Capítulo 16
Hay alguien en la cama conmigo.
Un cuerpo cálido presiona contra mi espalda y un par de brazos me rodean la cintura.
Lo primero que pienso es en Nate, incluso cuando ya sé que no es él.
Siempre seré capaz de reconocer la presencia de mi hermano; lo haré hasta mi último aliento.
Y, aunque esta persona también me resulta familiar, no es él.
Entonces, durante un instante horrible, recuerdo lo que pasó anoche: la boca de Hart estrellándose contra la mía en un arrebato de locura, mis manos tirando del cuello de su camiseta para acercarlo más.
¡Oh, no! ¡No!
Por favor, que no sea Hart. Donaré parte del dinero de mi futuro contrato a una buena causa y volveré a rezar antes de acostarme, pero, por favor, que no sea Hart.
La persona que está a mi lado se mueve mientras intento librarme de su abrazo y tanteo a mi alrededor con cautela.
Todavía llevo una camiseta y ropa interior, lo cual ya supone un gran alivio.
Intento levantar la cabeza y me arrepiento al instante cuando un centenar de rayos me atraviesan el cerebro.
Se me escapa un gemido y vuelvo a hundirme en la almohada.
Veo destellos brillantes bailar tras mis párpados mientras intento averiguar dónde estoy o qué ocurrió después de que abandonara la fiesta.
Oigo el suave roce de las sábanas a mi lado, seguido de un bostezo.
—¿Nicko? —susurra Linden. Me relajo de golpe.
¡Gracias a Dios!
—¿Nicko? —insiste. Gimo para hacerle saber que sigo vivo.
Tengo la boca pastosa, con un desagradable regusto a calabaza podrida y malas decisiones.
Espero que mi aliento no fuera así cuando Hart me besó anoche.
Puede que ese tío piense que soy un imbécil integral, pero me gustaría que al menos me recordara como un imbécil con una higiene bucal impecable.
—¿Estás bien? —pregunta Linden. Abro los ojos y descubro su cara a escasos centímetros de la mía. Le doy un ligero empujón para evitar que sufra las consecuencias de mi terrible aliento matutino.
—No.
Intento mantener algo de dignidad, pero mis movimientos resultan bastante lamentables cuando por fin consigo incorporarme y echar un vistazo a mi alrededor.
Estoy en mi propia cama. La única cama de la habitación. No hay segundo escritorio, ni segunda cómoda.
Sin embargo, hay pruebas por todas partes de que mi hermano ha ocupado este espacio durante dos semanas.
La mitad de mi armario parece haber explotado por la habitación: hay camisetas colgadas del respaldo de una silla, ropa interior amontonada en una esquina y un calcetín solitario hace las veces de marcapáginas en Conquistando a Noah , que por algún motivo ha acabado aquí arriba.
—¿Necesitas vomitar otra vez? —pregunta Linden, frunciendo el ceño.
Su pelo rubio, completamente despeinado, resta credibilidad a toda la autoridad que intenta transmitir.
Niego con la cabeza y me aclaro la garganta.
—¿Cómo he llegado hasta aquí? ¿Y por qué estás en la cama conmigo? Creía que habíamos acordado que no éramos ese tipo de amigos. —Añado lo último con una leve sonrisa que, como era de esperar, hace que las mejillas de mi amigo se tiñan de rojo.
—¡Idiota! Después de que Micah te trajera hasta aquí prácticamente a rastras, alguien tenía que asegurarse de que no te atragantaras con tu propio vómito —gruñe antes de darme un ligero empujón.
Me da vergüenza pensar que mi compañero de piso haya tenido que cargar conmigo. Lo último que recuerdo es al señor Huesos y...
—¿Y Nate? —pregunto. La expresión de Linden se ensombrece de inmediato.
—Anoche llegamos a la conclusión de que ya se había quedado demasiado tiempo.
***
El aroma a tortitas recién hechas y azúcar caramelizado me recibe cuando entro en la cocina media hora después.
La ducha me ha devuelto parte de las ganas de vivir y mi estómago ruge con feliz anticipación ante la perspectiva de una comida casera y de recuperar mi vida, aunque todavía no estoy seguro de poder confiar en él.
—No te mereces amigos como nosotros —dice Oliver alegremente mientras deja un paracetamol junto a mi vaso de agua. Lanzo una mirada nostálgica a su taza de café humeante, lo que me vale una expresión de desaprobación—. No se pueden mezclar medicamentos y café.
—Lo sé —suspiro. Si soy sincero, la respuesta sirve para las dos afirmaciones.
—Entonces, ¿no tienes nada que decirnos? —pregunta. Cuando por fin estamos todos sentados con nuestros respectivos platos de tortitas delante, me doy cuenta de que hoy los otros tres tienen partido. Probablemente debería sentirme agradecido de que el público sea reducido, pero aun así me quejo:
—Ya lo sabéis.
