Capítulo 23
Van der Hoff toma otra curva demasiado deprisa. Sin nada a lo que agarrarme, la inercia me lanza contra la puerta del coche. Juraría que está sonriendo, aunque lo único que puedo ver es la parte de atrás de su cabeza.
—Idiota —murmuro, frotándome el hombro. Mi comentario se pierde bajo el grito entusiasmado de Nate.
—¡Ya hemos llegado!
Su hermano resopla y le dedica una mirada de fastidio mientras mete el coche en el camino de entrada de la casa de sus padres.
Es preciosa, con la fachada blanca y los marcos de las ventanas oscuros, parece una mansión.
Un sendero de piedra serpentea por el césped cubierto de escarcha hasta la puerta principal.
La casa es lo bastante grande para que cada miembro de la familia tenga su propia habitación y aún sobren varios dormitorios para invitados.
Como ya he estado aquí antes, sé que hay una zona de entrenamiento, un salón enorme y una cocina inmensa, además de un amplio jardín trasero con espacio para hacer barbacoas y un jacuzzi .
Y aun así queda suficiente terreno libre para practicar todo tipo de deportes con balón, mientras unos setos altos mantienen alejadas las miradas indiscretas de vecinos y curiosos.
El lujo desenfadado de esta pequeña mansión me intimida tanto como la primera vez que vine a visitar a Nate durante las vacaciones de verano.
Después de pasar casi cinco horas metido en el coche, agradezco poder estirar las piernas.
Me ha tocado conducir el primer turno mientras los gemelos discutían por la música.
El resultado ha sido una extraña mezcla de pop elegido por Nate con algo de rap intercalado que no descubrí que estaba en neerlandés hasta que cruzamos la frontera de Massachusetts.
Nate sale disparado hacia la casa, con la mochila colgándole de un hombro, dejándome a solas con su gemelo para descargar el resto del equipaje.
Van der Hoff tiene medio cuerpo metido en el maletero cuando me acerco para echar una mano.
Sin decir una palabra, alargo la mano para alcanzar mi bolsa de viaje, fácil de distinguir del equipaje de los gemelos por los parches que cubren la tela desgastada, pero Van der Hoff ya la ha agarrado.
Su mano se siente cálida bajo la mía y me sobresalto ante el contacto inesperado.
Aparto la mano de inmediato, pero la piel me sigue hormigueando.
—¿Me das mi bolsa? —pregunto, esforzándome por mantener la voz firme.
Por suerte, Nate está distraído hablando con sus padres en la puerta, porque estoy seguro de que hasta un ciego percibiría mi incomodidad.
Los ojos verdes de Van der Hoff brillan con picardía mientras me tiende la bolsa.
Durante un instante me quedo inmóvil, dolorosamente consciente de que es la primera vez que estamos solos desde que salí huyendo del vestuario de Bonham Tech.
Sin embargo, estoy demasiado bloqueado como para entender qué está pasando.
Van der Hoff pone los ojos en blanco y deja caer mi bolsa a mis pies. Esta aterriza con un golpe seco.
—¡Eh! —protesto. Pero Van der Hoff se limita a agarrar su bolsa deportiva y dirigirse hacia la casa.
Negando con la cabeza, me recuerdo que este comportamiento es inaceptable, por muy atractivo que sea.
Aun así, mis ojos lo siguen mientras recorren sus anchos hombros, descienden por su cintura estrecha y se detienen en la forma en que los vaqueros se ajustan a su trasero.
Con otro gruñido, me inclino para recoger mi bolsa.
Sea lo que sea lo que me está pasando, debo de estar muy confundido para sentir mariposas en el estómago en vez de rabia.
Me detengo junto a la entrada, donde un hombre alto y rubio tiene atrapados a sus dos hijos idénticos en un abrazo, pese a sus protestas.
Me escurro junto a ellos para estrechar la mano de la señora Van der Hoff, una mujer morena que conserva el porte atlético de su época como jugadora profesional de hockey.
Su forma física se refleja en la figura esbelta, la práctica trenza que le recoge el pelo y la ropa deportiva que da la impresión de que acaba de volver de entrenar.
