La jugada cambiada Capítulo 13
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Capítulo 13

Hoy tienes que ir a la clase de Escritura Creativa.

El profe Fiore es bastante estricto con la asistencia.

¡¿Cómo?! ¿Sabes quién podría haber asistido a sus propias clases si no se hubiera enemitado con Kappa Nu?

Enemistado.

Es lo que he escrito, no?

Lo siento, no iba a permitir que hablaran mal de tu compañero de piso.

Ah, por cierto, ahora tienes prohibida la

entrada a las fiestas de Kappa Nu.

De por vida.

Devestador.

¡DevAstador!

Puede que los Kappa Nu no hayan conseguido acabar con mi hermano, pero yo sin duda me ocuparé de ello antes de que termine esta semana.

Sinceramente, no sé qué le pasa a mi gemelo: suele ser muy relajado, pero sus obligaciones académicas parecen no acabar nunca.

Después de la carrera matutina de hoy con el equipo, he ido corriendo de una clase a otra, cargando con la bolsa de deporte de aquí para allá porque no me da tiempo a volver a la residencia antes del entrenamiento.

La semana pasada pude faltar a algunas de las clases de Nate para ponerme al día con mis propios estudios, pero esta vez no tengo tanta suerte.

La puerta ya está cerrándose cuando me cuelo en el aula en el último segundo.

La respiración aún me sale entrecortada por haber subido a toda velocidad por esas ridículas escaleras de caracol.

En St. Bernard deberían controlar su obsesión por parecerse a una escuela de magia; empieza a resultar un poco ridículo.

—Van der Hoff, me alegra que hayas decidido acompañarnos hoy.

Me detengo en seco delante de la clase al encontrarme cara a cara con el profesor más atractivo que he visto en mi vida.

Cuando supe que Nate se había apuntado a un curso de Escritura Creativa, imaginé que el profesor Fiore sería un señor excéntrico de unos sesenta años, con gafas llenas de manchas y una extraña afición por llevar calcetines desparejados.

O lo que sea en lo que se convierten los empollones del club de teatro cuando envejecen.

En cambio, me encuentro parpadeando ante un hombre de poco más de treinta años, con pómulos marcados, piel bronceada y unos cálidos ojos color ámbar que me observan con divertida curiosidad.

Me siento como un ratón atrapado frente a un gato.

—¿Vas a sentarte o prefieres quedarte de pie?

—Yo... eh... voy a sentarme. Lo siento, profesor.

—Me apresuro a recorrer el pasillo hasta encontrar una silla libre al fondo del aula.

Casi derribo varios estuches con mi enorme bolsa de deporte, lo que me obliga a disculparme y hace que me ardan las mejillas.

Las miradas de todos mis compañeros me siguen hasta mi asiento.

Una vez sentado, me doy cuenta de que, casualmente, todas las chicas se han concentrado en las primeras filas y levantan la mano con entusiasmo cuando Fiore le pide a una de ellas que me haga un resumen de la clase anterior.

Todo lo que cuenta la rubia bajita me resulta completamente incomprensible. Si nuestros padres transmitieron algún gen creativo, está claro que Nate se quedó con toda la herencia.

—Muy bien. Gracias, Rosenberg. —Fiore interrumpe el monólogo justo antes de que me sangren los oídos.

Coge uno de los rotuladores y escribe tres palabras en la pizarra blanca—.

Hoy hablaremos de la motivación, el objetivo y el conflicto —lee en voz alta, dando pequeños golpecitos sobre cada una de las palabras con el extremo del rotulador—.

Algo que debería tener todo buen personaje. Algo que debería tener todo ser humano.

Sus ojos oscuros recorren las filas antes de detenerse en mí. Contengo la respiración mientras alargo la mano hacia el estuche de Nate, fingiendo buscar un bolígrafo.

Por favor, que no me pregunte nada, por favor, que no me pregunte nada , repito en silencio, solo para ver mis esperanzas destrozadas un momento después.

—A ver, Van der Hoff, ¿por qué no nos hablas de tus objetivos?

Expulso el aire despacio mientras mis dedos se cierran alrededor de un bolígrafo con el que empiezo a juguetear, simplemente para tener algo que hacer. Vale, esto no está tan mal; ni siquiera tengo que pensarlo demasiado.

—Llegar a la NHL. —No sé por qué mi respuesta suena tan insegura cuando es lo más obvio del mundo. Triunfar y jugar con los mejores ha sido el sueño de Nate y mío desde que tuvimos edad para ver a nuestros padres jugar por televisión.

No estoy seguro de quién formuló primero la idea. Lo más probable es que fuera Nate, porque siempre ha sido el más elocuente de los dos, pero el sueño siempre estuvo ahí, ocupando un lugar permanente en nuestra imaginación. Jugar al hockey, y jugar al hockey juntos.

—Por supuesto —suspira el profesor Fiore, poniendo los ojos en blanco como si acabara de elegir la respuesta más aburrida que ha escuchado en toda su carrera.

Algunos estudiantes se ríen entre dientes a mi alrededor. Por lo visto, que el deportista de la última fila quiera dedicarse profesionalmente al deporte resulta de lo más predecible.

