La jugada cambiada Capítulo 3
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Capítulo 3

—¿No vas a contestar?

Miro mi comida con mal humor mientras Linden señala el móvil, que no deja de vibrar sobre la bandeja.

He conseguido ignorar magistralmente los mensajes de Nate durante toda la mañana. Tanto que, ahora mismo, ocupan media pantalla.

Tampoco es algo raro. Nate es adicto a los mensajes.

Cada vez que encuentra un vídeo gracioso de gatos, alguna noticia de hockey que le llama la atención o cualquier otra cosa que le parece interesante, me la envía.

Por eso nuestras conversaciones suelen parecer bastante unilaterales.

Le encanta bromear diciendo que le hago ghosting a mi propio hermano gemelo.

La verdad es que nunca me han gustado demasiado las redes sociales.

Mientras Nate tiene miles de seguidores en Instagram, yo mantengo mi cuenta privada y mi círculo de amigos bastante reducido.

Apenas hablo por mensaje con familiares o amigos; utilizo el móvil sobre todo para quedar con la gente y organizar planes.

Finjo que es porque estoy demasiado ocupado para esas cosas, pero, si soy sincero, me da miedo hacer el ridículo delante de todo el mundo.

Y no de la forma encantadora y divertida que Nate ha perfeccionado con los años, sino peleándome con mi futuro compañero de equipo en directo ante media universidad.

La reacción que provocó aquella entrevista sigue persiguiéndome.

—No —gruño, pinchando con el tenedor la mezcla de pollo y arroz del plato como si la comida tuviera la culpa de mi situación.

Este día ha empezado exactamente igual que terminó el fin de semana: con la desagradable sensación de no estar a la altura. Sé que no estoy tan en forma como el año pasado, pero ver a mis compañeros batir sus marcas personales en el gimnasio ha terminado de rematar la poca confianza que me quedaba.

Y, por si fuera poco, mi madre me ha llamado para sugerirme que añadiera más trabajo de fuerza y acondicionamiento físico a mis entrenamientos. Nunca antes me había recomendado algo así.

Claro que, siendo exjugadora de hockey y entrenadora principal del equipo femenino de Brown, vive el deporte con intensidad. Hablamos constantemente de tácticas y jugadas. Sus análisis pueden ser demoledores, pero jamás había cuestionado mi estado físico.

Durante todos estos meses, mientras yo me obsesionaba con la rodilla, todo el mundo me repetía lo mismo: que me recuperaría, que muchos deportistas profesionales habían vuelto a competir apenas medio año después de una lesión similar.

Entonces, ¿por qué estoy en la cuarta línea?

¿Y por qué me siento tan... raro?

No sabría explicar exactamente qué falla, pero tuve la misma sensación durante el partido del sábado. Cada vez que salgo al hielo, es como si alguien intentara frenarme, como si llevara pesos atados a los patines, y no tengo ni idea de qué hacer para solucionarlo.

Entonces déjalo .

Las palabras de Hart vuelven a resonar en mi cabeza y me hacen apretar los dientes. A ese imbécil le encantaría que lo hiciera.

Mi teléfono vuelve a vibrar.

—A lo mejor es importante —dice Linden, frunciendo el ceño.

—Es solo Nate —resoplo. Aun así, dejo el tenedor y voy a por el móvil. Ya ha dejado de sonar, pero hay otro mensaje nuevo en la pantalla.

Durante un instante me planteo borrarlo sin leerlo.

Todavía estoy enfadado con él.

Hart lleva años comportándose como un auténtico imbécil conmigo, y mi hermano siempre encuentra alguna excusa para justificarlo. La entrevista de radio después de nuestra selección para los equipos de la liga empeoró las cosas, sí, pero tampoco es que antes fuera precisamente amable conmigo.

Por un momento me planteo decirle que les mande sus memes y sus cotilleos a Hart y me deje tranquilo de una vez, pero me muerdo la lengua cuando leo el mensaje:

Llámame. Es urgente.

Por sí solo, eso tampoco debería preocuparme demasiado. Mi hermano tiene una vena dramática considerable. Si los Pioneers de Nueva York no lo hubieran reclutado, probablemente podría haberse dedicado a la interpretación.

Mis ojos verdes recorren la pantalla y con un suspiro, reviso los veintidós mensajes restantes. Cuanto más leo, más me remuerde la conciencia.

—Mierda. Lo siento, Linden, pero tengo que irme —le digo a mi mejor amigo al tiempo que me levanto de la silla de un salto. Estoy a punto de tomar mi bandeja para llevarla a la pila, pero Linden la señala y me hace un gesto con la otra mano para que me vaya.

—Yo me encargo. Ve, corre —me dice, y luego me grita mientras me abro paso entre los estudiantes que entran al comedor—: ¡Espero que Nate esté bien!

***

Media hora después, apago el coche en el aparcamiento que está al lado de la residencia de estudiantes de Nate. Dado que el campus de Bonham Tech está ubicado en pleno centro de la ciudad, el tráfico puede ser complicado, pero a esta hora la mayoría de los estudiantes siguen en clase.

—¡Hola, Nate! —me saluda Marv, el guardia de la residencia, cuando abro la puerta de la planta baja con el hombro.