—¿Que nos has mentido? ¿Que has dejado que un completo desconocido viviera bajo nuestro techo durante dos semanas? Sí, eso ya lo sabemos —resopla Oliver. Me hundo un poco más en la silla. La verdad es que no suena nada bien cuando lo plantea así.
—Nate no es un desconocido —interviene Linden, apoyando una mano conciliadora sobre el brazo de Oliver—. ¡Incluso se peleó con un montón de tíos de esa fraternidad para defenderte!
—Debería haber sabido que se metería en problemas por tu culpa —gruño. Eso hace que Oliver entrecierre los ojos.
—Para empezar, estamos hablando de las malas decisiones de Nicko, no de las mías. Y, para continuar, no es culpa mía que las fraternidades de la B-Tech sigan creyendo que la homofobia es un rasgo atractivo en un hombre.
Me muerdo el interior de la mejilla al oírlo. Este es exactamente el motivo por el que no publico nada en redes sociales ni voy contándolo por ahí.
—Pero... ¿estás bien? No te hicieron nada, ¿verdad?
—Estoy perfectamente gracias a que tu hermano decidió comportarse como un caballero andante. La verdad es que fue bastante adorable, hasta que uno de esos imbéciles le soltó un puñetazo en la cara. Ahora que lo pienso, puede que se haya convertido en mi gemelo favorito.
La sola idea de que alguien le haya pegado a Nate me provoca un escalofrío. Aprieto el tenedor con fuerza y me llevo un trozo de tortita a la boca para evitar que se me escape algún comentario estúpido.
Oliver no tiene la culpa de nada de esto. Ojalá estas situaciones fueran solo historias que cuentan las generaciones mayores sobre tiempos pasados, en lugar de seguir siendo una amenaza real.
—También fui yo quien le abrió las puertas al maravilloso mundo de la novela romántica. Eso debería haberme dado alguna pista —reflexiona Oliver mientras vacía medio bote de sirope sobre su montaña de tortitas.
—Parece que se ha esforzado mucho por sustituirme —refunfuño.
—¡Eh! ¡No tiene ninguna gracia! ¿Qué demonios pretendíais conseguir con todo esto? —protesta Linden.
—No lo sé —respondo—. Nate pilló un virus estomacal y tenía un partido importante ese fin de semana. ¡No me miréis así! Quiero decir, un partido realmente importante. ¡Había ojeadores en las gradas! Así de importante.
Linden y Oliver me observan con escepticismo, y yo dejo escapar un suspiro.
Ya sabía que no lo entenderían; ambos tienen su futuro prácticamente resuelto y no piensan dedicarse al deporte profesional. Acabarán en medicina: Linden atendiendo pacientes de cuatro patas y Oliver escandalizando a un hospital entero con citas empalagosas de novelas románticas LGBT.
No saben lo que significa haber sido elegido en tercera ronda, donde las estadísticas dicen que la mayoría de los jugadores nunca llega a la NHL.
No saben cuánto se ha esforzado Nate para conseguir su oportunidad.
Joder, ¡hasta hace unos días yo tampoco lo sabía!
No sabía que salía a correr al amanecer ni que se quedaba haciendo ejercicios extra con Hart después de los entrenamientos.
Yo también había asumido que había escogido el camino fácil estudiando Literatura, hasta que me tocó leer algunos de los trabajos que le mandan.
No es justo que le arrebaten todo eso solo porque perdió la oportunidad de demostrar su valía ante las personas adecuadas.
—Pero eso está prohibido, Nicko. ¡Podríais meteros en un lío enorme!
—dice Linden. Parece sinceramente preocupado, como si creyera que yo no era consciente de dónde me estaba metiendo.
Yo mismo le dije exactamente eso a Nate.
Y luego hice justo lo contrario. Me encantaría decir que lo hice únicamente por él, pero hay una vocecilla en mi cabeza que me recuerda por qué acabé aceptando la idea.
Creo que a estas alturas estaríamos mejor sin él.
Ya no juega igual, ¿sabes?
Se espera que el extremo izquierdo de los Devils, Jacques Autin, se incorpore a los Rebels en un intercambio de dos por uno.
Entonces, retírate.
Las palabras resuenan en mi cabeza mientras mastico la tortita. De repente se ha convertido en una masa gomosa, imposible de tragar.
—Estoy bastante seguro de que Nicko ya sabe todo eso —comenta Oliver con ironía.
—¡Entonces, ¿por qué aceptaste hacer algo así?! Quiero decir... ¡A Nate no le sirve de nada que los Pioneers crean que juega mejor de lo que realmente juega!
—¡Nate no juega mal! —protesto.
—No he dicho eso. Pero no juega como tú, Nicko. Él no hace esa cosa de levantar el disco con el palo y golpearlo en el momento justo para dejar al portero sin ninguna opción, como un... un... —Linden agita las manos mientras busca la comparación adecuada.
—Como un francotirador sobre patines —aporta Oliver con tono servicial, aprovechando la ocasión para robar un poco de la crema de chocolate del plato de Linden.
—¿Un francotirador sobre patines? —resoplo.
