Capítulo 7
Me entretengo en las duchas hasta que todos han recogido sus cosas y están listos para marcharse. Todos excepto Hart, que está sentado en el banco, esperándome mientras salgo de la ducha con una toalla anudada a la cintura.
—Date prisa, princesa. Me estoy muriendo de hambre.
Pongo los ojos en blanco, aunque, en el fondo, comparto el sentimiento. Después de haber sobrevivido prácticamente con un par de bocados de aquellos fideos infernales, siento que podría desmayarme de hambre en cualquier momento.
—¿Qué vamos a pedir? —pregunto. Estoy de espaldas a Hart mientras me seco.
Las cicatrices de la operación de mi rodilla derecha son la única diferencia física evidente entre Nate y yo.
Como no puedo ocultarlas con lentillas ni con productos para el pelo, prefiero darle la oportunidad de contemplar mi culo antes que arriesgarme a que las vea.
Durante el entrenamiento apenas he pensado en la rodilla. Ahora, sin embargo, noto una ligera tirantez en la parte superior de la pierna. Quizá me he pasado de la raya en la última jugada, pero tenía muchas ganas de que Baker marcara ese gol.
—Todavía nos queda ramen —dice Hart mientras consulta el móvil. Supongo que intenta darme algo de intimidad mientras me visto. Está exageradamente concentrado en la pantalla, pero el gesto me resulta familiar.
No he salido completamente del armario con mi equipo.
Algunos saben que soy bisexual porque lo mencioné al principio de mi primer año, pero la mayoría de aquellos compañeros ya se han graduado.
Nunca hizo falta tener una conversación formal al respecto y me gusta pensar (o al menos quiero pensarlo) que a mis compañeros actuales tampoco les importaría demasiado.
Aun así, me sorprendo haciendo un esfuerzo consciente por no mirar siquiera los dedos peludos de los pies de Hart en el vestuario.
No puedo imaginar cómo debe de ser vivir la homosexualidad de forma abierta, y menos después de leer las cosas que dicen sobre él en internet.
La polémica provocada por la filtración del vídeo de Resnikoff y la campaña mediática de los Rebels con Hart se apagó bastante deprisa.
Pero ahora que estamos en nuestro último año de universidad, la gente vuelve a acordarse de que el primer jugador abiertamente gay está a punto de llegar a la NHL.
Y yo estaré allí, justo a su lado, si todo sale según lo previsto.
Solo pensarlo me provoca dolor de cabeza.
—Necesito comida de verdad —refunfuño mientras me pongo una sudadera de St. Bernard.
El verde oscuro me sienta fatal, arrugo la nariz al verme reflejado en el espejo.
Debería echarme algo en el pelo, pero no tengo paciencia para rebuscar entre la colección de botes y tubos de Nate.
Así que me planto un gorro para domesticar los mechones húmedos.
—¿Y el ramen qué es? ¿Comida de mentira? —replica Hart, guardándose el móvil y frunciendo el ceño al mirarme.
Tengo ganas de discutir, pero entonces recuerdo que Hart estudia en St. Bernard gracias a una beca completa.
No sé gran cosa sobre su familia, salvo que tiene dos madres, a las que vi durante el proceso de selección, y que el dinero parece ser un asunto delicado para ellos.
Esa es también la razón por la que mi hermano sigue viviendo en la residencia universitaria en lugar de haberse mudado después del primer año.
—Creo que mi estómago todavía no está preparado para la comida picante —digo, lo cual no es mentira. Mi estómago no está preparado para la comida picante, ni ahora ni nunca—. Invito yo, ¿vale?
—No hace falta que me invites —resopla Hart mientras se pone en pie.
Al menos es bueno saber que tenemos algo en común. Lástima que no pueda decírselo.
—Sí hace falta. Te lo has ganado por aguantar mis vómitos.
Eso parece hacerlo cambiar de opinión.
—No fue para tanto —murmura encogiéndose de hombros. Aun así, no protesta cuando le voy leyendo el menú durante el camino de vuelta a la residencia.
