Capítulo 5
El martes por la mañana me despierta la alarma.
Me extraña, porque normalmente el móvil de Nate suena media hora antes que el mío.
Lo habitual es oírlo levantarse, arreglarse el pelo, probarse al menos dos conjuntos distintos y recorrer varias veces el camino entre nuestra habitación y el baño.
Solo me digno a salir de la cama cuando él termina toda esa rutina.
¿Esta mañana? Nada de eso.
Anoche, cuando volví de entrenar, había un bulto roncando plácidamente bajo la manta de Nate, así que decidí no molestarlo.
Lo mejor era que durmiera y terminara de recuperarse de la resaca.
Pero ahora que también se ha quedado dormido esta mañana, empiezo a pensar que quizá no fuera solo una resaca.
Entrecierro los ojos y apago la alarma que sigue sonando. Lanzo una mirada a la forma inmóvil bajo las mantas.
—¿Estás despierto? —grazno hacia el otro lado de la habitación mientras me doy la vuelta y me quedo boca arriba. Por mucho que me saque de quicio la rutina matutina de Nate, despertarme de golpe y con el tiempo justo tampoco tiene ninguna gracia. La única respuesta que recibo es un leve gruñido.
—¿Te encuentras mejor? —pregunto cuando estoy fuera de la cama, deteniéndome junto a las estanterías que dividen la habitación en dos espacios.
—... Sí. Estoy bien —La respuesta llega amortiguada.
Suelto un suspiro de alivio. Si hubiera seguido vomitando un día más, las cosas podrían haberse complicado de cara al partido del sábado.
Cuando salgo del baño, encuentro a mi mejor amigo apoyado en la encimera de la cocina, saboreando una taza de café con una calma impropia de él. Tiene un aspecto... raro.
El pelo sigue cayéndole sobre la frente y lleva gafas en lugar de lentillas.
Tampoco va vestido como de costumbre. En lugar de sus habituales conjuntos impecables, lleva un jersey gris y unos pantalones de chándal oscuros.
Normalmente no se pondría algo así fuera del gimnasio ni muerto, así que lo más probable es que todavía no se haya recuperado del todo.
—Si sigues encontrándote mal, puedo sustituirte otra vez —le ofrezco. La idea no me entusiasma demasiado. No soy supersticioso, pero sí creo que no conviene tocar algo que funciona. Y menos cuando ese algo ha ganado tres partidos seguidos nada más empezar la temporada.
Levanto una mano para comprobar si tiene fiebre, pero Nate se echa hacia atrás para esquivarme.
Me mira como si acabara de darle un puñetazo.
Parpadeo, todavía con la mano en el aire.
—¿Seguro que estás bien? —pregunto de nuevo mientras bajo el brazo despacio. Se comporta de una forma extrañísima, y si no lo conociera, pensaría que sigue borracho.
—Estoy bien —responde de malos modos. Su expresión se vuelve todavía más hosca. Alcanza la taza de café, pasa por mi lado y vuelve a refugiarse en la habitación.
Yo me quedo donde estoy, preguntándome qué demonios he hecho mal, pero al final me limito a negar con la cabeza y seguir con mi mañana.
***
Estoy en Wok’s. Quieres algo?
Te he pillado lo de siempre. Te espero abajo.
El profesor Fiore te está reteniendo otra vez, no?
Vuelvo a revisar los mensajes, pero Nate sigue sin responder.
Sé que sus clases suelen alargarse más de la cuenta, así que normalmente me lo encuentro de camino al comedor.
Un par de compañeros suyos pasan junto a mí y me pregunto si se me habrá escapado al salir del aula.
Me lanzan miradas furtivas. La mayoría sigue caminando, pero dos chicos se quedan mirándome más de la cuenta.
Doy un paso atrás hasta apoyar la espalda contra la pared para dejarles paso, pero se detienen en mitad del pasillo.
—Mirad, si es el «cupo de diversidad» —se burla el más alto.
Me estremezco apenas mientras reprimo el impulso de girarme hacia ellos.
Quieren provocarme.
En los tres años que han pasado desde aquella entrevista, los ataques no han desaparecido.
