La jugada cambiada Capítulo 29
60%

Capítulo 29

Han sido tres semanas difíciles desde Navidad, al menos en lo que respecta al hockey. Aunque ganamos por los pelos los dos primeros partidos del año, parece que nuestra racha de buena suerte ha llegado a su fin.

—Joder, colega, vaya regalo de cumpleaños de mierda —suspira Nate mientras se deja caer en el banco a mi lado, en el vestuario.

Resoplo en señal de acuerdo. Es una mierda perder el día de tu cumpleaños, pero no es la única razón de mi mal humor. La derrota de hoy me escuece especialmente. La última vez que jugamos contra los Grizzlies tuvimos una ventaja inesperada: Nicko. Duele no haber podido vencerlos sin él.

Me pregunto si ese pensamiento también le habrá pasado por la cabeza a mi mejor amigo mientras me deslizo hasta apoyar la cabeza en su hombro.

Ambos estamos sudados, demasiado cansados siquiera para pensar en la ducha y en quitarnos de encima el partido, pero el contacto resulta familiar y reconfortante.

Ya no siento ese cosquilleo extraño cada vez que nos tocamos.

El malentendido del año pasado se ha aclarado por completo y lo hemos dejado atrás.

Y, sinceramente, es un alivio volver a tener a Nate como mi mejor amigo. También he hecho las paces con el hecho de que rompieran las normas, porque le debo mis vacaciones de invierno a aquel plan disparatado de Nate.

Aunque tampoco es que vaya a contárselo.

—Bueno, nada como una fiesta para animarnos —comenta Nate mientras rebusca en busca de una toalla.

Yo también me incorporo.

—Sí, claro, ¿no? —Consigo sonreír, aunque no estoy de acuerdo. Una fiesta es lo último que me apetece. Preferiría volver a la residencia, compartir comida para llevar y una cerveza con Nate, y luego meterme en la cama para apartar de mi cabeza cualquier pensamiento que me recuerde esta derrota.

—Déjame ducharme y cambiarme. Después soy todo tuyo esta noche. —Le guiño un ojo mientras me levanto del banco.

Nate se ríe y me devuelve el gesto.

—¡Oh, el sueño de mi vida! —se burla—. En fin, había pensado que podríamos pasarnos por la fraternidad Sigma y quizá encontrarnos con los chicos —añade, exponiendo su plan para la noche.

Lo dejo explicarse, contándome adónde tenemos que ir y por qué, mientras voy soltando algún «ajá» de vez en cuando, me quito las protecciones y por fin me meto bajo el chorro de agua caliente.

***

Media hora después, estamos de vuelta en nuestra residencia.

Me quedo unos minutos esperando en el coche de Nate, revisando mensajes directos de Instagram.

Hace un rato me han llamado mis madres y todavía sonrío al pensar en nuestra conversación.

Además, teniendo en cuenta el pésimo regalo de cumpleaños que ha sido perder el partido, me ha venido bien sentir su cariño y atención.

Aunque solo haya sido por teléfono, ahora tengo la cabeza mucho más despejada.

—¿Nos vamos, cumpleañero? —Nate por fin ha terminado de cambiarse y corre hacia el coche.

—Vámonos.

Como es mi cumpleaños, Nate insiste en conducir. Su ritmo pausado al volante acaba adormeciéndome y termino cayendo en un sueño ligero. No me despierto hasta que el coche pasa por un bache y doy un respingo. Miro por la ventanilla y frunzo el ceño al no reconocer de inmediato dónde estamos.

—¿Dónde es esta fiesta?

—Aquí. —Nate sonríe mientras se baja del coche.

Alzo las cejas, pero lo sigo de todos modos. Me ha traído al centro de Bonham. Las luces brillan a nuestro alrededor y algunas incluso proyectan reflejos de colores sobre la acera. Observo las serpentinas y luego el nombre del local al que me ha traído.

Entonces me giro hacia él.

—¿La Cueva del Arcoíris? ¿En serio?

—Vamos, ¿de verdad pensabas que iba a arrastrarte a una fiesta de fraternidad el día de tu cumpleaños?

—sonríe Nate mientras me empuja hacia las luces de neón.

Se ríe al ver mi expresión, y su voz se multiplica cuando varios de nuestros compañeros aparecen por una esquina para reunirse con nosotros.

—¡Feliz cumpleaños! —gritan entre vítores, atrayendo la atención de varios grupos de personas.

Me sonrojo cuando Baker y Taylor me abrazan, celebrándolo como si hubiera marcado el gol de la victoria en lugar de simplemente... existir.

—Chicos, no hacía falta que montarais todo esto —protesto, intentando escapar de tanta efusividad.

—Vamos, Hart, como si fuéramos a desaprovechar una excusa para montar una fiesta —replica Baker. Lleva una bufanda de colores tan llamativa que parece robada del armario de su abuela.

Algunos de mis compañeros miran alrededor con cierta inquietud mientras nos dirigimos a la entrada, pero todos acaban entrando a rastras en la discoteca. Nos acomodamos en un reservado y Nate se sube a la mesa para proponer un brindis.

