La jugada cambiada Capítulo 25
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Capítulo 25

—Acaba de llamar Susan. Greg ha sufrido una fuerte caída patinando.

Levanto la vista del móvil. Estaba leyendo noticias de hockey y torturándome a mí mismo en busca de cualquier mención sobre mi futuro.

Acaban de anunciar que todos los rumores sobre las negociaciones entre los Rebels y Autin no eran más que humo.

Debería sentirme aliviado, pero en lugar de eso, la sección de comentarios está llena de aficionados descontentos hablando de los puntos débiles de la línea ofensiva de los Rebels.

Mi nombre aparece varias veces, acompañado de referencias a mi lesión y al mal comienzo de temporada que tuve.

No me sorprendería que los Rebels siguieran explorando otras opciones para reforzar la plantilla.

—Mierda —murmuro, prestando por fin atención a mi madre, sentada en el sofá—. ¿Está bien?

Susan y Greg son los vecinos mayores de mis padres.

Todos los inviernos, en cuanto el estanque del parque cercano se congela, Greg es el primero en salir al hielo, siempre dice que alguien tiene que comprobar que sea seguro para los niños.

A pesar de su edad, jamás desaprovecha una oportunidad para ponerse unos patines.

—Todavía no lo sabemos. Van a llevarlo al hospital para hacerle pruebas responde mamá con un suspiro. Yo ya me estoy levantando.

—Yo conduzco. —Ella niega con la cabeza.

—No, Nicko. Susan me ha preguntado si podrías quedarte con Coach mientras tanto. Quizá sacarlo a pasear. Nate, tú tendrás que ayudarme a llevar a Greg al hospital.

—¿Yo? —exclama mi hermano. Tengo que morderme el interior de la mejilla para no echarme a reír al ver la expresión de pánico que pone. —Mamá alza las manos con desesperación.

—Sí, tú. A menos que prefieras sacar a pasear a Coach.

—¡No! No, no, está bien. Pero yo no voy a conducir ese monstruo de camioneta tuya.

—¡Como si fuera a dejarte conducirla! —refunfuña ella mientras sale apresuradamente del salón.

Unos minutos después, la puerta principal se cierra tras ellos y Hart y yo nos quedamos solos en silencio.

Lanzo una mirada al reloj de la repisa de la chimenea y hago una mueca. Mi padre se ha encerrado en el estudio hace media hora para grabar un episodio especial de Navidad del pódcast, así que me espera toda una tarde atrapado con Hart.

—¿Quieres venir conmigo a sacar a pasear a Coach? —pregunto a regañadientes. La propuesta me vale una mirada de absoluta confusión.

—¿Sacar a pasear... a Coach? ¿Quién es Coach?

—El perro de nuestros vecinos —explico, incapaz de evitar una sonrisa.

—¿Tus vecinos llamaron Coach a su perro?

—Sí. Cuando era cachorro, Greg todavía entrenaba a la línea defensiva en un campus de hockey. Cada vez que alguien lo llamaba «coach», el perro se ponía como loco. Al final terminaron aceptando que ese era su nombre.

—Eso explica la reacción de Nate —concluye Hart, asintiendo despacio.

—Entonces, ¿qué? ¿Vienes? ¿O prefieres...

? —Dejo la frase en el aire y señalo la televisión y el salón, indicándole que puede quedarse aquí si quiere.

Probablemente prefiera eso. Yo tampoco tengo muy claro cómo comportarme con él después de todo lo que ha pasado estas últimas semanas.

Sigo sintiendo una necesidad casi irresistible de poner los ojos en blanco cada vez que abre la boca.

Pero también tengo ganas de besarlo, y después darle un puñetazo.

Lo de los besos es relativamente nuevo. En cualquier caso, me vendría bien una distracción para dejar de torturarme con las redes sociales.

—¿Tenéis alguna chuche para el perro? —pregunta mientras se pone en pie.

Resoplo.

—Si te crees que vas a sobornar a mi perro para que te quiera más...

—Creía que era el perro de tus vecinos.

—¡No cambies de tema, Hart!

—Xander.

Me quedo clavado en el sitio cuando se detiene junto a la puerta. Hart se vuelve hacia mí y me sostiene la mirada con esos ojos azules imposibles.

—¿Qué? —pregunto sin pensar. Otra vez estamos demasiado cerca. Esta casa es enorme y, aun así, él siempre acaba a menos de medio metro de mí.

