La jugada cambiada Capítulo 24
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Capítulo 24

A la mañana siguiente me despierta un grito agudo. Completamente desorientado, me incorporo en la cama y me froto los ojos con las palmas de las manos.

Tardo unos segundos en recordar que estoy en casa de mis padres y en identificar los chillidos de emoción que llegan desde la habitación contigua. Por supuesto, son de mi hermano gemelo.

—¡Cállate de una vez! —grito, golpeando la pared con el puño. Estoy bastante seguro de que Nate está saltando sobre la cama como un niño hiperactivo después de una sobredosis de azúcar.

—¡Hay nieve, Nicky! ¡Nieve! ¡Mira por la ventana! —me informa mientras aporrea la pared desde el otro lado con un entusiasmo desmedido.

Frunciendo el ceño, saco las piernas de la cama y me acerco lentamente a la ventana. Subo la persiana y enseguida tengo que cerrar los ojos para protegerme de la claridad. Me cubro la cara con una mano y los abro poco a poco. Se me escapa una exclamación de asombro.

Cuando llegamos ayer, los setos y los árboles apenas estaban cubiertos por una fina capa de nieve y escarcha. Ahora, en cambio, las ramas se doblan bajo el peso del manto blanco, que refleja la luz del sol y transforma el paisaje en una auténtica postal invernal.

Una oleada de emoción me revuelve el estómago y me vuelvo de inmediato hacia mi bolsa para buscar ropa limpia. Anoche ni siquiera deshice el equipaje, así que tengo que rebuscar un poco hasta encontrar un jersey grueso con la mascota de B-Tech estampada en el pecho.

Oigo a Nate revolviendo sus cosas en la habitación de al lado, así que agarro la ropa y salgo disparado al pasillo, decidido a llegar al baño antes que él.

Estoy a menos de un metro cuando la puerta se abre de golpe y Hart aparece justo delante de mí.

Sus ojos azules se abren de forma casi cómica antes de que choquemos.

Me quedo sin aliento porque, a diferencia de la última vez que ocurrió algo parecido, ninguno de los dos lleva protecciones. Agito los brazos en busca de equilibrio mientras intento agarrarme al marco de la puerta.

Hart me sujeta por el antebrazo y tira de mí hacia su pecho desnudo. Durante una fracción de segundo mis labios rozan su hombro y, finalmente, apoyo la mano libre en su cadera para no caerme.

Me muerdo el interior de la mejilla cuando nuestros cuerpos colisionan y me apresuro a retroceder. El aroma limpio de su gel de ducha me envuelve y despierta recuerdos que preferiría olvidar: la piel expuesta de su cuello, sus jadeos contenidos, el calor de su cuerpo.

Los aparto de un plumazo con una sacudida de cabeza.

—¡Ten cuidado! —resoplo mientras retiro la mano de la suya. La piel me hormiguea allí donde me ha tocado, así que me froto la palma contra la camiseta como si eso pudiera borrar la sensación.

Hart arquea una ceja con calma antes de agacharse para recoger la ropa que se me ha caído al suelo.

—Buenos días a ti también, Nicholas —dice mientras me devuelve los calzoncillos.

Aprieto los dientes y se los arrebato de la mano.

—Nicko —lo corrijo.

—¿Qué?

—Llámame Nicko. Nadie me llama Nicholas.

Hart ladea ligeramente la cabeza. Su mirada recorre mi rostro como si me estuviera viendo por primera vez.

Siento una punzada de incomodidad y cambio el peso de un pie al otro. De repente soy muy consciente de mi pelo revuelto y de la camiseta arrugada con la que he dormido. Los dedos de mis pies descalzos se curvan sobre el oscuro suelo de madera.

Le está dando demasiadas vueltas a lo que he dicho, lo puedo notar, y eso hace que me arrepienta de haber abierto la boca.

—No estoy intentando que seamos amigos, Hart. Solo quiero que todo sea lo menos incómodo posible delante de mis padres.

Ahora arquea la otra ceja. Al instante me molesta que sea capaz de moverlas por separado.

—No haber fingido ser tu hermano habría ayudado bastante.

Sí, bueno, probablemente no haberte hecho una mamada en el vestuario también habría ayudado . No lo digo en voz alta, pero la forma en que baja la mirada hacia mis labios me hace pensar que ha llegado exactamente a la misma conclusión.

