La jugada cambiada Capítulo 18
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Capítulo 18

—Veo que has vuelto de entre los muertos —me dice el entrenador el primer día que regreso al hielo con los Badgers. Lo acompaña con una ceja arqueada y un tono ligeramente seco que hace que encoja los hombros.

Aunque Nate no podía jugar por mí durante la primera semana de nuestro intercambio, le pedí expresamente que tampoco lo hiciera durante la segunda.

No quería que recuperara mi puesto por mí, aunque la idea de que tuviera que aguantar a Aldridge tenía su gracia.

Así que prolongó los síntomas de su supuesto virus estomacal mucho más de lo que cualquier deportista universitario se atrevería a hacer.

Me limito a asentir ante la pregunta implícita, lo que provoca algunos murmullos entre mis compañeros mientras esperamos las primeras instrucciones.

Durante un instante, el entrenador me observa con expresión pensativa. No parece enfadado, pero yo estoy sudando bajo la camiseta. Con un gesto rápido de la muñeca, envía al resto del equipo a calentar con los entrenadores asistentes, pero levanta una mano para impedir que los siga.

—¿Qué voy a hacer contigo, Nicholas? —pregunta con un suspiro.

Deseo que me trague la tierra, esto es exactamente lo que temía.

Salvo por la lesión del año pasado, he jugado prácticamente con cualquier molestia física imaginable: costillas magulladas, esguinces de tobillo, golpes de todo tipo.

Ausentarme dos semanas por un supuesto virus estomacal no solo resulta impropio de mí, sino una auténtica locura teniendo en cuenta mi situación dentro del equipo.

Aun así, no me arrepiento de haber impedido que Nate jugara en mi lugar.

El entrenador no parece esperar respuesta.

—¿Sabes por qué te bajé a la cuarta línea? —pregunta. Frunzo el ceño.

Para castigarme . La respuesta amarga me quema en la punta de la lengua, pero me la trago. Sé que tiene que hacer lo mejor para el equipo, así que prieto los labios y guardo silencio.

—Para quitarte presión. No soy tonto, Nicholas.

Después de una lesión como la tuya, todo el mundo quiere ver cómo juega el séptimo elegido del draft , ¿verdad?

Tus compañeros, los equipos rivales, la universidad, los Rebels...

Todo el mundo está mirando. —Va enumerándolos con los dedos y yo me encojo un poco más con cada uno—.

Y más aún con un cabezota como tú. —Sacude la cabeza antes de volver a clavar los ojos en mí.

—Pero antes dime una cosa. ¿De verdad has estado enfermo?

La pregunta me pilla tan desprevenido que tardo demasiado en reaccionar.

Sé perfectamente lo que debería responder: debería jurar que apenas podía mantenerme en pie, que no retenía ni un vaso de agua y que he pasado dos semanas viviendo prácticamente pegado al váter.

Pero nunca se me ha dado bien mentir. Siento cómo se me encienden las mejillas y, al final, niego con la cabeza de la forma más leve posible.

—No.

El entrenador resopla y se pasa una mano por la cara.

—¿Sabes que, si me mintieras, me lo pondrías mucho más fácil? —masculla.

Por un instante me tiembla el labio, aunque consigo controlarlo en cuanto me clava una mirada entrecerrada. Casi espero que ate cabos, que llegue a alguna conclusión más. Pero Nate nunca pisó el hielo en mi lugar, así que no tiene ningún motivo para sospechar de nuestro intercambio.

—Debería suspenderte por esto.

Contengo la respiración y me muerdo con fuerza el interior de la mejilla. Una suspensión pondría fin a mis aspiraciones profesionales de forma inmediata. Se acabarían las dudas, las esperanzas y ese interminable «¿me ficharán o no me ficharán?».

Siento el corazón golpeándome en la garganta mientras espero su decisión, como un acusado delante del jurado. Apenas me atrevo a respirar hasta que refunfuña y se pellizca el puente de la nariz.

—Hoy vas a jugar con Zollweg y Kristiansson.

—¿Qué? —Estoy convencido de que he oído mal. O de que mi cerebro acaba de inventarse lo que quería escuchar.

—Nicholas, no me obligues a repetirme. Y no te confundas: esto no es una recompensa. Ya se me ocurrirá algún castigo —advierte, señalándome con el dedo antes de hacer un gesto hacia el resto del equipo—. Ahora lárgate. ¡Venga, fuera! Me estás dando dolor de cabeza.

Salgo disparado antes de que pueda cambiar de opinión, pero casi tropiezo cuando vuelve a llamarme.

—¡Nicholas! —Me giro a regañadientes por encima del hombro. Estoy demasiado aturdido para sentir alivio, pero tampoco quiero darle la oportunidad de retractarse.

—¿Sí?

—La próxima vez que te entre una gastroenteritis repentina, habla conmigo antes. —Lo dice más como una orden que como una sugerencia.

—No. Quiero decir..., sí. Sí, lo haré. Pero no hará falta. Se acabaron las gastroenteritis. Y los virus. Todos los virus. —Lo prometo atropelladamente, pero el entrenador ya se aleja patinando.

Cuando termina el entrenamiento y regresamos al vestuario, la nueva alineación ya está colgada en la pizarra.

