Capítulo 28
Con una aparente tregua entre Nicko y yo, las vacaciones de Navidad han pasado volando.
Sacamos a Coach a pasear varias veces más, arrastrando a Nate con nosotros, aunque él siempre se quedaba rezagado, interactuando lo menos posible con el perro.
Yo no puedo decir lo mismo. Le lanzo a Coach todos los palos que quiere y corro con él por la nieve, intentando tentarlo con chuches para que me preste más atención que a Nicko.
También despejamos la entrada un par de veces más, aunque ya sin guerras de bolas de nieve, porque empezó a hacer más frío y la nieve se congelaba durante la noche. De hecho, tuvimos que esforzarnos para que el señor y la señora Van der Hoff pudieran ir a trabajar sin problemas.
La Navidad llega rapidísimo. Pasamos la mañana como una típica familia estadounidense, intercambiando regalos.
Tengo una botella de vino para el señor y la señora Van der Hoff, junto con unos dulces de sirope de arce de Vermont.
A Nate le regalo un libro nuevo y a su hermano también le doy un pequeño paquete.
Cuando llega mi turno, Nate me regala un lector electrónico.
El detalle es tan caro que me hace sentir incómodo.
El regalo de Nicko para mí es un sobre. Casi espero que sea una de esas tarjetas que reproducen música sin parar cuando las abres. Le lanzo una mirada rápida, pero está demasiado ocupado molestando a Nate, que ya se ha sumergido en su nuevo libro.
Abro el sobre. Es una tarjeta, pero no suena ninguna canción.
No hay nota, solo un código para una suscripción a los juegos del New York Times .
Lo que significa que voy a tener Wordle ilimitado durante todo un año.
Me sorprende lo bien pensado que está el regalo y siento que los calzoncillos con el logotipo de los Rebels y el paquete de gominolas que le he comprado no están a la altura.
Estoy a punto de decirlo en voz alta, pero al final me lo pienso mejor y me quedo callado.
Cuando la emoción de los regalos se disipa, nos acomodamos más o menos en silencio en el sofá. Nate y yo resolvemos el Wordle del día y luego nos maravillamos con todos los juegos nuevos que me ofrece la suscripción. Nos quedamos haciendo crucigramas hasta que llega la hora de cenar.
Me siento extraño celebrando la Navidad con otra familia. No sé si es por la conversación que tuve con Nicko el otro día, un tema que no deja de rondarme la cabeza, pero me cuesta no compararlo con la época en que acababan de adoptarme.
Me alegro cuando puedo excusarme de la mesa, llevarme mi plato y sentarme ante el escritorio de la habitación de invitados. La pantalla de mi portátil permanece en negro durante unos segundos antes de que la videollamada se conecte.
—¡Feliz Navidad! —gritan mis madres al unísono. Las dos están sentadas delante de un pequeño árbol decorado con lucecitas, bolas rojas y algunos adornos que reconozco al instante porque los hice yo mismo en el colegio.
Nuestro perro, Marigold, ladra emocionado ante tanto entusiasmo. Lleva puesto un gorro de Papá Noel durante medio segundo, pero luego se sacude y el gorro sale volando por los aires. Vuelve a ladrar y sale corriendo detrás de él.
Se me encoge el corazón mientras todos nos echamos a reír.
—Feliz Navidad, mamá —sonrío, guiñándole un ojo a mi otra madre—. Y feliz Navidad a ti también, mamá.
—¡Qué descarado! ¿Eso es lo que te enseñan en la universidad?
—¡Pareces más delgado! ¿Estás...?
—¡Sí, mamá, estoy comiendo bien! —la interrumpo—. De hecho, estoy comiendo muchísimo. ¡Mira! —Les enseño el plato, en el que todavía queda la mitad de una cena increíble. Les describo lo que estoy comiendo y ambas asienten sonrientes.
—¡Suena maravilloso! Por favor, dales recuerdos a los Van der Hoff de nuestra parte. Esperamos que hayas pasado una Navidad estupenda.
—Sí, me lo estoy pasando genial —respondo con una sonrisa, tragando saliva con dificultad—. ¿Habéis recibido vuestros regalos?
—Sí —sonríe Bea, apartándose el pelo de la cara mientras coge los paquetes envueltos que les envié semanas atrás para asegurarme de que llegaran a la Costa Oeste a tiempo—. Queríamos esperarte para abrirlos.
—No es gran cosa —me apresuro a decir mientras ambas rompen el papel de regalo. Hay más dulces de sirope de arce y chocolates, una bufanda de colores para Bea y unos guantes de jardinería nuevos para Darla. Espero poder mimarlas como se merecen cuando reciba el bono por la firma de mi contrato.
Se entusiasman con los regalos antes de bombardearme con preguntas sobre las vacaciones, los exámenes, el hockey y mil cosas más con las que consiguen marearme.
Acabamos hablando tanto tiempo que no me doy cuenta de que la habitación ha ido quedando a oscuras hasta que tengo que entrecerrar los ojos para ver bien la pantalla.
Me sobresalto cuando una silueta aparece reflejada en la ventana, justo detrás de mi portátil, recortada por la luz que se cuela por la rendija de la puerta.
—Me cago en... —Consigo reprimir a duras penas la palabrota que estaba a punto de soltar, pero aun así mis madres emiten un sonido de desaprobación desde la pantalla.
