Capítulo 9
El hotel al que llegamos después de tres horas de autobús está a medio camino entre un cuchitril y el alojamiento más barato que pudieron encontrar para todo el equipo.
De todas formas, apenas vamos a pasar tiempo aquí: lo justo para dejar las cosas, comer algo e ir a la pista para aclimatarnos.
Cuando regresamos para matar un poco el tiempo antes del partido, me doy cuenta de que ya no puedo seguir evitando a Nate.
Después de cómo reaccionó cuando intenté examinarle la rodilla, pasé el resto del día escondiéndome detrás de excusas como estudiar, ir a la biblioteca o pasarme por el gimnasio.
Incluso me aseguré de volver tarde para fingir que ya estaba dormido.
En el autobús me senté delante, con la nariz metida en un libro de texto en lugar de charlar con mis compañeros.
Claro que nadie más se ha dado cuenta de que hemos discutido.
Siempre compartimos habitación, así que los entrenadores nos han asignado el mismo cuarto también esta vez.
Respiro hondo y entro cargando con mi bolsa. Supongo que ya va siendo hora de comportarme como un adulto.
Echo un vistazo al televisor y después a mi mejor amigo, que sigue merodeando junto a la puerta.
No sé por qué está tan nervioso, a menos que de repente le moleste compartir espacio conmigo.
Aunque, después de dos semanas de silencios incómodos, miradas raras y ocasionales muestras de desprecio por su parte, además de la reacción que tuvo cuando intenté tocarle la rodilla, eso sería solo la punta del iceberg.
Me obligo a controlar mis pensamientos y mi expresión antes de iniciar una conversación intrascendente.
—¿Ventana o pared? —Señalo las dos camas mientras me recoloco la bolsa en el hombro, pero Nate apenas parece escucharme. Está demasiado ocupado con sus cosas y no reacciona hasta que nota que lo estoy mirando. Se acerca, deja la bolsa sobre la cama pegada a la pared y responde:
—Esta. —Su voz pone punto final a la conversación. Parpadea, como si se estuviera preparando para otra discusión que no pienso darle.
Dejo la bolsa junto a la otra cama, me tumbo sobre ella y saco el móvil. Decidido a no rendirme, le tiendo otra rama de olivo.
—Tengo una «i», una «e» y me quedan tres intentos. ¿Y tú? —Normalmente ni me molesto en preguntárselo, porque siempre insiste en que debo resolver el Wordle por mi cuenta. Sobre todo antes de los partidos; si no, dice que no cuenta.
Aunque me duele cómo se está comportando, y más aún que no me haya dado ninguna explicación ni pedido disculpas, estoy desesperado por recuperar la conexión con él.
Al fin y al cabo, dentro de unas horas jugamos un partido importante.
Sé que sobre el hielo eso no importa. Dentro de menos de un año tendré que compartir equipo con el hermano de Nate, y tengo clarísimo que a nadie le importará lo mucho que nos detestamos.
Esperarán que juguemos juntos como compañeros.
—Todavía no lo he mirado —murmura Nate mientras se dirige al baño. Oigo el clic de la cerradura, me doy la vuelta sobre la cama y me quedo mirando al techo, preguntándome qué demonios estoy haciendo mal.
Estoy dispuesto a tragarme el orgullo y dejar nuestra discusión para cuando volvamos a casa. Pero, para cuando regresamos a la pista, ya he cambiado de opinión.
Durante la cena seguimos evitándonos y volvimos a sentarnos separados en el autobús, donde además la cagué con el maldito Wordle.
No puedo quitarme de encima la sensación de que es una mala señal justo antes de uno de los partidos más importantes de la temporada, así que tengo que hacer algo.
Durante los estiramientos previos al partido no dejo de lanzar miradas a Nate, pero él parece decidido a evitarme. Cuando ya estamos todos preparados, empiezo a ponerme paranoico. Así que tengo dos opciones: seguir sintiéndome incómodo o reunir el valor suficiente para hablar con mi mejor amigo.
—¿Tienes un minuto?
Me mira con recelo y se encoge de hombros. Decido tomármelo como una invitación y me siento a su lado, dejando espacio suficiente para que ni siquiera se rocen nuestros hombros.
—Sobre lo de ayer... —empiezo, aclarándome la garganta varias veces sin encontrar el tono adecuado.
Me resulta rarísimo preocuparme por algo así al hablar con Nate, pero esta última semana me ha hecho sentir que quizá no conozco a mi mejor amigo tan bien como siempre había creído—.