—Hola, Alexander. Qué alegría verte otra vez —me saluda mientras me estrecha la mano.
Su bienvenida es tan cordial como siempre, pero la intensidad de su mirada me hace sentir como si estuviera de nuevo en el vestuario de St. Bernard, bajo la atenta observación del entrenador.
Trago saliva para obligar a mi corazón a volver a su sitio entre las costillas.
Posee esa agudeza mental que solo uno de sus hijos ha heredado.
—Vamos a meter todas vuestras cosas dentro, ¿sí?
Hola, Xander —dice el señor Van der Hoff, que conserva un ligero acento neerlandés.
Me da una palmada contundente en el hombro al pasar junto a mí; y, aunque no consigue disipar del todo la sensación de ser un intruso, sí alivia parte de la tensión que llevo encima.
***
El señor y la señora Van der Hoff nos esperaban con la cena ya preparada.
Hay un puré verde de verduras acompañado de salchichas en rodajas y una salsa espesa.
Nunca había probado nada parecido y, al principio, me limito a picotear con cautela.
Sin embargo, una vez que pruebo todos los ingredientes juntos, llego a la conclusión de que está buenísimo, así que empiezo a mezclarlo todo y a comer con auténtico entusiasmo.
La cena transcurre sin incidentes, aunque tengo la mala suerte de sentarme al lado de Van der Hoff. Por suerte, ambos tenemos demasiada hambre como para iniciar una discusión.
Después ayudo a recoger la mesa y merodeo con cierta incomodidad junto al lavavajillas hasta que veo a Nate colocar algunos cubiertos en la bandeja. Lo imito de inmediato, con la esperanza de no alterar el sistema que suelen utilizar para cargarlo.
Cuando estoy a punto de retirarme, el señor Van der Hoff regresa después de encender la chimenea y deja una gran caja de cartón sobre la mesa. Al levantar la tapa, los adornos del árbol brillan y centellean.
—¿Haríais los honores, chicos? Ya sabéis que vuestra madre no me deja decorar el árbol, ¿verdad, liefje ?
—Y con razón, cariño. —Comparten una sonrisa que me hace sentir como si estuviera presenciando un momento demasiado íntimo.
Nate agarra la caja y yo me apresuro a seguirlo.
El árbol está colocado en una esquina del salón, junto al televisor. Es tan alto que casi roza el techo y sus ramas se extienden como una falda frondosa. Ya tiene colocadas las guirnaldas de luces, que centellean entre las agujas oscuras.
Las pequeñas luces y el parpadeo de las llamas en la chimenea consiguen que incluso el enorme sofá de cuero y las paredes desnudas resulten acogedores. Combinado con el aroma resinoso del árbol, el ambiente es tan cálido que desearía poder embotellarlo y llevármelo conmigo.
—Vale, tú coloca las rojas y yo me encargo de las doradas —indica Nate, repartiendo tareas mientras me acerca una caja más pequeña.
—Siempre lo decoramos de rojo y dorado. ¿Por qué no usamos plata y azul por una vez? —La voz de Van der Hoff me hace dar un respingo. Instintivamente, sujeto con más fuerza la caja con su frágil contenido.
—Porque no tenemos suficientes adornos plateados. —Nate ya sostiene una bola grande, pintada con todo lujo de detalles, y estudia el árbol con atención, como si colocar el primer adorno fuese una cuestión de vida o muerte—. Además, el rojo y el dorado son la combinación que mejor queda.
No espero a que resuelvan la discusión y empiezo a sacar adornos rojos para colocarlos en espiral alrededor del árbol.
—Eso no va ahí. —Una vez más, la voz de Van der Hoff me sobresalta. Lo miro arqueando una ceja y luego sigo la dirección de su dedo.
—¿Y dónde lo pondrías tú?
—Ahí, obviamente.
Suspiro, pero alargo la mano para recuperar el adorno y desplazarlo unos centímetros.
—¿Aquí?
—¡No! ¡Ahí!
—¡Ahí es donde estaba!
