La jugada cambiada Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

Necesito un segundo crucial para reaccionar, entonces los recuerdos de la infancia regresan de golpe y me impulsan a levantarme.

El número 31 ya me saca casi medio círculo de ventaja cuando salgo tras él.

Siempre he sido un patinador rápido, mi constitución ligera ayuda bastante, y no hay ninguna posibilidad de que pierda contra un jugador de los Bats en un simple juego infantil.

Hundo los patines en el hielo y salgo disparado junto a mis compañeros de equipo temporales.

Justo antes de que el número 31 llegue a mi sitio, le agarro la parte trasera de la camiseta y le doy un empujón para que siga de largo.

Las carcajadas estallan a mi alrededor cuando apenas consigue mantener el equilibrio y tiene que empezar otra vez mientras le llueven bromas y pullas amistosas.

—Alguien está de buen humor hoy —comenta Hart con una sonrisa, tendiéndome el puño. Lo observo con recelo durante un instante, aunque no estoy seguro de si se está burlando de mí, ya que mi día está siendo cualquier cosa menos bueno. Al final, le doy un suave toque con los nudillos.

Resulta extraño intentar llevarme bien con él cuando la mayoría de las veces sus comentarios van cargados de sarcasmo y desprecio.

Por suerte, me ahorro seguir con esa interacción incómoda porque enseguida le toca a Hart correr alrededor del círculo.

Con una leve sonrisa, lo veo quedarse rezagado detrás del número 31.

El resto del entrenamiento se parece bastante a lo que conozco.

Los entrenadores nos dividen en dos grupos y nos hacen practicar ejercicios de control del disco durante los siguientes cuarenta minutos.

Y, durante ese tiempo, recibo más invitaciones a fiestas que en todo el último año.

A todas respondo con evasivas, alegando que sigo recuperándome del virus estomacal.

—Deberías pillar una gastroenteritis más a menudo —comenta Hart cuando se coloca detrás de mí en la fila después de otra ronda de slalom entre conos y cambios de mano antes de disparar a puerta vacía.

Lo miro sin entender.

—¿Para quedarme más tiempo en casa haciéndote compañía, gruñón? —pregunto mientras jugueteo con el guante.

La carcajada que le sale me pilla tan desprevenido que el guante se me cae al hielo. No creo haberlo oído reír nunca. Desde luego, no conmigo; ni durante el proceso de selección para la liga ni en las entrevistas para las redes sociales. Hart es más bien de los que sonríen por educación.

—Bueno, en eso tendrás experiencia, ¿no? —replica. Al ver mi expresión de desconcierto, añade—: Por culpa del patético de tu hermano.

El comentario me revuelve el estómago. Me agacho para recoger el guante y aprovecho para recomponer el gesto. Solo dejo escapar un gruñido ambiguo. ¿Diría eso Nate? ¿Se burlaría de su hermano antisocial que nunca quiere salir?

Nunca le he pedido que se quedara encerrado conmigo, pero tampoco puedo negar que ha pasado muchos viernes por la noche a mi lado, sobre todo después de la lesión.

Mientras sigo dándole vueltas al asunto, Hart ya ha cambiado de tema.

—Me refería a tu revés —aclara cuando vuelvo a incorporarme—. Ha mejorado muchísimo. ¿Has estado entrenando a escondidas sin mí?

Me muerdo el interior de la mejilla para contener la sonrisa.

—Claro que sí —respondo por encima del hombro. Supero los obstáculos una vez más, rodeándolos con facilidad, cambio el disco del derecho al revés y lo envío a la portería vacía—. Con el pesado de mi hermano.

Mi bravuconería desaparece en cuanto llega el momento del partidillo de entrenamiento. Mi primer error resulta evidente de inmediato. Patino hacia mi posición habitual solo para descubrir que ya está ocupada.

—¿Vienes a quitarme el trabajo, Hoff? —bromea Baker con una sonrisa.

