La jugada cambiada Capítulo 27
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Capítulo 27

A la mañana siguiente, me despierto de una pesadilla espantosa sobre mi contrato sin firmar con los Rebels.

La camiseta se me pega a la piel por el esfuerzo de perseguir en sueños unos documentos que se me escapaban una y otra vez.

Cada vez que conseguía alcanzarlos, los directivos me los arrancaban de las manos e insistían en que antes tenían que volver a operarme de la rodilla.

Al despertar, gruño y me froto la cara con una mano, intentando borrar la pesadilla.

Al parecer, ni siquiera acostarme con mi rival es suficiente para acabar con estas preocupaciones, lo cual, siendo sincero, no es algo en lo que debería estar pensando antes del desayuno.

Aun así, me pregunto si Hart tendrá contacto regular con el equipo; quizá incluso haya recibido ya un borrador de su contrato.

No es que pueda preguntárselo. Bastante malo es haberle hecho una mamada en el vestuario; no necesita otra cosa más de la que presumir.

Intento volver a dormirme, pero no lo consigo; doy vueltas de un lado a otro, inquieto, mientras los acontecimientos de ayer se repiten en mi cabeza.

La cena habría sido incómoda si Nate no nos hubiera entretenido con sus observaciones sobre la sala de urgencias del hospital.

No tengo una buena excusa para lo que pasó anoche.

Mi borrachera y la confusión de Hart sobre mi identidad hicieron que fuera bastante fácil justificar aquel beso, igual que la rabia que nos hizo explotar en el vestuario.

Pero no había ninguna razón lógica para que volviera corriendo desde casa de los vecinos solo para arrinconar a Hart en el pasillo.

Quizá de verdad necesitábamos quitarnos esto de encima, como cuando sales a caminar para desentumecer un músculo agarrotado.

Solo que... Cuando pienso en cómo mi polla entraba y salía de su culo provocador, me doy cuenta de que quizá tenga que caminar bastante para librarme de este «calambre» en particular.

Todavía está oscuro fuera cuando por fin me rindo y salgo de la cama. Me paso una sudadera de hockey por la cabeza y decido bajar al sofá para distraerme con alguna tontería en la televisión.

En cuanto salgo al pasillo, un ruido suave llama mi atención. Siguiendo el sonido, me desvío hacia la cocina. Parpadeo varias veces y me froto los ojos con una mano, pero la imagen que tengo delante no cambia.

Hart está plantado en medio de la estancia, en calcetines y con unos pantalones de deporte que le llegan hasta la rodilla.

Los mechones negros de su pelo apuntan en todas direcciones y observa la placa de la cocina con el ceño fruncido.

A su alrededor se amontonan sartenes y cazuelas de distintos tamaños sobre la encimera, además de un gran cartón de huevos.

—Tienes que tocarla —le indico al darme cuenta de que está intentando encender la placa. Es una cocina de inducción parecida a la que teníamos en los Países Bajos, ya que las de gas ponen nervioso a papá.

Hart da un respingo al oír mi voz ronca y se lleva una mano al pecho.

—Joder, Nicko —murmura.

—Podría ser Nate —replico para picarlo. La frase, sin embargo, me sale con una brusquedad que no pretendía.

Hart arquea una ceja y luego señala mi sudadera de B-Tech con un resoplido.

—Vale, tienes razón.

—De todas formas, también sé distinguirte sin ella, ¿sabes? —añade mientras se le arruga la frente.

—Sí, porque ya no intentamos engañarte. —Procuro mantener un tono despreocupado mientras me acerco y pulso la placa para encender uno de los cinco fuegos.

Sé que no debería sacar el tema del intercambio de identidades cuando apenas hemos empezado a soportarnos, pero no puedo evitarlo: es como la tentación de tocar una superficie ardiendo sabiendo perfectamente que vas a quemarte.

—¿Lo hacéis mucho? —pregunta—. Eso de haceros pasar el uno por el otro. ¿Para tomarle el pelo a la gente?

Sé que esa no es la verdadera pregunta que quiere hacer, por eso me tomo mi tiempo antes de responder.

Pongo en marcha la cafetera, una monstruosidad que solo prepara una taza cada vez y tarda una eternidad cuando hay invitados en casa.

El ruido repentino de los granos moliéndose hace que Hart vuelva a sobresaltarse.

