La jugada cambiada Capítulo 2
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Capítulo 2

Todo el autobús vibra con la energía contagiosa de veinte jugadores de hockey y un cuerpo técnico que intenta mantener el orden sin demasiado éxito. Ni siquiera las dos horas de viaje de vuelta han conseguido calmarnos.

Me alegra que los entrenadores nos dejen disfrutar de la victoria, y sonrío a mis compañeros mientras regreso a mi asiento. Y es entonces cuando me encuentro con el único elemento capaz de aguarme el buen humor: Nate.

Mi mejor amigo se desconectó de la celebración hace más o menos una hora y sigue sentado al fondo del autobús, tecleando en el móvil. Hago un esfuerzo considerable por no poner mala cara.

—¿Cómo os ha ido? —pregunto mientras me dejo caer en el asiento de al lado.

Ya sé que está consultando el resultado de su hermano. Gracias a Nate, conozco el calendario de los Badgers casi tan bien como el nuestro.

—Han perdido —murmura sin apartar la vista de la pantalla.

—Vaya —respondo con poca convicción. Al fin y al cabo, nosotros hemos ganado. Y si los Badgers pierden, eso significa menos competencia. Le doy un codazo a Nate con la esperanza de distraerlo, pero sigue frunciendo el ceño mientras mira el móvil. Está claro que hacen falta medidas más drásticas.

—Tienes planes para esta noche, ¿no? —Sé que sí. Nate siempre sabe dónde hay una fiesta y rara vez se pierde una.

—¿Eh?

No es propio de él estar tan distraído. La lesión de su hermano debe de seguir rondándole la cabeza, pero me limito a esperar a que procese la pregunta.

—Ah, sí. Hay una fiesta en la casa de la fraternidad Kappa Tau. ¿Te apuntas?

—Lo siento, tengo que preparar la próxima reunión de la Alianza —respondo con un resoplido, deseando haber elegido una excusa mejor.

Aunque llevamos casi cuatro años siendo mejores amigos, una parte de mí sigue temiendo que algún día deje de invitarme a sus planes—.

Bueno, ¿y por qué no se lo preguntas a alguno de los chicos?

—Me inclino hacia delante para dirigirme a los asientos delanteros, pero Nate me detiene.

—No. Se lo preguntaré a Nicko.

Me muerdo la lengua para no responder. No quiero arriesgar mi amistad con Nate hablando mal de su hermano. Es demasiado importante para mí como para ponerla en peligro solo por insistir en que el otro Van der Hoff es un cretino arrogante. Durante el resto del trayecto, Nate sigue pegado al móvil.

***

Media hora después conseguimos dejar atrás un atasco y atravesar la última zona boscosa antes de detenernos junto a nuestra pista de patinaje habitual.

Para entonces ya nos hemos calmado lo suficiente como para no salir disparados en todas direcciones en cuanto se apaga el motor, así que escuchamos al entrenador cuando se levanta de su asiento.

—Muy bien, chicos. Habéis jugado muy bien esta tarde. Id a celebrarlo —dice como siempre y nos ofrece exactamente la dosis de ánimo que necesitamos—. Nos vemos el lunes. Descansad y venid con ganas de trabajar.

No añade un «y de revisar todo lo que habéis hecho mal», pero todos lo oímos igualmente.

Nate y yo nos quedamos un rato charlando con los demás mientras descargamos las bolsas. Me alegra comprobar que está de mejor humor ahora que ha guardado el móvil en el bolsillo de la chaqueta. Nos escabullimos antes de acabar atrapados en los planes de nuestros compañeros.

Caminamos hacia la residencia en un silencio cómodo.

Pocas cosas me resultan tan acogedoras como ver aparecer el viejo edificio de piedra entre los árboles del campus.

Aunque no tenga ascensor y tengamos que subir y bajar aquellas escaleras de arenisca varias veces al día, sigue siendo nuestro hogar.

La sensación se empaña un poco cuando nos detienen en la entrada y el vigilante de la residencia mira a Nate con evidente sorpresa.

—Anda, ¿ya has vuelto? Ni siquiera me había dado cuenta de que habías salido otra vez. —Marv ladea la cabeza mientras saluda a mi compañero de habitación. Nate, haciendo gala de su encanto habitual, consigue distraer al anciano preguntándole por su familia.

Yo suspiro y levanto la vista hacia los pisos superiores, como si pudiera ver a través de todos ellos hasta llegar a nuestra habitación. Donde, sin duda, el hermano gemelo de mi mejor amigo ya se ha colado una vez más.

Tal y como esperaba, encontramos a Nicko en uno de los sofás de la sala común, viendo la televisión con un grupo de chicas de segundo.

—No deberías colarte en nuestra residencia. La suplantación de identidad es un delito muy serio, Van der Segundo —le digo mientras saco mis cosas de la mochila.

Espero haber interrumpido sus intentos de ligar con alguna de ellas. Bastante tengo ya con verlo por ser el hermano de Nate; lo último que necesito es cruzármelo todavía más porque haya empezado a acostarse con alguna de mis compañeras de residencia.

—No iba a quedarme fuera pasando frío, idiota. Y no es culpa mía que Marv no sepa distinguirnos —replica Nicko, poniéndose en pie al primer indicio de provocación. Dos de las chicas se ríen por lo bajo. Nuestras discusiones son un espectáculo habitual; como mínimo, una vez por semana.