—Entonces, ¿qué te motiva? —continúa. Y, por primera vez, me quedo sin respuesta.

—¿Qué... qué me motiva? —repito, apretando el bolígrafo entre los dedos.

—No. Has dicho que tu objetivo no es solo jugar al hockey, sino llegar a la NHL, ¿verdad?

Entonces vuelvo a preguntártelo: ¿qué te motiva a entrenar todos los días?

¿A ir al gimnasio antes de clase y recibir una paliza sobre el hielo los fines de semana?

¿A cuidar lo que comes? ¿A renunciar a la mayoría de las fiestas? ¿Por qué haces todo eso?

—Me encanta el hockey. —Es lo mejor que se me ocurre.

Las cabezas de los demás estudiantes se giran hacia mí con silenciosa curiosidad. Se me seca la garganta al darme cuenta de que todos me están prestando atención.

—De acuerdo. —Fiore arquea una ceja. Pasea despacio delante de su escritorio y acaba apoyándose en él con los brazos cruzados.

Durante un instante, mi mirada se detiene en sus hombros, en cómo los bíceps tensan la tela de la camisa.

—Pero si te encanta el hockey, ¿por qué no seguir jugando por diversión en tu tiempo libre?

¿Qué te motiva a soportar una agenda tan agotadora?

¿A aceptar que vas a pasar meses lejos de tu familia?

¿Que te perderás momentos importantes? ¿Que las probabilidades de divorcio entre deportistas profesionales son alarmantes?

¿Que vas a llevar tu cuerpo al límite y que, probablemente, acabarás desarrollando una encefalopatía traumática crónica?

—Fiore enumera cada argumento con los dedos, como si estuviera repasando una lista de la compra.

Con cada inconveniente que menciona, siento que la caja torácica se me encoge un poco más.

—Vale la pena —respondo, y la voz me tiembla en la última sílaba, así que levanto la barbilla en un gesto desafiante para compensarlo.

No sé qué problema tiene este hombre. A lo mejor un jugador de hockey le robó la novia mientras él estaba ocupado corrigiendo ensayos en su despacho o haciendo lo que sea que haga un profesor de Escritura Creativa para tener unos brazos así.

—¿Vale la pena? ¿Por la fama? ¿Por los aficionados que te olvidarán en cuanto una lesión acabe con tu carrera? ¿Por el dinero que desaparecerá tan rápido como llegó y dejará tu cuenta vacía cuando tu divorcio ocupe los titulares?

Aprieto los labios hasta convertirlos en una línea fina. El golpe que recibí el año pasado vuelve a mi cabeza de inmediato. Los meses de rehabilitación pasan ante mis ojos como un montaje acelerado de frustración, dolor y espera.

—No puedo explicarlo —respondo, desesperado por dejar de ser el centro de atención. No se me da bien esto. Por eso debería estar en mi clase de Biología.

Debo de haber soltado el bolígrafo en algún momento del interrogatorio, porque ahora mis dedos recorren distraídamente la rodilla lesionada. Sigo el borde de la cinta kinesiológica que me puse después de la caída de la semana pasada.

—¿Por qué no puedes explicarlo? —Fiore ladea la cabeza y me observa con auténtico interés, como si yo fuera una especie rara que hubiera aparecido por accidente en su aula.

Me dan ganas de gruñir.

—Porque no es... no es algo que puedas ganar o tocar o tener, ¿vale?

Es jugar con los mejores de los mejores sabiendo que solo un puñado de personas llegará alguna vez a pisar ese hielo o a ponerse esa camiseta.

—Me paso las manos por el pelo mientras intento encontrar palabras para algo que nunca he sabido explicar—.

¿Ha ido alguna vez a un partido de hockey?

—No espero respuesta—. Hay una electricidad que lo recorre todo.

Todas tus emociones se intensifican. Cuando pierdes, es la peor sensación del mundo.

Pero cuando ganas... Cuando ganas te sientes invencible.

O sea, patinas sobre unas cuchillas afiladas mientras intentas colar un disco de goma en una portería diminuta a toda velocidad y...

eso te provoca algo aquí dentro. —Me pongo la mano en el pecho—.

Te recorre una descarga por todo el cuerpo.

Y puede que te toque compartir línea con los mayores imbéciles del mundo, pero cuando conectas con alguien sobre el hielo, nada más importa.

Da igual de dónde vengas o quién seas, porque todos persiguen lo mismo.

—Trago saliva—. Y eso no se puede encontrar jugando un partido entre amigos durante un fin de semana.

Me dejo caer en la silla, exhausto. Me ruborizo al darme cuenta de que probablemente sea la vez que más he hablado en clase en todo el semestre. Me aclaro la garganta y bajo la mirada a la libreta que tengo delante, pero no basta para evitar que mis compañeros sigan mirándome.

Por lo visto, nadie en el aula se ha sentido identificado con mi discurso. Fantástico.

Fiore nos deja lidiar con ese silencio incómodo hasta que estoy a punto de explotar. Entonces, por fin, pone fin al momento con un lento aplauso.