—Ibas a llamarme Xander —me recuerda. Una sonrisa apenas perceptible le curva las comisuras de los labios. Levanta una mano y me da un ligero toque en la frente para subrayar sus palabras.

Me quedo mirándolo mientras me guiña un ojo y desaparece por el pasillo.

—¡Y no te olvides de las chuches! —grita un instante después. Resoplo.

¡Qué tío!

***

Por desgracia, Coach es demasiado educado como para morderle un tobillo a Hart.

Hemos conducido hasta uno de los senderos forestales de la zona. Con la nevada reciente, todo el mundo está patinando o tirándose en trineo, y cuando llevamos casi veinte minutos sin cruzarnos con nadie, decido soltar a Coach de la correa.

—¿Así que aquello era verdad? —La voz de Hart suena algo áspera después del largo silencio que se ha instalado entre nosotros. No es que me haya olvidado de que está aquí. El sendero es tan estrecho que nuestros hombros chocan a cada paso.

—¿Eh? —pregunto sin apartar la vista del pastor alemán que avanza alegremente unos metros por delante de nosotros. Coach está acostumbrado a los paseos largos y frecuentes con Greg, y siempre me ha gustado ofrecerme para sacarlo cuando estoy en casa.

—Que de verdad te gustan los perros. No te lo inventaste —aclara Hart y yo resoplo.

—¿Y por qué iba a inventarme algo así? Si acaso, debería haber hecho un esfuerzo mayor por convencerte de que no fueras al refugio para mantener la farsa intacta —replico.

Lo intenté, pero la perspectiva de pasar una hora paseando perros era demasiado tentadora—.

Además, verte mangoneado por un animal de veinticinco centímetros compensó todo lo demás.

Hart me dirige una mirada cargada de escepticismo, pero la expresión apenas le dura un segundo.

Coach acaba de darse la vuelta para enseñarnos, orgullosísimo, un nuevo palo que ha encontrado.

Yo ya llevo tres de sus tesoros anteriores bajo el brazo, así que Hart se encarga de recoger este último mientras lo felicita como si hubiera descubierto petróleo.

—Volví al refugio, por cierto —dice cuando Coach vuelve a desaparecer entre los arbustos—. Lila y yo ya somos inseparables.

—Mentiroso. Mi chica jamás me traicionaría de esa manera. Linden me dijo que todavía te da miedo. —Le dedico una sonrisa de suficiencia que consigue que ponga los ojos en blanco.

—Dios los cría y ellos se juntan. Los dos sois bajitos y agresivos. Normal que conectarais tan bien.

—¡Idiota! —Le doy un empujón en el hombro. Hart pierde el equilibrio y se precipita hacia la maleza que bordea el sendero.

Se echa a reír mientras la nieve acumulada en las ramas le cae encima, cubriéndole el pelo oscuro y los hombros. El ruido alerta a Coach y su hocico negro aparece entre los arbustos.

—Ja, ja. Xander está haciendo el idiota otra vez —le informo al perro; por desgracia, no parece impresionado, se limita a darse la vuelta y desaparecer de nuevo entre la vegetación—. Y para que lo sepas, tengo una estatura perfectamente normal. Mido casi metro ochenta y tres.

—Según tus estadísticas oficiales, mides justo metro ochenta —corrige Hart con toda tranquilidad.

—¿Te has leído mis estadísticas? —Lo miro con los ojos entrecerrados y Hart se encoge de hombros.

—Por supuesto. Tenía que saber quién había sido seleccionado conmigo.

—Querrás decir quién fue elegido antes que tú.

—Solo son cinco puestos de diferencia en el draft —señala. Me cruzo de brazos inmediatamente.

—Son solo ocho centímetros.

Me refiero a la diferencia de altura entre los dos —porque, obviamente, también me sé sus estadísticas de memoria—, pero en cuanto las palabras salen de mi boca, una sonrisa burlona se dibuja en sus labios.

—Oh, deberías saber que son más de ocho centímetros.

Siento que las mejillas me arden al instante y, sin permiso alguno, los recuerdos me asaltan. Desde luego, no me pareció que midiera ocho centímetros cuando se la chupaba. Mareado, doy un paso hacia él mientras la nieve cruje bajo mis botas.

—Yo no lo recuerdo así —miento en voz baja. De pronto soy consciente de lo aislados que estamos. Del bosque que amortigua todos los sonidos y nos aísla del resto del mundo, como si estuviéramos encerrados en una esfera propia.

—Ah, ¿no? —Hart inclina la cabeza y su sonrisa se ensancha—. Quizá debería refrescarte la memoria.

