Capítulo 13 #2
—Pasión. Me gusta. Me recuerda a los gladiadores modernos, solo que con palos un poco menos mortales y bastante más ropa —reflexiona, guiñándome un ojo antes de levantarse y volver despacio a la pizarra—.
Ahora necesitamos un poco de conflicto. ¿Qué podría salir mal en el camino de Van der Hoff hacia la NHL?
Aprieto los dientes mientras las manos vuelven a alzarse en las filas de delante.
—¡Nathaniel, espera un momento!
Estoy a punto de salir por la puerta cuando me doy cuenta de que Fiore me está hablando. Estoy acostumbrado a que me llamen por el nombre de mi hermano incluso antes de hacerme pasar por él, pero resulta extraño que alguien use nuestros nombres completos.
—¿Eh? —Frunzo el ceño mientras retrocedo unos pasos. Todavía estoy molesto por el intercambio anterior.
Fiore espera a que todos hayan salido de clase antes de entregarme un ensayo con el nombre de Nate.
—¿Todo bien? —pregunta mientras miro la nota que aparece en la parte superior de la hoja: un sobresaliente. Vaya empollón.
—Sí, es que... no me encontré muy bien la semana pasada —murmuro, suponiendo que se refiere a las clases que me perdí.
—Me dijeron que era un virus estomacal. —Asiente y luego señala vagamente mi aspecto—. Aunque no he podido evitar fijarme en que el virus ha venido acompañado de un ligero cambio de imagen.
El comentario me produce un escalofrío y me subo las gafas de montura gruesa.
Los compañeros de equipo de Nate llevan días metiéndose conmigo por mi repentina pérdida de estilo, pero es que no puedo con esos jerséis tan bonitos y esos chinos. Intenté usar gomina, pero el pelo acabó pareciéndome un nido de pájaros, así que también lo dejé.
—Las lentillas me estaban irritando los ojos —murmuro, decidido a ignorar el hecho de que mi hermano jamás iría a clase en ropa deportiva.
Fiore entorna los ojos, arrugando apenas la nariz, y durante un instante estoy seguro de que está a punto de desenmascararme.
Pero entonces dice:
—No seas tan duro contigo mismo. —Parpadeo, confundido por aquellas palabras inesperadas—. Llegar a la NHL no tiene por qué ser tu único objetivo. Hay cosas que no compensan el dolor que provocan.
No sé qué responder, así que asiento despacio, aliviado cuando la puerta se abre y entra el siguiente grupo de estudiantes.
Bajo aquellas ridículas escaleras de caracol saltando los peldaños de dos en dos, sin detenerme hasta llegar al exterior.
La nieve del fin de semana ya se ha derretido, pero el aire sigue siendo frío.
Una brisa suave me revuelve el pelo y arrastra consigo el aroma de los pinos y del agua del lago.
Respiro hondo tres veces antes de que mis dedos temblorosos consigan abrir la cremallera de la bolsa para guardar el ensayo.
Justo cuando estoy a punto de doblarlo por la mitad, mis ojos se detienen en el título: «Un objetivo que trasciende todos los objetivos: qué me motiva a querer publicar un libro».
***
—¿Tienes alguna meta en la vida?
Intento sonar natural mientras me enjabono el pelo.
La espuma resbala por mi pecho y mi abdomen hasta llegar a la rodilla, donde empapa la cinta kinesiológica azul que, muy oportunamente, oculta las cicatrices de la operación.
Por suerte, la caída de la semana pasada no tuvo consecuencias, pero sí me ha servido para disimularlas.
Ahora ya no tengo que esperar a que todos salgan de las duchas.
—¿Eh? —responde Hart desde el cubículo de al lado. Aparto la vista del agua jabonosa que se acumula a mis pies. Las duchas de St. Bernard están separadas por mamparas a media altura y puertas de cristal esmerilado que ofrecen una privacidad bastante relativa.
Hart siempre elige la de la esquina, algo que puedo entender. No tengo la impresión de que los Bats lo traten de forma distinta, pero me he fijado en que suele apartar la mirada cuando se cambia, incluso cuando aparenta estar relajado.
—¿Tienes alguna meta en la vida? —repito, alzando un poco la voz para que me oiga por encima del agua.
Hart echa la cabeza hacia atrás bajo el chorro para aclararse el pelo negro. El aroma cítrico de su champú llena el espacio, y me pregunto si seguirá comprando esa marca barata del supermercado cuando juegue para los Rebels el año que viene.
—¿Una meta en la vida? —repite, sacándome de mis pensamientos—. ¿A qué viene esa pregunta?
