Capítulo 12
Tras nuestra sorprendente victoria del sábado, la primera mitad de la semana transcurre en un torbellino de celebraciones.
Los entrenamientos son coser y cantar y, ahora que hemos dejado atrás nuestra pelea, Nate y yo ejecutamos las distintas jugadas y combinaciones con una compenetración perfecta.
El entrenador tiene que separarnos durante los partidillos de entrenamiento para darles una oportunidad a los demás, y nunca me lo había pasado tan bien empapando de sudor mi equipo deportivo.
Tengo muchas ganas de entrenar esta noche, aunque ahora mismo lo que más agradezco es haber terminado las clases por hoy y disponer de un rato libre antes de saltar al hielo.
Asiento al ritmo de la música que retumba en mis auriculares y saludo con la mano a varios compañeros de la residencia, repartidos entre la cocina y la sala común.
Por costumbre, giro la cabeza para ver qué está haciendo mi compañero de habitación.
Nate está sentado en su escritorio, con las piernas estiradas y una mano apoyada detrás de la cabeza.
Está tan reclinado como le permite la silla, con los auriculares puestos, mientras sostiene el móvil en alto durante una llamada.
Levanto una mano a modo de saludo, pero no me acerco. Probablemente esté hablando con su hermano.
Otra vez.
A estas alturas estoy convencido de que un laboratorio podría haber cultivado una rodilla sintética, implantársela a alguien y enseñarle a jugar al hockey en todo el tiempo que le está llevando a Hoff recuperarse.
No me extraña que Nate se asustara tanto después de aquella caída, teniendo en cuenta el drama que monta su hermano con la lesión.
—Tengo que colgar. Adiós. —Nate termina la llamada y me dedica un leve gesto con la cabeza para indicarme que me ha visto.
Me muerdo la lengua para no hacer ningún comentario sobre su gemelo; prefiero centrarme en lo que me ha hecho volver de clase casi dando saltos.
—¿Y? ¿Estás listo?
—¿Para qué?
—Para ir al refugio. Para sacar a pasear perros...
—añado cuando veo que no tiene ni idea de lo que estoy hablando.
Suelto un suspiro. Hace ya un mes que rellenamos los formularios online para poder sacar perros del refugio de animales de la zona, pero todavía no hemos llegado a hacerlo.
Sé que a Nate no le gustan los perros, pero no quería ir solo. Al menos la primera vez.
—¿Lo has olvidado?
—Eh..., sí. ¿No podemos ir la semana que viene? No me apetece mucho salir y además tenemos entrenamiento...
—¡Eso mismo dijiste la última vez! Así que venga, vamos. Me acerco y tiro de la silla por el respaldo, arrancándole un resoplido. Al final se ríe, aunque sea de mala gana.
—Vale, vale. —Nate se pone en pie de un salto y me hace tropezar. Sonríe con picardía, así que no me importa hacer el ridículo.
Seguimos discutiendo hasta que salimos al aparcamiento.
El Honda Civic de Nate está en la segunda fila.
Me da un leve golpe con el hombro mientras se dirige hacia la puerta del conductor, donde yo ya tengo la mano extendida esperando las llaves.
Inclino la cabeza y doy un paso atrás para dejarle abrir el coche.
—¿En serio?
—¿Qué? Pues claro. Al fin y al cabo, es mi coche, ¿no?
Soy perfectamente consciente de ello, pero normalmente conduzco yo.
Nate no es precisamente un conductor brillante y, además, suele preferir ir en el asiento del copiloto como un príncipe destronado, obligándome a escuchar la última música que ha descubierto o hablándome del libro que está leyendo.
Me encojo de hombros, dejo que abra el coche e incluso le sujeto la puerta.
—Muy bien. Estoy preparado para que vuelvas a quedarte parado en un semáforo durante tres cambios seguidos.
