Capítulo 8
Mañana es sábado.
Me repito ese mantra una y otra vez mientras sigo a Xander y a otros dos Bats escaleras abajo por la residencia universitaria, sumida en un silencio inquietante.
Son las cuatro y media de la maldita mañana, probablemente sea la única hora a la que podría oírse caer un alfiler en estos pasillos: los fiesteros por fin se han metido en la cama y los madrugadores siguen acurrucados bajo sus mantas.
Y aquí estamos nosotros, escabulléndonos como ladrones en chándal y zapatillas de correr.
Estoy casi convencido de que me han descubierto y de que esto forma parte de algún castigo colectivo.
No puedo creer que Nate haya quedado para salir a correr a las cuatro y media de la mañana.
¡Mi hermano! El alma de todas las fiestas.
El primero en llegar y el último en abandonar la pista de baile.
Aunque, claro, esta no es la única novedad que he descubierto sobre él estos últimos días. Por lo visto, Nate lleva una vida muy distinta aquí, en St. Bernard, porque, hasta donde yo sabía, odiaba los entrenamientos matutinos tanto como yo.
Fuera ya nos espera un pequeño grupo de deportistas de la SBU. Han formado un corro y charlan en voz baja mientras empiezan a estirar sobre el asfalto húmedo.
Una ráfaga de viento nos golpea en cuanto cruzamos la puerta. Me quedo clavado en el sitio. El aire frío se cuela bajo la camiseta y me eriza la piel de los brazos.
Joder. Esto es una locura.
—¿Estás bien?
Hart me observa con cautela mientras tiemblo de pies a cabeza.
—Sí —mascullo, aunque lo que realmente quiero decir es que no. Nada está bien. Hoy es mi cuarto día viviendo la vida de mi hermano y, oficialmente, he tocado fondo.
No he dormido casi nada, ya no estoy acostumbrado a compartir habitación.
Cualquier crujido me despierta, por no hablar del constante trasiego de gente por los pasillos.
Casi había olvidado lo concurridas que son las residencias universitarias.
Y a eso hay que sumarle las horas que paso intentando ponerme al día con las clases que me he perdido mientras hago esfuerzos desesperados por fingir que he leído los delirios febriles de Shakespeare.
Cuando los demás echan a correr por uno de los senderos oscuros del campus, yo prácticamente voy arrastrando los pies detrás de ellos.
Hart se coloca a mi lado y empieza a trotar a un ritmo suave, y me muerdo la lengua para no soltar algún comentario sarcástico. Preferiría sufrir en silencio, pero ayer ya comentó que me había pasado el día entero escondido en la biblioteca.
—¿Y el móvil? —pregunta mientras se coloca unos auriculares inalámbricos.
—Me lo he dejado arriba —respondo entre dientes. Estoy convencido de que en cualquier momento me va a dar un calambre en el estómago. Estoy cansado, confundido y furioso por tener que someterme a esta tortura antes siquiera de desayunar.
Hart no responde. Simplemente me tiende uno de los auriculares negros que Nate le regaló por Navidad el año pasado.
Tengo ganas de rechazarlo por pura dignidad; aun así, alargo la mano y lo acepto.
Disimuladamente, limpio con la camiseta el auricular para quitarle la cera que ha dejado Hart mientras él busca una lista de reproducción.
No sé muy bien qué espero. Probablemente música de «chico bueno», algo que encaje con su imagen de estudiante ejemplar. Tiene pinta de ser de los que escuchan la radio. De los que dicen que les gusta de todo, siempre que las canciones no tengan palabrotas.
Estoy a punto de perder el equilibrio cuando, en lugar de la voz suave de Ed Sheeran, un brutal riff de guitarra me estalla en los oídos. Paso la siguiente hora escuchando gritos desgarrados por el auricular izquierdo mientras avanzo a trompicones por el campus desierto.
A mitad del recorrido empieza a llover, y las finas gotas se mezclan con el sudor que nos corre por la espalda y el cuello. Me paso la lengua por el labio inferior y el sabor salado me deja un regusto intenso en la boca.
Estoy empapado, sudando, hambriento, agotado y atrapado en un concierto privado de metal dentro de mi cabeza. Este es mi infierno personal.
Nate me las va a pagar.
***
Cuando por fin divisamos las residencias universitarias, se produce el desastre.
Los músculos me arden por el esfuerzo de correr sobre barro y senderos irregulares sin haber estirado como es debido.
