La jugada cambiada Capítulo 19
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Capítulo 19

Me dejo caer en el banco junto a Milo, sobresaltándolo.

Obviamente no se había dado cuenta de que me acercaba después de que todos los demás abandonaran el hielo.

Durante las últimas semanas ha estado completamente absorto en sus libros de texto, sin apenas mirarme las pocas veces que ha aparecido por la pista.

Levanta despacio la cabeza rubia y me observa con el ceño fruncido. Mordisquea distraídamente la punta del lápiz, lo que me recuerda a Nate. Por suerte, nunca tuvimos problemas para distinguir nuestros materiales escolares.

—¿Eso lo has sacado del manual de jugadas de tu padre? —me río, al descubrir un diminuto esquema de la pista que reproduce uno de los ejercicios que hemos hecho hoy.

Milo asiente y me lanza una mirada fugaz antes de cerrar el cuaderno de golpe. Luego empieza a guardar los libros y el estuche en la mochila.

Lo observo en silencio unos segundos antes de suspirar.

—Los adultos como yo creemos que el 42 es la respuesta a todo. Excepto al motivo por el que me has estado evitando estas últimas semanas.

Al principio no me di cuenta de que Milo me estaba evitando a propósito.

Un chaval de doce años seguro que tenía cosas mejores que hacer que pasarse las tardes viendo los entrenamientos de hockey de su padre.

Además, yo también tenía la cabeza ocupada intentando recomponer mi vida después de recuperarla.

Pero, poco a poco, empecé a darme cuenta.

Cada vez que Milo aparecía por la pista, ni siquiera levantaba la vista cuando yo pasaba cerca y siempre desaparecía de las gradas sin despedirse antes de que terminara el entrenamiento

—No estoy haciendo eso —responde de mala gana. Ya tiene la mochila cerrada y parece listo para marcharse, pero yo sigo ocupando medio banco con todo el equipo puesto, así que no tiene por dónde escapar.

Alzo una ceja ante la mentira evidente, sin decir nada más. El silencio se alarga, y Milo empieza a removerse incómodo en el asiento.

—¿Es que ya no soy lo bastante guay? —pregunto con una sonrisa ladeada.

La cara de Milo ni siquiera se inmuta ante mi chiste, lo que me confirma que hoy tengo un público difícil. O quizá ya no soy lo bastante guay para un chico de primero de secundaria. Eso sería un golpe bastante duro para mi ego.

Desde que participé en el campamento de verano, siento una extraña responsabilidad hacia Milo. Fue divertido verlo progresar sobre el hielo y hablar con él de hockey.

Crecer con un gemelo implica que nunca tuve mucho trato con niños más pequeños.

Tenemos varios primos menores en los Países Bajos, pero solo los vemos por videollamada, así que no estaba seguro de saber relacionarme con un chico de su edad.

Y sí, en muchos momentos fue agotador, pero también increíblemente divertido.

Los niños de doce años tienen una forma de decir exactamente lo que piensan, sin filtros ni complicaciones. Me gustaba eso.

—Tal vez yo no soy lo suficientemente guay para ti —murmura Milo.

Endereza los hombros como si quisiera parecer desafiante, pero detecto una nota de tristeza en su voz.

—¿Tú? ¡Imposible! Eso no puede ser verdad. Eres el extremo más increíble desde... —Dejo la frase en el aire y señalo mi propia camiseta mientras le guiño un ojo.

—Entonces, ¿por qué no viniste a verme al partido?

—¿A tu partido? —Parpadeo, sorprendido por la contundencia de la acusación.

Milo gira la cabeza hacia mí y me sostiene la mirada.

Intenta parecer enfadado, pero el leve temblor de su labio inferior lo delata.

Tardé unos segundos más en recordar la última conversación que habíamos tenido.

Aquel día había quedado completamente eclipsado por el hecho de esconderme de mis compañeros en el almacén de material.

Sin duda, no es uno de los momentos de los que me siento más orgulloso.

—Joder... Mierda. —Me tapo la boca en cuanto se me escapa la palabrota y miro alrededor por reflejo, pero el entrenador no está a la vista.

—Conozco palabras peores que esa —dice Milo muy serio—. Sobre todo en búlgaro.

Lo creo, pero eso no significa que me apetezca que el entrenador me pille soltando palabrotas delante de su hijo.

—Milo, lo siento. —Suspiro despacio y me inclino hacia delante, cubriéndome la cara con las manos. Un escalofrío me recorre la espalda a pesar del sudor que aún me empapa la camiseta.

Había olvidado por completo mi promesa después del intercambio, y ni siquiera habría podido ir, ya que ese día los Bats jugaban contra los Grizzlies, pero podría haber mandado a Nate en mi lugar.

Me estremezco en cuanto se me pasa esa idea por la cabeza.

No, en realidad me alegro de no haber enviado a Nate ni de haberle mentido a otra persona importante para mí.

Aun así, la he cagado.

—Surgió algo y... Voy a ser sincero contigo, ¿vale? Lo olvidé por completo. Mierda, peque, lo siento de verdad.

Se me encoge el corazón cuando Milo acepta mi disculpa, asintiendo con la cabeza gacha mientras fija la vista en las puntas embarradas de sus zapatillas.