—Escritura Creativa —murmuro, haciendo un gesto vago mientras vuelvo a refugiarme bajo el agua caliente.
Hart frunce el ceño mientras reflexiona.
Lo he visto hacer eso muchas veces estos últimos días.
Siempre se detiene un instante antes de responder, como si repasara cada palabra en su cabeza, porque Dios no permita que el chico perfecto de las redes sociales diga lo primero que piensa.
Espero que eso le provoque arrugas prematuras.
—Supongo que comprar una casa en algún sitio bonito. Una casa grande, con jardín y habitaciones de sobra.
—¿Comprar una casa? —balbuceo, girándome hacia él. La respuesta me pilla completamente desprevenido. Yo esperaba algo sobre la Copa Stanley.
Por un instante, Hart me mira sorprendido, y mi atención se desvía hacia las pestañas ridículamente largas que enmarcan sus ojos.
De cerca parece que lleve rímel. Resoplo para mis adentros, pero aun así no consigo apartar la mirada.
Pequeñas gotas de agua se quedan prendidas en las pestañas y reflejan la luz cada vez que parpadea.
—¿Tengo algo en la cara? —pregunta, llevándose las manos a las mejillas y a la nariz. Me da tanta vergüenza que me haya pillado mirándolo que noto cómo el calor me sube hasta las orejas, así que me apresuro a apartar la vista.
—No, no. Es que me ha sorprendido que no estuviera relacionado con el hockey —explico atropelladamente.
Ahora mismo estoy mirando un punto situado por encima de sus anchos hombros.
Aunque tengo una estatura normal, Hart me saca casi diez centímetros y también es bastante más corpulento.
Chocar contra él sobre el hielo nunca ha sido una experiencia agradable, algo que he comprobado en más de una ocasión.
—Ehm... Bueno, has preguntado por mi meta en la vida —señala, encogiéndose de hombros—.
Quiero decir, claro que ganar la Copa Stanley es importante.
También jugar un All-Star, ser nombrado MVP o ir a unos Juegos Olímpicos.
—Enumera mis propios objetivos y me descubro asintiendo—.
Pero más allá de eso... no sé. Me gustaría vivir en algún sitio con mis madres y una...
—¿Cachorrita? —sugiero amablemente, acordándome de la visita al refugio del día anterior.
—Iba a decir pareja —se ríe, y por primera vez desde que conozco a este tipo percibo un atisbo de timidez en su voz—.
Aunque sí, una cachorrita también estaría bien.
Y quizá... ¿una piscina? —Lo dice como si no estuviera seguro de poder permitirse una maldita piscina después de una carrera en el hockey profesional. Qué tío.
—Si encuentras a alguien que te aguante. —Es una broma. No tengo ninguna duda de que debe de haber chicos haciendo cola por él y por sus malditas pestañas en todo el campus.
De vez en cuando, solo para torturarme, leo los comentarios de sus publicaciones de Instagram. Estoy seguro de que borra un montón de mensajes homófobos y demás basura, pero también hay cantidades obscenas de emojis de berenjenas y melocotones.
—Sí —suspira. Pongo los ojos en blanco.
—Venga ya. Como si fueras a tener problemas para encontrar un marido trofeo.
—No quiero un marido trofeo. Y las tasas de divorcio entre deportistas profesionales son mucho más altas que las de la población general —replica y yo resoplo. Por alguna razón, parece que todo el campus conoce esa estadística.
—Por eso necesitas adoptar una cachorrita —respondo mientras cojo la toalla del gancho y me la ato a la cintura. Durante un instante tengo la sensación de que sus ojos siguen mis movimientos, pero cuando vuelvo a levantar la vista ya se ha dado la vuelta.
***
—¿Y cuál es tu meta en la vida? —me pregunta Hart cuando regresamos a la residencia.
Se me derrama un poco de agua caliente mientras preparo un cuenco de ramen instantáneo. Mi estómago va a declararse en huelga cuando pueda volver a comer como una persona normal. No sé cómo sobreviven estos dos a base de esta porquería.
Abro la boca para dar la respuesta obvia, aquello alrededor de lo que ha girado toda mi vida durante años. El sueño que siempre di por hecho que Nate compartía conmigo. Pero entonces recuerdo el ensayo arrugado dentro de mi bolsa y se me forma un nudo en el estómago.
—Ehm... ¿Escribir un libro?
Contengo la respiración, esperando que Hart proteste, que me diga que estoy loco o que se ría de lo que sin duda debió de empezar como una ocurrencia absurda de mi hermano. Pero simplemente asiente mientras recoge su propio cuenco de ramen de la encimera.
Como si ya lo supiera.