Capítulo 4
Estoy tan enfadado que, horas después, todavía me tiemblan las manos cuando saco la llave del contacto.
No tengo ni idea de cómo he conseguido sobrevivir a todas las clases de la tarde y llegar hasta la pista de hielo.
No paro de darle vueltas a la discusión con Nate, repasando una y otra vez cada palabra que dijo.
Por supuesto, ahora se me ocurren todas las respuestas correctas.
Siempre pasa igual cuando discutimos: él habla y yo me quedo rumiándolo todo después, porque he dejado escapar todas las oportunidades de decir lo que realmente pensaba.
La frustración me persigue hasta la pista como un nubarrón oscuro.
Incluso los murales que muestran a los campeones de los Frozen Four parecen burlarse de mí hoy.
Los campeones de años anteriores están inmortalizados en las paredes para inspirar a las nuevas generaciones, pero cuando mi mirada se cruza con los brillantes ojos azules de Kip McCoy, lo único que me apetece es darle un puñetazo a su nariz pintada.
El trofeo que sostiene entre las manos nunca me ha parecido tan inalcanzable.
Cuando entro en el vestuario, me recibe el bullicio habitual de una veintena de jugadores universitarios de hockey entre risas y conversaciones.
Recibo algunos saludos con la cabeza y varios puños para chocar, pero me perdí tantas horas de entrenamiento la temporada pasada que algunos de mis compañeros todavía parecen sorprendidos de verme de vuelta.
Me dirijo a mi taquilla, en el rincón más alejado, dejo la bolsa de deporte sobre el banco y me siento para empezar a cambiarme.
Soy consciente de las miradas que me siguen, pero intento ignorarlas.
Las llevo recibiendo desde el mismo día en que regresé a los entrenamientos.
Una mezcla incómoda de lástima y curiosidad.
El banco cruje cuando otro jugador se deja caer a mi lado y levanto la vista de los patines que me estoy atando. Eric De Andre me está agitando el móvil delante de la cara.
—¿Qué te parece la noticia? —pregunta. Tiene el ceño fruncido, pero durante un instante me parece ver cómo se le levantan las comisuras de los labios.
—¿Qué noticia? —pregunto mientras me recoloco los calcetines.
He evitado a De Andre todo lo posible durante las últimas semanas, así que el simple hecho de que haya venido a sentarse conmigo ya me resulta incómodo.
Sé que nada de esto es culpa suya, pero sigue doliéndome verlo ocupando mi sitio en la alineación.
—¿Lo del traspaso? —pregunta, inclinando la cabeza. Las comisuras vuelven a moverse y esta vez estoy seguro de no haberlo imaginado. Hay un destello de satisfacción en aquella media sonrisa que me revuelve el estómago.
—¿Qué traspaso? —repito. Las palmas de las manos se me han llenado de sudor, así que me las limpio en los pantalones antes de ponerme en pie.
—¿Todavía no te has enterado? Joder, Hoff, no quería ser yo quien te fastidiara el día.
De repente soy consciente del silencio que se ha instalado en el vestuario y de que todos nos están mirando.
—No seas cabrón —murmura Kristiansson. Apenas lo oigo por encima del estruendo de mis propios latidos.
Intento disimular los nervios mientras abro la taquilla y busco el móvil a toda prisa.
Necesito dos intentos para desbloquear la pantalla y abro la aplicación de noticias de hockey.
El titular aparece el primero de la lista: Se espera que Jacques Autin, extremo izquierdo de los Devils, se incorpore a los Rebels en un acuerdo para un traspaso de dos por uno.
Cierro los ojos un segundo e inspiro hondo, pero no sirve de nada. Las palabras siguen grabadas detrás de mis párpados. Los Rebels están negociando la llegada de un nuevo extremo. Un nuevo extremo izquierdo.
—No tiene por qué significar nada —dice Zollweg en voz baja cuando se detiene junto a mi taquilla, mientras el resto del equipo pasa a nuestro lado camino de la salida. Algunos me dedican miradas de compasión, pero la mayoría mantiene la vista fija al frente mientras se alejan arrastrando los pies.
—Ya lo sé —respondo con voz ronca. Los dedos me tiemblan cuando guardo el móvil. Ni siquiera me molesto en cerrar la taquilla con candado. Me limito a dar un portazo.
Claro que no tiene por qué significar nada. Este tipo de intercambios ocurren constantemente y todavía me queda toda una temporada por delante antes de que se decida mi futuro en la liga. Pero me resulta imposible no ver la conexión entre mi lesión y mi reciente caída a la cuarta línea.
Puede que todavía me quede una temporada entera. Pero los Rebels ya están buscando a mi sustituto.
***
—¡Nooo! ¡Hoff! ¿Pero qué clase de pase ha sido ese?
Miro a mi compañero de línea dos veces mientras rodeo la portería.
