La jugada cambiada Capítulo 19 #3
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Capítulo 19 #3

—¿Los problemas que yo me he buscado? ¡No tenía ningún problema antes de que decidierais intercambiaros la vida! ¿Quién os creéis que sois para ir por ahí mintiendo y manipulando a la gente? ¿Mary-Kate y Ashley Olsen?

Frunzo el ceño, confundido.

—¿Quiénes?

Abre la boca, sin duda dispuesto a explicármelo, pero vuelve a cerrarla y sacude la cabeza.

—Da igual.

—Mira —protesto, porque ya estoy harto de congelarme en este aparcamiento. Tengo que ponerme con la compra antes de tener que pelearme con las señoras del supermercado por la última lechuga—. Sea lo que sea eso que crees que tenemos que aclarar, ve a contárselo a Nate.

—¿A Nate?

—Pues claro. Era a él a quien querías comerle la boca, ¿no?

—Yo no te comí la boca.

—¿Ah, no? —Finjo sorpresa—. Qué raro. Yo lo recuerdo de otra manera. Porque me metiste la lengua hasta la campanilla.

—Y tú me mordiste.

—¡Y te gustó! —Lo digo con suficiencia, pero el silencio atónito que sigue me hace sentir incómodo.

Hart se queda mirándome con los ojos muy abiertos, como un ciervo deslumbrado por los faros de un coche.

Puede que él haya intentado borrar aquel recuerdo, pero yo sigo acordándome perfectamente de cómo su erección presionaba contra mi ingle mientras me hundía las dos manos en el pelo.

—¡No me habría gustado si hubiera sabido que eras tú! —grita. Me estremezco y miro rápidamente a mi alrededor para asegurarme de que ningún miembro del cuerpo técnico haya salido de la pista.

—¡Baja la voz, imbécil! ¡A nadie en este campus le importa lo que te gusta o deja de gustarte! —siseo entre dientes mientras avanzo hacia él para llegar a mi coche. Esta conversación tiene que terminar antes de que acaben expulsándonos a Nate y a mí.

—¿Ahora resulta que te preocupan las consecuencias de tus actos?

—Parece que llevas toda la vida esperando para poder decirme eso.

—No, lo que llevo esperando es que reconozcas cuando te equivocas. Igual que cuando soltaste toda esa mierda en aquella entrevista. —Acompaña sus palabras con un golpe en el lateral de mi coche.

Justo entonces las luces interiores vuelven a apagarse y nos dejan a oscuras.

—Pues lo siento, porque sigo pensando lo mismo.

La única razón por la que los Rebels estaban tan empeñados en ficharte como imagen del movimiento arcoíris era el marrón monumental que tenían encima en aquel momento.

Hart, no fuiste más que una solución conveniente para un problema incómodo.

Si quieres vender tu vida privada para arreglarles el negocio, adelante, pero deja de atacarme por decir la verdad.

Intento pasar a su lado para entrar en el coche, pero el muy cabrón me bloquea el paso con el brazo.

A estas alturas ya no me interesa escuchar nada de lo que tenga que decir.

Lleva tres años aprovechando las críticas que surgieron a raíz de aquella maldita entrevista, sin perder ocasión de hacerme quedar como el villano de la historia, cuando fue él quien prácticamente insinuó que había llegado a la preselección gracias al nepotismo.

—Ah, claro, siempre tienes una explicación para comportarte como un capullo.

Así que supongo que tampoco te arrepientes de haberte hecho pasar por Nate, ¿no?

Porque seguro que lo hiciste por pura generosidad y sin sacar nada a cambio.

—Su voz destila sarcasmo mientras las sombras y la rabia le deforman las facciones.

—¿Y qué demonios he sacado yo de todo esto?

¿No poder dormir por tus ronquidos? ¿Tener que aguantar el olor de tus calcetines sucios?

¡Me perdí dos semanas de entrenamiento y de jugar con mi propio equipo!

Ahora déjame en paz. —Le doy un empujón con el hombro para apartarlo de la puerta del coche, pero Hart ni se inmuta.

Sigue agarrado a la manilla mientras se inclina hacia mí.

Estamos tan cerca que noto su aliento caliente rozándome la piel del cuello. Durante un instante, las imágenes de aquella fiesta vuelven a desfilar por mi cabeza: la forma en que sus ojos se clavaron en mi garganta justo antes de inclinarse para besarme.

El estómago se me contrae por una mezcla inesperada de deseo y rabia.

—Qué casualidad que aprovecharas para entrenar con nosotros. ¡Viniste a espiar nuestras tácticas! —Suelto una carcajada incrédula. Menuda cara tiene.

—¡Yo os ayudé! En todo caso, el equipo que debería sentirse traicionado es el mío.

¡Por Dios! Cada gol que marcaste en esos partidos llegó gracias a mis asistencias.

—Le recuerdo mientras lo aparto con una mano.

Solo lleva una chaqueta de cuero abierta sobre una camiseta fina de deporte, así que noto la firmeza de los músculos de su pecho bajo mis dedos antes de que dé un paso atrás—.

Si no hubiera sido por mí, habríais perdido aquel partido contra los Grizzlies.

Hasta trabajé contigo ese revés tan flojo que tienes para que la próxima vez que nos enfrentemos seas un rival medio decente.

Y con eso, por fin abro la puerta y me dejo caer en el asiento del conductor.

Hart me grita algo, pero su voz queda ahogada por el rugido del motor cuando salgo disparado del aparcamiento.

El recuerdo de su aliento caliente contra mi piel me acompaña durante todo el trayecto hasta Walmart.