Nate me mira fijamente y luego mira las llaves del coche. Después sus ojos verdes vuelven a clavarse en mí. Durante un instante veo en ellos un destello persistente que no reconozco. Algo que parece decir: ya verás .
Una chispa de emoción me recorre la espalda y la sonrisa burlona se me congela en los labios, pero el hechizo se rompe cuando Nate parpadea y aparta la mirada. Levanta las manos y murmura algo que no alcanzo a oír, como si quisiera quitarle importancia a ese momento de intensidad inesperada.
Me entrega las llaves y yo las hago tintinear, intentando recuperar el tono juguetón. Pero sigo notando un leve cosquilleo en la nuca incluso después de arrancar el coche.
***
—Hola, bienvenidos a... ¿Nicko?
Nos recibe el empleado que está detrás del mostrador.
Es bajo y delgado, y prácticamente desaparece dentro de un jersey verde demasiado grande y un chaleco que lo identifica como trabajador del refugio.
Su pelo, más rubio ceniza que el de Nate, encaja con el ambiente apagado del lugar.
Sin dejarse afectar por las insulsas paredes de hormigón, que ni siquiera los carteles de perros, gatos y otros animales en adopción consiguen embellecer, el chico le dedica una sonrisa radiante a mi compañero de habitación antes incluso de que terminemos de cruzar la puerta.
Durante un segundo parece que Nate va a darse media vuelta y salir corriendo.
Pero mi mejor amigo se limita a poner los ojos en blanco.
—Soy Nate.
—Oh, perdona, es que...
—Sé que vives con mi hermano.
Nate no suele ser tan brusco con la gente, pero eso me preocupa menos que la nueva información que acabo de recibir.
—¡Vaya! ¿Y todavía no lo has estrangulado? —bromeo, incapaz de imaginar cómo debe de ser convivir con la versión malhumorada de Nate casi las veinticuatro horas del día.
—Nicko es mi mejor amigo. —El rubio detrás del mostrador me mira con el ceño fruncido, así que hago un gesto para quitarle importancia y le enseño mi identificación junto con los papeles que he impreso.
—Bien por él. Hemos venido a pasear perros. Nos registramos por internet.
—¡Ah! ¡Genial! —Se le ilumina la cara de nuevo, al parecer dispuesto a hacer las paces conmigo por el bien de los animales del refugio, aunque haya criticado a su mejor amigo. Asiente mientras comprueba mi documentación y después teclea algo en el ordenador del mostrador.
—Aquí tenéis más información. Leedla con atención, por favor. Voy a ver a qué animalitos les pongo la correa.
Los folletos que nos entrega repiten más o menos lo mismo que ya he leído en internet: mucha información sobre adopciones que suelo saltarme y algunos consejos sobre cómo llevar a un perro con correa, que leo muy por encima.
Mis madres siempre han tenido perros; crecí rodeado de caniches y pitbulls.
Sé sujetar una correa.
—¡Vale, Violet y Lila están listas para vosotros! —grita el encargado. Le lanzo una mirada a Nate antes de encaminarme hacia las casetas, siguiendo la voz del chico.
Lo encontramos al fondo, agachado junto a dos chihuahuas diminutas.
—Vamos, sé pasear a un perro de verdad. Mis madres tienen un pitbull.
Busco el apoyo de Nate, pero mi mejor amigo se gira rápidamente, a punto de estallar en carcajadas.
—Siempre empezamos con perros que no suponen un gran reto, así nos aseguramos de que podéis controlarlos sin problemas. —El chico bajito sonríe con dulzura y me tiende la correa de una de las diminutas criaturas.
Con un bufido, le quito a Lila (¿o quizá a Violet?) de las manos.
Unos ojos enormes y saltones me observan fijamente. Entonces la muy cabrona gruñe y se lanza directamente a por mi tobillo.
—¡Pero qué demonios! —maldigo, dando un salto hacia atrás. Detrás de mí, Nate pierde por completo los papeles y rompe a reír a carcajadas, sin la menor compasión por mi orgullo herido.