—Por nuestro Alejandro Magno . ¡Que tenga una larga vida, marque muchos goles y se acueste con alguien esta noche!

Los chicos gritan y silban mientras chocamos los vasos. Espero que nadie en esta discoteca sepa quién soy, porque noto cómo me pongo rojo de vergüenza con tanta atención.

Por suerte, en cuanto se han tomado un par de copas, todos se dirigen a la pista de baile y yo me dejo arrastrar.

La música ensordecedora borra todos mis pensamientos, y me encanta. El ambiente, la facilidad con la que la gente conecta, los cuerpos que chocan entre sí más o menos adrede... Todo encaja y me permito relajarme.

De vez en cuando noto manos en mi espalda, en mis hombros o incluso en mis caderas.

Pero, aunque sigo el juego y disfruto de la atención, algo falla.

No siento ese cosquilleo en el estómago, ni esa chispa de emoción.

Así que acabo rechazándolos a todos y me acerco más a mis compañeros para evitar nuevos intentos indeseados.

Esta noche quiero celebrarlo con ellos, no terminar en la cama con alguien.

En algún momento acabo al borde de la pista, sudoroso y algo achispado, esperando a que el camarero se gire hacia mí. Alguien se apoya contra mi espalda. Como doy por hecho que es Nate, le paso un brazo por la cintura antes de girarme para mirar.

Un desconocido me sonríe y retiro el brazo de inmediato.

—Oh... Eh, hola.

—¿Quieres tomar algo? —El chico me ofrece un vaso con una sonrisa que deja muy claras sus intenciones. Es guapo, con el pelo castaño ondulado y los ojos oscuros.

Mi mirada baja hacia su pecho bien definido y luego hasta sus abdominales impresionantes.

Sin embargo, sus músculos están enmarcados por la camisa más fea que he visto en mi vida: una mezcla de colores imposibles formando estampados aleatorios sobre la tela desabotonada.

Mirarla me marea, así que aparto la vista.

Él se esfuerza por dedicarme una sonrisa seductora y acerca las caderas a las mías.

Me muerdo la lengua, indeciso. Pero, otra vez, no hay chispa, no siento nada. Quiero disfrutar de la noche, pero no con él.

—No, gracias.

Levanto mi vaso y le dedico una sonrisa educada. Su expresión se ensombrece, pero alza su propia bebida antes de alejarse para probar suerte en otra parte.

Hay algo raro en el ambiente esta noche.

Doy un trago y tarareo al notar que mi mejor amigo me observa.

—¿Qué?

—¿No era tu tipo? —pregunta Nate, ladeando la cabeza antes de señalar al otro chico con la barbilla.

Sigo el gesto con la mirada, pero el tipo ya ha desaparecido entre la multitud, así que me limito a encogerme de hombros.

—No he venido a ligar con nadie —digo por fin.

Aunque quizá me ayudaría a sacarme a Nicko de la cabeza, todavía no estoy preparado para sustituir mis fantasías—.

Pero parece que Baker sí —añado, esperando distraer a Nate.

Nuestro compañero está bailando con otro chico, aunque se ríe demasiado fuerte como para que parezca algo serio.

Finjo no notar la mirada de Nate y regreso a nuestra mesa.

***

Ya ha pasado la medianoche cuando nuestro grupo empieza a dispersarse poco a poco. Los que quedamos nos subimos al coche de Nate, que nos lleva de vuelta a las residencias.

Incluso después de ducharme sigo notando el leve efecto del alcohol, pero no estoy borracho. No me había sentido tan relajado desde Navidad.

Voy a por el móvil para poner la alarma del día siguiente y hago una mueca al encontrarme con la pantalla negra. Busco el cargador en mi bolsa, pero no aparece por ninguna parte. Suelto un gruñido de frustración cuando tampoco lo encuentro en el escritorio.

—Oye, ¿me dejas tu cargador? —pregunto por encima del hombro mientras me acerco al escritorio de Nate.

—¡Claro! —responde mi compañero de habitación desde el pasillo.

Asiento distraídamente y abro uno de sus cajones.

Con un suspiro, rebusco entre envoltorios pegajosos de barritas de proteínas y apuntes arrugados.

Cuando cierro ese cajón y abro el siguiente, encuentro el cargador de Nate enterrado bajo un montón de folletos rosas y otros papeles.

Voy apartándolo todo, pero algo llama mi atención.

«Haz tu máster en Escritura Creativa», proclama uno de los folletos.

Parpadeo, atónito. Lo observo durante unos segundos, lo cojo y vuelvo a dejarlo sobre la mesa. Solo hay un código QR para una sesión informativa y varias citas que elogian la accesibilidad y la eficacia del programa online .

—¿Lo has encontrado?

Me giro hacia Nate con el folleto todavía en la mano. Se detiene delante del espejo, se pasa una mano por el pelo y, al ver el papel, baja la mirada con una mueca.

