Capítulo 14 #2
Observo el movimiento de su garganta mientras traga. Y me quedo mirándolo demasiado tiempo mientras sus labios se separan del borde del vaso, húmedos, brillantes, y...
Mierda. Se ha dado cuenta.
Levanta una ceja e inclina ligeramente la cabeza, pero no dice nada. Y yo me aferro a la esperanza de que no haya notado nada. Al fin y al cabo, está borracho.
—¿Mejor? —Me froto la nuca y noto el calor subiéndome por las mejillas.
¿Qué demonios me pasa? Ni siquiera puedo echarle la culpa al alcohol, apenas he probado la cerveza que me han dado. Lo peor es que Nate sigue mirándome como si yo fuera el Wordle y solo le quedara un intento.
—No lo sé —dice por fin. Da un paso hacia delante, y luego otro, e invade por completo mi espacio personal. Está tan cerca que puedo oler la cerveza en su aliento, mezclada con algo dulce. Quizá así consiga que me guste la cerveza—. ¿Y tú? —pregunta—. ¿Estás bien?
Parpadeo.
—Sí... Estoy bien. ¿Por qué no iba a estarlo?
—No sé. Pareces un poco... —Se interrumpe. Pero ya me da igual cómo termine la frase, estoy demasiado ocupado observando cómo sus labios forman la siguiente palabra, demasiado pendiente de cómo se inclina hacia mí, de cómo su boca apenas roza la mía cuando termina diciendo—. Inquieto.
Eso me provoca un cortocircuito en el cerebro, porque lo siguiente que sé es que lo estoy empujando contra la encimera y besándolo.
Por fin tengo las manos en su pelo y es tan suave como imaginaba; los mechones rubios se deslizan entre mis dedos mientras sus labios cálidos se encuentran con los míos.
No hay nada delicado en la forma en que lo beso, pero la urgencia que llevo dentro compensa cualquier falta de cuidado.
Durante un instante que se me hace eterno, Nate permanece inmóvil. El pánico empieza a abrirse paso en mi pecho, pero entonces se estremece cuando rozo con la lengua su labio inferior y, por fin, sus labios se entreabren.
El sabor de la cerveza especiada todavía permanece en su boca. Se mezcla con algo que es únicamente suyo, una calidez que me resulta mucho más embriagadora que cualquier trago de la noche. Un leve gemido escapa de mi garganta antes de que pueda contenerlo.
Un dolor agudo me devuelve de golpe a la realidad. Retrocedo con un respingo.
Me palpita el labio inferior allí donde Nate acaba de morderme.
Entonces es él quien me empuja.
Mi espalda choca contra la pared junto a la nevera y un escalofrío me recorre entero, como si de verdad acabara de lanzarme a las aguas heladas del lago Champlain.
¿En qué demonios estaba pensando? Tendré suerte si no...
Nate vuelve a la carga antes de que pueda terminar el pensamiento. Avanza a grandes zancadas y no me deja tiempo para improvisar una disculpa. Presiona su cuerpo contra el mío.
Soy más alto, pero estoy demasiado aturdido para reaccionar, así que me acorrala contra la pared sin esfuerzo. Corrige la diferencia de altura agarrándome de la camiseta y tirando de mí hacia abajo. Luego vuelve a besarme.
Y yo dejo de preguntarme qué demonios le pasa a mi mejor amigo; inclino la cabeza y respondo. Mis manos se mueven solas, una vuelve a perderse en su pelo y la otra rodea su cintura.
Nate me agarra la camiseta como si creyera que voy a escapar, con la otra mano busca el borde de la tela y consigue colarse por debajo.
Se me escapa un jadeo cuando sus dedos rozan mi piel. Están tan calientes que parecen dejar un reguero de fuego a su paso. Nate aprovecha la oportunidad para deslizarse hasta mi cuello y sus labios rozan mi pulso.
—Mierda... —gimo sin aliento—. Nate...
La sensación me marea, pero junto a ella aparece algo más, ese nudo incómodo en el estómago. La certeza repentina de lo que estamos haciendo. Me estoy besando con Nate.
—Para... —La palabra sale convertida en un susurro que maldigo en silencio. No es precisamente el momento ideal para intentar recuperar el sentido común. Aun así, obligo a mis pulmones a llenarse de aire, consigo atrapar su muñeca y apartar su mano de debajo de mi camiseta.
—Nate, para. —Esta vez consigo pronunciarlo con suficiente firmeza para que me escuche.
Su boca abandona mi cuello.
El frío que deja atrás me eriza la piel. Y entonces comprendo que tengo que decir algo, algo que no encaja en absoluto con el calor que me arde dentro.
—Deberíamos... deberíamos hablar de esto.
Me mira fijamente con los ojos muy abiertos.
Y me quedo sin palabras. Porque no quiero hablar de esto.
Si esto ha sido un error de juicio provocado por el alcohol, ahora mismo soy lo bastante egoísta como para fingir que no importa.
Pero mañana me odiaría por ello. Porque, pase lo que pase, sigue siendo mi mejor amigo.
Nate se zafa de mi mano y gira la cabeza como si acabara de recordar dónde estamos.
Alexander Hart, santo del autocontrol y también de arruinar amistades.
—Mierda —murmura. Se pasa ambas manos por el pelo, intentando colocar los mechones que he despeinado.
—Eh... Está bien. No pasa nada. Tan solo... olvidemos que esto ha ocurrido. —Mi voz se rompe al decirlo. Yo también soy culpable de esto, pero estoy seguro de que saldré de este delirio que me ha atrapado esta noche, y durante toda la última semana. Tengo que salir.
Una parte de mí quiere todo lo contrario. Quiere atraerlo de nuevo hacia mí y rogarle que me diga que no soy el único que ha perdido la cabeza. Pero esa parte tiene que callarse. Nate es demasiado importante como para arruinarlo todo por culpa de unas hormonas fuera de control.
Como sigue sin responder, le apoyo una mano en el hombro para tranquilizarlo, pero se la sacude de encima al instante.
El movimiento brusco hace que el vaso vacío caiga de la encimera y el cristal estalla contra el suelo.
Los dos damos un respingo. Nate gira la cabeza hacia la puerta y un nudo me aprieta el estómago.
Le preocupa que alguien haya podido vernos.
Abro la boca para decir algo más, lo que sea, pero ya es tarde. Nate se da la vuelta y sale disparado de la cocina. La puerta se abre de golpe y alguien protesta porque casi se lo lleva por delante. Después vuelve a cerrarse, despacio.
Me quedo inmóvil. El sabor dulce de la cerveza especiada de calabaza se ha vuelto amargo en mi boca.
—Mierda. —Apoyo los codos sobre la encimera y me escondo la cara entre las manos. Podría ir detrás de él, pero estoy bastante seguro de que soy la última persona a la que quiere ver ahora mismo.
Y no sé si yo tampoco quiero verlo. No mientras siga sintiendo el recuerdo de su cuerpo pegado al mío, el roce de su boca en mi cuello, el escozor de sus dientes en mi labio.
—Mierda. —Lanzo una patada contra el mueble de la cocina. El cristal roto cruje bajo mis zapatillas. Suspiro y me quedo acurrucado entre mis propios brazos.