La jugada cambiada Capítulo 31
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Capítulo 31

Seguimos jugando increíblemente bien. A veces nuestros goles son pura suerte y otras nuestra línea funciona como un reloj bien engrasado.

A pesar del éxito, echo de menos la conexión natural que sentí al compartir el hielo con Xander.

En mi equipo, cuando el entrenador termina de machacarnos en los entrenamientos, Kristiansson, Zollweg y yo solemos quedarnos una hora más practicando pases y tiros.

Desde que terminó la temporada de fútbol americano, Micah ha tomado el control absoluto de nuestra dieta y nos alimenta a base de carbohidratos saludables y proteínas magras, lo que me ha ayudado mucho a recuperar peso.

Bueno, eso y todo el chocolate que me zampo entre clase y clase.

Pero, entre las carreras matutinas y las sesiones extra de gimnasio con Sasha, mi estómago sigue pareciendo un pozo sin fondo.

Igual que mi bandeja de entrada.

No importa cuántos partidos hayamos ganado estas últimas semanas: sigo sin tener noticias de los Rebels. Estoy tentado de llamar a mi padre y preguntarle si ha oído algún rumor sobre que hayan desistido, pero no quiero darle la razón a Xander con lo de ser un «nepobaby».

—Podrías preguntarle a Hart si ya sabe algo de su contrato —sugiere Linden una noche cuando le confío mis preocupaciones.

—No —protesto mientras me dejo caer sobre la alfombra del salón y luego ruedo despacio hasta quedar boca abajo para empezar mi rutina de estiramientos—. Si hago eso, sabrá que yo no sé absolutamente nada.

—¿Y qué? —Linden frunce el ceño por encima de su libro de Biología—. Si los Rebels no piensan ficharte, se enterará igualmente cuando empiece el campus de pretemporada.

—Ya lo sé, pero no quiero ver su estúpida sonrisa de suficiencia cuando se lo pregunte. —Linden se ríe entre dientes y niega con la cabeza.

—Creía que os llevabais bien después de pasar juntos las vacaciones de Navidad.

Pienso en cómo Xander me la chupó en la habitación de invitados y se tragó mi orgasmo mientras yo le hundía los dedos en el pelo.

—Siento decepcionarte.

—Pero ahora os escribís.

Técnicamente es verdad, pero nuestras conversaciones se limitan casi exclusivamente a los días de partido.

Básicamente, nos dedicamos a decirnos en qué jugadas la hemos cagado.

También mantenemos una discusión permanente sobre razas de perros y sobre qué cachorro tendríamos si alguna vez pudiéramos tener uno.

Xander está empeñado en que tendría un pitbull, cuando está clarísimo que un chihuahua sería la opción ideal para él.

Si los Rebels no me fichan, al menos espero poder ganarle en lo del perro.

***

El sábado por la mañana viajamos para disputar dos partidos como visitantes, así que tengo algo de tiempo libre para asistir al partido de Nate en casa el jueves por la noche.

Dependiendo de la posición de nuestro equipo en la conferencia, mantenemos o abandonamos esa rutina cuando llega la fase final de la temporada.

Los equipos de hockey de los Bats y los Badgers se han llevado bastante bien en los últimos años, pero hasta la amistad más estrecha puede romperse cuando hay una plaza en los Frozen Four en juego.

Los Bats saltan al hielo con la confianza por los suelos tras una derrota en el último minuto el martes, un partido que los obligó a jugar a la defensiva desde el principio.

Quiero de verdad que pongan fin a su mala racha.

Mi razonamiento no es del todo altruista: si vencen a Maine, podríamos adelantarles en la clasificación el sábado.

—¡Vamos, Nate! —golpeo el metacrilato con el puño cuando mi hermano patina hacia el túnel al final del primer periodo. Pero, en lugar de mi gemelo, es el número 48 quien se detiene delante de mí, arqueando una ceja.

Sigo odiando que sea capaz de hacer eso.

—¿Qué haces aquí? —pregunta Hart mientras sus compañeros pasan a su lado camino del vestuario.

—He venido a presenciar otra de tus derrotas —respondo con toda naturalidad, aunque una pequeña sonrisa tira de las comisuras de mis labios—. ¿No te ha salido el Wordle de hoy o a qué viene este desastre?

Xander pone los ojos en blanco, dispuesto a seguir a su equipo, pero lo detengo con otro golpe contra el cristal.

—¡Espera! Ahora en serio: tienes que fijarte en el defensa del lado izquierdo. Está lesionado o algo. Siempre se gira para evitar el contacto.

—Gracias, entrenador Van der Hoff, pero hemos analizado horas de vídeo y...

—Eso no es algo que se vea en vídeo, Xander, ¡vamos! Creo que Nate le dio un golpe bastante fuerte. Pero si siguen sacándolo al hielo, tenéis que cargar por su lado.

Xander ladea la cabeza y me observa con los ojos entrecerrados.

—Esa es una táctica bastante sucia, Hoff.

—Se llama hockey. No te van a dar puntos por comportarte como un santo.

—Y tú no tendrás ninguna posibilidad de escalar puestos en la clasificación si perdemos esta noche.

Me encojo de hombros ante su conclusión, cojo un puñado de palomitas y me acomodo en mi asiento.

