Capítulo 3 #2
—¡Pero tengo que jugar! —gime mientras se retuerce bajo la manta hasta quedar tumbado de lado, de cara a mí—. El entrenador dijo que habría gente de los Pioneers observando el próximo partido. Quieren verme jugar.
Por eso ha conseguido que dejara la comida a medias para venir a verlo: bombardeándome el móvil con mensajes histéricos.
Me molesta que no me hubiera mencionado antes lo de los ojeadores.
No quiero que me oculte sus éxitos. Ahora mismo Nate tiene muchas posibilidades de jugar profesionalmente el año que viene y yo...
Puede que no. Pero aun así quiero alegrarme por él, y quiero que sepa que me alegro.
Aunque también me dan ganas de poner mala cara, porque puede permitirse preocuparse por algo tan pasajero como un virus estomacal. No es como si fuera a acabar con su carrera.
—Lo que necesitas es descansar. ¿Qué otra cosa puedes hacer? ¿Vomitar sobre el hielo? Aunque eso sí que dejaría huella.
Mi hermano cierra los ojos durante un instante, como si así pudiera hacer desaparecer la realidad.
—Además, no es que no tengan otras formas de seguir tu progresión —continúo antes de que pueda protestar—. La temporada acaba de empezar. Todavía quedan muchísimos partidos para que te vean jugar.
—Eso es muy fácil de decir para ti —susurra Nate.
—¿Fácil para mí...? —Estoy a punto de saltar. Paso de cero a cien en un segundo porque tiene que estar de broma, pero me interrumpe antes de que pueda hablar.
—Sí, es fácil para ti decirlo, Nicko. Fuiste la séptima elección de los Rebels. Vas a ser tú quien firme un contrato cuando termine la universidad. ¡Para mí esta es la última oportunidad y necesito aprovechar cualquier ocasión para demostrar lo que valgo!
Nate se ha incorporado en la cama, y me mira fijamente con los ojos verdes muy abiertos. Por un instante veo cómo le tiembla el labio inferior antes de humedecérselo con la lengua.
—Pero has estado jugando genial desde la temporada pasada.
Un solo partido no va a cambiar eso —digo con calma, obligándome a contener la irritación.
Ya hemos tenido esta conversación antes.
Debería saberlo. Pero a veces los chistes constantes y la actitud fanfarrona de Nate consiguen engañarme incluso a mí y me hacen olvidar que se muerde las uñas y que muchas veces acaba con los ojos enrojecidos en plena temporada—.
Si los Pioneers no son capaces de verlo, peor para ellos.
—Eso lo dice todo el mundo, pero nadie se lo cree de verdad.
Quiero discutir. Quiero decirle que está equivocado, pero no me da oportunidad.
Se recuesta de nuevo contra la pared, con la manta subida hasta la barbilla, y continúa hablando:
—¡Y sabes que es verdad! Los Rebels son solo una opción para ti, pero no la única. Cualquier equipo querría ficharte, Nicko. Estás séptimo en la clasificación general del proceso de selección. Yo, en cambio, o consigo esto o tendré que intentar ganarme la vida con un título de Literatura.
Odio cuando mi hermano hace esto. Me pasa por encima con las palabras como una apisonadora. Ahora mismo estoy mareado por la mezcla de emociones. Tengo mil cosas que quiero decir. Pero, como siempre, todas esas palabras se pierden en algún punto entre mi cerebro y mi boca.
—Para mí no son solo una opción, ¡son la única!
—Me tiembla la voz por todo lo que estoy conteniendo, como las ganas de sacudirlo hasta hacerlo entrar en razón—.
Si no me fichan por motivos médicos, ¿qué más da el puesto en el que me eligieran?
Me colgarán la etiqueta de mercancía defectuosa y ningún otro equipo de la liga querrá saber nada de mí.
—Entonces te has rendido bastante rápido —resopla Nate, apartando la mirada con la barbilla levantada.
—¿Qué?
—Lo que has oído —espeta, pero a su voz le falta fuerza. Cuando vuelve a mirarme, sus ojos verdes están llenos de desesperación más que de rabia—. Llevas semanas quejándote porque te han mandado a la cuarta línea, pero no estás haciendo nada al respecto.
—¿Como qué? ¿Discutir con el entrenador?
¿O romperle una pierna a De Andre? —No es que no se me haya pasado por la cabeza.
Obviamente no lo digo en serio, pero de vez en cuando mis pensamientos se descontrolan.
De hecho, ayer fantaseé con romperle una pierna a Hart después de su estúpido comentario.
—Juega por mí.
—¿Qué has dicho?
—Eso. Que juegues por mí.
Esta vez lo oigo, pero definitivamente no entiendo qué intenta decirme.
Nate suspira como si yo fuera la persona más tonta del mundo antes de repetírmelo despacio y en voz muy alta:
—HE DICHO QUE JUEGUES POR MÍ.
—¿Al hockey?
—No, al Scrabble. ¡Pues claro que al hockey, genio!
—¿Y por qué iba a jugar por ti?
Mi hermano levanta las dos manos.
—Porque probablemente ninguno de los dos va a jugar con su equipo el sábado.
Tú porque ahora mismo estás relegado a la línea de los novatos y yo por razones obvias.
Yo necesito recordarles a los Pioneers que merezco la pena, y tú necesitas minutos sobre el hielo antes de que se te olvide cómo se patina.
—Espera. ¿Quieres que intercambiemos nuestros sitios?
«¿Alguna vez os habéis hecho pasar el uno por el otro?» es la pregunta que más nos hacen cuando alguien descubre que tengo un hermano gemelo, justo después de «¡Dios mío! ¿De verdad sois idénticos?» y «¿Puedes leerle la mente a tu gemelo?».
A Nate le encanta contar la historia de cuando tuvo que ponerse dos veces en la fila para la foto del colegio en infantil porque a mí me daba miedo el flash de la cámara.
Pero hace años que no hacemos nada parecido.
—Es una locura. Estás como una cabra —digo, porque ni siquiera necesito que responda—. Y, por cierto, la respuesta es no. ¡Por el amor de Dios, Nate!
—¿Por qué no?
Que tenga que preguntarlo me exaspera todavía más. Levanto las manos, imitando su gesto.
—¡Porque es una estupidez! No puedo jugar en otro equipo.
Seguro que va contra mil normas. ¿De verdad crees que sería capaz de hacer algo así?
Además, ni siquiera lo necesitas. Estarás fuera una semana, como mucho.
Siento no poder compadecerme demasiado de ti después de haber estado meses sin jugar.
—Hacer mi examen de Matemáticas también iba contra mil normas y aun así lo hiciste —me recuerda mi hermano.
Un escalofrío me recorre la espalda. Sí, supongo que no fue precisamente honesto, pero estábamos en secundaria.
—Ya no somos críos. No puedo creer que se te haya ocurrido siquiera. ¡Con la rodilla así podría empeorar las cosas para ti! ¡No me lo puedo creer!
Mi hermano es idiota. Pero, en lugar de discutir conmigo, se limita a encogerse de hombros.
—Vale. Pues quédate sentado en el banquillo.