La jugada cambiada Capítulo 20 #2
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Capítulo 20 #2

Al final me siento en el banco más cercano a la puerta, pero sigo sin quitarme los patines.

Es como admitir que de verdad no voy a volver a salir al hielo esta noche.

Todavía oigo el rugido de la grada, aunque soy incapaz de distinguir palabras concretas, y mucho menos saber si están celebrando algo o lamentándose.

Por nosotros, claro.

Al fin y al cabo, los Badgers se han puesto por delante gracias al gol absurdo de Van der Hoff. ¡Y si yo siguiera ahí fuera podría cambiarlo todo! ¡Lo sé! Pero no. He tenido que dejar que...

Del exterior llega otra explosión de ruido. Alguien toca una trompeta o una bocina. El sonido retumba contra las paredes. La vibración me hace ponerme en pie de un salto con un gruñido de frustración.

No puedo.

¡No puedo!

No puedo quedarme aquí sentado. Si Van der Hoff no fuera tan imbécil, yo podría seguir ahí fuera.

Por fin me desato los cordones y me quito los patines.

Después, los calcetines verde oscuro y las espinilleras.

Los protectores de los brazos salen con facilidad.

Tanteo un momento hasta dar con el protector de pecho y cadera, y termino dejándolo todo desperdigado por el suelo, sin importarme que el equipo esté empapado de sudor y sea un peligro para cualquiera que pueda tropezar y resbalar.

Tampoco me importa estar en mallas de compresión y ropa interior cuando abro la puerta poco a poco.

El pasillo está vacío.

Por supuesto que lo está. Todo el mundo está viendo el partido. Y se supone que nosotros deberíamos comportarnos como adultos, pensar con claridad y aceptar el castigo con dignidad. Debería quedarme en el vestuario. Es lo que le debo a mi entrenador, a mi equipo... a todo el mundo, en realidad.

Mañana volveré a ser responsable, cuando se me haya aclarado la cabeza.

Miro de nuevo hacia la entrada del túnel; el ruido es mucho más fuerte ahora que he asomado la cabeza fuera del vestuario. Algunas siluetas pasan deprisa al fondo, y entonces giro hacia el otro lado.

No llamo a la puerta cuando llego, pero casi golpeo sin querer en la cabeza a Van der Hoff, que al parecer venía a buscarme.

—¿Vienes a terminar el trabajo, Hart? —me espeta con una mueca de desprecio antes de retroceder de un salto.

Me cuelo por el hueco y cierro la puerta de golpe. Abro la boca, pero ni siquiera me deja emitir una palabra.

—¡¿Qué demonios ha sido eso de ahí fuera?! —protesta, como si yo lo hubiera provocado de alguna manera.

—¡Exacto! ¡¿Qué demonios te pasa?!

—¿A mí? ¡Ah, nooo! ¡¿Qué demonios te pasa a ti?! —Me empuja el pecho con las manos, que se ven ridículamente pequeñas y delicadas ahora que lleva las protecciones sin los guantes. Todavía tiene puesto el peto y las hombreras, y me agarro a ellas para empujarlo contra la pared.

—No. ¿Qué demonios... te pasa a ti? ¡Idiota! —gruño directamente en su cara, acercándome más—. Da gracias de que no te haya estampado contra el hielo por romperme el palo.

—Yo...

—Deberías darme las gracias por no haberle contado a tu entrenador ni a los Rebels lo que hicisteis Nate y tú.

—¡Quítate de encima! —Me golpea otra vez en el pecho. Pero, a diferencia de lo que ha ocurrido sobre el hielo, aquí no hay protecciones de por medio: solo mi camiseta interior pegada a la piel sudorosa. Siento el calor de sus palmas a través de la tela fina.

Con un gruñido de fastidio, le agarro las muñecas con la mano libre y me incorporo para imponerme aún más sobre él.

—Espero que sepas que no me estoy callando porque vayamos a ser compañeros de equipo. ¡Solo por Nate no estoy diciendo nada que pueda hacer que os expulsen de la liga a los dos!

—¡Como si me importara que no seamos mejores amigos! ¡Al menos no he sido yo quien ha hecho que nos echaran del hielo!

—¡Nos han echado del hielo porque eres un imbécil!

—Hace falta ser uno para reconocer a otro —replica Nicko con desprecio, clavándome sus imposibles ojos verdes como si fueran astillas de cristal.

—Me gustabas más cuando fingías ser Nate.

—¿Estás seguro de eso? —Ahí está otra vez ese brillo desafiante en sus ojos. El que siempre supe que no era de Nate. E, igual que todas las veces anteriores, siento que el estómago se me desploma.

Mierda.

—No. —La palabra abandona mis labios antes de que pueda pensarlo dos veces.

Pero es imposible ignorar cómo se me acelera el corazón cuando me acerco a él.

Ni siquiera me doy cuenta de cuándo he soltado una de sus manos para apoyar la mía contra la pared que tiene detrás.

Los dedos de la mano izquierda de Nicko se cierran alrededor de mi muñeca, mientras la derecha asciende por mi cuello y se aferra a él.

Sus ojos siguen abrasándome. Intento resistirme a su agarre, pero mis traicioneros ojos terminan posándose en sus labios.

Nicko une nuestras bocas con un beso tan brusco que nuestros dientes chocan.

Pero entonces sus labios se funden con los míos, igual que aquella noche en la fiesta, y se comportan de una forma muy distinta a la del hombre testarudo al que pertenecen.

Durante un instante solo soy consciente del calor y el cosquilleo de su aliento sobre mis mejillas. Entonces me atrapa el labio inferior entre los dientes.

La punzada de dolor recorre mis nervios como una descarga eléctrica. No soy precisamente alguien que se sonroje con facilidad. Pero Nicko tampoco besa como si lo fuera.

Me deja sin aliento cuando desliza la lengua por la comisura de mis labios, arrancándome un jadeo involuntario. Abro la boca. Entonces entra sin pedir permiso, y un gemido apenas audible escapa de mi garganta cuando nuestras lenguas se encuentran.

Mi cerebro intenta seguir el ritmo, pero mi cuerpo toma el control con entusiasmo, transformando toda aquella rabia en algo completamente distinto.

Mis manos recorren el cuerpo de Nicko guiadas únicamente por el instinto, y lo toco todo lo que puedo, incluso por debajo de las protecciones.

Una de ellas se hunde en su pelo, casi tan suave como la otra vez, aunque algunos mechones están húmedos de sudor.

Tiro de él y su boca se separa de la mía con un jadeo áspero.

Durante un segundo busco sus ojos, y un sonido ahogado escapa de mi garganta cuando me devuelve la mirada con las pupilas tan dilatadas que apenas queda un fino anillo verde alrededor.

Entonces inclina despacio la cabeza hacia atrás y vuelve a exponerme el cuello.

La piel de su garganta es pálida y delicada, surcada por venas apenas visibles a ambos lados. Me inclino hacia él, deslizo los labios sobre su piel suave, y entonces, tomo aire lentamente.