La jugada cambiada Capítulo 17
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Capítulo 17

No es ninguna alarma la que me despierta, sino mi conciencia golpeándome con la misma brutalidad que un defensa empotrándome contra las vallas. Y con ella regresan los recuerdos de anoche. Me doy la vuelta con un gemido y entierro la cabeza en la almohada.

Quizá, si me escondo un rato más, no tenga que enfrentarme al hecho de que anoche besé a mi mejor amigo.

Por supuesto, no funciona. Porque, ahora que he empezado a pensar en ello, las imágenes no dejan de repetirse en mi cabeza. Esconderme bajo la manta no borra el recuerdo de mis dedos hundiéndose en el suave cabello de Nate ni la sensación de sus labios contra los míos.

Poco a poco, la consciencia de su presencia al otro lado de la habitación se abre paso en mi mente.

No me sorprende del todo. Recuerdo vagamente que alguien entró tambaleándose en la habitación durante la noche y me despertó.

Durante un instante pensé en encender la luz, pero descarté la idea enseguida, como si siguiera atrapado en un sueño.

Sacar el tema del beso en mitad de la noche, cuando ambos estábamos cansados y medio borrachos, no parecía precisamente una buena idea.

Además, estaba cabreado. Me pasé dos horas buscándolo después de que desapareciera de la fiesta, enviándole mensajes una y otra vez hasta que acabé rindiéndome al ver que no contestaba.

No es que tuviera muchas ganas de quedarme allí después de lo ocurrido, pero Nate tenía las llaves del coche y no me quedó más remedio que buscar otra forma de volver.

Nate, en cambio, parece no compartir mi angustia en absoluto. Duerme plácidamente, incluso ronca un poco, ajeno por completo a la batalla mental que se libra dentro de mi cabeza. Cada una de sus respiraciones llega lo bastante lejos como para hacerme cosquillas en la nuca.

Ahora que estoy completamente despierto, desearía haber afrontado esto anoche.

Pero ¿cómo se saca el tema de haber besado a tu mejor amigo? ¿Tengo que disculparme otra vez? Supongo que sí, ¿no?

Gimo y me vuelvo boca arriba. Me froto los ojos, después las sienes, y termino enterrando los dedos en el pelo mientras presiono las palmas contra la cara.

¡Pero él me devolvió el beso! No puedo disculparme por eso también, ¿verdad?

No estoy llegando a ninguna parte. Movido por una punzada de curiosidad, miro hacia el otro lado de la habitación y doy un respingo al descubrir que Nate me está observando fijamente.

A pesar del pelo revuelto, se ha incorporado sin esfuerzo y parece mucho más despierto que yo.

—¡Buenos días! —dice con una sonrisa radiante, rebosante de energía, y acto seguido se levanta de un salto.

Yo me incorporo tan deprisa que se me revuelve el estómago. Cuando consigo recuperarme, Nate ya ha salido por la puerta y le oigo estirarse. Va tatareando por el pasillo, y poco después, empieza a sonar una canción desde el baño.

—¿Pero qué demonios...? —murmuro. Me dejo caer contra la pared con las piernas colgando por el borde de la cama.

Tengo la sensación de haber despertado en una realidad alternativa.

O quizá he viajado en el tiempo, como en Atrapado en el tiempo , y cuando Nate vuelva del baño me dirá que tiene un buen presentimiento sobre el partido de esta noche contra los Wildcats.

Pero no. Mi móvil me informa de que son las nueve y cuarto de la mañana del sábado y de que llego tarde al entrenamiento.

Respiro hondo y me levanto de la cama. Nada más apoyar los pies en el suelo, tropiezo. Encuentro unos pantalones de deporte y, después de oler la camiseta con la que he dormido, decido que todavía puede aguantar un día más.

Consigo esquivar a Nate entreteniéndome con una taza de café que me tomo a sorbos eternos hasta que termina de lavarse los dientes. En cuanto vuelve a la habitación, me escabullo al baño.

La ducha me sienta bien, pero no consigue aclararme las ideas.

Me alegra comprobar que, cuando regreso, Nate está en la cocina preparándose el desayuno.

Me visto a toda prisa, de repente preocupado ante la posibilidad de que me sorprenda con los pantalones bajados hasta los tobillos.

En cuestión de un minuto estoy listo, pero luego me quedo rondando torpemente por mi lado de la habitación, sin saber muy bien qué hacer.

Podría ir a desayunar con mi mejor amigo, pero tengo un nudo en el estómago que me ha quitado por completo el apetito.

Y tampoco quiero que nadie sea testigo de mi nerviosismo.

Sobre todo porque la conversación que imagino que estoy a punto de tener con Nate me parece algo que debería suceder en privado.

Todo ese asunto de «perdón por besarte anoche, no quiero arruinar nuestra amistad, así que por favor no dejes de ser mi amigo, pero ¿por qué me devolviste el beso?

» no es precisamente algo que quiera que escuchen el resto de los residentes.

Frustrado, dejo escapar un gemido y me dejo caer en la silla del escritorio. Apenas unos segundos después, vuelvo a ponerme en pie de un salto cuando se abre la puerta.

—¡Vaya! —se ríe Nate, levantando las manos al entrar—. ¿Llego en mal momento?

—¿Qué? No. Claro que no. —No puedo evitar sentir que, de algún modo, se está burlando de mí con ese buen humor constante, esa calma irritante y esa manera tan despreocupada de estar en el mundo.