***
—Y... ¿qué tal el entrenamiento?
Entorno los ojos al escuchar la voz de mi hermano. Hay un matiz de satisfacción que se cuela por debajo de su fingida inocencia.
—Toda una experiencia —respondo secamente antes de pasar al asunto que de verdad me ha tenido en tensión todo el día—. ¿Qué es exactamente el Wordle? ¿Y por qué se llama Wordle?
De camino a la residencia, Hart ha vuelto a insistir para que le diera una pista.
Por suerte, tampoco él parecía saber la respuesta, así que seguí fingiendo que guardaba el secreto bajo la manga. La realidad es que no tenía ni idea.
—Es un juego de palabras —explica Nate con un suspiro—. Tienes seis intentos para adivinar una palabra de cinco letras.
—¿Y por qué os lo tomáis tan en serio? Sujeto el móvil entre la oreja y el hombro mientras intento ponerme hielo en la rodilla y hacer los ejercicios de rehabilitación al mismo tiempo.
Hart está abajo esperando al repartidor, y eso me da unos minutos para ocuparme de la lesión sin levantar sospechas.
—Es una superstición. Si lo resuelves, significa que marcarás en el próximo partido —continúa Nate de mala gana—. A veces hacemos apuestas. Ya sabes, el que lo resuelva primero se libra de poner la lavadora o algo así.
Vale. Eso sí que me interesa.
—Entonces, ¿cuál era el de hoy?
—«Linfa». En serio, no era tan difícil...
—¡¿Linfa?!
—Sí. Ya sabes, lo de los ganglios de las axilas.
—Estudio Biología. Sé perfectamente lo que son los ganglios linfáticos —lo interrumpo antes de que convierta la llamada en una clase de anatomía.
No habría adivinado esa palabra ni en un millón de años, pero la idea de que Hart tenga que lavar toda la ropa sudada que he usado hoy me arranca una sonrisa.
—Entonces, ¿qué tal el entrenamiento?
Hago una mueca cuando vuelve a sacar el tema.
—Al parecer has mejorado muchísimo con el palo —le digo mientras dejo la bolsa de hielo sobre la cama. Casi se me resbala el móvil de las manos y me pierdo el principio de su respuesta—. ¿Quieres saber cómo lo has conseguido? Entrenando con el patético de tu hermano.
Nate guarda silencio al otro lado de la línea, y la culpa me golpea al instante.
Sé perfectamente que esas palabras eran de Hart, no suyas. Y también sé que siempre he tenido mejor manejo del palo que él, así que no hacía falta restregárselo.
Pero, demonios... Qué bien me ha sentado recibir aquella palmada en la espalda al terminar el entrenamiento.
—Xan no lo dice en serio, Nicko —me asegura mi hermano con tono serio, como si la palabra «patético» pudiera prestarse a algún tipo de malentendido—. Si le hubieras dado una oportunidad durante estos tres años, sabrías que es buena persona. Además, él también es bastante patético.
Lo último lo dice en tono burlón, pero yo no puedo evitar poner los ojos en blanco.
Estoy a punto de recordarle que Hart nunca ha hecho el menor esfuerzo por hacerse amigo mío, ni antes ni después de aquella entrevista viral en la radio del campus, cuando se abre la puerta. Y hablando del rey de Roma...
—Tengo que colgar. ¡Ánimo, hermanito! —me río.
Llevo años queriendo decir eso.
—¡Linfa! —grito antes de que Hart tenga tiempo de abrir la boca. Asoma la cabeza por detrás de una pequeña torre de cajas de comida para llevar mientras yo sigo en postura de cobra, estirando tranquilamente.
—¿Linfa? —repite, arqueando sus pobladas cejas oscuras. Su mirada recorre mi espalda arqueada y, de repente, me siento incómodamente expuesto.
—El Wordle —aclaro mientras me incorporo bajándome la camiseta por puro reflejo, aunque no hace falta: Hart ya se ha dado la vuelta para dejar la comida sobre su escritorio. Cruzo la habitación para recoger mi pedido y me instalo en la parte de Nate.
