Capítulo 14
Me dejo caer en el banquillo sin apartar la vista del partido que se disputa con una intensidad feroz ante mis ojos.
El ambiente es una locura; nuestra pista está repleta de lo que parece ser la totalidad del alumnado de la SBU.
Todo el mundo grita, anima y agita pancartas.
Las gradas son un mar bullicioso de camisetas verdes y carteles con la imagen de nuestra mascota: un murciélago estilizado.
Solo una esquina, detrás de la portería rival, está teñida de escarlata y llena de banderas con una especie de gato bastante desagradable rugiendo sobre ellas.
Apenas presto atención a todo ese alboroto, porque estoy concentrado en el hielo, donde nuestra segunda línea ofensiva hace todo lo posible por sumar otro tanto a los dos goles que Nate y yo ya hemos marcado. Ahora mismo está desplomado a mi lado y nuestros hombros se rozan.
Giramos la cabeza al mismo tiempo cuando el disco pasa a toda velocidad frente a nosotros. Aprieto el palo con tanta fuerza que me duelen los dedos, pero soy incapaz de relajar un solo músculo.
Con todo lo que ha ocurrido estas últimas semanas, a los entrenadores les resulta imposible mantener la calma. Y no parece que la situación vaya a cambiar pronto, porque estamos a punto de darle una lección a los Wildcats de New Hampshire.
Nate, en particular, está desesperado por marcar otro gol. Cuando volvemos al hielo, vuela sobre los patines, dejando atrás a cualquiera que intente cubrirlo.
Normalmente soy yo quien le abre camino, pero ahora mismo tengo que acelerar para seguirle el ritmo. Me coloco en la posición adecuada para recibir el pase rápido que me envía. Paso el disco entre mis piernas y se lo devuelvo sin mirar, confiando en que estará donde debe.
Uno de los Wildcats se lanza delante de mí y cae en la trampa. Su palo se engancha entre mis piernas y tropiezo.
No importa, porque Nate está completamente solo delante de la portería.
La luz roja se enciende y, de repente, tenemos tres goles de ventaja. Patino hacia él con una sonrisa de oreja a oreja. Los dos gritamos al chocar. Nuestros cascos se golpean y, durante un instante, el rostro de Nate queda apenas a unos centímetros del mío.
Su rugido de euforia resuena en mis oídos, ahogando los gritos del público.
Me mira con esos ojos verdes y parece atravesarme de parte a parte.
Después se aparta con facilidad, dejándome recoger mis pensamientos dispersos mientras gira hacia la afición rival y se burla de ellos, siseando como un gato y simulando el movimiento de unas garras con los dedos.
No puedo evitar reírme. Verlo provocar a nuestros rivales es algo poco habitual, pero también tremendamente divertido.
Dos periodos después, suena la bocina final y las gradas estallan.
Conseguimos mantener la portería a cero, y los cinco goles que hemos marcado brillan en el marcador.
Mis compañeros salen disparados del banquillo entre gritos y celebraciones.
En cuestión de segundos, todos estamos agrupados en pequeños corrillos festejando la victoria.
En uno de esos momentos me encuentro abrazado a Nate, sonriéndole.
Y esta vez él me devuelve la sonrisa sin apartarse.
***
Todos salimos prácticamente corriendo de las duchas, ansiosos por unirnos a la multitud que sigue celebrando eufórica alrededor del estadio y por todo el campus.
Resulta imposible escapar a las constantes palmadas en la espalda de desconocidos.
Es fantástico ver a todo el mundo así, y saber que he contribuido a esta victoria hace que disfrute de cada felicitación.
Cuando regresamos a la residencia para dejar nuestras cosas, nos llueven las invitaciones a fiestas de Halloween adelantadas. Pero nosotros ya tenemos plan: nuestro capitán organiza una fiesta en su casa, así que allí estará todo el equipo, junto con la mitad de los deportistas de la universidad.
Esta vez no protesto cuando Nate se sienta al volante. Para mi sorpresa, no se le cala el coche ni una sola vez. Al contrario. Conduce lo bastante rápido como para que me aferre al reposabrazos de la puerta cuando tomamos una curva a toda velocidad.
—¿Asustado? —bromea, y yo arqueo una ceja.
—¿Contigo al volante? Siempre. —Mi respuesta solo consigue arrancarle una carcajada antes de que tome la siguiente curva con la misma temeridad, haciendo que el corazón me dé un vuelco.
Cuando llegamos, la calle ya está llena de coches, así que tenemos que caminar un poco. El aire fresco de la tarde está impregnado de risas y del bajo vibrante de la música electrónica. Nos cruzamos con Taylor, que está vaciando el estómago en un rosal cercano. A mi lado, Nate resopla.
—Conque es ese tipo de fiesta, ¿eh?
Nos abrimos paso entre la multitud hasta encontrar al resto del equipo. Nos ofrecen bebidas por todas partes; los rostros felices y ebrios que nos sonríen terminan mezclándose unos con otros. Cuando por fin logro escapar del gentío, distingo a un par de compañeros de clase.
—Ahora vuelvo. —Me inclino para hablarle al oído a Nate y señalo con la cabeza hacia una esquina.
