Capítulo 11
Me queda media hora para recuperar mi vida.
El restaurante donde hemos quedado todavía está casi vacío cuando llego.
He tenido que pedir un Uber en lugar de venir en coche, porque durante la noche ha caído una fina capa de nieve y Nate se pone muy nervioso cuando tiene que conducir con las calles nevadas.
Mi corazón se llena de alegría cuando cada paso que doy hacia la entrada produce un suave crujido.
Hay algo apacible en la primera nevada del año, cuando el mundo entero parece detenerse para contemplar los copos blancos cayendo del cielo.
El reloj de la pared del fondo marca las siete y pocos minutos.
La camarera, una chica de veintitantos con curvas y unos bonitos rizos que le enmarcan el rostro, está ocupada poniendo en marcha la cafetera.
Un letrero de neón detrás de ella reza «Bats y Badgers», aunque la última parte parece añadida más tarde, porque la tipografía no es la misma.
Parpadeo varias veces y estudio el menú, aunque sé que acabaré pidiendo el café solo de siempre.
—Espera... —dice la camarera después de poner en marcha la máquina.
Un fuerte gorgoteo y un silbido llenan el local, y tiene que alzar la voz para hacerse oír mientras vierte el café en uno de los vasos de papel decorados con dibujos de murciélagos y tejones, las mascotas de los dos equipos, rodeados de balones de fútbol y palos de hockey—. ¿No eres Nate van der Hoff?
Me quedo quieto un instante, sin saber qué responder.
Técnicamente, mi etapa como Nate van der Hoff está a punto de terminar, y no puedo decir que me disguste.
Somos demasiado mayores para seguir haciendo esto y, aunque disfruté jugando el partido de ayer, la semana ha sido agotadora.
En cuanto Nate entre por esa puerta, intercambiaremos las llaves y los teléfonos para volver sigilosamente a nuestras respectivas camas y despertar mañana siendo de nuevo quienes somos.
Y la próxima vez que vea a Hart, me aseguraré de aprovechar su débil revés en lugar de mandarle pases.
—Sí, es la leyenda en persona —afirma alguien a mi espalda mientras me rodea los hombros con un brazo antes de que pueda responder.
Me relajo al reconocer la presencia de Nate y, con cierta vacilación, me dejo abrazar. La tensión abandona mi cuerpo de forma casi dolorosa y me doy cuenta de que he pasado toda la semana con los hombros encogidos sin ser consciente de ello.
—Idiota —murmuro, poniendo los ojos en blanco. La capucha de mi sudadera de Bonham Tech le tapa media cara, lo que me hace fruncir el ceño. No es precisamente la mejor elección de ropa cuando estamos a punto de volver a intercambiar nuestros papeles.
—Tu gol de anoche fue increíble. —La camarera me dedica una sonrisa radiante mientras me acerca el café por encima del mostrador.
Después baja la voz hasta convertirla en un susurro cómplice—.
Ya sabes, se supone que debemos ser imparciales y todo eso —dice señalando con el pulgar el reluciente letrero de neón que tiene detrás—.
Pero definitivamente prefiero a los Bats.
Probablemente debería sentirme ofendido, pero noto cómo se me enrojecen las mejillas ante el cumplido inesperado.
—Gracias —murmuro. Le ofrezco el dinero para pagar el café, pero ella lo rechaza negando con la cabeza.
—No, no. Aquí los ganadores no pagan —replica con una sonrisa. Así que termino metiendo el billete en el bote de las propinas.
—Vaya, parece que mi hermanito pequeño se ha convertido en el favorito de la afición —dice Nate con tono meloso mientras nos dirigimos al fondo del restaurante.
—Cállate —respondo y me deslizo en una mesa libre. Obviamente, soy conocido en el campus de Bonham Tech; es inevitable formando parte del equipo. Pero es la primera vez que alguien que no es compañero mío elogia uno de mis goles y que, además, incluso me invita a un café por ello.
La mayoría de los estudiantes de Bonham Tech están mucho más pendientes del equipo de fútbol americano.
—Fue un golazo —recalca Nate mientras se acomoda en el asiento de enfrente—. ¿Quizá puedas marcar otro la semana que viene?
Al oír eso, alzo las cejas, dispuesto a decirle que pienso marcar dos goles para los Badgers, cuando se quita la capucha y me deja sin palabras.
Parpadeo al ver un rostro que, sin lentillas ni productos para el pelo, debería ser idéntico al mío.
Solo que ahora un enorme moratón le rodea el ojo izquierdo.
El tono violáceo destaca sobre su piel clara y la hinchazón casi oculta por completo el verde de su iris, y durante un instante siento el impulso de extender la mano y rozarlo con la yema de los dedos.
—¿Qué demonios te ha pasado? —pregunto, con el estómago encogido al contemplar el hematoma que le cubre el pómulo.
Nate se humedece el labio partido, esboza una sonrisa tímida y bromea:
—Parece que vas a poder disfrutar de tu fama un poco más.
Me dejo caer contra el respaldo mientras la insinuación me golpea como un defensa delante de la portería vacía: yo soy Nicko. Pero ahora mismo no lo parezco.
Si recupero mi vida tal y como habíamos planeado, todo el mundo notará la diferencia enseguida. Y sobre todo Hart, porque el Nate que él conoce estaba perfectamente ileso cuando se fue a dormir anoche.
—No puedo creer que me estés haciendo esto —gimo, cubriéndome la cara con las manos.
En mi cabeza ya se agolpan todas las consecuencias de seguir atrapado en la vida de mi hermano: otra semana sin asistir a mis clases, otra semana entrenando y jugando con los Bats en lugar de intentar recuperar mi puesto.
Otra semana viviendo con Hart.
—Solo será hasta que el moratón se haya desinflamado lo suficiente como para poder cubrirlo —intenta tranquilizarme Nate, pero ahora mismo no quiero ni oír hablar de eso.
Lo único que puedo pensar es que recuperar mi propia vida parece cada vez más improbable.