Aldridge acaba de desperdiciar por tercera vez consecutiva un pase mío y, aun así, parece convencido de que la culpa es mía por no estar marcando.
Para ser estudiante de segundo, el chico tiene bastante carácter, lo que tampoco facilita precisamente darle buenas asistencias.
—Sabes que tú también tienes que poner algo de tu parte, ¿no?
Quedarte quieto y poner cara bonita no va a hacer que el disco entre solo en la portería —me quejo mientras vuelvo patinando hacia él para detenerme en seco.
Al frenar, descargo el peso de la pierna lesionada.
Desde que volví a entrenar, me cuesta saber si me duele realmente la rodilla o no.
Durante la temporada, el cuerpo de un jugador de hockey acaba convirtiéndose en un enorme moratón andante, todo duele.
—¡Pues tú tampoco puedes hacer lo que te dé la gana!
¡Tienes que adaptarte a Jacob y a mí! ¡Nunca estás donde te necesito!
—me reprocha Aldridge mientras señala alternativamente a Dunn y a sí mismo con una mano enguantada.
Dunn, que durante todo el partido de entrenamiento no ha hecho más que subir y bajar por la banda derecha, levanta ambas manos en señal de inocencia.
—Tú tampoco estás nunca donde te necesito yo —replico.
La verdad es que mis palabras suenan poco convincentes, porque una parte de mí sospecha que Aldridge tiene razón.
No estoy donde debería. Jugar por la izquierda se ha convertido en perseguir el fantasma de mis temporadas anteriores: siempre llego uno o dos segundos tarde, siempre me falta un poco de potencia en las piernas.
Y eso sin contar que sigo pensando en la noticia.
Durante los últimos noventa minutos no he hecho más que darle vueltas al maldito titular, intentando convencerme de que no significa que el acuerdo esté cerrado, de que quizá solo sean especulaciones.
He repasado mentalmente las estadísticas de Autin una y otra vez, intentando averiguar si estoy a su altura.
Es un juego estúpido que lo único que me aporta son ocasiones desperdiciadas y pases descuidados.
Y, cada vez que ocurre, noto los ojos de De Andre clavados en mí.
Vuelve a pasar cuando nos colocamos para el siguiente saque. Miller gana el disco con tanta facilidad que incluso me dedica una mirada de desconcierto antes de pasármelo. Las mejillas me arden de vergüenza mientras añado mentalmente otro error más a la larga lista de desastres del día.
Me quedo a propósito después de que el entrenador haga sonar el silbato para dar por terminada la sesión. Algunos compañeros se quedan practicando pases, pero cuando intento ponerme en la fila junto a Dunn, el entrenador me indica con un gesto que me marche.
—No necesitas practicar los pases —me dice. Aprieto los dientes. Porque, sí, técnicamente sé que no necesito más ejercicios de pase. Lo que ocurre es que tampoco tengo ni idea de qué necesito hacer para volver a ser el jugador que era antes.
—¿Vas a venir a mi partido el sábado? —pregunta Milo, que salta de las gradas, donde ha pasado las últimas dos horas fingiendo que hacía los deberes. Durante el partido de entrenamiento lo he visto sosteniendo el libro de Matemáticas del revés, así que dudo mucho que haya avanzado gran cosa.
—No sé... ¿Seguro que es día de partido? —pregunto fingiendo que intento acordarme mientras recojo los conos con el palo, y se los paso al niño que los acepta encantado.
—Nooo. Tú juegas el viernes —me corrige al instante, lo que me hace reprimir una sonrisa.
—¿Ah, sí? —bromeo, esforzándome por dibujar una sonrisa en los labios.
Si es que llego a pisar el hielo , susurra una vocecilla maliciosa en el fondo de mi cabeza.
—Sí —confirma muy serio, y un segundo después me mira haciendo un puchero—. Me parece fatal que ya no vengas a nuestros entrenamientos.
El cambio de humor es tan brusco que me pilla desprevenido. Sacudo la cabeza.
Mientras mis compañeros disfrutaban de las vacaciones de verano con sus familias, yo acepté la oferta del entrenador para ayudar en el campus local de hockey.
La idea era simplemente disponer de unas horas extra sobre el hielo por las tardes, pero ahora que ha terminado, casi echo de menos a los niños.
A esa edad resulta facilísimo impresionarlos con un par de trucos, y ninguno se quejaba de cómo jugaba.
Ojalá pudiera volver uno o dos meses atrás.
A aquellos días de verano llenos de esperanza.
—Lo haría, pero no creo que a tu padre le hiciera mucha gracia si eso significa que falto a mi propio entrenamiento —me río antes de revolverle el pelo rubio—. Pero guárdame un sitio para el sábado.
Me despido de Milo y me dirijo al vestuario a grandes zancadas.
A pesar de la noticia sobre los planes de los Rebels, ese breve intercambio consigue arrancarme una pequeña sonrisa.