Supongo que intenta ponérmelo fácil. ¿Estará fingiendo para protegerme?

¿O quizá ni siquiera se acuerda? Al fin y al cabo, iba bastante borracho. Aunque...

¿Tan borracho como para olvidar que lo besé? ¿O que fue él quien me besó a mí?

Me apoyo en el borde del escritorio y cruzo los brazos, luego los descruzo, y finalmente me meto las manos en los bolsillos del pantalón de deporte. De repente no sé ni cómo colocarme. Me aclaro la garganta, aunque termino hablándole a las estanterías en lugar de a mi compañero de habitación.

—Eh... Creo que deberíamos hablar.

—¡Madre mía, tío! ¿No me digas que estás embarazado?

—¿Qué?

Nate vuelve a soltar una carcajada y, al pasar junto a mí camino de su escritorio, me revuelve el pelo todavía húmedo. Me quedo observándolo mientras se encarama de un salto al borde de la mesa.

Hay algo raro en su cara, algo distinto, pero no consigo identificar qué es.

Tampoco me quedan energías para controlar mis propias expresiones, y poco a poco su sonrisa empieza a apagarse.

—¡Eh! ¿Por qué estás tan serio? —pregunta, frunciendo ligeramente el ceño—. ¿Qué pasa?

—Yo... Yo solo... Lo siento. —Intento ignorar el vuelco que me da el estómago.

¿Y si la estoy fastidiando todavía más sacando el tema de anoche? ¿Y si de verdad lo ha olvidado? ¿O simplemente lo ha atribuido a una estupidez cometida bajo los efectos del alcohol? ¿Y ahora soy yo quien vuelve a ponerlo sobre la mesa?

—Ah... Vale. ¿Y por qué lo sientes?

—Eeeh... Por lo de anoche. —Pronuncio las palabras despacio y luego dejo escapar un resoplido de frustración mientras cruzo los brazos—. Si te estás quedando conmigo, para ya. Lo digo en serio, Nate.

—¡Que no me estoy quedando contigo! No tengo ni idea de qué estás hablando, Xan.

—Estoy hablando de... —Las palabras se me atascan en la garganta como un bocado demasiado grande. Empiezo a pasearme de un lado a otro de la habitación. Me hacen falta tres vueltas completas para conseguir decirlo—. Lo siento por haberte besado.

—¡¿Que hiciste qué?! —Por fin parece tan desconcertado como yo. Los ojos se le abren de golpe y casi pierde el equilibrio al bajarse de la mesa. No me hace sentir mejor, pero al menos ya no está bromeando.

El silencio que cae entre nosotros resulta tan apropiado como asfixiante.

Odio notar cómo me arden las mejillas. Pero no es vergüenza. Nate es importante para mí. Es un gran amigo: tranquilo, atento, cariñoso... y, además, atractivo.

Y eso sin contar todo lo que he descubierto sobre él durante estas dos últimas semanas. Facetas que no conocía y que, para mi desgracia, me han gustado.

Aun así, no quiero presionar a mi mejor amigo, que es completamente heterosexual, para que sienta algo que no siente. Quiero creer que un beso (por inesperado o increíble que haya sido) no va a destruir nuestra amistad.

—Yo... —Nate sacude la cabeza como si quisiera empezar de nuevo, pero vuelve a quedarse sin palabras.

Le doy tiempo. Todo el que necesite.

Por fin se pasa una mano por el pelo. Durante un instante, una sombra oscurece su ojo izquierdo antes de que el flequillo vuelva a caer sobre él. Inspira hondo.

—No me besaste a mí.

—Venga ya. Sí, hacer como si no hubiera pasado nada seguramente sería más fácil para los dos, pero tenemos que hablar de ello antes de... —Hago un gesto vago, como si estuviera empujando el asunto debajo de una alfombra invisible.

—No, no me estás entendiendo. —Nate evita mirarme mientras juguetea con un hilo suelto de la camiseta—. Tú..., eh... No me besaste a mí.

Parpadeo, desconcertado.

—Si no te besé a ti, entonces besé a alguien que... —La frase muere en mis labios. Alguien idéntico a ti . No llego a decirlo. Me quedo inmóvil, mirando fijamente a mi compañero de habitación.

Mi compañero de habitación, que tiene un hermano gemelo.

Soy idiota.

Busco a tientas el respaldo de la silla del escritorio y me aferro a él.

De repente, todos esos cambios extraños que llevaba dos semanas justificando encajan de golpe: que Nate estuviera enfermo, que hubiese cambiado de estilo, que volviera a llevar gafas, que se vistiera diferente, que estuviera enfadado conmigo...

La lista se despliega en mi cabeza como uno de esos tiques interminables del supermercado.

Y ahora que tengo la respuesta, todo cobra sentido. Como cuando recolocas unas letras y descubres que siempre formaban una palabra distinta.

Nunca fue Nate.

—¡¿Besé a Nicko?! —exclamo. Mi propia voz me suena lejana. Como la de la peor versión posible de un amigo. La de alguien que ni siquiera se ha dado cuenta de que lleva conviviendo con otra persona durante...—. ¿Os habéis estado haciendo pasar el uno por el otro? ¿Desde cuándo?

—Desde que pillé aquel virus estomacal. Te lo juro.

—Por el amor de Dios, Nate. ¡Eso fue hace dos semanas!