Capítulo 32 #2
Consigo marcar dos goles, pero cuando faltan apenas tres segundos, Nicko vuelve a anotar. Me inclino hacia delante y le sonrío por encima de la mesa.
—¿La revancha?
—¿Tantas ganas tienes de volver a perder, Hart?
—se burla mientras saca otra ficha del bolsillo.
Levanto una mano y me apresuro a quitarme la parka.
Sin embargo, cuando me saco una manga, recuerdo lo que llevo puesto.
Puede que solo estemos en una sala recreativa rodeados de veinteañeros, padres agotados y niños hiperactivos, pero aun así me siento mal vestido.
Al fin y al cabo, esto es una cita, y llevo un jersey que se me escurre por las clavículas y tiene las mangas deshilachadas.
Nunca debí haber hecho caso a...
—¡Oh, Dios mío! ¡No debería haberle hecho caso a Olli!
—gime Nicko. Levanto la vista hacia él. Se ha quedado a medio camino de desabrocharse la chaqueta y sus ojos me recorren de arriba abajo.
Un instante después resopla, se quita el abrigo y lo deja caer al suelo.
Lleva una camisa impecablemente planchada, metida por dentro de unos pantalones oscuros.
Ver los pliegues perfectos de la tela me hace sentir aún más cohibido.
Y, al mismo tiempo, una cálida sensación se extiende por mi pecho.
El día que salga de casa sin sus pantalones deportivos...
De pronto me doy cuenta de que Nate tenía razón.
No sé por qué Nicko actúa como si le tuviera alergia a la ropa decente, porque la tela gris oscura se ajusta a la perfección a sus pectorales.
Lleva dos botones desabrochados, dejando al descubierto parte de su piel pálida, lo justo para que se me haga la boca agua.
—¿Le... le has preguntado a tu compañero de piso qué ponerte? —consigo articular, apartando también la vista del brillo de la tela bajo las luces de la sala recreativa.
—Pues sí. Me ha dicho que no podía venir con «pinta de vagabundo». —Nicko dibuja las comillas en el aire.
—Te... te queda bien. Muy bien.
—Sí, pero ahora me siento como un idiota. —Sus ojos recorren mi cuerpo fugazmente.
Yo también bajo la mirada y suelto una risa ahogada mientras me ajusto el cuello del jersey para que vuelva a quedar bien colocado sobre las clavículas.
—Nate me ha obligado a ponerme esto. —Me inclino hacia delante sobre la mesa, dejando que vea la manga desgastada que se desliza por mi muñeca mientras busco el mazo del air hockey para continuar la partida.
Nicko clava los ojos en el jersey y luego vuelve a mirarme. Tiene las mejillas sonrojadas y hay un calor en su mirada que me estremece. Lo observo un instante de más y no me doy cuenta de cuándo introduce la ficha, lo que me deja en clara desventaja cuando golpea el disco hacia mi portería.
—¡Eso es trampa! —lo acuso. Pero, en cuestión de segundos, estoy demasiado absorto en nuestra vertiginosa contienda como para que me importe. El disco se desliza sobre la superficie de la mesa, chocando contra los laterales y nuestros mazos. Cada vez que anota, Nicko me dedica una sonrisa.
Al final, las luces de neón parpadean a su lado y me veo obligado a admitir que es un maestro del air hockey.
—¡Oh, sí! ¡Así se hace! ¡Dilo, Xanxan! —me anima, dando vueltas alrededor de la mesa con una sonrisa de oreja a oreja. Pongo los ojos en blanco, fingiendo estar molesto, pero su sonrisa radiante me acelera el corazón.
—Eres un maestro del air hockey, Nicholas van der Hoff.
—¡Claro que sí! —Asiente con satisfacción y luego sigue avanzando, observando las máquinas cercanas. Cuando se detiene junto a una con dos asientos y volantes, niego con la cabeza y lo arrastro del brazo para que continúe.
—¡Rotundamente no!
—¿¡Por qué no?!
—¡Porque ya me has ganado en tres de estas! No. Mejor probemos esa. —Señalo una pantalla con un patrón de flechas en el suelo. Nicko se detiene en seco.
—No.
—¡Vamos!
—¡Ni hablar! Se me da fatal bailar, Xan. Mejor volvamos a disparar zombis o...
—Yo tampoco sé bailar. Mira. —Meto una ficha en la ranura y le lanzo mi parka para que la sujete—. Te lo voy a demostrar.
Nicko se cruza de brazos y se queda a un lado.
Es un juego para dos jugadores, y tengo que admitir que me siento ridículo saltando yo solo sobre los cuadrados que se iluminan y se apagan.
A pesar de mis mejores esfuerzos, el público virtual me abuchea cuando termina la canción. No me importa, porque puedo oír a Nicko partiéndose de risa detrás de mí. Está doblado por la mitad, apenas capaz de mantenerse en pie, cuando por fin me giro y le hago una reverencia exagerada.
Echa la cabeza hacia atrás y respira hondo.
—Sí, realmente impresionante. Creo que jugar a esto ya ha sido una derrota en sí misma.
Resoplo y le doy un golpecito con el hombro, sin estar del todo de acuerdo en que haya sido un fracaso absoluto.
—Vamos a comer algo. Conozco un sitio estupendo.