Seguro que podría convencer a Linden y a Olli para que vinieran conmigo al partido y animaran a Milo.
Por lo que vi durante el campus de verano, no parece tener muchos amigos y...
—Sinceramente, creo que a estas alturas estaríamos mejor sin él.
Me quedo clavado en el sitio al oír la voz arrogante de Aldridge. Solo he escuchado el final de la conversación, pero sé al instante que están hablando de mí.
Se me encogen los hombros, inmóvil en el pasillo, y, de repente, soy dolorosamente consciente del sudor que me corre por la espalda y la frente.
—Quiero decir, no es culpa suya lo de la rodilla, pero ya no juega igual, ¿sabes?
Si no, ¿por qué iban los Rebels a negociar por Autin?
—continúa Aldridge. Estoy apenas a unos pasos de la entrada del vestuario, y la puerta está entreabierta, lo justo para ver su pálido culo mientras se seca con una toalla como si no tuviera una sola preocupación en el mundo.
Mantengo la vista fija en los granos que le salpican la espalda mientras intento controlar la respiración.
Nate sabría exactamente qué decir, él siempre lo sabe.
Le recordaría a Aldridge todas sus propias carencias: que se niega a bajar a defender a pesar de jugar de centro o que se pasa los partidos protestando cada decisión arbitral.
Pero yo tengo la boca seca, la lengua hecha un nudo, al igual que estómago. Y me quedo allí inmóvil.
Ojalá pudiera desaparecer ahora mismo y no volver a oír una sola palabra más de su boca.
No, ojalá tuviera el valor de abalanzarme sobre él y empotrarlo contra la pared.
De plantarme delante de él y exigirle que repitiera todo aquello a la cara.
Quiero preguntarle qué ha hecho él por este equipo en la única temporada que ha jugado hasta ahora.
Cuántas veces ha acabado apaleado después de un partido.
A cuántos encuentros ha asistido apoyado en unas muletas, mirando impotente desde las gradas.
La sangre me hierve de rabia y tengo la mandíbula tan apretada que me duele.
Espero que alguno de mis compañeros me descubra allí plantado.
Que alguien se levante y diga algo. Lo que sea.
Pero no escucho más que murmullos apagados que podrían significar aprobación o desacuerdo, y de fondo suenan portazos de taquillas y el agua de las duchas.
Aldridge sigue hablando, pero yo ya no lo escucho.
Los oídos se me llenan de un ruido blanco mientras me alejo sin que nadie me vea.
Todo mi cuerpo me pide volver al hielo, que patine hasta que me ardan los pulmones, hasta que el sudor me escueza en los ojos, pero no puedo enfrentarme al resto del equipo. No puedo mirar a Zollweg y a Kristiansson sin preguntarme si ellos también piensan lo mismo: si creen que están mejor sin mí.
Camino sin rumbo por el túnel y abro al azar la siguiente puerta que encuentro.
El almacén está completamente a oscuras. Me recibe el olor húmedo de las fregonas y el polvo acumulado en las estanterías y me abro paso entre equipamiento abandonado.
La compañía es apropiada: yo también me siento roto y prescindible.
Apoyo la cabeza contra la pared e intento no pensar que este es el peor momento de mi vida.
No lo fue en el hospital, escuchando al médico explicar los resultados de la resonancia.
Ni cuando veía desde la grada cómo destrozaban a mi equipo mientras me aferraba a las muletas.
Ni siquiera cuando me pasaba horas actualizando la bandeja de entrada con la absurda esperanza de recibir un mensaje de los Rebels.
No. Es ahora: escondido en un cuarto que huele a humedad mientras escucho pasar a mis compañeros hablando de cenas y fiestas de fraternidad.
***
Cuando por fin reúno el valor para volver al vestuario, mi ropa está empapada de sudor frío. Ya no me da tiempo a ducharme si quiero evitar cruzarme con el entrenador, así que me quito la camiseta y las protecciones con manos temblorosas.
Mi coche es el último que queda en el aparcamiento. Me espera bajo la luz amarillenta de una farola. Nunca he sido especialmente cercano a mis compañeros de equipo, pero aun así me escuecen los ojos cuando desbloqueo el móvil y descubro que no tengo ni un solo mensaje.
Apoyo la frente contra el volante frío, y durante unos segundos me concentro únicamente en respirar. Inspiro durante cinco segundos, mantengo el aire cinco segundos más y luego exhalo despacio. Como si estuviera intentando recuperarme de un golpe especialmente duro sobre el hielo.
No funciona.
Esto no es un dolor agudo, reciente, como el de una costilla magullada. Es algo distinto. Un dolor sordo que nace en el estómago y se extiende poco a poco por todo el cuerpo.
Cuando encuentro el móvil, marco el único número que sé de memoria.
Nate tarda menos de tres segundos en responder, su voz suena suave, como si ya supiera lo que voy a decir.
—¿Nicko?
—Lo haré.