La jugada cambiada Capítulo 26 #2
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Capítulo 26 #2

Cierro los ojos durante un instante para olvidarme de que tengo público, aunque solo sea por un momento. Me afecta mucho más de lo que me gustaría reconocer estar montando este espectáculo erótico para Nicholas van der Hoff, de entre todas las personas posibles.

Que me hiciera una felación en el vestuario cuando los dos estábamos completamente excitados es una cosa. Esto es otra muy distinta.

Penetrarme con los dedos para su deleite, sabiendo que también quiero que me penetre, sitúa todo en un nivel completamente diferente.

Pero enseguida toda mi atención se concentra en el punto donde mi dedo roza la entrada. Respiro hondo varias veces y consigo relajarme lo suficiente como para introducir la punta.

—Vaya... —susurra Nicko a mi lado, mucho más cerca de lo que esperaba. Abro un ojo para dedicarle una sonrisa burlona.

—¿Ves por dónde van los tiros? —Me remuevo incómodo sobre las rodillas mientras introduzco el dedo poco a poco. La sensación me quema y me arranca otro jadeo. Retiro la mano, empapándome los dedos con más saliva antes de volver a intentarlo.

Por el camino, rozo sin querer la mano de Nicko, que permanece suspendida en el aire. Él se estremece y me lanza una mirada. Me encojo de hombros y me acerco un poco más, apoyándome sobre las rodillas, me incorporo hacia el cabecero y arqueo la espalda.

Aceptando la invitación tácita, desliza una mano por mi cadera.

Suelta un leve gemido al agarrarme el trasero y separar ligeramente las nalgas justo cuando vuelvo a introducir el dedo.

Dejo escapar un jadeo suave, la sensación de vulnerabilidad desaparece enseguida bajo esa mezcla cada vez más intensa de placer y escozor.

El pulgar de Nicko roza la parte superior del pliegue y mis caderas se impulsan involuntariamente hacia delante.

—Dios...

—Joder, qué sexi... —murmura. Su voz es tan baja que no estoy seguro de que pretendiera que lo oyera. Aun así, suspiro en respuesta y sigo avanzando despacio y presiono mi dedo hacia dentro hasta casi alcanzar el nudillo.

—Lubricante —consigo decir entre respiraciones profundas mientras intento acomodarme. Apoyo la frente sobre el otro brazo.

—¿Eh? Ah... —Nicko responde desde detrás de mí, y no puedo evitar soltar una risa suave.

Espero a notar que se mueve antes de girar la cabeza para mirarlo.

El rubor ya le ha subido por el cuello. Sus ojos van de un lado a otro: primero al cajón de la mesilla, después a mis manos moviéndose lentamente.

Finalmente, saca un tubo de lubricante y lo deja caer sobre la cama, a mi lado.

Pero, en lugar de volver enseguida como esperaba, se dirige a toda prisa hacia la bolsa que ha dejado junto al armario. Cuando regresa, lleva la cartera en la mano.

Me detengo con el tubo de lubricante abierto entre los dedos.

—Eeeh... No. Este es un servicio que ofrezco gratis —bromeo mientras froto el gel entre los dedos para calentarlo.

Nicko saca un sobre plateado que cruje al abrir el compartimento y arquea una ceja mientras me mira.

—Prefiero evitar una ETS, aunque sea gratis. —Lanza la cartera a un lado y vuelve junto a mí, arrastrando los pies por la cama.

Pongo los ojos en blanco y vuelvo a concentrarme en relajarme lo suficiente para introducir un segundo dedo. Esta vez la penetración resulta más sencilla, y puedo empezar a mover ligeramente las caderas mientras curvo los dedos en busca de ese punto sensible.

Ahora, con más decisión, la mano de Nicko recorre el pliegue entre mis nalgas. Vacila apenas un instante antes de que sus dedos, cálidos y resbaladizos, exploren mi entrada. Me estremezco cuando la yema de su índice roza el borde y luego se desliza dentro de mí junto a mis propios dedos.

—Dios mío...

Se me escapan más sonidos entrecortados a medida que el escozor del estiramiento se intensifica, cediendo solo poco a poco a un ritmo constante. Mis caderas responden por sí solas, empujando suavemente contra nuestras manos.

Nicko deja escapar un gemido grave. Entonces siento una punzada en el hombro cuando me clava los dientes con suficiente fuerza como para preocuparme por la marca que pueda dejarme después, pero apoyo la cabeza contra la suya y me abandono a esa mezcla de dolor y placer.

Dobla el dedo antes de retirarlo lentamente.

La visión se me nubla.

—Mierda... Yo... Dios. ¡Nicko, ahora!

Repite el movimiento una vez más antes de apartarse del todo. Me derrumbo ante la ausencia repentina de su contacto, incluso aunque mi propia mano siga donde está. De pronto ya no es suficiente.

El envoltorio de aluminio cruje. Giro la cabeza justo a tiempo para ver cómo Nicko desenrolla el preservativo sobre su erección.

Vuelvo a hacerme con el lubricante, sin preocuparme esta vez por calentarlo entre las manos, y dejo caer una cantidad generosa sobre mi piel, resoplando al sentir el contraste del gel frío contra el calor de mi cuerpo.

Nicko aparta mis manos con suavidad. Lo dejo hacer mientras extiende el lubricante con movimientos lentos y firmes. Sus dedos vuelven a deslizarse en mi interior durante apenas un instante. Los dos gemimos al mismo tiempo, pero los retira demasiado deprisa.

Me invade una sensación de vacío hasta que vuelve a acercarse. Sus muslos rozan mi espalda y la punta de su erección presiona contra mi entrada.

Se me escapa el aire de los pulmones en un jadeo silencioso.

Recuerdo perfectamente cómo la sentía en mi mano: la suavidad de esa piel, y esa carne dura.

Pero esto es completamente distinto, ahora está detrás de mí.

Encojo los hombros y apoyo ambas manos en el cabecero, preparándome para el dolor inicial. Sin embargo, Nicko no se mueve.

Una de sus manos se desliza sobre mi cadera mientras el pulgar acaricia distraídamente la base de mi espalda. El gesto resulta cálido, tranquilizador, y no puedo evitar arquearme ligeramente hacia él.

Retiro una mano del cabecero y la apoyo contra la pared para disimular el movimiento. Después asiento.

Nicko se inclina lo suficiente para que note el roce de su nariz contra mi piel cuando él también asiente. Su aliento me hace cosquillas en la espalda.