—¿Hay algo que pueda hacer para compensarlo? —pregunto mientras me quito los guantes y le apoyo una mano con cuidado sobre su hombro huesudo.

Milo inspira hondo, recoge los pies bajo el banquillo y luego se gira hacia mí. Sus ojos azules brillan mientras me examina el rostro.

—¿Qué te surgió?

—¿Eh?

—Has dicho que te surgió algo. ¿Qué fue?

Contengo la respiración un instante mientras valoro mis opciones. Oficialmente, fui yo quien cogió una gastroenteritis, que también fue la excusa que me libró de los entrenamientos. Pero tampoco quiero contarle esa mentira a Milo.

—Mi hermano me necesitaba. Conoces a Nate, ¿verdad?

Milo vuelve a asentir, esta vez con algo más de entusiasmo.

—Extremo derecho de St. Bernard. Elegido en tercera ronda del draft . ¿Número 76? Para los Pioneers.

Me río y levanto una mano antes de que empiece a recitar todas las estadísticas y promedios de mi hermano.

—Madre mía, peque, sí que eres un fanático del hockey. Bueno, pues lo estaba pasando mal y tuve que ayudarle ese fin de semana. Se pone muy nervioso antes de los partidos, y aquel era muy importante para él.

Milo se muerde el labio inferior durante un instante.

—Yo también me pongo muy nervioso antes de los partidos —dice en voz baja.

—Ya lo sé. Pero tú no tienes ningún motivo para estar nervioso, porque estás jugando genial.

Y es verdad. El mayor punto débil de Milo es su tamaño.

Pero lo que le falta en estatura lo compensa de sobra con habilidad.

Tiene un manejo del palo excelente y, como se mueve con tanta agilidad sobre el hielo, esquiva a los defensas con facilidad.

Apenas comparte ninguno de los rasgos físicos de su famoso padre, pero está claro que el entrenador le transmitió todos sus conocimientos de la NHL directamente por vía genética.

—¿Entrenaste con él?

—¿Eh?

—Con tu hermano. Porque hizo tu jugada.

—¿Ah, sí? —Finjo sorpresa, aunque se me eriza el vello de la nuca ante aquella pregunta tan inocente. Esperaba que nuestros padres o nuestros compañeros de equipo se dieran cuenta, pero desde luego no el hijo de doce años del entrenador.

—¡Sí! Cuando marcó el gol contra los Grizzlies, hizo tu jugada. Papá y yo vimos la repetición —dice Milo, frunciendo el ceño con desaprobación—. Pero a ti te sale mejor. Papá también lo dijo.

No puedo evitar soltar una carcajada al sentir el alivio que me recorre de golpe.

El entrenador no se dio cuenta. ¡Claro que no! Nate y yo intercambiando nuestras vidas, yo jugando los partidos de mi hermano... Nadie sospecharía algo así. Sería una auténtica locura.

¿Verdad?

—Se lo diré —prometo antes de volver a mi pregunta anterior—. Pero ¿qué puedo hacer para compensarte? Lo digo en serio, Milo. Rompí una promesa y eso no estuvo bien.

Milo se lo piensa un momento antes de dedicarme una sonrisa tímida. Tiene los hombros encogidos casi hasta las orejas.

—¿Puedo ir a tu debut en la NHL el año que viene?

Me quedo mirándolo con la boca abierta, atónico. La seguridad con la que lo dice, como si mi carrera no estuviera pendiendo de un hilo, me deja sin palabras.

—Claro —suspiro—. Te guardaré el mejor asiento.

***

Me siento extrañamente ligero cuando atravieso las grandes puertas de cristal y salgo al aparcamiento, casi vacío a esas horas.

Para cuando llego al vestuario, el resto del equipo ya se ha marchado, así que decido saltarme la ducha y guardo el equipo a toda prisa para no correr el riesgo de quedarme encerrado allí durante todas las vacaciones de Acción de Gracias.

He pensado en volver a casa con Nate, sobre todo porque sé que le pone nervioso hacer solo el trayecto hasta Rhode Island, pero aún tengo clases hasta mañana por la tarde.

Papá anunció que tiene programadas un par de entrevistas para el pódcast durante el puente y mamá estará ocupada organizándose para los próximos partidos de Brown.

No quiero que se sientan culpables por no poder pasar más tiempo en familia, sobre todo porque en Navidad tendremos semanas enteras para vernos.

También podría haberme ido con Linden, pero Micah y Oliver se quedan en el Refugio, así que celebraremos Acción de Gracias juntos e incluso vamos a preparar el pavo nosotros mismos.

Micah me ha enviado la lista de la compra hace un rato, y confío en que mi aroma a jugador de hockey sin pasar por la ducha mantenga a raya a los demás clientes mientras recorro los pasillos del supermercado buscando todo lo que me ha encargado.

Tarareo por lo bajo mientras me dirijo a mi coche, aparcado en el rincón más alejado del aparcamiento.

Mi aliento sale en pequeñas bocanadas blancas que se elevan hacia el cielo oscuro.

El aire es tan frío que casi me quema los pulmones y me deja en la lengua un sabor a nieve recién caída.

Quizá esta noche algunos copos consigan no derretirse. La idea me arranca una sonrisa.