Aun así, noto cómo se me enrojecen las mejillas por el cumplido.
Salvo Sasha, ninguno de mis compañeros de casa entiende absolutamente nada de hockey.
Pero vienen a mis partidos e intentan seguir lo que ocurre sobre el hielo—.
Vale. Pero, a diferencia de mí, Nate tiene las dos rodillas sanas.
Esta vez es Oliver quien levanta las manos al cielo con un gemido desesperado.
—Otra vez con eso.
—¿A qué te refieres con eso?
—¡Que pareces un disco rayado, Nicholas! Durante el último año hemos aguantado tus lamentos; porque, sí, lo que te pasó fue una putada. Fue injusto, tenías miedo por tu carrera y todo eso. Pero no es culpa nuestra. Y, lo más importante: ¡ya pasó! Supéralo de una vez.
—Oliver... —advierte Linden, agarrándolo del brazo, pero mis propias palabras ya están ahogando las suyas.
—¡No tienes ni idea de lo que se siente!
Estoy furioso. ¿Superarlo? Lo dice como si me hubiera roto un diente en el hielo.
Eso sería una faena, sí, pero algo reemplazable.
Lo que ocurrió de verdad fue que pasé noches enteras despierto en la cama del hospital, mirando aquellas paredes blancas y preguntándome si estaba viendo cómo mi carrera se esfumaba antes siquiera de haber empezado.
Incluso ahora, meses después, el miedo me atraviesa cada vez que un músculo de la pierna se contrae de forma inesperada.
¿Y si vuelve a pasar? ¿Podrán arreglarlo una segunda vez? ¿Y una tercera?
—No, la verdad es que no lo sé —responde Oliver—. Pero otros deportistas sí. Cientos de personas pasan por lo mismo cada año, Nicko. No eres ni el primero ni el último jugador que se rompe los ligamentos. Tu lesión no acabó con tu carrera. El problema está aquí arriba.
Me quedo mirándolo sin palabras mientras se inclina sobre la mesa para tocarme la frente. Tardo un segundo en reaccionar antes de apartarle la mano de un manotazo.
—¿Ah, sí? Si todo está en mi cabeza, ¿por qué el entrenador me quitó la titularidad?
¿Crees que los Rebels van a fichar a un jugador de cuarta línea con antecedentes médicos?
—espeto. El tenedor me tiembla entre los dedos, así que lo dejo caer sobre el plato con un golpe seco que resuena en toda la cocina.
—¿Se te ha ocurrido pensar que quizá no lo hizo para castigarte? A lo mejor solo intentaba darte tiempo para volver a sentirte tú mismo sobre el hielo.
—¡No necesitaba tiempo! Yo...
—¡Claro! Entonces tu entrenador debería arrepentirse de haber confiado en su experiencia en vez de dejar que un crío malcriado de veintidós años tomara las decisiones importantes de su equipo.
Y ahí se acaba todo.
Me levanto tan bruscamente que la silla sale despedida hacia atrás y cae al suelo.
Las tortitas siguen a medio comer. La cabeza todavía me martillea, como si aquella horrible música de Hart se hubiera quedado atrapada dentro de mi cráneo, pero no puedo soportarlo ni un segundo más.
No puedo quedarme sentado mientras Oliver me lanza un dardo tras otro y me arrincona en una conversación que no quiero tener.
No entienden que mi puesto en el proceso de selección no significará absolutamente nada si no consigo firmar ese contrato. No entienden que no puedo limitarme a elegir otra profesión como si nada.
¡Porque no quiero otra profesión! Lo que quiero es estar sobre el hielo.
Quiero jugar en esos estadios gigantescos.
Quiero enfrentarme a defensas enormes en la línea azul.
Quiero sentir cómo el rugido del público me atraviesa el pecho después de marcar un gol.
Quiero hacerlo una y otra vez hasta convertirme en un maldito anciano con una habitación llena de Copas Stanley y trofeos.
Quiero jugar con los mejores, aunque no me paguen ni un céntimo.
Si me quitan el hockey, no sé qué haré con mi vida.
Estas últimas dos semanas han sido las primeras, en meses, en las que he pisado el hielo sin pensar constantemente en contratos ni en operaciones. De repente, ya no se trataba de salvar mi propia carrera, sino la de Nate, y de algún modo eso lo hizo todo mucho más fácil.
Pero eso ya se ha acabado. Vuelvo a ser Nicko. Nicko, que no es más que un extremo izquierdo de la cuarta línea en un equipo que sigue convencido de que está lesionado.
Creo que a estas alturas estaríamos mejor sin él.
Si todo está solo en mi cabeza, ¿por qué querrían deshacerse de mí? Me encantaría lanzarle esa pregunta a Oliver, pero me da miedo pronunciarla en voz alta y que descubra lo patético que soy en realidad.
Así que, en lugar de hablar, hago lo único que me ha funcionado durante las últimas semanas: dar media vuelta y salir corriendo.
—¡Nicko, espera! —me grita Linden. Pero yo ya voy por la mitad de las escaleras.