Estuvo mal, pero solo intentaba ayudarte.
—Levanto una mano cuando frunce el ceño y abre la boca para interrumpirme—.
Has estado raro toda la semana y... Si te molesto, puedes decírmelo, pero... ¿seguimos siendo amigos?
—¿Qué?
Frunzo el ceño. Estoy bastante seguro de haberme explicado bien, pero cuando hago un gesto para aclararlo, vuelve a interrumpirme.
—¡No es eso! No todo gira en torno a... Claro que seguimos siendo amigos.
—Parece enfadado, y, aunque yo también empiezo a estarlo, me alivia saber que al menos eso no ha cambiado—. Es por mi rodilla, ¿vale? Y por toda la mierda por la que ha pasado Nicko... —Nate se interrumpe, como si las palabras se le atascaran en la garganta.
Hago una mueca. De repente me siento como un imbécil.
—Lo siento. No había caído en eso.
—Ya me he dado cuenta.
—¿Pero qué demonios te pasa? —replico, incrédulo. Nate nunca me había hablado así. Sí, me ha echado broncas por ser un capullo con su hermano, pero jamás había actuado como si pensara que me da igual lo que le ocurra.
—Me gritaste que no te tocara —continúo—.
Perdona por no relacionarlo inmediatamente con la lesión de tu hermano.
—Respiro hondo y niego con la cabeza—. Entiendo que estés preocupado por él y que todo esto haya sido un cambio enorme, pero han pasado meses.
Ya vuelve a caminar y vuelve a patinar. Si te ocurriera algo parecido, tampoco sería el fin del mundo.
Tú también te recuperarías. Y seguramente más rápido, porque al menos tú sabes lo que es esforzarte para conseguir lo que quieres.
Los ojos de Nate brillan más de lo habitual cuando se clavan en los míos durante un instante antes de apartarse de nuevo.
Se ha puesto las lentillas para el partido.
Sin las gafas, sus ojos parecen más grandes, pero su rostro también parece más vacío.
Me sorprende lo rápido que me he acostumbrado a verlo con ellas, cuando apenas empezó a usarlas con más frecuencia la semana pasada.
He conseguido descargar parte de mi frustración y del daño que me ha hecho todo esto. Y, aunque todavía noto una extraña inquietud en el estómago, me siento algo mejor.
—Así que o hablas de lo que te preocupa o te lo guardas para ti, pero no lo pagues conmigo. No sé leerte la mente.
Me incorporo un poco, decidido a marcar al menos algún límite en esta conversación, pero es inútil; cedo casi de inmediato, bajo la cabeza y añado un silencioso «por favor».
Nate sigue sin responderme, y tampoco tenemos ocasión de retomar la conversación, porque Griff, uno de los entrenadores, nos llama a gritos para la última charla antes del partido.
Cuando nos reunimos en círculo, Nate se coloca justo a mi lado.
Incluso a través de todas las protecciones noto cada uno de sus movimientos.
Soy demasiado consciente de cómo nuestros pasos se sincronizan cuando avanzamos por el túnel.
Después de todo este drama, necesito que este partido salga bien.
Y es como si todo el equipo sintiera exactamente lo mismo: salimos a por todas.
Quizá porque todavía recordamos la humillación del año pasado, todos sentimos que tenemos algo que demostrar.
Cada vez que uno de los Grizzlies pone el ojo en el disco, aparece uno de los nuestros dispuesto a pelear por él con uñas y dientes.
Durante el primer periodo estamos muy igualados.
No es hasta mediado el segundo cuando conseguimos adelantarnos en el marcador.
Robo el disco y salgo disparado. No llego muy lejos.
Dos defensas vestidos de negro se plantan delante de mí y levantan una auténtica muralla, con el portero firme detrás de ellos.
Sé que no voy a encontrar hueco para pasar, pero por el rabillo del ojo veo una mancha verde moviéndose por la derecha.
¿Ojos? La voz de Nate resuena en mi cabeza.
Sí, claro que los tengo . Sin pensármelo dos veces, envío el disco hacia ese lado.
Un instante después estoy estampado contra las vallas tras el choque de uno de los defensas rivales.
El golpe me deja sin aire y me hace zumbar la cabeza.
No tengo ni idea de si el pase ha llegado a su destino hasta que nuestra pequeña marea verde estalla de alegría.
Los gritos de celebración resuenan por toda la pista. No puedo evitar sonreír mientras me aparto de encima al defensa, que se aleja soltando una sarta de tacos.
El marcador lo confirma: ¡vamos ganando!