—Solo venía a decirte que bajes a por el postre antes de que Nicko se lo coma todo —explica Nate. Detrás de él se oyen varias protestas.
—¡Te he oído!
—¡Imposible!
Resoplo ante las discusiones de los gemelos.
—Estoy hablando con mis madres. El postre puede esperar.
—¿Lo ves? ¡Ni siquiera lo quiere!
El volumen de la conversación va disminuyendo a medida que bajan las escaleras. Sigo sonriendo cuando vuelvo la atención a la pantalla.
—Ve, Xander. Ya volveremos a hablar pronto —dice Bea con una amplia sonrisa.
—Vale. —Siempre cuesta colgar, pero la verdad es que quiero descubrir qué es exactamente y a qué sabe un «tronco holandés de Navidad».
—¡Buenas noches! ¡Hablamos pronto! ¡Felices fiestas! —repito, despidiéndome con la mano antes de cerrar la videollamada.
***
En nuestro último día de vacaciones, el señor Van der Hoff ha preparado otra comida increíble y hemos jugado una partida de cartas que he perdido, aunque no me importa porque ha sido divertido.
Mi cabeza no para mientras hago la maleta.
Doblo camisetas que se han mezclado con mi ropa interior y mis calcetines.
Probablemente sea un esfuerzo inútil y todo vuelva a parecer igual de caótico cuando deshaga el equipaje en la residencia, pero sé que no vale la pena intentar dormir mientras sigo dándole vueltas a todo lo que ha pasado estos últimos días.
No dejo de preguntarme si la frágil paz entre Nicko y yo sobrevivirá cuando regresemos a Vermont o si volveremos a pasarnos el día discutiendo.
Durante estos últimos días tampoco hemos tenido ocasión de comprobar si somos capaces de llevarnos bien sin Nate de por medio.
Al final me meto en la cama e intento dormir un poco. No sirve de nada. Doy vueltas y más vueltas durante lo que parecen horas hasta que termino hartándome de repetir las mismas preguntas una y otra vez.
Nicko y yo pensamos que podíamos dejar todo aquello como algo puntual, pero no consigo sacarme esa tarde de la cabeza. Como mínimo, quiero volver a hablar del tema. «Quizá...». Me interrumpo a mí mismo a mitad del pensamiento. ¿Por qué seguir especulando cuando puedo limitarme a preguntárselo?
Me pongo unos pantalones de chándal sobre los calzoncillos, pero no me molesto en ponerme una camiseta. Me siento como un intruso al bajar las escaleras por la casa en silencio, todas las habitaciones están a oscuras hasta que llego al salón.
Como esperaba, la televisión sigue encendida.
Con la poca luz que hay necesito mirar dos veces para asegurarme de que es Nicko quien está sentado allí, iluminado por el resplandor azulado de la pantalla.
Está viendo repeticiones del Frozen Four del año pasado.
Reconozco las camisetas amarillas de la Universidad de Boston contrastando con el rojo brillante de los Chicago Comets.
—Eh —susurro para no asustarlo. Aun así, se sobresalta y agarra el mando a distancia. A la luz de la televisión, sus ojos parecen casi azules cuando se vuelven hacia mí.
—¿Pero qué demonios...? —gruñe Nicko. Durante un instante veo cómo está a punto de llamarme por mi apellido antes de interrumpirse.
—Perdón —digo, aunque en realidad lo que quiero decir es «qué exagerado eres»—. ¿Puedo hablar contigo un momento?
—Tengo la sensación de que, aunque te diga que no, vas a hablar igualmente —replica con descaro, aunque baja el volumen mientras yo me siento en el borde del sofá. Luego me lo pienso mejor y me acerco un poco más para no tener que levantar la voz.
—Solo quería asegurarme de que estamos bien —empiezo despacio, atrapándome el labio inferior entre los dientes. Las palabras no son las mejores, pero espero que Nicko entienda a qué me refiero.
Él resopla y arquea las cejas.
—Ah, claro. ¿Y por qué no íbamos a estarlo?
—Porque nosotros...
—Por Dios, Alex... Xa... Xanxan.
—¿Ese es el mejor apodo que se te ha ocurrido? No parece muy digno de un cachorro especial con manchitas.
—Cállate. Además, ¿por qué te pones tan intenso? Tuvimos sexo, ¿y qué? —Las últimas palabras las susurra mientras lanza una mirada por encima del hombro, como si esperara que recorrieran toda la casa como una alarma.
Intento no tomármelo como algo personal y lo intento de nuevo.
—Ya lo sé. Y no me estoy poniendo intenso, es solo que... Lo que pasó entre nosotros... Quiero decir... —Dios, odio tartamudear así. Me interrumpo, respiro hondo y me enderezo en el sofá.
No soy de esos que se sonrojan por cualquier cosa, ni tampoco de los que se enamoran de cualquiera con quien se acuestan, pero en este caso no siento que haya sido solo sexo.
Al fin y al cabo, he odiado a Nicko durante tres años, y no sin motivo.
Pero luego, estos últimos días, he visto facetas de él que me recuerdan todos aquellos momentos tensos entre nosotros cuando pensaba que era Nate: las sensaciones distintas que despertaba en mí el que creía mi mejor amigo y las chispas que hacían que todo pareciera un desafío.