A pesar del calor que me retuerce el estómago, un escalofrío me recorre la espalda.

Mi cuerpo y mi cabeza parecen empeñados en llevarse la contraria.

Los pensamientos se atropellan unos a otros, buscando desesperadamente una respuesta ingeniosa, pero lo único que encuentro son imágenes de lo ocurrido en el vestuario: la sensación de su polla caliente en mi boca, el embriagador olor de sus testículos mientras hundía mi nariz en ellos, la forma en que me tocó...

Trago saliva y doy un paso atrás. Necesito poner distancia entre nosotros antes de hacer alguna estupidez.

—Yo... —No llego a terminar la frase. Hart recorta el espacio que nos separa con dos zancadas largas.

Un segundo me está mirando fijamente, atrapándome con la intensidad de sus ojos azules; al siguiente, está encima de mí. Me sujeta la cara con ambas manos y une su boca a la mía con tanta fuerza que, durante un instante, no sé si pretendía besarme o empezar otra pelea.

Estoy decidido a apartarlo, pero cuando me muerde el labio inferior, mi boca se abre por puro reflejo.

Todavía queda un leve rastro de jengibre y canela en sus labios, y ese sabor termina de destruir cualquier atisbo de resistencia.

Los palos que llevaba bajo el brazo caen a la nieve cuando rodeo su cuello con los brazos y lo atraigo hacia mí; nuestras lenguas chocan en una lucha absurda por imponerse.

Si no puedo resistirme, al menos pienso ganar.

Hart me obliga a retroceder sendero abajo y, muy a mi pesar, cedo terreno mientras refuerzo mi agarre sobre él. Si pretende empujarme cuesta abajo, pienso arrastrarlo conmigo.

Mi espalda choca contra el ancho tronco de un árbol y Hart aparta las manos de mi mandíbula.

Nuestras bocas siguen unidas cuando me rodea los muslos con los brazos.

Me levanta una pierna hasta apoyarla en su cadera y, un segundo después me alza del suelo como si no fuera un jugador de hockey adulto.

Suelto una exclamación de sorpresa que desaparece enseguida bajo otro beso.

Hart se acerca todavía más, dejándome atrapado entre su cuerpo y el tronco.

—Como me sueltes, te mato —resoplo cuando por fin nos separamos para tomar aire.

—No te preocupes, también te saco más de diez kilos. —Su voz suena amortiguada mientras me roza el cuello con la nariz, y ese simple contacto hace que se me cierren los ojos.

—Sí, pero no son diez kilos de músculo precisamente —puntualizo mientras le pellizco el estómago a través del abrigo y él deja escapar un gemido de protesta.

—¿Qué tengo que hacer para que te calles?

Coach decide intervenir por los dos cuando aparece entre los arbustos ladrando alegremente y corriendo hacia nosotros.

Por primera vez en toda la tarde, Hart parece genuinamente preocupado. Levanta las manos de inmediato cuando el pastor alemán se acerca dando saltos.

—No pensaba dejarlo caer. Jamás me lo perdonaría —le explica al perro con absoluta seriedad, y yo resoplo.

—Cree que estábamos jugando sin él. Ahora bájame al suelo, idiota.

—Mmm. Bueno... técnicamente no deja de tener razón.

Le lanzo una mirada de advertencia cuando vuelve a dejarme sobre la nieve y le doy un empujón en el pecho. Tengo las mejillas ardiendo, y con gesto incómodo, me froto el cuello.

Coach ya se ha tranquilizado y permanece sentado a unos metros, jadeando mientras nos observa con la cabeza inclinada. El silencio que se instala entre nosotros se pega como un chicle a la suela de un zapato.

Inspiro hondo y me meto las manos en los bolsillos de la chaqueta.

—Bueno. Supongo que deberíamos volver.

Se hace otra pausa y Hart asiente.

—Sí. Coach parece agotado.

—Y debe de estar congelándose.

—Sí, pobrecillo. Seguro que lo está pasando fatal.

—Puede que mamá y Nate todavía no hayan vuelto del hospital —comento mientras echo un vistazo despreocupado a mi reloj deportivo.

—Y tu padre ha dicho que no lo esperáramos para cenar —añade Hart.

Asiento mientras me agacho para quitarle algo de nieve del lomo a Coach y le doy una palmada cariñosa en el costado.

—¡El último que llegue al coche es idiota! —Lanzo el desafío un segundo después, sin molestarme siquiera en mirar atrás.