—Soy Nicko —le corrijo al pasar, mientras me dirijo a la escalera.

Personalmente, nunca entenderé por qué a la gente le cuesta tanto distinguirnos. Con solo ver fotos nuestras, las diferencias son tan evidentes que a menudo me pregunto si la gente no estará fingiendo confundirnos.

—Tienes un aspecto terrible —le digo a mi hermano cuando me abre la puerta de su habitación en la residencia estudiantil.

—Nos parecemos mucho, hermanito —gruñe Nate y me lanza una mirada fulminante.

—No, no es cierto. Ahora mismo, no. —Me río, aunque siento pena por él. Me quedo un momento de pie en la puerta, observándolo atento.

Mi hermano está pálido como la cal, al punto que compite con la pintura insípida de su dormitorio.

Por contraste, sus ojeras parecen mucho más oscuras.

Algunos mechones de su cabello rubio, que suele peinarse hacia atrás con esmero, caen sobre la frente de forma desordenada, lo que le da un aspecto especialmente penoso.

—Estas hecho mierda —resumo con sequedad antes de adentrarme en la habitación a oscuras—. Por cierto, aquí también apesta a eso —le digo, arrugando la nariz.

Cruzo la habitación dando dos zancadas largas, y abro la ventana del lado de Hart antes de dirigirme hacia la de Nate.

—Cállate —protesta mi hermano, con la voz amortiguada por la almohada, en la que ha enterrado la cara después de dejarse caer de bruces sobre la cama—. ¡Nooo, hace frío! —se queja un momento después, mientras el aire fresco se extiende poco a poco por la habitación sofocante.

Sin inmutarme por su protesta, comienzo a sacar de la bolsa de plástico las cosas que he traído: una botella de Coca-Cola, pretzels salados, pastillas de caldo y un pequeño surtido de aperitivos.

—¿Has comido algo hoy?

—Sí, pero lo he echado todo por el váter —me informa Nate, girando la cabeza hacia un lado para mirarme.

—Eso te pasa por empinar el codo —resoplo.

Nate aguanta mucho mejor el alcohol que yo, probablemente porque desde que me saqué el carné me tocó convertirme en el conductor oficial.

Nate necesitó bastantes más intentos para aprobar el examen y, a día de hoy, nuestro padre sigue diciendo que enseñarle a conducir fue el mayor reto de toda su vida.

—¡Es un virus estomacal! Medio Kappa Tau está hecho polvo —protesta Nate, ofendido por mi insinuación—. Además, tampoco bebí tanto.

—¡Ya, pero seguro que no ayudó! —insisto.

Sin embargo, al segundo dejo escapar un suspiro.

Toda mi rabia infantil desapareció en cuanto leí los mensajes que me había enviado durante la comida.

Tener una gastroenteritis ya es bastante miserable de por sí, pero lo es aún más cuando tienes la oportunidad de jugar y no te pasas los fines de semana calentando el banquillo.

Nate y yo nos presentamos al proceso de selección de la liga, pero mientras que yo fui elegido en séptima posición, mi hermano no salió hasta la tercera ronda seleccionado por los Pioneers de Nueva York.

Desde entonces, se ha dejado la piel para seguir en su radar.

Terminar la universidad en lugar de dar el salto directamente a la NHL fue un riesgo que los dos estuvimos dispuestos a asumir por nuestros padres.

Por muy buenas que fueran algunas de las temporadas de mi padre como jugador, sus éxitos quedan ya lejos y han caído prácticamente en el olvido.

Hoy en día se le conoce más por sus comentarios ingeniosos y sus críticas mordaces en el pódcast Día de Partido .

Que te seleccionen no significa automáticamente que vayas a firmar con el equipo, pero hasta diciembre del año pasado las cosas pintaban muy bien para mí.

Los Rebels incluso se pusieron en contacto conmigo para desearme una pronta recuperación después de la lesión, pero hace meses que no sé nada de ellos.

—Bébete esto —le ordeno a mi hermano mientras le tiendo un vaso de Coca-Cola.

Gime al incorporarse despacio. Tiene la espalda apoyada contra la pared y las piernas colgando por el borde de la cama. Le coloco el vaso entre las manos temblorosas y luego me dejo caer a su lado sobre el colchón.

—Te vas a contagiar —murmura entre sorbo y sorbo, levantando un pie en un intento poco convincente de echarme de la cama.

—¿Y qué? No es que vaya a tener muchos minutos sobre el hielo en el próximo partido.

—Me encojo de hombros. Es un comentario estúpido, pero consigo que mi hermano me fulmine con la mirada, aunque al menos no discute.

En lugar de eso, señala el paquete de pretzels que le ofrezco unos segundos después.

—No creo que pueda jugar el sábado —dice al cabo de un rato. No levanta la vista, se limita a darle vueltas una y otra vez a uno de los pretzels entre los dedos, completamente absorto en ello.

—Quizá deberías ir al médico —sugiero, aunque probablemente tenga razón. Ahora mismo no parece capaz de mantenerse en pie sobre unos patines sin ayuda. Además, existe la posibilidad de que contagie a sus compañeros, así que seguramente le prohibirán entrenar durante el resto de la semana.