Y entonces caigo en la cuenta. Hacerme pasar por Nate significa que hoy me toca jugar de extremo derecho.

No debería ser tan complicado, ya que a lo largo de mi vida he jugado en todas las posiciones de ataque.

Pero el simple hecho de pensarlo me llena la cabeza de dudas y durante los minutos siguientes empiezo a cuestionarme cada movimiento que hago sobre el hielo.

Puede que los ejercicios me hayan resultado sencillos, pero ahora soy dolorosamente consciente de que los patines de Nate me rozan los talones y me aprietan los dedos de los pies de una forma incómoda, y de que su palo no tiene la flexibilidad a la que estoy acostumbrado.

—¡Hoff! ¡Retrocede de una vez, muchacho!

Lanzo una mirada asesina al entrenador asistente que me grita desde la banda.

Con esa forma de ladrar órdenes a nuestros defensas durante los últimos minutos, me recuerda a un bulldog.

No tardo en darme cuenta de que la línea de Nate juega a un ritmo mucho más lento del que estoy acostumbrado.

Los Bats no son precisamente los patinadores más rápidos del mundo, pero construyen una especie de fortaleza sobre el hielo y juegan de forma muy compacta.

Mis defensas y yo tenemos un acuerdo tácito: no me meto en su zona hasta que sea absolutamente necesario, y a mí me funciona.

Saber que tengo una defensa sólida a mis espaldas me da mucha libertad para incorporarme al ataque.

Aquí no tanto.

Taylor me hace gestos airados por tercera vez en menos de dos minutos. Tengo ganas de recordarle cuáles son nuestros respectivos cometidos sobre el hielo, pero me callo. Al fin y al cabo, todavía no he marcado.

—¡Lo siento! —grito, intentando sonar arrepentido, aunque mantengo la barbilla alzada en un gesto desafiante.

Taylor me responde algo, pero lo ignoro.

En cuanto el disco toca mi palo, giro sobre mí mismo y acelero por el hielo.

Cuando veo que Hart ya me ha alcanzado, le envío un pase a la izquierda.

Espero que me la devuelva y provecho esos segundos para colocarme en una posición mejor de tiro, pero él decide resolver la jugada por su cuenta.

El disco sale disparado hacia el guante del portero, y me enfurezco.

—¿Qué pasa, que no ves? —le grito, irritado—. ¡Estaba solo!

Ganamos el partidillo gracias a un disparo afortunado de Baker. Tengo el ego bastante satisfecho porque la asistencia ha sido mía, pero, sobre todo, estoy agotado.

Es evidente que todo el sistema de juego está diseñado para Hart. Ya lo sabía después de las interminables horas viendo vídeos; ahora, sin embargo, me cae todavía peor.

Se supone que tengo que adaptarme sin rechistar y limitarme a darle pases, y si las cosas van a ser así, casi sería un alivio que los Rebels no me ficharan. No puedo imaginarme teniendo que aguantar a ese imbécil arrogante todos los días.

—Perdona. No quería gritarte —murmuro cuando nos reunimos al final del entrenamiento. Sí quería hacerlo. Pero, por desgracia para mí, Nate jamás le gritaría.

—No pasa nada —responde Hart, quitándole importancia con un gesto. Aun así, sus ojos azules me observan con cautela.

Aparto la mirada. Hay algo inquietante en cómo me mira, como si intentara radiografiarme, como si esos ojos azules pudieran atravesar capa tras capa hasta descubrir que me ocurre algo más serio que simplemente tener un mal día.

Cuando termina el entrenamiento espero la habitual charla sobre nuestros errores. En lugar de eso, el entrenador principal me da una palmada en la espalda al abandonar el hielo.

—Buena asistencia, Nate. Sigue así. —Ni una palabra sobre lo poco que he retrocedido ni sobre el caos que eso ha provocado en defensa.

Parpadeo y murmuro un «gracias» rápido mientras sigo al resto del equipo hacia los vestuarios.