Capítulo 20
Ha pasado más de un mes desde que me enteré de que Nate había intercambiado su vida con la de su hermano gemelo y dos semanas desde que me enfrenté a la montaña de mentiras y al ego descomunal de Hoff.
Si pasar el fin de semana de Acción de Gracias en casa de mis madres no ha conseguido que me olvide del asunto, no sé por qué esperaba que el viaje en autobús a Bonham fuera a servir de algo.
Aun así, intento no pensar en Nicholas van der Hoff mientras nos dirigimos al partido que más temo de toda la temporada.
Apenas tenemos tiempo de relajarnos en el autobús antes de llegar a la pista de hielo de Bonham Tech. Mientras nos preparamos para el partido, la tensión va en aumento y ni siquiera disminuye cuando saltamos al hielo.
El primer periodo es tan tenso como esperaba, y no dejo de cruzarme con Van der Hoff. Algo que debería ser imposible y que, sin embargo, él consigue una y otra vez.
Pero ese no es el único problema. Hay más faltas, más golpes, más expulsiones temporales y más interrupciones que de costumbre. La rivalidad entre los Bats y los Badgers, que ambas universidades se empeñan en presentar como una tradición sana, está muy lejos de parecerlo esta noche.
Cuando salimos del túnel para disputar el tercer periodo, las hostilidades se recrudecen.
Apenas han pasado dos minutos cuando los Badgers lanzan un ataque contra nuestra zona, con Van der Hoff liderándolo.
Taylor hace todo lo posible por frenarlo, pero un cambio de dirección fulminante lo deja tendido sobre el hielo soltando una sarta de insultos.
Llego demasiado tarde para cubrir el repliegue desde el centro y no consigo alcanzar a Van der Hoff cuando acelera pegado a las vallas.
Su capitán avanza por el carril central.
Me la juego y cubro la línea de pase para impedir la devolución más evidente.
Nicko se aleja de la portería y balancea el palo sin mirar siquiera.
Nuestro portero agacha la cabeza por puro instinto y el disco sale disparado hacia la escuadra.
—¡Vamos! —celebra Van der Hoff mientras patina alrededor de la portería en su vuelta de honor, pasando tan cerca de mí que casi me salpica con el hielo levantado por los patines.
Aprieto los dientes y aferro el palo con fuerza.
Sería tan fácil moverlo apenas un centímetro y hacer que tropezara.
Que se tragara de una vez sus malditas palabras.
Sin embargo, me acerco a mi defensa, que sigue tendido sobre el hielo, y dejo caer el palo para agarrar a Taylor del brazo y ayudarlo a levantarse.
Al otro lado de la pista, los Badgers celebran el gol, aunque su héroe no se ha unido a ellos. Van der Hoff está prácticamente pegado al plexiglás, gritándoles a los aficionados vestidos de verde. Cuando estos responden con abucheos e insultos, se lleva una mano a la oreja para provocarles aún más.
—¿En serio? ¿Puede ser más insoportable? —gruñe nuestro portero mientras lanza su botella de agua contra la red.
—Supongo que necesita compensar el tamaño de su palo —digo lo bastante alto para que Van der Hoff también me oiga.
Lo sigo con la mirada mientras regresa a su campo.
Tengo que estirar el cuello para no perderlo de vista, pero aun así alcanzo a ver cómo le da una patada a mi palo abandonado sobre el hielo y, acto seguido, le planta un pisotón.
Cuando voy a recogerlo, la pala cuelga torcida.
—¡¿Qué demonios...?! —No sé en qué momento atravieso la pista. Un segundo estoy mirando mi palo roto y al siguiente tengo una camiseta naranja arrugada entre los puños.
Unos ojos verdes se clavan en los míos.
—¡Ahora nuestros palos están igualados, Hart!
—¡Eres un...! —Ojalá pudiera encontrar un insulto capaz de expresar toda la rabia que siento.
Va por ahí provocándome como si no supiera que estoy dejándome la piel en cada partido.
Como si las victorias que consiguió jugando con mi equipo no le hubieran servido para salir del agujero en el que estaba hace apenas dos meses.
Eso es lo que de verdad quiero restregarle por la cara: que seguiría sentado en el banquillo lamentándose por su situación si no hubiera roto todas las normas para alimentar su maldito ego.
Pero no consigo articular una sola palabra; tendré que conformarme con el puño. Van der Hoff esquiva el primer golpe, pero el impulso hace que vayamos al suelo los dos. Su casco golpea el hielo con un ruido seco.
Caigo encima de él y mis rodillas impactan con la misma violencia.
Apenas lo noto. Ya me estoy incorporando apoyándome en una mano mientras Van der Hoff forcejea para quitarme de encima.
Una de sus rodillas me golpea en el estómago.
La ignoro. Prefiero conectar un derechazo, aunque eso signifique volver a perder el equilibrio.
Van der Hoff lanza un rugido de rabia mientras intenta incorporarse. Un dolor agudo me atraviesa cuando su casco me golpea de lleno en la boca. A ciegas, lo empujo contra el hielo y le inmovilizo el pecho con el antebrazo.
