Capítulo 19 #2
En invierno, cuando el mundo deja de abrasarse bajo el sol, todo resulta más fácil: las carreteras heladas y la oscuridad que cae a media tarde son la excusa perfecta para acurrucarme sin remordimientos frente al televisor en lugar de salir de fiesta.
A pesar de todo el tiempo libre que ofrecen, los veranos nunca me han gustado demasiado. Probablemente porque jugar al hockey en la entrada de casa con patines en línea no tiene nada que ver con deslizarme a toda velocidad sobre el hielo.
Pulso el mando para abrir el coche cuando estoy a pocos metros. La luz interior se enciende e ilumina una figura apoyada contra la puerta del conductor.
Me sobresalto y doy un paso atrás, soltando un jadeo mientras levanto los puños, preparado para defenderme.
—Por Dios, Van der Segundo, tranquilízate. Soy yo.
Reconocería ese tono condescendiente en cualquier parte.
Aun así, retrocedo otro paso con cautela, procurando mantener una distancia prudencial cuando Hart avanza hasta situarse bajo la luz de una farola. Con las manos levantadas en una falsa señal de rendición, me observa con una ceja arqueada y la cabeza ladeada.
—Estoy desarmado.
—¡Desarmado o no, eres idiota! —le espeto.
El corazón me golpea con fuerza en el pecho, dejándome algo aturdido.
Me quito la bolsa del hombro para sacar la botella de agua—.
¿Qué demonios haces aquí? —pregunto después de dar un largo trago, hasta que mis dedos por fin dejan de temblar. Luego le señalo con la botella.
—No has respondido a mis mensajes.
—¿Qué?
—No has respondido a mis...
—Ya te he oído.
—¿Entonces?
—¿Así que ahora, porque no he respondido a tus mensajes, me persigues? Claro, porque Dios no permita que alguien ignore a Alejandro Magno Hart. —Levanto las manos con absoluta incredulidad. Menudo descaro.
—No seas ridículo, Van der Hoff —gruñe Hart mientras se frota la nuca con una mano—. No te estoy persiguiendo. Es que... deberíamos hablar de ciertas cosas. Ya que jugaremos juntos el año que viene.
Si es que jugamos juntos el año que viene . La voz maliciosa de mi cabeza se apresura a corregirlo y vuelve a susurrármelo al oído. Pero no pienso compartir mis dudas con él.
—No tengo nada que decirte. —Me cruzo de brazos mientras espero a que se aparte de mi camino.
Sin embargo, Hart se apoya en la puerta del conductor, bloqueando mi única vía de escape.
—¿En serio? ¿Qué tal una disculpa?
—No, gracias.
—Eres increíble.
—Sobre todo sobre el hielo, sí.
—Y tienes un ego descomunal.
—Mira quién habla, Alejandro Magno.
—¡Deja de llamarme así, joder!
Sonrío ante su arrebato. Escuchar a Hart decir palabrotas es como ver a un cura robando caramelos; son dos cosas que no pegan ni con cola.
Normalmente está demasiado ocupado intentando ser un «buen chico», un ejemplo a seguir para los jugadores de hockey.
Fruncir el ceño con desaprobación es lo más lejos que suele llegar.
Por eso tampoco se mete en peleas sobre el hielo; apostaría a que ni siquiera sabe cómo es el banquillo de castigo por dentro.
Solo recuerdo otra ocasión en la que perdió los nervios, y fue hace tres años.
—¿Qué pasa, que no te gusta que te llamen «Alejandro Magno»?
Pues sí que es una novedad. A mí me encanta cómo suena.
¡Y además combina de maravilla con un montón de cosas!
Alejandro Magno, el imbécil. Alejandro Magno, el chupadiscos.
Alejandro Magno, el que vive para llamar la atención. Alejandro Magno, el ególatra.
—Tiene gracia que lo diga precisamente alguien como tú. —Hart suelta una carcajada amarga que me pone los pelos de punta—. Sobre todo teniendo en cuenta que tu numerito podría haber hecho que os expulsaran de la NCAA tanto a Nate como a ti.
—¿Mi numerito? Lo hice por Nate. Pero tú no sabes mucho de hacer cosas por los demás, ¿verdad? Al menos no si no puedes colgarlas luego en Instagram.
Hart no tiene hermanos, así que ¿cómo iba a entenderlo?
Cada vez que pienso que Nate llegará a la NHL sin mí, siento cómo la envidia me quema por dentro.
Pero se me pasará. Mi hermano merece que la gente adecuada reconozca todo el esfuerzo que ha hecho.
Porque, al contrario de lo que cree Hart, tener padres que jugaron al hockey no significa que tengamos el futuro asegurado.
En todo caso, a más de uno le alegraría que ninguno de los gemelos Van der Hoff llegara a firmar un contrato.
—Al menos yo no tengo problemas para aceptar quién soy. No como tú, que te dedicas a mirar hombres desnudos cuando crees que tus compañeros están dormidos.
Me ruborizo cuando saca a relucir lo del viaje en autobús. Yo no estaba mirando a hombres desnudos, pero discutirlo a estas alturas no serviría de nada.
—No me digas que estás celoso, Hart —me burlo.
Pero durante una fracción de segundo recuerdo cómo apoyó la cabeza en mi hombro y, de repente, vuelvo a notar el sutil olor de su champú.
Hart suspira como si estuviera por encima de todo aquello y se pellizca el puente de la nariz, igual que un entrenador de instituto harto de sus jugadores.
—¿Puedes dejar de comportarte como un crío durante cinco minutos y tener una conversación seria?
No puedo evitar soltar una risita.
—¡Conversación seria y una mierda! Solo has venido aquí para desahogarte y echarme la culpa de los problemas que te has buscado tú solito.