Capítulo 15
Solo me detengo cuando me arden los pulmones y los músculos empiezan a protestar por el esfuerzo: apoyado en una farola, jadeo intentando recuperar el aliento. La brisa fresca de la noche me hace temblar dentro de la camiseta de Nate.
Está claro que no pensaba con claridad cuando salí corriendo de la fiesta sin la chaqueta, y desde luego estaba demasiado borracho para conducir. Correr bajo la lluvia me ha ayudado a despejarme, pero mi estómago ruge en señal de protesta. No debería haber bebido tanto.
¡No debería haber besado a Alexander Hart!
Gimo cuando el recuerdo del que intento escapar vuelve a abrirse paso en mi cabeza.
—¡Mierda! —maldigo mientras me hundo las manos en el pelo empapado. Empiezo a caminar en círculos bajo la farola, aunque tengo que detenerme cuando el alcohol amenaza con volver a subir por mi garganta—. ¡Mierda, mierda, mierda!
Casi deseo que alguien me grite desde una ventana. Al menos tendría algo contra lo que descargar toda esta rabia, pero las pequeñas casas que me rodean permanecen en silencio.
—¡MIERDA! —Esta vez lo grito más fuerte, por si acaso. Algo cruje entre los árboles cercanos y un pájaro sale volando, claramente harto de que un universitario borracho le haya arruinado la noche.
¡Por Dios, he besado a Alexander Hart! O, técnicamente, él me ha besado primero, pero después mi cerebro dejó de funcionar cuando olí su estúpido champú cítrico de marca blanca, cuando su estúpida barba me rozó la mejilla y cuando apoyé la mano contra su estúpido pecho, porque, sinceramente, no encuentro ninguna otra explicación lógica para haberle devuelto el beso.
Le. He. Devuelto. El. Beso.
He besado al chico por cuya culpa casi me expulsan durante el primer año.
Alexander Hart. El tipo que probablemente será mi compañero de equipo si los Rebels todavía quieren ficharme.
El maldito idiota que... Cree que soy mi hermano gemelo.
—Oh, Dios mío... —gimoteo al darme cuenta de las consecuencias de mis actos.
Nate quizá pueda atribuir todo esto al alcohol, a la adrenalina del partido o a una locura momentánea, pero yo no tengo ni idea de cómo voy a explicarle esto a mi hermano.
Y mucho menos de cómo voy a sobrevivir otra noche compartiendo habitación con Hart.
Solo quiero volver a casa y poner fin a toda esta farsa. Intercambiarnos los papeles fue una idea horrible. Ya no tenemos quince años. Y debería haber sabido que nunca tendría que haberle seguido el juego.
Sin embargo, incluso cuando me doblo hacia delante, presa de un repentino ataque de náuseas, y vomito hasta la última gota de lo que había bebido sobre los rosales de un jardín impecablemente cuidado, no siento ningún remordimiento.
Ni por los partidos ni por ninguno de los goles que he marcado en ellos.
Estoy jodidísimo.
***
Me hacen falta tres intentos para encontrar un Uber dispuesto a dejarme subir en mi estado: empapado y temblando como una hoja.
El conductor no comenta nada sobre mi forma de tambalearme, pero baja las ventanillas del todo y, por las miradas nerviosas que lanza de vez en cuando, deduzco que está más preocupado por la tapicería de su coche que por mí.
Quiero asegurarle que ya he vaciado prácticamente todo el contenido de mi estómago, pero los dientes no dejan de castañetearme durante todo el trayecto por las calles oscuras que me llevan a casa.
Una luz tenue brilla en las ventanas cuando el coche se detiene frente al Refugio.
Subo con cuidado los escalones del porche y observo cómo las decoraciones de Halloween adquieren un aspecto inquietante bajo la luz nocturna.
Habría preferido colarme cuando todos estuvieran ya acostados, pero todavía no son ni las doce.
Me paso un minuto registrándome los bolsillos, al borde del pánico por haber perdido las llaves, hasta que caigo en la cuenta. Las tiene Nate.
Mierda. No. Me. Lo. Puedo. Creer.
Con un bufido, me dejo caer en el primer escalón, demasiado agotado para rodear la casa en busca de una ventana abierta.
Tengo la cabeza embotada y estoy temblando de arriba abajo; borracho o no, sé perfectamente que estas no son las condiciones ideales para intentar trepar por una bajante.
Aun así, no me decido ni a tocar el timbre ni a llamar a Nate.
Otra ráfaga de viento me obliga a encoger los hombros mientras los adornos tintinean sobre mi cabeza. Uno de los esqueletos de plástico se desprende y se estrella contra el suelo de madera. Los huesos falsos salen despedidos en todas direcciones.
Me quedo inmóvil observando cómo la calavera aterriza a mi lado antes de rodar escalón tras escalón hasta desaparecer en la oscuridad.
Oigo risas y voces dentro de la casa, y me doy cuenta demasiado tarde de que alguien se acerca a la entrada.
Antes de que pueda mover un solo músculo, la puerta se abre de golpe y una luz cegadora ilumina mi lamentable figura.
—¡El señor Huesos se ha caído! Eh, ¿quién quiere nombrar y clasificar los doscientos seis huesos del cuerpo humano con...? —Hace una pausa—. Ah, hola.
Entorno los ojos para mirar a Oliver, que se alza sobre mí envuelto en una bata. Su pelo, normalmente oscuro, está teñido de un rubio amarillento y sobresale en todas direcciones.
—¿Qué demonios le ha pasado a tu pelo? —pregunto, frunciendo el ceño cuando las palabras me salen mucho más arrastradas de lo que suenan en mi cabeza.
—Dios mío, estás borracho. —Arquea una ceja y se gira hacia el interior de la casa—. ¡NICKO! ¡Tu versión más guapa está sentada en el porche!
Siento un orgullo ridículo al darme cuenta de que, sin querer, acaba de decir que soy más guapo que Nate.
—¡Nicko soy yo! —me río. Luego vuelvo a fruncir el ceño cuando lo que sale de mi boca suena más bien como «¡Nicko soyooo!». Algo va mal. ¿Es mi boca? ¿Mi cerebro? El beso de Hart debe de haberme matado unas cuantas neuronas. —No existe una versión más guapa de mí.
La risa de Nate llega desde el interior de la casa y me provoca una extraña mezcla de alivio y pánico.
Dentro de unos segundos todo habrá terminado y recuperaré mi vida.
Podré volver a ser Nicko, el que asiste a sus clases de Biología sin preocupaciones y no tiene que plantearse cuáles son sus metas en la vida.
Nicko, que técnicamente nunca ha besado a Alexander Hart.
Pero también Nicko, el que ha besado en secreto a Alexander Hart y que volverá a jugar de extremo izquierdo en la cuarta línea porque nadie sabe que ha marcado tres goles en los dos últimos partidos.
Extiendo una mano hacia la barandilla para ponerme en pie, pero en cuanto lo intento todo se tambalea y me desplomo hacia un lado.
Dos manos se apresuran a sujetarme, y basta la presión firme contra mi espalda para reconocerlas. Son las de Nate. No necesito verlo para identificar esa presencia sólida, inquebrantable y familiar.
—¡NICKO! —grita. Pongo una mueca, porque estoy mareado, no sordo. Y justo cuando voy a protestar, el mundo vuelve a dar vueltas.
De verdad pensaba que me había librado de todos los chupitos de gelatina y de toda aquella cerveza de calabaza. Descubro que estaba equivocado de la forma más humillante posible. Todo vuelve a subirme por la garganta y termino vomitando sobre los tristes restos del señor Huesos.