonces seremos absolutamente imparables! —sonrío, moviendo las cejas—. ¡Incluso podríamos ganar cierta copa!
—¿Otra vez con eso? Tú lo que quieres es que te cierre la boca. —Nicko arquea las cejas. Percibo cómo sus ojos se deslizan hacia mis labios durante un segundo.
—Tal vez...
—Qué predecible, Hart —responde Nicko con indiferencia mientras termina sus patatas fritas. Él también arruga el envoltorio y luego me lo lanza a la cabeza. Riéndose de mi expresión desconcertada, se pone en pie de un salto—. ¡Entonces ven a buscar lo que quieres!
Con un bufido, me levanto de inmediato y me detengo un momento para tirar los envoltorios vacíos en la papelera más cercana antes de salir tras él.
Corremos a toda velocidad por el muelle.
Tengo las piernas más largas, pero Nicko es increíblemente rápido.
Lo he notado sobre el hielo, e incluso corriendo consigue mantenerse varios pasos por delante de mí durante un buen rato.
Ya casi hemos llegado al lugar donde tiene aparcado el coche cuando por fin lo alcanzo.
Lo agarro por los brazos y lo arrastro hacia la oscuridad de un callejón cercano.
Los dos jadeamos, con el pecho subiendo y bajando con fuerza, cuando lo acorralo contra la pared de ladrillo. Respiro demasiado agitado como para retener sus labios mucho tiempo, pero aun así vuelvo a buscarlos una y otra vez.
—Vale... —jadea Nicko, todavía sin aliento y aun así capaz de soltar una ironía—. ¿Por qué me hiciste invitarte a salir si ya estábamos haciendo esto?
Vacilo, porque me resisto a admitir que quiero ser algo más que su pequeño secreto; esa fue mi razón personal para querer salir en público de una forma tan evidente.
No es que quisiera obligar a Nicko a salir del armario, pero ir a la sala recreativa y al restaurante me pareció un gran paso hacia algo más oficial.
Debe de haber leído la respuesta en mi cara, porque vuelve a gemir, luego se ríe y gira la cabeza para apoyar la nariz contra mi mejilla.
—Eres toda una chica, Xanxan.
—Eso ni siquiera tiene sentido —resoplo.
Sacudo la cabeza y vuelvo a buscar sus labios—.
¿Y por qué no? ¿Por qué no tener citas de verdad?
—pregunto con sinceridad. Escaparme con Nicko durante las vacaciones de Navidad era distinto, ya que había sido mi rival durante tres largos años.
Joder, la primera vez que coincidimos en el vestuario estaba convencido de que acabaríamos a puñetazos.
Pero ahora que eso ha cambiado, no puedo evitar imaginar cómo podrían ser las cosas el año que viene.
Al fin y al cabo, ya sabemos que jugaremos en el mismo equipo y viviremos en la misma ciudad.
¿Por qué no íbamos a darnos una oportunidad?
Nicko suelta una risita, pero cuando nuestras miradas se encuentran se remueve incómodo contra mí y niega con la cabeza.
—No podemos...
Sé exactamente lo que va a decir. Noto cómo se me encoge el estómago ante la respuesta evidente: será demasiado complicado, demasiado arriesgado en nuestra primera temporada.
Y quizá eso también signifique que Nicko no quiere nada más que sexo.
No quiero pensar en un futuro en el que no pueda besarlo, tocarlo o simplemente picarme con él cuando ahora mismo puedo hacer todas esas cosas.
Con un gruñido bajo, le recorro la mandíbula a mordiscos hasta llegar al cuello y apoyo todo mi cuerpo contra el suyo. Le aparto hacia atrás los mechones de pelo con ambas manos.
—Podemos hacerlo ahora mismo —murmuro contra su piel, besando el punto donde le late el pulso. Siento el ritmo de sus latidos bajo los labios, acompasado con el mío—. Y mañana. Y la semana que viene. Todavía no estamos en la NHL —le recuerdo mientras desciendo con la boca por su cuello.
Las manos de Nicko se abren paso sobre mi pecho, apartando mi abrigo. Entonces nos gira hasta dejarme a mí contra la pared.
—Vale —dice, con una determinación nueva brillándole en los ojos—. Hasta el final de la temporada.
Sus palabras apenas son un susurro, pero tienen la misma solidez que los ladrillos que noto a mi espalda. Se acerca un poco más, hasta que ya no queda espacio entre nosotros.
—¿Hasta el final de la...? —empiezo a decir, pero Nicko me roba las palabras con un beso.