Levanto la barbilla con gesto desafiante. Hart se aclara la garganta y se frota la nuca con una mano. Durante un segundo me distrae la forma en que se le marca el bíceps con el movimiento.

—Bueno... entonces probablemente tú tampoco deberías llamarme por mi apellido, Nicko .

Entrecierro los ojos al oír cómo enfatiza mi apodo, atento a cualquier rastro de burla.

—Vale —concedo al no encontrar nada que reprocharle—. Ahora déjame pasar al baño, Xander .

—Primero tendrás que apartarte de mi camino, Nicko .

Tardo un instante en darme cuenta de que esta vez tiene razón y retrocedo un paso. Al pasar junto a mí, nuestros hombros chocan y el simple roce basta para que la piel se me incendie.

***

Después del desayuno, Hart, siempre tan perfecto, se ofrece a ayudar a despejar la entrada de la nieve. Solo tenemos tres palas, así que mi padre se retira a trabajar en el guion de la próxima entrevista de su pódcast.

Transcurren cinco minutos de silencioso trabajo honrado antes de que Nate lance la primera bola de nieve.

Ya me lo esperaba y estaba preparado, así que respondo de inmediato.

Y luego, solo porque Hart deja escapar uno de esos insufribles suspiros de «vamos, chicos», la siguiente bola va directa hacia él.

No la lanzo con demasiada fuerza, pero le da de lleno en la frente. La expresión de su cara me provoca tal ataque de risa que tengo que apoyarme en la pala para no caerme.

—Ah, ¿te parece gracioso?

Hart me mira con el ceño fruncido mientras se sacude la nieve de los ojos y de la barba incipiente que le sombrea la mandíbula.

La exasperación en su voz solo consigue que me ría más.

Termino doblado sobre mí mismo, incapaz de defenderme siquiera, incluso mientras lo veo formar una bola de nieve entre sus guantes.

Levanto un brazo justo a tiempo para protegerme la cara, pero Nate me alcanza un segundo después.

Y entonces todo se desmadra. En cuestión de instantes, la entrada de la casa se convierte en un auténtico campo de batalla.

Hart y yo nos refugiamos tras dos montones de nieve situados a ambos lados del camino, mientras Nate nos ataca a los dos por igual, corriendo de un lado a otro y riéndose como un auténtico maníaco.

—¡Esto es ridículo! —grita Hart desde detrás de su escondite. En lugar de responderle, aprovecho el instante en que su oscura cabeza asoma por encima del montón de nieve para lanzarle otra bola. No me quedo a comprobar el resultado; la maldición ahogada que se le escapa me basta como recompensa.

—Vaya, Nicko. Qué maduro eres. Vamos, se supone que hemos salido a quitar la nieve de la entrada... ¡Por el amor de Dios, Nate!

—¡Vamos, Xan, diviértete un poco! —se ríe Nate antes de echar a correr hacia mí cuando su mejor amigo por fin decide pasar al ataque.

—¡Ni hablar! ¡Búscate tu propia trinchera! —protesto. Pero ya se está agachando detrás de la improvisada muralla de nieve que he levantado.

—¿Aliados? —pregunta con una sonrisa, tendiéndome la mano. La observo con recelo unos segundos antes de estrechársela.

Debería haberlo visto venir. En cuanto nuestras manos se entrelazan, tira de mí hacia delante y me embadurna la cara con un puñado de nieve. Lanzo un grito cuando la nieve se cuela por debajo de la bufanda y me resbala por el cuello hasta el pecho.

—¡Lo tengo, Xan! ¡Me he infiltrado en territorio enemigo! —grita mi hermano.

—¡Pero si eres mi hermano! —jadeo mientras consigo zafarme de él. Lo que sea que voy a decir a continuación queda sepultado cuando Hart atraviesa la entrada de la casa y se lanza sobre mí.

—¡Ay! —protesto cuando mi espalda golpea contra el suelo. Instintivamente giro la cabeza para apartarme del siguiente cargamento de nieve que intenta restregarme por la cara.

Alzo ambas manos y empujo el pecho de mi atacante, pero es inútil, ya está sentado a horcajadas sobre mí y trata de inmovilizarme los brazos. Cuando por fin lo consigue, me sujeta las muñecas por encima de la cabeza.