—Nunca he dicho que estuviera de tu lado, Xanxan.

No sé qué hace el cuerpo técnico para convencer a la Madre Teresa del hockey, pero a los pocos minutos del segundo periodo Xander estrella al defensa izquierdo contra las vallas sin el menor reparo.

Me estremezco por pura empatía con el pobre defensa, pero la sensación dura poco, ya que Nate recibe el disco y lo envía de un golpe hacia la portería.

Rebota en el poste, pero consigue romper el gafe.

Con un minuto por jugarse del segundo periodo, los Bats vuelven a sacar a su primera línea.

El pívot de Maine falla un pase y el disco acaba en el palo de Nate.

Este se lo envía a Xander, que sale disparado al contraataque.

El defensa de Maine se le echa encima de inmediato, pero Nate y Baker están demasiado lejos para recibir un pase.

Me muerdo el pulgar con fuerza, al borde del asiento. Un jugador tan conservador como Xander no va a disparar desde esa posición, pero está a punto de perder el disco y...

—¡TIRA! ¡Tira, por lo que más quieras! ¡TIRA DE UNA VEZ!

No hay manera de que Xander me haya oído por encima del rugido del pabellón, pero, en cuanto las palabras salen de mi boca, levanta el palo y golpea el disco con todas sus fuerzas. Suena la bocina y la grada teñida de verde a mi alrededor estalla.

Durante un instante, Xander parece completamente desconcertado por su propio gol. Se queda inmóvil, sujetando el palo con una sola mano mientras contempla la red, hasta que sus compañeros se le echan encima entre abrazos y palmadas.

Me río, sorprendido y todavía incrédulo, cuando patina hacia el cristal frente a mí y golpea el plexiglás con el puño.

—¡La palabra del Wordle de hoy es... PUNTO! —grita con la voz amortiguada por el protector bucal.

Me echo a reír cuando retrocede unos metros y tiene la desfachatez de señalarme con el palo.

***

El tercer periodo transcurre con una lentitud desesperante.

El juego se desarrolla casi por completo en la zona defensiva de los Bats, que resisten con fiereza para conservar la ventaja, mientras Maine se vuelca al ataque con todo lo que tiene.

Al final, St. Bernard se lleva la victoria.

No ha sido un triunfo bonito, pero los dos puntos cuentan igual.

Estoy esperando a Nate en el aparcamiento cuando Xander se deja caer en el asiento del copiloto.

—Claro, siéntete como en casa, ¿por qué no? —rezongo con sarcasmo.

—Nate va a salir ahora —me dice Xander, estirando sus largas piernas con un suspiro mientras se pone cómodo.

Miro a mi hermano, que está metiendo sus dos bolsas en el maletero.

—Bueno, hay una fiesta en la fraternidad Delta. Te diría que vinieras, pero sé que...

Le hago un gesto para que se detenga antes de terminar la frase. En mi último semestre tengo los viernes por la mañana llenos de clases.

—¡No bebas demasiado! —le grita Xander a mi hermano cuando Nate se baja del coche unos minutos después.

Nate le hace un saludo militar de broma y cruza el césped hasta la casa de la fraternidad. El silencio cae sobre nosotros como una cortina pesada mientras lo vemos desaparecer en el edificio.

Me muerdo el interior de la mejilla al darme cuenta de que es la primera vez que Xander y yo estamos solos desde Navidad. De pronto, todos los mensajes que hemos intercambiado estas últimas semanas parecen no servir de nada, porque ninguno de los dos consigue decir una palabra.

—¿Sabes llegar a las residencias desde aquí? —pregunta en cuanto pongo el coche en marcha. Tiene la voz ronca, probablemente de gritar instrucciones a sus compañeros sobre el hielo. Sin embargo, me recuerda a sus gemidos cuando lo penetraba por detrás.

—Sí —murmuro. Entonces carraspeo y repito, más alto—: Sí.

—Bien.

La respuesta es cortante como un trozo de cristal roto.

Xander mantiene la cabeza girada hacia el otro lado mientras recorro las oscuras calles del campus de St. Bernard.

Cada vez que se mueve en el asiento, el olor de su champú llena el aire.

Por alguna razón, ese suave aroma cítrico siempre me recuerda al viaje en autobús después del partido contra los Grizzlies.

—¿Puedo preguntarte algo?

Parpadeo para volver a la realidad y pongo los ojos en blanco.

—¿Por qué siempre dices eso antes de hacer la pregunta que quieres hacer? —Resoplo al detenerme en una intersección para dejar que cruce un grupo de estudiantes.

Una de las chicas se tambalea peligrosamente, aunque no sé si por culpa del alcohol o de los tacones.

—Es de buena educación no atacar a la gente de golpe. Normalmente, la otra persona responde «sí, claro», y entonces puede surgir una conversación —explica con la paciencia de un profesor de secundaria.

Ese tono me saca de quicio cada puta vez que lo usa. Por mi estabilidad emocional, debería estar prohibido ser tan exasperante y tan sexi al mismo tiempo. Así no me encontraría atrapado en la disyuntiva de tirarlo del coche o tirarle de los pantalones para quitárselos.

—Entendido, profesor.

—Eres un crío maleducado, Hoff.