—Papá dice que el café para llevar es un robo —explico—. Le parece una tontería gastarse dinero en eso.

Hart se limita a asentir mientras permanece en silencio, observándome con los brazos cruzados sobre el pecho. Para entonces, la placa de inducción ya se ha apagado otra vez por falta de uso.

—No lo hemos hecho desde que empezamos la universidad —respondo por fin a su pregunta original con gesto impaciente —. Así que no tienes que preocuparte por haber sido amable conmigo sin querer antes.

Los hombros de Hart se desploman al instante y la tensión desaparece visiblemente de su mandíbula al asimilar la información.

—No... Eso no es... Quiero decir, ¿qué necesidad había de hacerlo, entonces? —suspira, alzando las manos.

Me encojo de hombros y me apoyo en la encimera mientras la cafetera llena la primera taza.

—Nunca hemos querido hacer daño a nadie con ello.

Es verdad que, de vez en cuando, nos hacíamos pasar por el otro para algún examen o alguna presentación en el instituto, pero la mayoría de las veces era solo para gastar bromas a nuestros amigos y...

Bueno, no me mires así. —Pongo los ojos en blanco cuando vuelvo a sentir al instante que me está juzgando. Me observa con el ceño fruncido.

—Lo que hacíais era básicamente hacer trampas. Lo sabes, ¿verdad?

Respiro hondo para evitar lanzarle un huevo a la cara.

—No, pero gracias por informarme. Según tú, ahora querrás que «haga lo correcto» y devuelva mi diploma de secundaria, ¿no? ¡Por Dios, Hart! No me digas que nunca hiciste ninguna travesura en la adolescencia.

—Por aquel entonces tenía otras preocupaciones.

Cierro la boca tan deprisa que mis dientes chocan entre sí de forma audible.

Todo el mundo sabe que Hart fue adoptado por sus madres tras la muerte de sus padres, pero nunca ha hecho públicos los detalles; de hecho, es la primera vez que lo oigo mencionarlo.

Probablemente ha sido un lapsus, porque se lleva la mano a la boca en un intento tardío de contener las palabras que acaba de pronunciar.

Me remuevo en mi sitio, muy consciente de que no tengo una buena respuesta y de que no hay nada que pueda hacer para que la situación resulte menos incómoda.

—Lo siento —exhalo tras otro instante de silencio, roto únicamente por la cafetera que va llenando la segunda taza—. Quiero decir, siento que tuvieras que pasar por algo así.

No lo digo por compromiso; estoy expresando lo que realmente siento. Ninguna rivalidad estúpida es tan importante como para desearle algo así a nadie, ni siquiera a uno de mis rivales.

—No te preocupes. Tengo dos madres maravillosas.

Parpadeo una vez y vuelve a ser el de siempre: postura recta y mirada penetrante, como si se estuviera preparando para un enfrentamiento. Pero hay un leve temblor en sus dedos cuando intenta alcanzar los huevos.

—Así que no hay motivo para que te comportes bien conmigo solo porque sientes lástima por mí —añade mientras rompe el primer huevo contra el borde de la encimera.

Usa demasiada fuerza; la clara salpica la superficie y luego gotea lentamente hasta caer al suelo.

Hart maldice y echa el huevo, junto con parte de la cáscara, a la sartén fría.

—¿Qué tiene de malo sentir pena por tu pérdida? Es una experiencia horrible —digo con cautela mientras lo observo intentar sacar los trozos de cáscara con los dedos.

—No hace falta que busques otra razón por la que los Rebels me preseleccionaron. Ya sabes, haber perdido a mis padres además de ser gay.

Resoplo, sorprendido por sus palabras.

—Nunca dije que te hubieran preseleccionado porque eres gay. Eso es lo que interpretaste en tu puta cabeza.

—¿Ah, sí? Porque estoy bastante seguro de que todavía podemos encontrar la entrevista en internet y... ¡Mierda!

Me muerdo el interior de la mejilla para no reírme. Hart ha pisado el pequeño charco de clara de huevo del suelo, lo que ha hecho que resbale y se golpee el dedo gordo del pie contra la isla de la cocina. Soltando otra sarta de improperios, se apoya en la encimera de enfrente y se frota el pie.