Idiota.
—Lila, no. ¡Siéntate!
Los gruñidos y ladridos cesan y mi agresora se sienta obedientemente. Sin embargo, no deja de mirarme fijamente, temblando de pura sed de sangre.
—Buena chica —la felicita el rubio con dulzura mientras acaricia a aquel proyecto de perra—. Quizá deberías dársela a Nate, si es demasiado traviesa para ti. Tú puedes llevar a Violet. Ella se portará bien contigo, ¿verdad, preciosa?
Unos minutos después, Nate ya ha dejado de reírse y llegamos a la orilla del lago, caminando por los senderos de grava.
Las dos perritas trotan alegremente delante de nosotros, olisqueándolo todo a su paso con expresión satisfecha.
Es una escena bastante bonita, aunque sigo algo preocupado por mi tobillo.
Y por la posibilidad de pisar accidentalmente a Violet o tropezarme con ella. Aun así, me alegra estar haciendo algo que mejora la vida de estos animales. Ver a las chihuahuas olisquear setas casi tan grandes como sus propias cabezas me arranca una sonrisa.
Descubro que Nate está sonriendo exactamente igual y le doy un golpecito con el hombro.
—Las perritas no están tan mal, ¿eh?
Se encoge de hombros, se inclina para desenredar a Lila de unos matojos y sonríe mientras le acaricia el hocico. Por supuesto, la pequeña bestia no intenta morderlo; se limita a emitir un suave gemido de satisfacción. La escena resulta sorprendentemente tierna.
—Sí, claro, son una monada. ¿Verdad que sí? Sí, eres una monada, sí. —Sigue rascándole detrás de las orejas mientras sonríe como un idiota y, por algún motivo, noto un pequeño vuelco en el estómago.
—¿Así que conoces a ese chico? —pregunto para distraerme de esa sensación extraña. Cuando Nate ladea la cabeza, señalo por encima del hombro hacia el refugio, donde probablemente el rubio siga riéndose de mí.
—Ah, ¿te refieres a Linden? Sí, claro.
Alzo una ceja y espero más explicaciones.
—Él... salió una vez con Nicko. Y viven juntos. —Nate se encoge de hombros.
—¿En serio? ¿Alguien salió con tu hermano? ¿Voluntariamente? —resoplo. Intento imaginármelos juntos. El chico del refugio parecía demasiado dulce y tranquilo para alguien como el gemelo gruñón de Nate.
Aunque, bueno, la expresión «una vez» ya lo dice todo.
—¡Eh! —gruñe Nate. Levanto las manos en señal de rendición, aunque tengo que morderme la lengua para no echarme a reír.
La verdad es que apenas había pensado en la vida sentimental de Nicholas van der Hoff desde el desastre de aquella entrevista.
Aunque, al parecer, se ha vuelto bastante menos reservado al respecto si ahora le envía a su hermano fotos de sus ligues de Grindr. La reflexión me mantiene quieto el tiempo suficiente para que Nate me saque varios metros de ventaja.
—¡Eh! ¿Vienes o qué? Llegaremos tarde al entrenamiento.
—Sí, sí, ya voy.
—¡Parece que necesitas un incentivo! ¡El último en llegar al refugio lava la ropa este fin de semana!
—¡¿Qué?!
Cuando asimilo el desafío, él ya ha salido corriendo.
Violet y Lila ladran emocionadas mientras sus diminutas patas se mueven a toda velocidad para seguirnos. Los dos reducimos el ritmo cuando las perras se quedan atrás, pero Nate gana la carrera hasta el refugio. Ese brillo desafiante reaparece en sus ojos cuando me sonríe sujetándome la puerta.
—¡Que te diviertas lavándome la ropa, Hart!
—Tramposo —gruño al pasar junto a él, repitiéndome que mi corazón late tan deprisa únicamente por la carrera.