La jugada cambiada Capítulo 32
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Capítulo 32

—Necesito hablar contigo.

—¿Eh? Claro, colega, ¿qué pasa? —Nate levanta la vista de su libro e inclina la cabeza hacia mí. Mi determinación se desinfla como uno de esos muñecos hinchables que siempre hay delante de los concesionarios de coches.

—Eh... No es nada importante. Solo... algo que quería contarte. —Odio tener que andar con rodeos con este tema; no me parece bien que, otra vez, algo relacionado con Nicko se interponga entre Nate y yo.

Nate arquea las cejas y espera a que continúe.

—Yo... eh... mmm... —balbuceo, sin saber por dónde empezar.

Sería más sencillo si antes de las vacaciones de Navidad no hubiera jurado que no tenía ninguna intención con su hermano...

Antes de tirar esa determinación por la borda en cuanto se me presentó la oportunidad.

Ni siquiera sé por qué lo dije. Simplemente no quería acabar atrapado en una especie de acuerdo ambiguo de amigos con derecho a roce con Nicko.

Pero la verdad es que no consigo sacármelo de la cabeza; todavía recuerdo su sabor y sigo sintiéndolo en la boca, aunque una parte de mí continúe preocupada por la posibilidad de que me salte a la yugular si doy un paso en falso.

Y, hasta ahora, ni siquiera me había planteado dónde encajaba Nate en todo esto.

Me pareció correcto no decirle nada mientras no hubiera nada serio entre su hermano y yo. Pero ahora tenemos una cita, una cita de verdad. Ahora es algo más que un simple juego.

—¿Sí? —pregunta Nate, y me doy cuenta de que llevo demasiado tiempo sin decir nada. Me encojo de hombros y noto que cada vez estoy más lejos de encontrar las palabras adecuadas.

—Ehhh... Tengo una cita.

—Me alegro por ti, amigo —dice Nate, aunque su tono resulta demasiado neutro para que me lo crea. Su mirada es penetrante—. ¿Quién es el afortunado?

Va a obligarme a decirlo. Me muerdo la lengua y me froto la nuca, moviéndome inquieto de un lado a otro.

Mis ojos recorren la habitación, pero ni mi cama ni las estanterías me ofrecen ninguna ayuda.

Lanzo una mirada hacia la ventana. Quizá haya alguien fuera sosteniendo una pancarta con el texto que necesito leer.

Finalmente, Nate deja escapar un sonido de exasperación.

—Ay, por Dios, ya sé que te estás acostando con Nicko.

—¿Lo sabes?

—Sí. —Nate hace una mueca—. Desde Navidad. Fui a buscarte para salir a correr antes de irnos y tenías a Nicko babeándote encima, así que os dejé dormir y supuse que me lo contarías cuando estuvieras preparado. —Hay un reproche silencioso en su voz, y también un poco de tristeza.

Cierro los ojos con un suspiro. Estaba convencido de que nadie se había dado cuenta.

—Lo nuestro... No se suponía que iba a ser nada serio —empiezo a decir, bajando la cabeza y levantando una mano cuando Nate frunce el ceño—. De verdad. Pensábamos que solo teníamos que quitárnoslo de encima y que se nos pasaría, pero...

No puedo evitar que las comisuras de mis labios se curven al recordar la noche anterior: los sonidos que hacía Nicko tumbado en el asiento trasero de su coche, cómo le brillaban los ojos en la penumbra que nos envolvía y la avidez con la que su boca recibió la mía cuando me acerqué.

—Uf —gruñe Nate. Noto cómo se me calientan las mejillas cuando veo que arquea las cejas. Aun así, no me siento especialmente culpable por ello. Nicko llegará dentro de un par de horas para recogerme para nuestra cita; hasta entonces, Nate puede hacer todos los comentarios que quiera.

—¿Es... es un problema? —pregunto con cautela. No voy a dejar que Nate tome decisiones por mí, aunque por un instante me pregunto si Nicko se dejaría convencer para dejar de verme. No quiero que esta situación se complique todavía más.

Nate me observa en silencio, estudiándome como si necesitara ordenar sus ideas antes de responder. Finalmente, se encoge de hombros y frunce el ceño.

—No lo sé, tío —resopla, llevándose las manos a las caderas.

—¿Qué quieres decir? No es como si...

—¡Es que no lo entiendo, Xan! —me interrumpe—. Te has pasado tres años odiando a Nicko y, de un día para otro, ¿qué? Lo besaste sin saber siquiera que era él, luego te acostaste con él y ahora vais a tener una cita. ¡No entiendo una mierda!

Me cuesta, pero me trago el enfado y las ganas de corregirlo.

—Yo tampoco lo entiendo —murmuro, negando con la cabeza—.

Solo... —Me encojo de hombros, incapaz de encontrar una explicación mejor.

Quiero sacarme a Nicko de la cabeza. Quiero dejar de pensar en cómo su boca encaja perfectamente con la mía hasta que decide morderme.

Y, desde luego, quiero dejar de pensar en cómo ese gesto estúpido hace que el corazón me dé un vuelco cada vez.

Tampoco quiero sentir que me está desafiando constantemente. Y ojalá eso no me hiciera querer demostrarle una y otra vez que se equivoca.

—Hay algo en él que es... atractivo —acabo diciendo. Es la mejor explicación que consigo encontrar.