—¿Qué haces aquí a estas horas? —pregunto por fin, señalando la cocina en un intento de escapar de todos los temas incómodos.

—Preparar el desayuno.

—Ah, me alegra saberlo. Parece más bien la escena de un crimen.

Hart me fulmina con la mirada mientras sigue haciendo equilibrio sobre un pie.

—Quería sorprender a tus padres para agradecerles que me hayan acogido durante las fiestas —resopla, con un rubor rosado en las mejillas.

Cojo una de las tazas de café, más que nada para ocultar mi sonrisa mientras doy el primer sorbo.

—Y yo que pensaba que intentabas impresionarme.

—¿El orgasmo que te di no fue lo bastante impresionante?

Me río con la boca llena de café y el líquido caliente me quema la lengua y la garganta. Hart suelta una risa por lo bajo, y yo le clavo una mirada asesina mientras toso, inclinado sobre el fregadero.

—En realidad, no te mereces esto —le informo un momento después, poniéndole la segunda taza de café en la mano y haciéndole un gesto para que me deje sitio.

Hart se aparta con una protesta silenciosa y se sienta en la encimera; sus largas piernas cuelgan a mi lado mientras observa mis movimientos con curiosidad.

—¿Sabes cocinar?

—Son solo huevos revueltos, Hart. No tienen ningún misterio. —Saco los últimos trozos de cáscara con la punta de un cuchillo antes de verter la yema solitaria en un cuenco. A pesar de mis palabras, no puedo evitar lucirme rompiendo el siguiente huevo con una sola mano.

—Engreído —resopla Hart, como era de esperar, y me da una leve patada que me arranca una sonrisa.

—¿Acabo de descubrir una debilidad de Alejandro Magno Hart? —pregunto con sorna.

—No me llames así.

—Ah, claro, nombres de pila. Solo Alex, entonces.

— Xander —me corrige con un gruñido, y de repente, recuerdo lo de ayer. Un escalofrío inesperado me recorre la espalda al evocar la facilidad con la que se movió sobre mí, sus caderas pegadas a las mías. Sacudo la cabeza para deshacerme de la imagen.

—¿Por qué eres tan pesado con el apodo? —pregunto mientras empiezo a batir los huevos.

Hart guarda silencio un instante, mordiéndose el labio inferior mientras me observa trabajar.

—Hay demasiados Alex —responde con un suspiro—. En la casa de acogida donde estuve después de que murieran mis padres había tres.

Me entran ganas de pegarme una patada por haber vuelto sin querer a ese tema.

—Así que tú... —empiezo, pero me quedo callado cuando echo los huevos en la sartén ya caliente, sobre la mantequilla derretida.

—Sentí la necesidad de diferenciarme. Preferí ser el cachorro con manchas en una camada marrón.

Me dedica una sonrisa ladeada, pero se me encoge el corazón al pensar en niños esperando ser elegidos como cachorros en un refugio justo antes de Navidad.

—¿Querías que te adoptaran? —pregunto, dándome cuenta de que no sé nada de sus orígenes. Uno pensaría que sí, que ese era el objetivo, pero cuanto más lo pienso, más espantosa me parece la idea de irte a vivir con completos desconocidos.

—Por lo que recuerdo, no; al principio, no.

Era más bien... lo que todo el mundo esperaba que quisiera.

—Hart se aclara la garganta. Sus ojos azules permanecen fijos en mis manos, ocupadas en remover los huevos con la espátula—.

Cuando me fui a vivir con mis madres, tardé mucho tiempo en entender que estaba bien quererlas como a unas madres y que no estaba traicionando a mis padres biológicos.

Se me corta la respiración y tiro del cuello de mi camiseta. Esta no es la conversación que imaginaba tener con Hart esta mañana. Ni nunca. De algún modo, no consigo quitarme de la cabeza lo que ha dicho sobre la necesidad de diferenciarse de los demás; para destacar y agradar.

—Entonces tendré que ponerte un apodo completamente nuevo —digo tras un largo momento de silencio. Reparto la primera tanda de huevos revueltos en los platos y le paso a Hart una tabla de cortar y unos pimientos para que los pique.

—¿Por qué no puedes usar el apodo que ya tengo? —pregunta con un gruñido, y yo sonrío con suficiencia.

—Porque todo el mundo te llama así... y a mí también me gusta ser el único cachorrito con manchas.