—¡Por el amor de Dios, déjamelo a mí! —Van der Hoff invade mi espacio personal y se hace con la bola de cristal.
Al notar cómo se me escapa de los dedos por culpa de su impaciencia, ahogo una exclamación y alargo la otra mano para atraparla.
Durante un instante acabamos completamente enredados: el hombro de Van der Hoff se clava contra mi pecho, su pelo me hace cosquillas en el cuello y nuestros brazos quedan entrelazados.
Al menos el adorno no acaba en el suelo.
Me aparto de inmediato: saco la mano de debajo de la de Van der Hoff y doy un pequeño paso atrás. Aun así, el corazón me da un vuelco. Qué ridículo, después de un roce tan fugaz, cuando en otra ocasión ha estado mucho más cerca. Pero entonces estaba embriagado de rabia y de deseo.
—¿Es que no tienes ojos? ¿Cómo puedes pasar por alto un hueco tan grande como este? —me recrimina Van der Hoff, con un leve matiz de tensión en la voz. Cuelga el adorno exactamente en el mismo sitio donde estaba antes de que me interrumpiera.
Resoplo y niego ligeramente con la cabeza mientras me hago con una piña de cristal.
—¿Es una tradición de todos los años? —pregunto, alzando la voz para dejar claro que la pregunta va dirigida a los dos gemelos.
—Sí —sonríe Nate mientras pasa a mi lado camino del otro extremo del árbol—. Cuando éramos pequeños, la abuela lo decoraba por la noche y nosotros nos despertábamos con él ya preparado. Pero desde que nos mudamos aquí, siempre lo hacemos juntos.
Tarareo en respuesta y rodeo el árbol hasta el otro lado, donde Nate ha colocado tantas bolas doradas que apenas encuentro huecos para las rojas.
Cuando terminamos, todos los adornos brillan bajo las luces y el resultado ya parece un auténtico árbol de Navidad. Solo falta...
—No vas a llegar. Déjamelo a mí.
—¡Tenemos la misma altura!
Miro hacia donde los gemelos vuelven a discutir y arqueo una ceja cuando Van der Hoff consigue librarse de Nate. Se inclina hacia el árbol, alargando el brazo con la estrella que va en la punta.
—Uf, voy a buscar una escalera. —Nate pone los ojos en blanco al pasar junto a mí.
Suelto una risa por lo bajo, pero también me acerco para asegurarme de que Van der Hoff no acaba cayéndose encima del árbol intentando terminar la decoración.
No le falta mucho para llegar, apenas unos centímetros.
Sin embargo, ya está completamente estirado y la camiseta se le ha subido, dejando al descubierto los huecos que se forman a ambos lados de la curva de su espalda, justo por encima de la cintura de los vaqueros.
Me muerdo la lengua y vuelvo la cabeza para comprobar que Nate realmente se ha marchado. Entonces doy un paso más y me sitúo detrás de Van der Hoff.
—Déjame a mí —murmuro. Deslizo una mano por la parte baja de su espalda para estabilizarlo mientras con la otra le quito con cuidado la estrella de entre los dedos.
Más que oír su respiración entrecortada, la siento, y me descubro imitándola sin darme cuenta. El aroma a sándalo de su loción para después del afeitado llena mis pulmones y se mezcla con el olor fresco de las agujas de pino.
Con el calor que su piel irradiaba contra la mía, casi olvido por qué lo he tocado.
Es el frío de la estrella de cristal en mi otra mano lo que me devuelve a la realidad. Alargo el brazo y la coloco con cuidado en lo más alto del árbol.
Sentir cómo la curva de la espalda de Van der Hoff encaja contra mi pecho me mantiene inmóvil un instante más de la cuenta antes de volver a apoyar ambos pies con firmeza en el suelo.
—Ya está —digo. Mi falta de aliento resulta tan evidente como innecesaria, pero consigo dar un paso atrás antes de que unos ruidos procedentes del pasillo anuncien el regreso de Nate.
—Oh, ¿cómo lo has hecho?
—¡Te he dicho que llegaba! —Van der Hoff se vuelve hacia su hermano, procurando no mirarme.