No veo llegar a mis compañeros hasta que uno de ellos me arranca de encima de él.
—¡Ya está bien!
—¡Aún no he terminado con este imbécil! —grito mientras forcejeo para soltarme. La rabia me hierve bajo la piel.
Van der Hoff está tan furioso como yo. Un juez de línea lo arrastra hacia el lado de los Badgers, aunque él también se revuelve e intenta soltarse. Desde el otro extremo de la pista me lanza una mirada cargada de odio.
Mi codo golpea la cara del tipo que me sujeta y este trastabilla hacia atrás. Sigue sin importarme. Lo único que sé es que tengo que librarme de él para llegar hasta Nicko y...
—¡¿Qué demonios estás haciendo, chico?! —La voz del entrenador atraviesa el ruido como un cuchillo caliente cortando mantequilla.
Me quedo inmóvil. Miro al otro lado del hielo, hacia nuestro banquillo, donde distingo la incredulidad en los rostros de mis compañeros y la mezcla de rabia y decepción que marca profundas arrugas en la frente del entrenador.
Aparto la vista antes de encontrarme con los ojos de Nate. La vergüenza se me queda atascada en la garganta.
El árbitro aprovecha ese mismo instante para enviarme al banquillo de castigo.
En cuanto llego, me dejo caer en el asiento y agacho la cabeza, negándome a mirar a ningún sitio que no sea el suelo, justo delante de mis patines.
Está lleno de cortes y arañazos que se cruzan en todas direcciones, a pesar de que el pabellón es completamente nuevo.
Todavía me duele la boca donde Van der Hoff me ha golpeado con el casco.
El hielo permanece vacío durante varios minutos. O quizá durante horas; ya no sabría decirlo. El estadio sigue vibrando con el ruido de la grada y solo se silencia cuando el árbitro patina hasta el centro de la pista. Apenas levanto la vista mientras observo cómo hace la señal con los brazos.
El anuncio resuena dentro de mi cabeza embotada.
—El número 48 de los Bats de St. Bernard y el número 16 de los Badgers de Bonham Tech son expulsados del partido por pelearse. —Un murmullo de desaprobación recorre las gradas, y los entiendo, nada de esto habría ocurrido si Van der Hoff hubiera sabido cerrar la boca.
Respiro hondo y me pongo en pie en el estrecho banquillo de castigo, procurando no cruzar la mirada con mi sustituto cuando se acerca para ocupar mi puesto.
Para mí, el partido ha terminado.
Un juez de línea me acompaña hacia el túnel, lejos del ruido, de la tensión y del hielo. Lejos del partido. Aunque no del todo lejos de Van der Hoff, porque lo oigo discutir con su propio escolta unos pasos por detrás.
—¡Esto es injusto! ¡Ni siquiera he empezado yo!
—Sigue andando.
—¡Pero si no es justo!
Resoplo y niego con la cabeza. Por supuesto que se queja de que lo expulsen. Por supuesto que cree que las reglas no van con él.
No sé cómo pude llegar a sentir algo remotamente parecido a la atracción por este tío. Debería haber tenido el suficiente sentido común para recordar que sigue siendo el mismo imbécil insufrible de aquella entrevista.
Y aun así, vacilo al llegar a la puerta del vestuario desde donde tendré que ver el resto del partido. Van der Hoff pasa a mi lado con la cabeza alta y la mirada fija al frente con tanta obstinación que espero que le dé tortícolis.
No me dedica ni una sola mirada.
De alguna manera, eso hace que la rabia vuelva a revolverse en mi estómago.
Si me hubiera mirado, quizá habría visto algo parecido al remordimiento o la vergüenza en sus ojos.
Pero así, estoy casi convencido de que le importa una mierda que hayamos perdido los nervios delante de todo el mundo, peleándonos como dos adolescentes idiotas que no saben lo que hacen.
El juez de línea que camina detrás de él me lanza una mirada de advertencia, y yo bajo la cabeza antes de cerrar la puerta tras de mí.
Durante un instante me quedo inmóvil, demasiado consciente de lo fuerte que resuena mi respiración en el silencio repentino del vestuario vacío.
Está mal estar aquí completamente solo. Hace apenas una hora estaba rodeado de mis compañeros mientras nos preparábamos para el partido.
Nate estaba sentado a mi lado, sujetando el palo con nerviosismo.
Y ahora tienen que arreglar el desastre que he montado porque no he sabido controlar mi temperamento.
Me quito el casco con rabia y solo me contengo de estrellarlo contra el suelo porque sé que cuesta varios cientos de dólares y ya le he costado a la universidad un palo de hockey extra.
Así que aprieto los dientes y lo dejo sobre el banco.
Me apetece dejarme caer a su lado, pero en vez de eso empiezo a caminar de un lado a otro para descargar toda la energía furiosa que se me acumula en el pecho.
Aunque el vestuario es tan nuevo como el resto del estadio, el orgullo de Bonham Tech, apenas me fijo en los bancos relucientes o en las taquillas impecables.
Ahora mismo, lo único que veo son las chaquetas verde oscuro desperdigadas por todas partes, chocando con las ridículas franjas naranjas de las paredes.