La jugada cambiada Capítulo 6
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Capítulo 6

Cuando llego al pabellón de hielo de St. Bernard esa tarde, ya he hecho el calentamiento y tengo las mejillas enrojecidas de tanto correr de un lado para otro por el campus.

A diferencia de Bonham Tech, que se alza en pleno centro de la ciudad con sus modernos edificios de cristal y acero, el campus de St. Bernard se extiende desde las orillas del lago Champlain hasta las afueras de Bonham por un lado y hasta el bosque por el otro.

Está salpicado de enormes edificios de piedra que me recuerdan a las universidades centenarias de Europa, con sus fachadas ornamentadas y sus interminables escalinatas.

A veces casi espero ver a los estudiantes sacar varitas mágicas de debajo de sus elegantes jerséis y abrigos de lana.

Los senderos están flanqueados por robles y abedules, y las hojas caídas crujen bajo nuestros pies cuando caminamos de una clase a otra.

Hasta ahora solo había estado en la residencia de Nate y en la pista de hockey, así que recorrer el campus ha sido toda una aventura.

Los edificios no están numerados ni asociados a facultades concretas, en lugar de eso tienen nombres pomposos como Salón Hemingway o Residencia Dickens.

Aquí me siento tan perdido como en las clases de Nate, donde un profesor corpulento enfundado en una chaqueta de tweed se ha pasado toda la sesión divagando sobre sintaxis y estructura oracional.

Mi estómago protesta con un rugido cuando empujo las pesadas puertas de cristal de la pista.

Solo he sido capaz de comerme la mitad de los fideos que me trajo Hart, alegando problemas de estómago, pero mis intestinos deben de haber sufrido daños irreparables por culpa de aquella salsa picante.

A diferencia de Nate, yo no tolero bien el picante, por eso suelo evitar la comida asiática y nunca me he molestado en aprender a usar palillos.

Por suerte, Hart estaba tan concentrado en el móvil y en su jueguecito de adivinar palabras que apenas se fijó en mis dificultades durante la comida.

Jadeando, echo a correr por el amplio pasillo y paso junto a una enorme vitrina donde se exhiben todos los trofeos que los Bats han ganado a lo largo de las últimas décadas.

El programa de hockey sobre hielo de la universidad sigue gozando de una reputación excelente, aunque sus años de mayor gloria ya quedaron atrás.

Llegaron a conquistar el Frozen Four tres temporadas consecutivas antes de que Kip McCoy y sus compañeros de Bonham Tech pusieran fin a la racha.

Desde entonces, ni los Badgers ni los Bats han vuelto a levantar ese trofeo.

El móvil vibra en mi bolsillo y me detengo en seco en mitad del pasillo, sin tener claro si debo girar a la izquierda o a la derecha. Siempre he entrado en este estadio por la zona reservada al equipo visitante. Es mucho más grande de lo que imaginaba.

Puede que las instalaciones no sean tan modernas como las nuestras, pero están llenas de pequeños detalles que delatan años de tradición y dinero.

Decido ir hacia la derecha y, al mismo tiempo, saco el móvil de Nate del bolsillo.

Todavía me resulta extraño encontrarme con esa pantalla de bloqueo desconocida y ver mi propio nombre en los mensajes sin leer.

Intercambiar los teléfonos era lo más lógico para que este plan absurdo funcionara, pero no me entusiasma precisamente la idea de que mi hermano gemelo tenga acceso libre a mis mensajes y a mis contactos.

No tenemos muchos secretos, y quizá precisamente por eso soy tan celoso de las pocas cosas que sí me guardo para mí.

Durante un instante me planteo ignorar los mensajes, ya llego tarde, pero también estoy desesperado por conseguir la solución al estúpido acertijo de cinco letras con el que Hart y mi hermano parecen estar obsesionados.

Hasta hoy ni siquiera sabía qué demonios era un Wordle y mucho menos que Nate lo hacía todos los días.

Vamos, es súper fácil.

¡Te doy una pista!

¿Qué letras tienes ya?

Me quedo mirando la pantalla durante unos segundos, completamente desconcertado.

La palabra, Nate

¡No me envíes mi nombre por mensaje!

¿Y si alguien está mirando por encima de tu hombro?

¡NECESITO LA MALFRITA PALAbrA!

*MALFITA

—¡Aaah!

*MALDITA

La última palabra la grito de verdad al móvil cuando justo entonces se abre una puerta al final del pasillo y aparece la cabeza de Hart. Sus ojos se abren de una forma casi cómica al verme, y después, sus labios se curvan en una media sonrisa.

—No sé de quién estás hablando, pero podemos ponerla verde juntos después del entrenamiento, si quieres —bromea mientras corro hacia él, demasiado aliviado por haber encontrado una salida a este laberinto como para responder.

Además, las mejores réplicas siempre se me ocurren unas dos semanas tarde.

Cruzo la puerta y paso a su lado, aunque no resulta fácil esquivarlo, ya que Hart lleva una enorme bolsa colgada del hombro y ya va completamente equipado.

