La jugada cambiada Capítulo 18 #2
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Capítulo 18 #2

Obviamente, Hart quería besar a Nate. Cualquier sentimiento no correspondido que pudiera albergar hacia mi hermano se dirigió a mí únicamente porque somos gemelos idénticos.

Y, si yo no hubiera estado borracho como una cuba, jamás me habría excitado tanto el olor de su champú o la forma en que su enorme cuerpo me rodeaba.

El único problema es que no consigo sacármelo de la cabeza. Por eso hablar del tema me parece una idea terrible.

***

Recuperar mi vida anterior no ha solucionado nada por arte de magia.

Todavía tengo que ponerme al día con dos semanas de clases perdidas y, ahora igual que antes, sigo sin tener ni idea de cuál será mi situación con los Rebels cuando termine mi último año en la universidad.

Obviamente sabía que recuperar mi puesto no iba a resolver todos mis problemas; aun así, una pequeña parte de mí tenía esperanzas.

Esperaba despertarme a la mañana siguiente y descubrir que todo volvía a ser como hacía un año.

Durante mucho tiempo me convencí de que aquel era el primer paso y el único paso que necesitaba dar.

—En realidad, el primer paso fue al día siguiente de la operación —señala Oliver con toda tranquilidad cuando termino de contarle lo ocurrido.

Estoy tirado en el suelo de nuestro salón, con la pierna derecha apoyada sobre el sofá.

Me he dejado caer aquí nada más volver del entrenamiento.

He decidido seguir el ejemplo de mi hermano y pedirles a Zollweg y Kristiansson que se quedaran una hora más para practicar después de la sesión oficial.

Solo jugamos juntos unos pocos meses antes de que mi lesión me dejara fuera de combate.

Con De Andre encontraron su ritmo, y ahora nos toca recuperarlo.

La cosa funcionó bastante bien en el partido de ayer en casa, pero incluso mientras celebraba la victoria con mis compañeros no podía dejar de pensar en todas las ocasiones que habíamos desaprovechado.

Ocasiones que Hart habría aprovechado. No hace falta que me caiga bien para admitir que tiene unas manos increíbles y una especie de sexto sentido para saber exactamente dónde necesito que esté en cada jugada.

O dónde necesitaba que estuviera.

Porque eso se ha acabado. Y, si los dioses del hockey tienen un mínimo de compasión, los Rebels jamás nos pondrán en la misma línea. Suponiendo que todavía se acuerden de que me eligieron en el draft .

Lanzo un gruñido de frustración y me froto la cara con una mano. Hablando de asuntos pendientes, también tengo una montaña de mensajes sin leer de Hart en Instagram pidiéndome que hable con él.

—Probablemente estés a medio camino.

Tardo un segundo en darme cuenta de que Oliver sigue hablando de mi recuperación cuando vuelve de la cocina con una bolsa de hielo en una mano y una novela romántica en la otra. Ha empezado un libro nuevo, aunque, sinceramente, parece exactamente igual que Conquistando a Noah .

—¿Por qué todos los libros que lees se parecen? —pregunto señalando a los hombres semidesnudos de la portada de Buscando a Philipp —. Y ¿qué significa eso de que «estoy a medio camino»? Ha pasado casi un año. Hay jugadores que vuelven a estar como antes en menos tiempo.

—Y hay otros que no —replica Oliver, arqueando una ceja mientras me coloca sobre la rodilla la bolsa de hielo envuelta en un paño de cocina.

Arrugo la nariz al ver las manchas oscuras e imposibles de identificar que cubren la tela—.

Cada persona es diferente, Nicko. Y para algunos esto...

—se toca la sien, lo que me hace poner los ojos en blanco— necesita más tiempo para ponerse al día que el resto.

—No me di un golpe en la cabeza.

—Ha llegado el momento de una verdad incómoda.

—¡Odio las verdades incómodas!

—Lo sé, cariño. —Oliver suspira mientras se deja caer en el sofá, justo al lado de donde descansa mi pierna, y luego me da una palmadita en la espinilla—.

Puede que tu cuerpo se haya recuperado por completo, pero...

No. Déjame terminar. —Levanta un dedo para frenar mi protesta.

Resoplo y cierro la boca de golpe—. Tu cuerpo se ha curado, pero tu cabeza no.

Fue tu primera lesión grave; te da miedo.

—No tengo miedo.

Oliver suelta un bufido.

—Madre mía, eres un paciente desesperante. Muy bien. Entonces no tienes miedo. Te sientes presionado.

—Solo quedan seis meses.

—¿Ves? Justo eso.

Aprieto la mandíbula y fijo la vista en el techo. No tengo ninguna intención de volver a discutir este tema.

—Jugaste muy bien en St. Bernard —continúa—. ¿Tienes alguna idea de por qué?

La verdad es que sí. Por desgracia, esa explicación tiene mucho que ver con cierto chico insoportable de pelo negro, ojos azules y una exasperante superioridad moral.

No sé qué tenía jugar junto a Hart, pero sobre el hielo encajábamos a la perfección. Como dos malditas piezas de un puzle.

Todavía siento el impulso irracional de estrangularlo con los cordones de mis patines cada vez que pienso en sus manías: la forma en que desaprueba incluso las palabrotas más inocentes, cómo lee el New York Times todas las mañanas y luego recita artículos enteros como si presentara un informativo; y ese estúpido Wordle. Maldito Wordle.

Pero también echo de menos el desafío de seguir el ritmo de sus zancadas imposiblemente largas. O de burlarme de su revés mediocre.

—No —respondo con brusquedad. No pienso admitir nada de eso.

—Bueno, pues te lo diré yo. No tenías nada que perder, Nicko. No estabas preocupado por tus compañeros, ni por los Renegades...

—Los Rebels. —Oliver me hace un gesto para quitarle importancia a la corrección.

—Los Renegades, los Rebels, lo que sea. Lo que intento decir es que te limitaste a jugar al hockey. Jugaste a tu deporte favorito y parecía que te lo estabas pasando bien.

Hace una pausa—. Así que quizá podrías intentar volver a disfrutar.

Suspiro y por fin me incorporo, pasándome ambas manos por el pelo.

—Muy bien. ¿Eso es una recomendación médica?

Mi compañero de piso me dedica una de sus sonrisas cargadas de sarcasmo, iluminada por el brillo de sus ojos marrones.

—Es una recomendación de un futuro médico. Y cuando llegues a la NHL empezaré a cobrar por mis consejos profesionales.

Se me escapa una risa. Entonces le lanzo la bolsa de hielo, con paño de cocina sospechosamente mugriento incluido.