Nunca he tenido ni la resistencia ni la paciencia necesarias para las carreras de fondo.
Lo mío son las explosiones repentinas de velocidad cuando un partido cambia de rumbo y puedo escaparme y salir disparado sobre el hielo.
Ahora me aferro a esa misma mentalidad cuando veo los edificios de ladrillo rojo de las residencias recortándose contra el cielo gris del amanecer.
Mi mente ya está puesta en la ducha caliente cuando dejo atrás al grupo. Uno tras otro empiezan a perseguirme, gritándome a la espalda, pero ninguno consigue alcanzarme.
Voy a toda velocidad por el sendero, levantando terrones de tierra con las zapatillas, cuando de pronto tropiezo con una rama que cruza el camino. Las manos amortiguan la caída, las piedrecillas afiladas se me clavan en las palmas al golpear el suelo, pero mi cabeza está en otra parte.
Mi rodilla.
Otra vez no. Joder.
Algunos chicos me adelantan y siguen corriendo, pero cuando consigo incorporarme ya se ha formado un pequeño corro a mi alrededor. Me sujetan por debajo de los brazos y me ayudan a ponerme en pie.
—¿Estás bien? Una cara pecosa aparece ante mí y reconozco a Taylor, que me tiende el auricular que debo de haber perdido al caer.
—Estoy bien —respondo entre dientes, sintiéndome de pronto un poco culpable por todas las discusiones que he tenido con el señor Defensa durante estos últimos días—. Solo... me he hecho daño en la rodilla al caer.
Bajo la vista hacia la rodilla en cuestión, que palpita con fuerza, y a través de un desgarrón en la tela oscura del pantalón deportivo alcanzo a ver parte de la piel. El tejido está mojado, pero con la escasa luz de la mañana no soy capaz de distinguir si es sangre o simplemente lluvia.
Con cuidado doy un paso hacia las residencias, y luego otro. Todo parece ir bien hasta que intento cargar todo el peso sobre esa pierna y entonces un dolor agudo me atraviesa de arriba abajo.
Se me encoge el estómago al recordar las imágenes de la operación. Solo veo vendas y muletas, y mi carrera desmoronándose delante de mis ojos mientras intento recuperar el aliento.
No puedo respirar. La camiseta me oprime el pecho, me aprieta como una jaula diminuta.
Me aferro a la tela con ambas manos y empiezo a tirar de ella, desesperado por quitármela, cuando alguien me sujeta por los hombros.
—¡Nate! Eh, ¿qué ha pasado?
—No lo sé... Es como si se hubiera quedado en blanco de repente o algo así —oigo decir a alguien.
Las voces a mi alrededor suenan lejanas, como si tuviera los oídos llenos de algodón. Recuerdo los gritos confusos de cuando estaba tendido e indefenso sobre el hielo, incapaz de levantarme por mi cuenta, mientras mis compañeros discutían sobre mi estado formando un corro a mi alrededor.
Está pasando otra vez.
No puede estar pasando otra vez.
Me giran y entonces noto una frente húmeda apoyada contra la mía y una voz áspera que exige toda mi atención.
—Respira, Nate.
Y respiro.
Al principio, el pecho se me hincha demasiado deprisa, con respiraciones cortas y entrecortadas. Me siento mareado por la fuerza con la que el corazón me golpea dentro del pecho, y noto una vena palpitándome en la sien.
—Mi rodilla —consigo decir con voz ronca a Taylor y a Hart, que está terriblemente cerca de mí; su aliento cálido me roza la piel sudorosa. Levanto una mano y empujo su pecho para ganar algo de espacio. Las palmas chocan contra unos pectorales duros. Es como intentar mover un muro de ladrillo.
No se mueve ni un centímetro. En lugar de eso, me toma suavemente de las muñecas y me aparta las manos hasta que dejo de resistirme.
Sin decir una palabra, me pasa un brazo por los hombros mientras Taylor se coloca al otro lado.
Regresamos despacio hacia las residencias.
Voy cojeando, y algunos de los chicos nos rodean, preguntando qué ha pasado y ofreciéndome agua.
No entiendo nada de lo que dicen. Mi cabeza está muy lejos de allí, imaginando una segunda operación, viéndome sentado en casa mientras Hart juega su primer partido en la NHL y los Rebels se olvidan de mí para siempre.
Voy a convertirme en un inútil.