Invadir su espacio sigue resultándome extraño, como si estuviera haciendo algo que no debería.
—Ah. Bueno, todavía me quedaba un intento, así que gracias por la respuesta. —Frunce el ceño, aunque no hay enfado real en su voz.
Maldita sea. Eso significa que luego tendré que lavar mi propia ropa.
Pero mañana iré preparado. La idea de que Hart lave mis calcetines y mi suspensorio sin saber que son míos me produce una satisfacción absurda y mezquina.
Por muy insoportable que sea todo este plan, ese pequeño placer me ayudará a sobrellevar la semana.
—¿No habías dejado la comida basura?
—¿Eh? —murmuro con la boca llena de patatas fritas. Durante la temporada intento comer relativamente bien. Además, perdí algo de peso durante la recuperación.
Recuperé el apetito cuando me dejaron volver a patinar, pero todavía no he alcanzado mi peso habitual.
—La comida basura. Pensaba que habías decidido dejar las hamburguesas y las patatas fritas.
Lo miro desconcertado. Ni se me ocurriría eliminar las hamburguesas y las patatas fritas de mi dieta, y Nate tampoco lo haría.
Hay algo profundamente satisfactorio en sentir cómo la grasa me resbala por los dedos mientras doy un enorme mordisco a una hamburguesa descomunal.
El queso está perfecto: caliente y cremoso, pero sin llegar a derretirse del todo.
Cierro los ojos al tragar el primer bocado de comida de verdad y se me escapa un gemido de puro placer.
Al otro lado de la habitación, Hart resopla.
—Eso responde a mi pregunta.
***
Sigo dándole vueltas al asunto una hora después, mientras ordeno la ropa de entrenamiento todavía húmeda.
Aunque estudiamos en universidades distintas, Nate y yo nos vemos todos los fines de semana porque los campus están muy cerca.
Entre semana, además, me llama todos los días para contarme qué tal le va, cotillear sobre sus compañeros o intentar convencerme de apuntarme a alguno de sus planes absurdos.
Obviamente, en esas conversaciones no nos da tiempo a contárnoslo todo. Aun así, hay cosas que siempre había dado por sentadas: la combinación de su candado y su obsesión por la comida basura. Ese tipo de cosas.
Por ridículo que parezca, no puedo evitar sentirme traicionado por lo que ha pasado hoy.
Se suponía que intercambiar nuestros papeles era una idea estúpida, sí, pero fácil de llevar a cabo.
¡Somos gemelos, joder! Hay veces que siento que conozco a Nate mucho más de lo que me conozco a mí mismo.
Y, sin embargo, hoy Hart me ha mirado como si fuera un extraterrestre cada vez que abría la boca.
—Espero que esos tíos te hagan la vida imposible —murmuro mientras pienso en mi hermano, allá en el Refugio. No debe de ser fácil para alguien tan sociable como Nate rechazar invitaciones a fiestas y quedarse en casa viendo la tele con mis compañeros.
Suspiro cuando por fin consigo sacar la coquilla del suspensorio para meterlo todo en la lavadora, y entonces me quedo inmóvil. El corazón me da un vuelco.
Miro el equipo que tengo en la mano con auténtico horror.
Cuando decidimos seguir adelante con esta locura, solo me llevé ropa interior para una semana, ya que toda la demás ropa tenía que quedarse en el Refugio.
Nate incluso se quejó de que tendría que vestirse como un «cavernícola deportista» durante unos días.
Ni por un segundo se me ocurrió cuestionarme el hecho de utilizar el material que llevaba en su bolsa de hockey: los patines, las protecciones, la coquilla, el suspensorio o el protector bucal.
De repente, las patatas fritas amenazan con volver por donde han venido, me entran arcadas. Porque una cosa es compartirlo todo con tu hermano gemelo y otra muy distinta compartirlo absolutamente todo.
Solo quedan tres días para el sábado.