—¿Estás pensando en hacer un máster? —La idea de que Nate siga estudiando es como una astilla de hielo clavándoseme entre las costillas.

—Bueno... Sí, más o menos. —Se encoge de hombros.

—Vale, pero... ¿y los Pioneers?

—Me eligieron en tercera ronda del draft —resopla Nate—. No hay ninguna garantía de que vaya a entrar directamente en la plantilla.

—Eso no lo sabes —replico de forma automática, pero enseguida bajo la cabeza y levanto una mano antes de que pueda protestar—. Perdona. Entonces... ¿vas a dejar el hockey? ¿Para siempre?

—¡No! Quiero seguir jugando. Es solo que... Cuando os veo a ti y a Nicko, no me siento preparado para la NHL. No quiero pasarme el tiempo calentando banquillo. Y menos aún que la gente piense que he llegado ahí porque mi padre jugó dos temporadas con los Pioneers.

Me estremezco al oírlo, pero Nate continúa, moviendo las manos frenéticamente como si intentara dibujar la idea en el aire.

—He hablado con mi padre. Este verano me ayudó a ponerme en contacto con el cuerpo técnico de la organización. Podría empezar en el filial. Quieren probarme en distintas posiciones y ver dónde podría encajar mejor.

—Espera. —Me llevo una mano a la frente porque siento que la cabeza me da vueltas con toda esta información nueva.

De repente, me arrepiento de haber aceptado tantas bebidas de colores, pensar con claridad ahora mismo resulta imposible—.

¿Ya te habías reunido con ellos? ¿Durante el verano?

Entonces no solo no había ningún ojeador cuando hiciste que Nicko se hiciera pasar por ti...

, sino que además ya sabías que no ibas a jugar con los Pioneers.

—Ya te he explicado por qué lo hice, Xan. Sabía que no tenía nada que perder, pero Nicko necesitaba... ¡un empujón! ¡Y ha funcionado! —Rechino los dientes y Nate levanta las manos, probablemente frustrado porque estamos teniendo esta misma discusión otra vez.

—¿No crees que esto es algo que Nicko habría querido..., no, más bien merecido saber?

—¡No! —La contundencia de la respuesta de Nate me hace dar un paso atrás. Niega con la cabeza mientras me arrebata el folleto de las manos y lo guarda dentro de su portátil cerrado, fuera de la vista de ambos.

—No lo entendería, Xan.

—¿Qué? ¡Vamos, Nate, es tu hermano! ¡Habláis todos los días! Estoy seguro de que él...

—¡No, Xan! —Nate me agarra del hombro y me sacude como si eso pudiera reorganizar sus palabras dentro de mi cabeza para que cobren sentido. No me resisto; simplemente me aferro a su brazo. El contacto resulta reconfortante.

—Mira, sé que Nicko juega mejor que yo. —Nate habla tan deprisa que no me da tiempo a interrumpirlo para insistir en que es tan bueno como él—.

Sea lo que sea lo que ibas a decir, no lo digas.

Todo el mundo sabe que Nicko es el mejor de los dos.

Por algo fue uno de los diez primeros seleccionados en el draft .

No hace falta que me mientas para no herir mis sentimientos —añade, lanzándome una mirada tan cortante que cierro la boca de inmediato—.

Lleva soñando toda la vida con que juguemos juntos en la NHL, y yo también quiero eso, pero no va a pasar así de fácil.

Necesito ese tiempo extra, y necesito un plan B por si no sale bien.

Suspiro mientras me libero de sus manos y me dejo caer en la silla del escritorio. Cierro los ojos un instante y me masajeo la sien.

—Vale, lo entiendo —respondo, aunque noto una punzada de decepción en el pecho. Me sorprende que no se lo haya contado a su hermano gemelo, pero me duele aún más que haya hecho todos esos planes sin confiar en mí—. Aun así, sigo pensando que deberías decírselo a Nicko.

—Lo haré. —Nate se endereza, con el ceño fruncido, y asiente para sí mismo, como si antes tuviera que convencerse—.

Pero no mientras la temporada siga en marcha.

Acaba de recuperar la confianza sobre el hielo y no quiero que juegue sus últimos partidos sintiéndose culpable o algo parecido.

Sé que Nicko no te causó precisamente la mejor impresión...

—Suelto un resoplido al pensar en las distintas impresiones que Nicko me ha causado, sobre todo con sus manos y sus labios—.

Pero debajo de toda esa coraza es una persona muy cariñosa.

Tuvo que marcharse de St. Bernard por mi culpa.

Eso despierta de inmediato mi interés.

—¿Qué? ¿Por qué? —pregunto. Pero Nate me corta con un gesto y me sostiene la mirada.

—Prométeme que no se lo contarás.

Se me escapa una risa amarga.

—No es que tu hermano y yo tengamos una cita semanal para intercambiar confidencias.

Hay un brillo en los ojos de Nate que desaparece tan deprisa que termino convenciéndome de que lo he imaginado.

—Prométemelo, Xan.

—Te lo prometo —suspiro—. Pero sigo pensando que deberías hablar con él, cuanto antes.