He recibido mucho apoyo, especialmente dentro de la Alianza LGBTQIA+, pero también hay gente que me odia con auténtica pasión y se asegura de que lo sepa.
Apodos como ese son una de sus formas favoritas de recordármelo.
—Eh, ¿ser gay te ha vuelto sordo? —añade uno de ellos entre risitas.
Aprieto los dientes, aunque consigo mantener la voz firme.
—¿En serio? ¿Eso es lo mejor que se os ocurre?
Algunos de los miembros más extrovertidos de la Alianza les habrían soltado una réplica brillante. Algo sobre que ellos quizá no sean gays, pero sí imbéciles, o algo bastante más ingenioso, pero a mí nunca se me ha dado bien eso.
Como presidente de la Alianza LGBTQIA+ de Bonham College, no solo tengo la responsabilidad de dar ejemplo, aunque eso implique responder con educación a los insultos.
Tampoco puedo permitirme que una mala contestación, o un vídeo sacado de contexto, acabe circulando por las redes y llegue a oídos de los Rebels.
Una sola interacción desafortunada podría salir muy cara.
Con un suspiro, vuelvo a actualizar la aplicación. Sigo sin noticias de Nate.
¡Te guardo sitio donde siempre!
Guardo el móvil en el bolsillo y me dirijo a la terraza del comedor universitario.
Varios de mis compañeros de equipo ya están sentados alrededor de una mesa.
Estiro el cuello para mirar a mi alrededor, pero no hay ni rastro de Nate, así que me uno a ellos.
Me dejo caer en una silla libre y dejo sobre la mesa la bolsa de plástico con los dos recipientes de comida para llevar.
Seguro que simplemente llega tarde y no está otra vez inclinado sobre el váter ni nada parecido.
Me habría avisado si hubiera vuelto a ponerse malo.
—Eh, ¿todo bien con Nate? —pregunta Baker, nuestro extremo izquierdo, dando voz a los pensamientos que me rondan la cabeza.
Me encojo de hombros, aunque tengo que contener las ganas de mirar el móvil otra vez.
—¿Por qué lo dices?
—No sé. Es que ni siquiera me ha saludado cuando me he cruzado con él hace un rato. Y tenía muy mala cara —comenta Baker mientras picotea una pizza a medio terminar.
—Está bien —insisto, intentando convencer tanto a mis compañeros como a mí mismo. Varios de ellos han dejado de comer para escuchar la conversación.
Baker levanta las manos. En una de ellas sostiene una porción de pizza y un trozo de piña sale despedido con el gesto.
—Solamente preguntaba. Al fin y al cabo, jugamos contra los Grizzlies el sábado.
Suspiro y asiento. Como si cualquiera de nosotros pudiera olvidar el partido que nos espera. Y, después de verlo esta mañana, empiezo a compartir la preocupación de Baker.
—Oye, Hart, ¿los osos grizzlies no son precisamente tu tipo? —interviene Hill, nuestro capitán, acompañando la pregunta con un gesto de beso.
—¿Eh? ¿Y eso qué significa? —pregunta uno de los defensas novatos.
Hill se limita a sonreír y hace un gesto despreocupado con la mano.
—Es una cosa gay.
La carcajada se me escapa antes de que pueda evitarlo, igual que a varios de los demás. Baker, por su parte, se lleva teatralmente una mano al pecho como si sujetara un collar de perlas invisible.
—¿Hart es gay? ¡Ay, Dios mío! ¡Jamás me lo habría imaginado! Ojalá hubiera existido algún tipo de entrevista sobre el tema.
Me echo a reír y hago una bola con la servilleta para lanzársela. Sí, aquel desastre sigue persiguiéndome, pero agradezco lo fácil que le resulta a mi equipo rebajar la tensión.
—Los osos sí, pero los grizzlies quizá se me queden un poco grandes —responde Baker a la pregunta inicial de Hill, provocando una nueva ronda de risas y comentarios burlones.
Cuando ambos se levantan para empujarse y fingir una llave de lucha libre, me doy cuenta de que Nate observa el espectáculo desde una distancia prudencial.