***
Salimos del centro comercial y encabezo el camino con seguridad hacia el muelle, que está a unas pocas calles. Desde allí hay muy poca distancia hasta El Puesto de las Gaviotas, un pequeño restaurante de marisco. Le sostengo la puerta y miro por encima del hombro cuando Nicko se detiene.
—¿Qué pasa? ¿No te gusta el marisco?
—No, no. Está bien —me asegura antes de seguir avanzando.
Es un poco tarde para cenar, pero aun así conseguimos una mesa en un rincón. Nicko se ha quedado callado y parece tenso, así que espero que estar apartados ayude a aliviarle los nervios.
Echo un vistazo alrededor antes de desabrocharme la parka y sentarme deprisa, con la esperanza de ocultar el jersey desgastado que Nate eligió para mí.
Al menos el camarero nos deja tranquilos después de acompañarnos a la mesa, aunque tengo la sensación de que me está juzgando desde la otra punta del restaurante.
Me toco el cuello del jersey. Nicko encaja mucho mejor en aquel lugar con su camisa impecablemente planchada, y tengo que obligarme a apartar la vista de su cuello una vez más.
—Me gusta mucho este sitio. Traje aquí a mis madres cuando vinieron de visita la primavera pasada.
La comida está increíble —comento para distraerme mientras observo la decoración de temática marinera.
Las paredes están cubiertas de redes de pesca y anclas, y sobre las mesas hay enormes conchas marinas a modo de centro.
Observo cómo Nicko recorre con los dedos las estrías de una de las conchas que adorna nuestra mesa. Incapaz de resistirme, apoyo mi mano sobre la suya.
Su mirada se posa sobre mi mano y luego gira la cabeza para observar a los comensales de las mesas cercanas, ninguno de los cuales parece prestarnos la menor atención.
Su mano está cálida bajo la mía. Tarareo suavemente y le acaricio los nudillos con el pulgar, sonriendo ante aquel contacto delicado que resulta nuevo para los dos.
—¿Qué vais a tomar para beber? —La voz del camarero nos sobresalta. La mano de Nicko desaparece de inmediato bajo la mesa y yo reprimo el impulso de gruñir.
—Necesitamos un minuto más, gracias.
Espero a que se aleje entre las demás mesas antes de inclinarme de nuevo hacia delante. Nicko vuelve a mirar alrededor, con el ceño fruncido y la mandíbula tensa.
—Los mejillones están buenísimos. Los sirven en una olla grande con patatas fritas. Si quieres, podríamos pedir una ración para compartir —propongo. Los labios de Nicko se mueven, pero no sale ningún sonido—. ¿Eh?
Hace una mueca, mira al techo y cierra los ojos durante un segundo. Yo no pensaba que fuera a oponerse tanto a compartir la comida.
—Tienen otras...
—Soy alérgico al marisco.
Las palabras salen demasiado deprisa y en un tono demasiado alto, pero en cuanto las proceso siento que las cejas se me disparan hacia arriba.
—¿En serio? Pero Nate no es... —Me interrumpo antes de decir una estupidez.
Son dos personas distintas, y ya sé que difieren en muchas cosas—.
Mierda, ¿por qué no lo has dicho antes? —pregunto.
Ahora la tensión en sus hombros cobra sentido.
Comer allí podría incluso... ¿matarlo?—.
¿Hasta qué punto eres alérgico? ¿Reaccionas al...
olor? ¿O solo si lo comes...? —Miro alrededor.
En las mesas más cercanas ya han terminado de cenar.
—No, no es tan grave —resopla Nicko, removiéndose en la silla—. Pero desde luego no podría compartir los mejillones contigo.
—Ah, claro —murmuro. Luego niego con la cabeza y me pongo en pie—. De acuerdo. Vamos a otro sitio.
—¿Qué? Pensaba que te gustaba este restaurante. Podría... verte comer.
Resoplo y lo miro mientras me pongo el abrigo.
—Nicko, por favor. Sí, me gusta este sitio, pero no voy a obligarte a verme comer.
Además... —Me muerdo la lengua y espero hasta que salimos al aire frío de la noche.
Nicko parece más relajado, aunque sigue observándome con cierta inquietud.
Suspiro y doy un paso hacia él hasta apoyar el hombro contra el suyo.
El contacto cálido termina de borrar el sobresalto que me había provocado su confesión—.
Más tarde quiero besarte y preferiría que nuestra cita no acabara en Urgencias. Así que... ¿qué te apetece?
—Es bastante presuntuoso por tu parte asumir que voy a dejarte besarme —bromea, mientras una sonrisa asoma a sus labios—. ¿Qué tal unas hamburguesas?
***
—¿Por qué has dejado que te trajera a un restaurante de marisco si eres alérgico?
—pregunto. Ahora ya puedo reírme de la situación mientras paseamos por el muelle que bordea el lago.
Cada uno lleva una hamburguesa y una ración de patatas fritas compradas en un puesto de comida callejera cercano.
A nuestro lado, el agua permanece tranquila y casi negra bajo la oscuridad, mientras las luces de la ciudad se reflejan sobre su superficie.
—Porque esto es una cita, Xanxan. ¿No te habías dado cuenta? —responde con sarcasmo antes de golpearme la nariz con una patata frita. Su descaro me hace resoplar, aunque el énfasis que pone en la palabra «cita» provoca una cálida sensación de felicidad en mi pecho.