La jugada cambiada Capítulo 30
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Capítulo 30

Miro el teléfono que tengo en la mano, incapaz de procesar la información que aparece en la pantalla. Parpadeo una vez, dos, y luego ladeo la cabeza, como si eso pudiera ayudar, pero no sirve de nada. Todo sigue igual.

—¿Va todo bien?

Me sobresalto al oír la voz de la fisioterapeuta y me doy cuenta de que me he quedado paralizado en mitad de la sala, con los pantalones cortos a la altura de los tobillos.

—¡Claro! —aseguro, quitándomelos de una vez para ponerme unos pantalones largos de compresión.

La tela ajustada se pega a mis pantorrillas, justo donde Greta me ha aplicado el gel de fisioterapia.

Los músculos de las piernas protestan y tengo que tirar con fuerza de la prenda para terminar de subírmela.

Nuestro partido se fue a la prórroga ayer, y el dolor que siento es un recordatorio constante de esos minutos extra.

Por eso Greta se ha pasado toda la sesión pinchándome, amasándome y torturándome los músculos hasta dejarme hecho polvo.

Más allá de algún que otro estiramiento, ya casi no prestamos atención a mi rodilla.

En cada sesión me recuerda que, básicamente, estoy tirando el dinero. Aun así, todavía no estoy preparado para renunciar a estas sesiones privadas. En cierto modo, sigo atrapado en la idea de que, en cuanto deje de verla, mi cuerpo dejará de funcionar.

—A St. Bernard acaban de darle una paliza los Huskies de Connecticut —digo, sacando el móvil para agitárselo delante de la cara.

Mientras se seca las manos con una toalla, Greta estira el cuello para mirar la pantalla y deja escapar un silbido.

—Madre mía. ¿Han perdido 5-2 en casa? Eso escuece.

—Ya te digo —reafirmo con un suspiro, guardando por fin el teléfono para ponerme los pantalones cortos sobre los de compresión y la chaqueta.

—Entonces, ¿a qué viene esa cara larga? ¿No es una buena noticia para ti y para tu equipo?

Asiento. Es una noticia estupenda para los Badgers, teniendo en cuenta que los Bats han encabezado la clasificación de nuestra conferencia desde el comienzo de la temporada. Después de dos derrotas consecutivas en casa, han caído hasta la tercera posición. Si mañana ganamos, los adelantaremos.

Un cosquilleo de emoción me recorre el pecho al pensarlo.

Hemos encadenado varios buenos partidos desde Acción de Gracias, pero sigo sin fiarme.

La temporada pasada todo parecía perfecto hasta que mi mundo se vino abajo, así que me cuesta creer que las cosas puedan salir bien durante demasiado tiempo.

—Sí, es una buena noticia. Pero mi hermano juega en St. Bernard —le recuerdo.

Y Xander. Aprieto los labios cuando ese pensamiento aparece sin previo aviso y se instala en mi cabeza. Debería alegrarme de que hayan perdido; en lugar de eso, me imagino la expresión de derrota de Hart. Por lo que sé de Alexander Hart, probablemente se esté echando la culpa de todo.

—Vaya, lo siento, cariño. Pero yo soy de los Badgers, así que más te vale aprovechar la oportunidad mañana —se ríe Greta mientras me da un suave puñetazo en el brazo, imitando a una boxeadora.

***

Y sí que lo aprovechamos.

El domingo enviamos a los Bulldogs a casa con el rabo entre las piernas. Estoy exultante cuando regreso al Refugio tras una breve pero intensa celebración en el vestuario, que me ha dejado empapado del orgullo del equipo.

Me reciben con un pequeño cañón de confeti en cuanto abro la puerta. Cegado por una avalancha de papelitos de colores, me froto los ojos mientras una bocina festiva suena justo al lado de mi oído.

—¡Estáis como una cabra! —me río, mientras los brazos de mis compañeros de piso me rodean.

—Qué asco, Nicko, ¡apestas! ¿No tenéis duchas en la pista? —se queja Olli.

—Es el dulce aroma de la victoria —respondo con una sonrisa mientras me libero del abrazo de Linden y Marisol.

Como Sasha está jugando un partido fuera de casa, todos han ido hoy a la pista y se han sentado junto a Nate.

Gracias a sus carteles hechos por ellos mismos, ha sido ridículamente fácil localizarlos desde el hielo.