Negando con la cabeza, abro la puerta de nuestra habitación con la tarjeta de acceso y me planto frente al armario para tirar la ropa sudada al cesto de la colada.

—Vale, vale.

—Xander... —resopla Nate justo detrás de mí. No necesito girarme para saber que está frunciendo el ceño—. Tú tampoco querrías quedarte fuera.

—Sería horrible, pero lo haría —respondo—. Porque son las normas —insisto; y enciendo la luz, sujetando la puerta para que pase mi mejor amigo, pero dejo que se cierre justo delante de la cara de su fotocopia.

Por desgracia, Hoff es lo bastante rápido para colarse antes de que llegue a cerrarse.

Dejo caer la mochila y me acomodo en el escritorio que hay bajo mi litera.

En el autobús habría tenido tiempo de sobra para adelantar trabajo, pero me dejé llevar por toda la emoción del partido. Culpa mía. Ahora me toca ponerme a estudiar en serio, en lugar de salir por ahí, si quiero mantener las notas.

Y eso sin contar que todavía tengo que preparar la reunión de la Alianza LGBTQIA+ de Bonham de la semana que viene. Ahora que estoy en último año, quiero asegurarme de que quien me sustituya empiece con buen pie.

—Ya verás, va a estar genial. Siempre tienen el mejor alcohol —continúa Nate, retomando una conversación que seguramente empezó por mensaje con su hermano.

Se ha detenido frente al armario para sacar ropa limpia.

Por lo visto, Nicko no comparte su entusiasmo. Cruza arrastrando los pies el espacio que separan las estanterías que usamos como improvisado separador de ambientes (la mitad pertenece a Nate y la otra a mí) y se deja caer en su silla con tanta fuerza que los muelles protestan.

—No sé... —Su voz suena apagada—. No me apetece mucho salir.

—Venga ya. ¡La próxima vez ganaréis!

—¿Y cómo se supone que vamos a ganar si ni siquiera estoy jugando? —resopla Nicko, y yo pongo los ojos en blanco; ya no puedo seguir fingiendo que no estoy escuchando.

—Entonces déjalo —suelto por encima del hombro. Porque, sinceramente, Nicko está consiguiendo arruinar el ambiente con su amargura.

Percibo cómo los dos gemelos me miran, pero los ignoro hasta terminar una frase absurda que probablemente acabaré borrando dentro de un minuto, pero al menos deja clara mi postura. Cuando por fin me giro, Nicko ya ha rodeado las estanterías y está plantado justo detrás de mí.

Yo respondo poniéndome en pie. Lo cual empeora las cosas porque vuelvo a sacarle varios centímetros de altura. Aunque la entrevista fue hace años, me alegra seguir conservando esa ventaja. Como entonces, no parece impresionarle lo más mínimo y resopla como un gato furioso.

—¿Qué acabas de decir?

—Nicko, lo que quiere decir es...

—Quiero decir exactamente lo que he dicho —lo interrumpo antes de que Nate pueda hablar por mí—. Si no estás a la altura, deberías dejarlo. Nadie va a quedarse esperando a que Nicholas van der Hoff vuelva a estar en forma.

Puede que ahora mismo me interese más ser cruel que sincero, pero sigo pensando que es verdad.

—Sigues siendo el mismo imbécil de siempre —me espeta Van der Hoff antes de darse media vuelta y salir hecho una furia de la habitación. Nate me fulmina con la mirada antes de salir corriendo detrás de él.

Me encojo de hombros. Me sabe mal haber enfadado a mi mejor amigo, pero vuelvo a centrarme en el portátil, donde me espera el trabajo a medio terminar.

Suelto un suspiro e intento concentrarme en escribir en lugar de prestar atención a la conversación que está teniendo lugar justo al otro lado de la puerta, donde Nate ha alcanzado a su hermano.

—No lo decía en serio, venga.

—¡Sí que lo decía! —grito hacia la puerta abierta.

Intercambian unas cuantas frases más en voz baja. No alcanzo a distinguirlas y tampoco me interesa hacerlo. Al final, Nate regresa y cierra la puerta tras de sí. Como siempre, en su papel de mediador, se detiene junto a mi escritorio.

Consigo aplazar durante un minuto la bronca que sé que está a punto de echarme.

Termino una frase, pongo el punto final y entonces levanto la vista, sin molestarme siquiera en fingir inocencia.

Sé que Nate quiere que sea más amable con su hermano para que podamos llevarnos bien, aunque a estas alturas eso parezca imposible.

—¿De verdad hacía falta?

Sé exactamente qué respuesta espera, pero no tengo ninguna intención de dársela. Me limito a encogerme de hombros e ignorar la pregunta.

—¿Pero qué le pasa a tu hermano? Pensaba que ya tenía la rodilla bien.

Una lesión así es la peor pesadilla de cualquier deportista, y ninguno de nosotros admitiría jamás lo mucho que nos asusta siquiera pensarlo. Pero, por lo que Nate me ha contado, su hermano se recuperó bastante bien después de romperse el ligamento cruzado el invierno pasado.

—Está bien. Solo... necesita un poco más de tiempo para volver a estar al cien por cien —explica Nate. No parece demasiado convencido, así que vuelvo a encogerme de hombros.