Me mira parpadeando durante un instante, así que me acerco un poco más y alzo la voz para que me oiga por encima de la música.
No estoy seguro de que me haya entendido, porque se limita a encogerse de hombros antes de aceptar un chupito de gelatina que le ofrece una desconocida disfrazada de gata.
Cuando vuelvo a encontrarlo, cerca de una hora después, Nate se tambalea ligeramente. Se ríe de algo que acaba de decir uno de los chicos de la fraternidad con los que está hablando. Y una punzada de celos, demasiado rápida para detenerla, me atraviesa el pecho.
No sé de dónde sale. Conozco a Nate desde hace tres años.
Y, sin embargo, es como si lo estuviera viendo con claridad por primera vez en esta habitación abarrotada, en mitad de una fiesta de Halloween.
La forma en que echa la cabeza hacia atrás cuando se ríe.
La piel clara de su cuello, que contrasta con sus mejillas sonrojadas.
El brillo intenso de sus ojos mientras escucha las historias que cuentan a su alrededor.
No consigo apartar la vista y acabo chocándome con un grupo de chicas disfrazadas a juego. Al menos eso me da unos segundos para ordenar mis pensamientos mientras me disculpo.
Quizá sea porque Nate ha decidido explorar facetas de sí mismo que nunca había visto.
Durante las últimas dos semanas se ha vestido de forma distinta, se ha comportado de forma distinta y, sencillamente, ha sido distinto.
No estoy acostumbrado a que me conteste ni a que cuestione mi forma de jugar.
Es inesperado, pero también... excitante que se adueñe del disco, que reclame un pase de vuelta o que me desafíe.
O quizá sea porque nos entendemos tan bien sobre el hielo que parece que podamos leernos la mente. Porque estoy pendiente de cada uno de sus movimientos.
Porque cada vez que lo veo aparecer en el lugar exacto donde necesito que esté siento ese traicionero cosquilleo en el estómago.
Ahí lo siento ahora mismo, mientras me abro paso entre chicas con disfraces a juego para llegar hasta Nate. Él solo lleva su camiseta de hockey sobre unos vaqueros, igual que yo. Ninguno de los dos quiso disfrazarse ni ocultar lo que somos esta noche: los ganadores.
—¡Aquí estás! —Nate sonríe y me rodea los hombros con un brazo antes de que pueda reaccionar. Me arrastra hacia un grupo de personas al que ni siquiera había prestado atención—. ¡Ven, tienes que escuchar esto!
No escucho ni una sola palabra de la historia que están contando. Pero me río en el momento adecuado porque Nate estalla en carcajadas junto a mi oído. Y ahora mismo me daría igual quedarme sordo.
Su pelo sigue despeinado, sin gel, igual que durante las últimas dos semanas.
Los mechones me rozan el cuello y me provocan un escalofrío. Tengo unas ganas absurdas de tocarlo, de comprobar si es tan suave como parece. Me imagino apartándole el pelo de la frente, enrollando un mechón alrededor de mis dedos mientras...
Mientras me doy de cabezazos contra la pared.
Porque eso es una estupidez. ¡No me gusta Nate! Pero cuando sus ojos verdes, brillantes detrás de las gafas, se encuentran con los míos, siento unas ganas irracionales de lanzarme al lago Champlain para refrescarme.
Cuando por fin se tranquiliza, le doy unas palmadas en la espalda.
—Vamos a buscarte un poco de agua —le sugiero, procurando mantener una distancia prudencial, incluso cuando me inclino para susurrarle al oído. Aun así, percibo su olor.
Dios, hasta huele diferente. No es que haya cambiado de champú, pero hay algo más: un aroma limpio y fresco, como una mañana de invierno. Contrasta con el olor dulzón de la cerveza especiada de calabaza, los chupitos de gelatina y el sudor de demasiadas personas hacinadas en el mismo espacio.
Me entran ganas de hundir la nariz en su cuello y respirar hondo.
Por suerte, cuando llegamos a la cocina está vacía, algo que atribuyo al enorme bufé temático de Halloween que han montado en el salón.
Consigo abrirme paso hasta dentro y cierro la puerta para aislarnos un poco del ruido. Apoyo a mi mejor amigo borracho contra la encimera, busco un vaso, lo enjuago, lo lleno con agua del grifo y se lo ofrezco.
Nate sigue moviendo la cabeza al ritmo de la música que retumba al otro lado de la puerta. Algunas frases de la canción consiguen colarse en la cocina, pero ni siquiera intento descifrarlas. Sus labios se mueven siguiendo la letra.
—Bébetelo —le digo cuando se queda mirando el vaso como si acabara de aparecer por arte de magia. Los ojos verdes de Nate se entrecierran.
—¡Bébetelo tú! —me responde con un bufido y suelto un suspiro, doy un trago y se lo ofrezco de nuevo.
—¿Ves? No está envenenado.
—Ah... Vale. —Esta vez lo acepta. Y su mano se cierra sobre la mía. Me sobresalto tanto que casi dejo caer el vaso.
Nate se bebe el agua de un solo trago.