El tipo es un gigante, mucho más alto que la mayoría de los jugadores.

Es una de las muchas cosas que me sacan de quicio de él: literalmente puede mirarme por encima del hombro cada vez que discutimos.

Por norma general intentamos reducir nuestras interacciones al mínimo, algo que se ha vuelto bastante más complicado durante las últimas doce horas, pero sobre el hielo, todo puede pasar.

Cualquier respeto que pudiéramos habernos tenido desapareció después de aquella maldita entrevista al final del primer año.

—¿Por qué has tardado tanto? —pregunta Hart mientras me sigue hasta el vestuario. Yo avanzo con torpeza, chocando puños aquí y allá mientras fuerzo una sonrisa alegre.

—Ey, tío.

—¿Qué tal, colega?

—¡Bro!

Me da una vergüenza ajena terrible, aunque procuro que no se note. Escucho a Nate hablar así todos los días, pero esas palabras suenan ridículas cuando salen de mi boca.

—La clase se ha alargado más de la cuenta —murmuro a modo de explicación mientras miro a mi alrededor intentando averiguar cuál es la taquilla de Nate.

Ni siquiera se me ocurrió preguntárselo.

Sin querer, Hart vuelve a salvarme cuando se sienta en el banco para ponerse los patines y señala el hueco libre que tiene al lado.

Me acerco, dejo la bolsa en el suelo y me quedo pensativo.

Nate ni siquiera se molestó en darme la combinación del candado. Como hemos pasado media vida compartiendo vestuarios, introduzco automáticamente los números de su fecha de nacimiento.

La puerta no se mueve.

Frunzo el ceño y vuelvo a comprobarlos: 1116.

Nada.

Por un momento llego a dudar de mí mismo, como si hubiera olvidado el cumpleaños de mi propio gemelo. Pruebo al revés: 1611.

Sigue sin abrirse.

Una oleada de pánico me recorre el cuerpo. ¿Cómo se le ocurre cambiar la maldita combinación del candado después de llevar toda la vida usando la misma?

Esto ha sido una idea estúpida. ¡Una idea rematadamente estúpida!

La última vez que hicimos algo así vivíamos bajo el mismo techo, no tuve que adivinar cuál era su taquilla ni fingir que sabía quiénes eran sus amigos. Tampoco me perdí por el colegio porque compartíamos las mismas clases.

Vuelvo a sacar el móvil.

CONTRASEÑA

Tecleo la palabra con dedos temblorosos mientras el estrés me atenaza el estómago.

Hart me observa con desconfianza.

—¿Todo bien? —pregunta, entornando esos intensos ojos azules que parecen sospechar de todo mientras asiento.

—Sí, sí. Es que... se me ha olvidado la combinación —improviso. Intento soltar una risa despreocupada, del estilo de las que utiliza Nate cuando olvida una fecha de entrega o una cita, pero lo que sale de mi boca suena agudo y ligeramente histérico.

Hart arquea una ceja y levanta una mano, como si quisiera comprobar si tengo fiebre, y yo retrocedo por puro reflejo.

—¿Has olvidado el cumpleaños de tu hermano? —pregunta con evidente escepticismo, y poco a poco baja la mano que había quedado suspendida entre los dos.

—¡Claro que no! Relajo apenas la mandíbula. Mis dedos giran el último número del seis al siete y la puerta de la taquilla se abre de golpe.

***

Los Bats ya han empezado los estiramientos cuando salgo torpemente al hielo. Me preparo para una buena bronca por llegar tarde, pero lo único que recibo es una mirada severa de uno de los entrenadores asistentes antes de que me indique que me una al grupo.

Por costumbre, me coloco un poco apartado de los demás, y solo me doy cuenta de mi error cuando Hart se gira y me lanza una mirada extrañada por encima del hombro.

Está claro que Nate jamás elegiría estirar en silencio cuando tiene la posibilidad de convertirse en el centro de atención, pero ahora mismo no me apetece.

Finjo estar demasiado concentrado para responder al pequeño gesto de saludo de Hart y dedico toda mi atención a la rodilla lesionada.

Esperaba que el entrenamiento fuera más o menos igual que en Bonham Tech, sin embargo, cuando terminan los estiramientos, los jugadores se deslizan tranquilamente hacia el centro de la pista mientras charlan entre ellos y forman un círculo.

Los sigo con cierta reticencia, y esta vez procuro quedarme cerca de Hart; es el único jugador al que reconozco sin necesidad de leer el número de la espalda.

Cuando todos encuentran sitio, se sientan.

Intento disimular mi desconcierto, pero aun así soy el último en hacerlo.

Miro hacia los entrenadores, y veo que están ocupados hablando entre ellos.

En nuestro equipo, salvo que alguien se desmaye o empiece a vomitar, Kovachev jamás permitiría que nos quedáramos sentados sin hacer nada en mitad de un entrenamiento.

Uno de mis nuevos compañeros se pone en pie y empieza a patinar alrededor del círculo. No encajo las piezas hasta que me golpea suavemente en la cabeza y grita:

«¡GANSO!».