***

Siempre he querido preguntarte una cosa:

cuando te quedaste aquí...

trajiste tu propio protector bucal, ¿verdad?

...

¿Y la coquilla también?

:)

¡NICKO!

Se me escapa una carcajada y dejo el móvil boca abajo sobre la mesa para no caer en la tentación de volver a mirarlo durante la comida.

Frente a mí, Linden arquea una ceja.

—¿Qué te hace tanta gracia?

—Nada —respondo enseguida, encogiéndome de hombros—. Una tontería que ha dicho Nate —añado tras una breve vacilación.

No quiero que mi mejor amigo piense que sigo ocultándole cosas. Descubrir por qué habíamos intercambiado nuestras vidas le afectó mucho más que al resto de mis compañeros de piso, y no solo porque le preocupe que haya puesto en riesgo mi futuro.

Lo del refugio de animales, cuando le mentí a la cara, dañó de verdad nuestra amistad. Sé que una disculpa no basta para arreglarlo todo, pero al menos fue un comienzo.

Llevo una semana de vuelta en mi propia vida y, durante ese tiempo, le he contado con pelos y señales todo lo que ocurrió mientras me hacía pasar por Nate.

A cambio, me ha tocado soportar sus reacciones y sus miradas de desaprobación.

A juzgar por su primer encuentro con Hart y por todo lo que sabe de nuestra historia, tampoco le hace ninguna gracia el error que cometí con él estando borracho.

Y, sinceramente, en eso estamos de acuerdo.

Si algo bueno ha salido de todo este desastre es que Linden y yo estamos pasando mucho más tiempo juntos.

Ni siquiera me había dado cuenta de cuánto me había alejado de mis amigos hasta que regresé a una habitación extrañamente silenciosa la semana pasada.

Todavía me cuesta sentarme por las noches en el salón e intentar encontrar de nuevo mi sitio dentro de nuestra pequeña comunidad.

También he tenido que asumir que, después de casi cuatro meses viviendo juntos, apenas conozco a Marisol y a Micah.

—Ah, por cierto. Tu hermano estuvo el otro día en el refugio. Con ese tal Hart.

Me concentro tanto en mantener una expresión neutra que casi siento cómo se me queda congelada la cara.

—¿Y? —pregunto con aparente indiferencia mientras cojo los cubiertos y empiezo a comer la pasta con espinacas. Después de otra semana horrible de reflujo y arcadas, mi estómago por fin se ha recuperado de aquellos malditos fideos picantes.

—Parecía aterrorizado por Violet.

Resoplo. Puedo imaginarme perfectamente la cara de Nate incluso delante del perro más pequeño del mundo.

—Cuando éramos pequeños, nuestra abuela adoptó un cachorro en los Países Bajos que era demasiado entusiasta y arañó a Nate.

Desde entonces les tiene un miedo terrible a los perros —explico.

La verdad, me sorprende que aceptara acompañar a Hart.

Parece que no soy el único que tiene que expiar algún pecado platónico.

Sin embargo, desde lo ocurrido en aquella fiesta, no puedo evitar preguntarme hasta qué punto los sentimientos de Hart hacia mi hermano son realmente platónicos. Al fin y al cabo, inició aquel beso creyendo que yo era Nate, así que el ambiente en St. Bernard debe de estar bastante tenso.

Me alegra que Linden y yo superáramos esa fase nada más conocernos: nos bastaron unas pocas horas después de nuestra primera y única cita para darnos cuenta de que seríamos una pareja bastante extraña, pero unos amigos estupendos.

—Preguntó por ti.

—¿Eh?

—Hart. Preguntó por ti. Dijo que necesitaba hablar contigo, pero que no respondías a sus mensajes.

—He estado ocupado. Tendrá que esperar su turno —le respondo.

Y, en cierto modo, es verdad. He estado demasiado ocupado rechazando las citas que Nate se empeñaba en organizarme.

No sé si estaba aburrido o intentando echarme una mano, pero lo cierto es que llegó a mantener conversaciones sorprendentemente profundas en Grindr.

Qué lástima que yo no esté buscando pareja.

Mi agenda está llena de clases y entrenamientos porque necesito reconducir esta temporada.

Mientras la NHL siga siendo una posibilidad, no pienso desperdiciar ni un segundo pensando en citas.

Ni con chicas ni, desde luego, con chicos.

Un solo beso ya ha provocado suficiente caos.

Lo último que necesito es una distracción.

Precisamente por eso ignoré todos los mensajes directos de xander_hart.oficial en Instagram. Qué descaro poner «oficial» en su nombre.

—Tal vez deberías hablar con él, Nicko. Dentro de unos meses vais a estar en el mismo equipo. ¿No preferirías aclarar todo esto antes de volver a verlo?

—No hay nada que aclarar —protesto, notando cómo se me calientan las mejillas ante la seguridad con la que Linden da por hecho que formaré parte de la plantilla de los Rebels la próxima temporada—.

Cometimos un error. Yo iba borracho, él me confundió con mi hermano y todos podemos estar de acuerdo en que, en circunstancias normales, nada de esto habría pasado.

En cualquier caso, Hart debería hablar con Nate —añado.

Es exactamente lo que llevo repitiéndome desde que salí huyendo de aquella fiesta como alma que lleva el diablo.