—Mírate —dice Xander con una sonrisa triunfal mientras toso y escupo la nieve que me ha metido prácticamente hasta la garganta—. Callado por primera vez en tu vida.

—¡Cállate tú! —resoplo. Entrecierro los ojos al ver aquella sonrisa enorme.

Tiene las mejillas encendidas por el frío y el esfuerzo, y en sus ojos azules brilla algo peligrosamente divertido.

Un escalofrío me recorre la espalda, y no tiene absolutamente nada que ver con la nieve derritiéndose bajo mi ropa.

Al impulsar las caderas hacia arriba, consigo pillarlo desprevenido. Hart suelta un grito cuando lo derribo y ambos rodamos por la nieve hasta que termino encima de él. Mis dedos entumecidos ya están buscando más nieve para lanzársela.

—¡Eh, pedazo de...! ¡No! ¡Nicko! ¡Ni se te ocurra...!

Echo la cabeza hacia atrás, riéndome, mientras su advertencia se pierde bajo mi renovado ataque. Aprieto las piernas a ambos lados de su cintura para no caerme.

***

Nos pasamos toda la mañana despejando la entrada. Nuestras chaquetas y botas empapadas están secándose en el cuarto de la colada, y ahora estamos sentados en semicírculo alrededor de la chimenea, contemplando el baile de las llamas mientras comemos gemberbolus en pequeños cuencos de cristal.

Nate y Hart están intentando resolver el Wordle del día, mientras yo me entretengo observando a Hart luchar contra el pegajoso dulce holandés.

Después de cada bocado se chupa los dedos y luego se los limpia discretamente en el pantalón de chándal antes de volver a concentrarse en la palabra de cinco letras.

—¿Qué te está pareciendo la cocina holandesa, Xander? —pregunta papá mientras se une a nosotros con otra porción en la mano.

—¡Está buenísima!

Pongo los ojos en blanco ante lo rápida que ha sido su respuesta. La culpa por haberse puesto morado a dulces prácticamente se le refleja en la cara.

—Me alegro. Cuando llegué a Estados Unidos echaba muchísimo de menos los pasteles caseros de mi oma . En Nueva Jersey hay una panadería holandesa increíble, pero no podía pasarme allí todo mi tiempo libre, así que aprendí a hacerlos yo mismo. —Papá prácticamente rebosa orgullo al decirlo.

—Los de la oma siguen siendo mejores —comenta Nate, llevándose a la boca el último trozo del rollo de jengibre.

— Oma significa «abuela» —aclaro al ver la expresión de desconcierto en la cara de Hart.

—¿Hablas holandés? —pregunta, mirándome con evidente sorpresa. Sinceramente, me siento ofendido.

—Pues claro que hablo holandés. Viví en los Países Bajos durante diez años —le recuerdo.

—De hecho, lo habla mejor que yo —admite Nate con un encogimiento de hombros. El cumplido me pilla desprevenido.

—Eso no es... —empiezo, pero Nate me corta enseguida, con una sonrisa burlona.

—Pero tardó años en perder el acento cuando nos mudamos aquí —añade.

—¡Oye! ¡Eso no es verdad! —protesto. Aunque sé perfectamente que sí lo es.

A pesar de haber crecido en una casa bilingüe y de haber aprendido inglés también en la guardería de Holanda, me costó años hablar sin acento. El ritmo del holandés siempre me ha salido de forma mucho más natural.

—Oh, yo me acuerdo —interviene papá con una risita cariñosa, y me revuelve el pelo al pasar camino del sofá—. Tenías problemas con las «v» y las «f».

Lo miro extrañado. Los dos sonidos que acaba de pronunciar me han sonado exactamente igual.

—Los niños del colegio se metían bastante contigo por eso.

—Eran unos imbéciles envidiosos porque yo patinaba mejor que ellos. —Pongo los ojos en blanco mientras me levanto del suelo.

—¿Quieres otro? —Extiendo la mano hacia Hart para llevarme el cuenco. Tiene un poco de azúcar pegado al labio inferior, y me entran unas ganas absurdas de quitárselo.

En lugar de responder, inclina ligeramente la cabeza hacia mí. Sus ojos inquietantes se quedan clavados en los míos durante unos segundos antes de asentir.

Tengo la sensación de que su mirada me sigue hasta la cocina mientras, a mi espalda, Nate recuerda con entusiasmo cómo recitaba poemas por mí en clase de Literatura.