Nate sigue mirándome con el ceño fruncido, pero ahora se ha acercado un paso más. Me fulmina con la mirada de tal manera que levanto la cabeza y enderezo los hombros casi por instinto.

—Si esto es solo... algún tipo de plan maquiavélico para vengarte de él...

—¿Qué? Nate, por fav...

—¡Si no te lo tomas en serio, como te lo tomarías con cualquier otra persona, te juro, Xan, que...! ¡Júrame que esto va en serio para ti!

—Te lo juro. —Le sostengo la mirada con gesto irritado, enfadado no solo con Nate, sino también conmigo mismo.

Si fuera cualquier otra persona, no tendría que justificar mi interés.

Ni ante Nate ni ante mi propia conciencia.

Pero, tal y como están las cosas, me veo obligado a contemplarlo desde otra perspectiva.

No voy a salir con Nicholas van der Hoff, el tipo con el que me he pasado tres años discutiendo y gritándome cada vez que se presentaba la ocasión; el mismo al que le he dicho que dejara de quejarse o que abandonara el hockey de una vez por todas.

No. Voy a salir con Nicko, a quien siento que apenas he empezado a conocer hace unas semanas; alguien del que estoy descubriendo una faceta que nunca me había permitido ver.

Algo en mis ojos o en mi voz debe de convencer a Nate porque, al cabo de unos segundos, da un paso atrás y relaja el ceño, aunque sigue con las manos firmemente apoyadas en las caderas.

—Bien —dice antes de inspirar hondo—. ¿Y qué te vas a poner? Suena como una oferta de paz y la acepto encantado.

—Unos vaqueros oscuros y la camisa...

—No.

—¿No?

—No. Bajo ningún concepto puedes llevar nada con botones en una cita con mi hermano.

—Nate pone los ojos en blanco como si fuera lo más evidente del mundo.

Inclino la cabeza, esperando una explicación—.

Uf, por Dios. ¿En serio, Xan? ¿No te has fijado nunca en cómo viste Nicko?

—Nate se levanta del escritorio, se dirige a mi armario y empieza a sacar ropa mientras sigue hablando—.

¡El día que salga de casa sin unos pantalones de chándal será el día que se congele el infierno!

Además, apenas tiene otra cosa que no sean pantalones deportivos y sudaderas de los Badgers.

Créeme, ¡tuve que convivir con eso durante dos semanas!

—Asoma la cabeza por detrás de las puertas del armario sujetando un jersey que estoy bastante seguro de que no ha visto la luz del día en al menos un año.

Niego con la cabeza y, por suerte, él hace lo mismo antes de dejarlo caer al suelo sin ningún miramiento. Me muerdo la lengua para no agacharme a recogerlo, aunque enseguida me doy cuenta de que es inútil intentar poner orden antes de que Nate termine.

—Normalmente no me fijo en la ropa que lleva puesta —murmuro. Nate vuelve a asomar la cabeza y me fulmina con la mirada. Levanto las manos al instante—. ¡Lo siento!

—Más te vale. —Me enseña otro jersey, uno azul que suelo ponerme en primavera y otoño.

Frunzo el ceño, pero lo acepto de todos modos.

Es suave y cómodo, aunque no precisamente lo que uno se pondría para una cita.

El cuello está algo dado de sí y las mangas siempre me han quedado demasiado largas.

Aun así, lo dejo doblado sobre la barandilla de la cama.

—Está bien que lleves vaqueros, pero ponte los negros. Te quedan bien, es como si... te abrazaran las piernas —continúa Nate, gesticulando vagamente en mi dirección mientras rebusca en el armario.

Cuando por fin reaparece, me observa fijamente. Se acerca para entregarme los pantalones, pero no los suelta.

—Solo para que quede claro: si le haces daño a mi hermano, te voy a dar una paliza, Xan.

Acepto la amenaza con un leve asentimiento. Todavía no he decidido si Nicko es un imbécil o no, pero no tengo ninguna intención de hacerle daño.

—¿Y si tu hermano me hace daño a mí? —pregunto, ladeando la cabeza con una sonrisa tímida.

Nate deja escapar algo parecido a una carcajada.

—¡Entonces os daré una paliza a los dos! —promete con un resoplido, antes de darme una palmada en el hombro.

***

Dos horas después, Nicko pone a prueba la promesa que le he hecho a mi mejor amigo.

Pasa a recogerme y vamos en coche hasta la ciudad, donde aparca en uno de los grandes centros comerciales.

La sala recreativa a la que lo arrastro parece sacada de otra época, aunque está diseñada precisamente así: para despertar la nostalgia que prometen sus juegos y sus alfombras de estampados imposibles.

A pesar de que Nicko insiste en que nunca juega, me ha ganado en todos los juegos que he elegido.

Y ahora está a punto de volver a hacerlo en el hockey de aire.

—Pero qué demonios... —suelto entre risas cuando golpea el disco de plástico con tanta fuerza que me hace estremecerme y lo cuela de lleno en mi portería.

—¡Deberías saber que puedo ganarte a cualquier modalidad de hockey, Hart!

—¡Todavía no! —Señalo la cuenta atrás parpadeante que indica que aún me quedan treinta segundos para marcar cinco puntos. Al otro lado de la mesa, unos ojos verdes brillan ante el desafío.