—No eres un inútil. Por Dios, Nate, ¿qué te pasa? —Los ojos azules de Hart se clavan en los míos cuando por fin parpadeo y vuelvo a la realidad. De alguna manera han conseguido llevarme de vuelta a la habitación de la residencia.
Debo de haber dicho lo último en voz alta mientras me acomodaban en la cama de Nate, que ahora está empapada de lluvia y barro.
—Voy a... —Taylor empieza a hablar, pero Hart le hace un gesto para que se marche. Oigo el suave crujido de un envoltorio y, un instante después, me colocan una barrita de chocolate en la mano.
—No tengo hambre —murmuro. Aun así, la sostengo entre los dedos, como si necesitara algo con lo que ocupar las manos para que no me tiemblen.
Hart no responde. En cambio, se arrodilla delante de mí y empieza a examinarme la rodilla derecha con cuidado.
—¿Te duele? —pregunta mientras me mueve la pierna suavemente de un lado a otro, igual que hicieron los médicos una y otra vez.
Me quedo mirando sus manos en silencio. Nunca me había fijado en lo largos y finos que son sus dedos. Parecen más propios de un artista que de un jugador de hockey.
—Estoy bien —respondo al cabo de unos segundos.
He conseguido recuperar un poco el control y el caos que me rugía en la cabeza se ha calmado.
Hart me flexiona la rodilla y vuelve a estirarla, y no siento ningún dolor.
Me toca alrededor de la rótula y, cuando vuelve a aparecer la molestia, me estremezco por reflejo.
Él se detiene inmediatamente y frunce el ceño.
—Probablemente solo sea un golpe, ¿no? —pregunto. Suena más a súplica que a afirmación, pero necesito que alguien me lo confirme.
—Supongo. Pero si te duele mucho, deberías ir al médico — Hart parece incómodo ante mi reacción, y no puedo culparlo.
Hace un año, una rodilla magullada no me habría hecho pestañear y mucho menos me habría impedido salir al hielo.
Ahora, en cambio, llevo el miedo instalado permanentemente en el pecho.
Ya no soy el jugador que era hace un año, y desde luego no soy como mi hermano, con sus dos rodillas sanas y los ligamentos intactos. Volver después de una lesión ya es bastante difícil, pero encadenar una segunda en el mismo año sería una sentencia de muerte para todos mis sueños.
Nuestros sueños, me corrijo mientras aprieto con fuerza las sábanas de Nate.
No se trata solo de mí. Llevamos soñando con esto (con jugar juntos en la NHL) desde que tengo memoria. Y se suponía que yo iba a hacer que ocurriera este fin de semana.
Aprieto los dientes.
—Nada de médicos. Tengo que estar sobre el hielo mañana.
—No seas cabezota, Nate. Si estás lesionado, tienen que mirártelo. Podemos apañarnos y jugar un partido sin ti —protesta Hart.
Por primera vez en toda la semana, me pregunto si mi hermano le habrá contado que va a haber ojeadores viendo el partido.
No es que Hart tenga que preocuparse por esas cosas; fue elegido apenas cinco puestos después que yo en la selección.
A diferencia de Nate, lo más probable es que ambos firmemos con nuestros respectivos equipos nada más terminar la universidad.
O, al menos, Hart lo hará.
Nate, en cambio, todavía tiene que esforzarse para mantenerse en el radar de los Pioneers. El partido de mañana es importante para él; si no lo fuera, nunca me habría pedido que hiciera esto.
Respiro hondo y vuelvo a flexionar y estirar la rodilla con cuidado.
—Nada de médicos. Voy a jugar.
—¿Por qué estás tan terco últimamente? —masculla Hart mientras se pasa una mano por el pelo negro con evidente frustración—. No estoy diciendo que no puedas jugar. Solo... déjame echar un vistazo.
Antes de que pueda reaccionar, me sube la pernera del pantalón hasta la espinilla, dejando al descubierto parte de mi piel. Le sujeto las muñecas al instante.
Un centímetro más y habría visto las cicatrices.
—¡No me toques, joder! —suelto de malos modos.
Hart se queda mirándome, parpadeando como un ciervo deslumbrado por los faros de un coche y sus ojos azules se abren de par en par por la sorpresa. Durante un segundo ninguno de los dos se mueve, mis dedos siguen aferrados a sus muñecas como si fueran unas esposas y entonces él se echa hacia atrás.
—Como quieras —replica con frialdad mientras se libera de mi agarre y se pone en pie.
Un instante después, la puerta se cierra de un portazo.