—¡Podrías habernos dedicado al menos uno de tus goles! —se queja Marisol haciendo un puchero mientras me acompaña hasta el salón. He pedido pizza para todos de camino a casa y, a juzgar por las cajas abiertas, parece que mis compañeros no han podido esperar.

—Perdonad por querer quedarme los tres goles para mí solo. —Me río al decirlo en voz alta, porque todavía me parece una locura haber conseguido un hat trick . ¡Mi primer triplete de la temporada! Hace un año, mi mayor logro consistía en llegar al baño con las muletas sin matarme por el camino.

—Nicko nunca le dedica sus goles a nadie. Ni siquiera a mí —suspira Oliver mientras se deja caer en el sofá con un trozo de pizza en la mano.

—Lo dices como si te lo merecieras —resopla Linden.

—¡Por supuesto que me lo merezco! Siempre he creído en él —protesta antes de guiñarme un ojo desde el otro lado del salón.

Abro la boca para protestar y vuelvo a cerrarla. La verdad es que tiene razón.

—Ay, qué monos —murmura Marisol mientras se acomoda en el brazo del sofá—. Pero yo sigo teniendo un montón de preguntas sobre el hockey. La primera: ¿por qué tu rutina de calentamiento parece una pelea a muerte contra el hielo?

***

¡Felicidades!

Ese último gol ha sido increíble.

Y yo sí habría metido ese tiro.

Estoy tumbado en la cama, con el estómago lleno de pizza.

Mis ojos recorren los viejos mensajes de Xander por tercera vez.

Hasta ahora ni siquiera había visto los mensajes que me envió antes de Navidad.

Las comisuras de mis labios se curvan en una sonrisa al leer los mensajes directos que me mandó justo después de que me hiciera pasar por mi gemelo.

No puedo evitar reconocer su habitual tono de sabelotodo; incluso me envió una captura de pantalla del reglamento de la NCAA.

Pero no veo nada que diga que esté prohibido hacerse pasar por tu hermano gemelo, así que la borro.

¿De qué hablas?

¿De tu asistencia a Zollweg en el tercer periodo?

Yo habría metido ese gol.

Resoplo al leer su respuesta y me giro para quedar de lado. Tres pequeños trozos de confeti húmedo caen de mi pelo. Atrapo uno entre el índice y el pulgar y empiezo a enrollarlo distraídamente mientras pienso en una respuesta.

Muy atrevido por tu parte decir eso,

cuando ni siquiera fuiste capaz de marcar

tus propios goles.

No me hiciste tú las asistencias.

¿Así que estás diciendo que no fallarías si te diera una asistencia?

No he fallado ni una sola hasta ahora.

Al principio me río, pero me detengo en cuanto me doy cuenta de que tiene razón.

En los dos partidos en los que jugué haciéndome pasar por Nate, Xander no falló ni uno solo de mis pases.

¿Así que has visto mi partido?

Lo han dado por la NESN.

Me ha servido de ruido de fondo.

Casi me quedo dormido.

Resoplo al leer eso y pongo los ojos en blanco.

¡Sí, claro! Así podías soñar con marcar un triplete.

Xander tarda un poco en responder y, durante un instante, me preocupa haberme pasado de la raya. O quizá se ha puesto a escribir uno de sus interminables ensayos de historia.

De esos que conseguían dormirme cuando me hablaba de ellos después de los entrenamientos.

Le has dicho al periodista que tienes ganas de jugar conmigo.

El comentario me hace sonrojar. Así que también ha visto las entrevistas posteriores al partido.

Mucho ruido de fondo, pero bien que estaba atento.

Ha sido la primera entrevista que he dado desde mi lesión.

Los nervios vuelven a revolotearme en el estómago al recordar al periodista plantándome un micrófono delante de la cara mientras yo todavía estaba jadeando después del partido.

Si acabo jugando con los Rebels.

Énfasis en el SI...

¿Piensas presentarte como agente libre?

Vuelvo a girarme y me quedo mirando al techo.

Desde luego que no pienso presentarme como agente libre, pero si los Rebels no me ofrecen un contrato, eso es exactamente lo que ocurrirá.

No espero que ningún otro equipo de la NHL me fiche si lo de los Rebels se viene abajo.

Mi mejor opción probablemente sería acabar en un equipo filial. O quizá en alguna liga europea.

No quiero ninguna de las dos cosas.

No.

Mejor.

Porque yo también tengo ganas de jugar contigo.