Capítulo 26 #3
Intento acompasarme a su ritmo, relajándome poco a poco antes de volver a apoyarme contra él. Con una lentitud exasperante, la punta de su erección empieza a abrirse paso en mi interior.
La sensación es intensa, mucho más de lo que esperaba.
Cierro los ojos con fuerza y tenso los hombros mientras intento concentrarme en otras cosas: el calor que me envuelve con su pene dentro, los sonidos contenidos que escapan de la garganta de Nicko, la presión constante de su cuerpo pegado al mío.
Cuando por fin queda completamente inmóvil, apoyado contra mí, noto cómo se remueve con impaciencia. Gruño y alargo una mano hacia atrás para agarrarle la pierna y obligarlo a quedarse quieto un momento más. Necesito tiempo. Necesito respirar.
Poco a poco, la incomodidad inicial empieza a disminuir. A modo de prueba, contraigo los músculos a su alrededor. Nicko responde con una sarta de maldiciones entre dientes que apenas llego a entender. Mi propia erección me produce un espasmo placentero.
Una sonrisa se dibuja en mis labios y repito el movimiento. Esta vez sus caderas reaccionan de forma involuntaria.
Antes de que tenga ocasión de burlarme de él por tercera vez, me sujeta con ambas manos por las caderas, entonces tira de mí hacia atrás y embiste. La fuerza del movimiento me hace perder el equilibrio y acabo chocando contra el cabecero de la cama.
—¡Mierda!
—Ya no estás tan chulo ahora, ¿eh? —me gruñe Nicko al oído.
Un escalofrío me recorre la espalda y me obliga a inclinarme hacia delante. Levanto las caderas para recibir su siguiente embestida. Sus dedos se clavan en mis costados, tirando de mí y guiándome, mientras encontramos un ritmo que nos deja a ambos sin aliento.
La siguiente acometida de Nicko es tan profunda que veo las estrellas.
No voy a aguantar mucho más, pero tampoco quiero ser el primero en correrme.
Me aprieto a su alrededor y empujo hacia atrás para romperle el ritmo.
No me detengo hasta que llego al fondo y comienzo a moverme en impulsos cortos y constantes.
Nicko resopla y me arrastra hacia él, sujetándome mientras sigue penetrándome.
Es demasiado bueno, demasiado, demasiado...
—Estoy cerca...
—Yo... casi —gime contra mi cuello. Su aliento caliente y su voz ronca me ponen la piel de gallina.
—Bien —jadeo, tensándome a su alrededor, decidido a hacerlo rendirse antes que yo—. Sigue así... —La frase se rompe en un gemido cuando Nicko vuelve a golpear ese punto sensible una y otra vez, dándome exactamente lo que necesito.
—¡Joder, Xander!
La emoción de oírle gemir mi nombre, unida al mordisco de sus dientes en mi cuello, me atraviesa por completo.
Con la siguiente embestida me corro sobre las sábanas.
El orgasmo me sacude como una descarga eléctrica.
Me quedo jadeando, incapaz de recuperar el aliento, mientras todo mi cuerpo tiembla.
Veo manchas danzando ante mis ojos y percibo vagamente el calor latiendo en mi interior. Nicko se queda inmóvil durante un instante y luego se deja caer sobre mi espalda.
Su pelo me roza la piel. Los brazos me tiemblan mientras intento sostener nuestro peso combinado.
Finalmente, me dejo caer despacio hacia un lado y ruedo sobre la espalda.
Nicko se desploma junto a mí con un gruñido satisfecho.
Una parte de mí sigue flotando en algún lugar lejano, disfrutando de esa sensación de bienestar que llega después del orgasmo.
—Dios mío... —murmura Nicko. Sin pensarlo, le rodeo la cintura con un brazo y me giro despacio para quedar frente a él. Tiene el pelo pegado a la frente por el sudor y, casi por instinto, alargo la mano para apartarle un mechón de los ojos.
Durante unos segundos, lo único que se oye es nuestra respiración.
Cuando Nicko abre los ojos, me dedica una mirada extrañamente suave. El momento apenas dura un instante. Luego se aclara la garganta y vuelve la cabeza hacia otro lado.
—Deberíamos limpiarnos —se apresura a decir, incorporándose.
Me muerdo la lengua antes de hacer lo mismo.
—Sí, claro. Ahora voy.
Me inclino sobre el borde de la cama y recojo los calzoncillos de Nicko para limpiarme el abdomen.
—Listo, ya está casi —comento mientras lanzo la prenda, ahora inservible, hacia el cesto que hay detrás de la puerta.
—Qué cerdo —gruñe él, con la voz ligeramente temblorosa mientras se deshace del preservativo usado.
—No tienes ni idea —respondo con naturalidad.
Aunque me cuesta más de lo que debería mantener un tono despreocupado mientras me pongo la ropa interior.
Todavía noto una ligera molestia que me recuerda lo que acabamos de hacer.
Sé que desaparecerá en un par de días y espero que, de paso, también se lleve consigo toda la tensión que existe entre nosotros.
Pero, de momento, mis movimientos son torpes mientras termino de vestirme.
Recojo el resto de mi ropa y me detengo junto a la puerta para escuchar, pero la casa permanece en silencio.
Aun así, cruzo el pasillo a toda prisa en dirección a la habitación de invitados.