—Eh, Nate, ¿tú qué opinas de los osos? ¿Crees que tendría alguna oportunidad contra uno? —le pregunto con una sonrisa mientras le hago señas para que se acerque.
—Eh... ¿Qué? —murmura Nate al sentarse, todavía con el ceño fruncido.
Nuestro buen humor parece no tener efecto sobre él. Ni siquiera cambia de expresión cuando le acerco el recipiente de fideos picantes. Intento no desanimarme y le ofrezco los palillos.
—Nada, que ha surgido un importante debate filosófico a raíz de los Grizzlies, ya sabes.
—Ya —dice Nate, vacilando un instante antes de agarrar los palillos—. Qué gracioso. —Su tono sugiere exactamente lo contrario y mientras separa los palillos, dirige la mirada hacia Baker, que sigue revoloteando a nuestro alrededor sin decidirse a marcharse.
Lentamente, Nate arquea sus cejas rubias.
—¿Sí?
—Yo..., eh... Nada, tío. Solo quería saber si estabas bien.
—Baker se encoge de hombros—. Tenemos un partido importante el sábado y necesitamos que estés al cien por cien.
Si te da por vomitar en mitad del hielo, nos van a machacar —concluye Baker con una muestra de apoyo tan torpe como sincera, y aprovecha para retirarse de la conversación.
—Vamos a darles una buena paliza a esos ositos de peluche —añado, guiñándole un ojo para seguirle la broma. Funciona y los demás se alejan entre risas.
Por suerte, tengo la próxima hora libre.
Es un alivio no tener clase. Mientras Nate come un par de bocados, saco el móvil.
Todavía tengo pendiente lo del patrocinio y también varios mensajes en el chat de la Alianza, pero antes hay algo más importante, algo a lo que llevo toda la mañana dándole vueltas.
—No sé si hoy voy a ser capaz de resolverlo —suspiro mientras observo el rompecabezas en la pantalla. Mi cerebro sigue sin encontrarle ningún sentido a esos cinco cuadraditos, dos de ellos amarillos—. Solo me quedan dos intentos y apenas tengo una «l» y una «f».
Hago una mueca mientras repaso mentalmente algunas posibilidades, pero al final dejo el móvil sobre la mesa y entonces me doy cuenta de que Nate me está mirando como si hubiera perdido la cabeza.
—¿Qué? Ah, no me digas que ya lo has resuelto y que la palabra era facilísima otra vez. Sabía que tendría que haberla adivinado —gimo.
Nate es el campeón indiscutible del Wordle. Nunca entenderé cómo consigue sacar esas palabras tan rápido. Es como si viera una letra en el sitio correcto y, de repente, todo encajara.
—Eh... no —murmura antes de volver a clavar los palillos en los fideos.
—¿Están malos? —pregunto después de verlo enrollar los mismos dos fideos durante casi un minuto entero, tiempo durante el cual yo desperdicio otro intento de adivinar la palabra—. ¿O es el estómago otra vez?
—¡Estoy bien! —insiste Nate sin mirarme. Quizá esté mucho más nervioso por el partido del sábado de lo que quiere admitir—. Solo están... un poco picantes.
—¿Picantes? —repito. Estamos hablando del mismo tipo que pide guindillas enteras en la pizza—. Mmm... Vale. Quiero decir, podemos cambiarnos los platos.
Empujo hacia él mi recipiente, todavía medio lleno, de arroz frito con gambas. Nate me dedica una breve mirada antes de negar con la cabeza.
—Eh, no... Está bien.
No termino de creerle, pero sigue comiendo, así que decido no insistir. Yo, por mi parte, vuelvo a fallar otra vez y termino guardándome el móvil en el bolsillo.
Le lanzo varias miradas a Nate, pero después me obligo a parar antes de que empiece a resultar raro.
Está muy callado hoy. Demasiado callado.
Normalmente es imposible hacer que se calle.
Supongo que por eso no he parado de hablar, para llenar el silencio.
Pero, la verdad... No está tan mal. Ahora que he dejado de hablar, el silencio resulta incluso agradable.