La jugada cambiada Capítulo 1 #2
5%

Capítulo 1 #2

Hasta hace unas semanas éramos cinco: mi mejor amigo Linden, Oliver, Sasha, Marisol y yo. Pero los alquileres se han disparado, así que decidimos alquilar también el ático y Micah se mudó allí.

Nada más abrir la puerta principal, me recibe el aroma de algo saludable pero increíblemente apetecible.

Mi estómago ruge al instante. El sonido, sin embargo, queda ahogado por el canto que resuena por toda la planta baja.

Una voz potente suplica a los caminos rurales que nos lleven a casa, al lugar al que pertenecemos, más joven que las montañas y más viejo que los árboles ... o algo parecido.

—¿No eras de Carolina del Sur? —pregunto a voz en grito mientras me quito las zapatillas sin desatar los cordones. Frunzo el ceño al descubrir varias hojas amarillas pegadas a las suelas.

Durante el día seguimos superando los veinte grados, pero las noches empiezan a ser frías.

Estamos casi en octubre y el otoño ya se deja notar, para alegría de mis compañeros de casa, que llevan semanas decorando nuestro desvencijado porche y el césped reseco del jardín con calabazas y telarañas de mentira.

Eso también significa que la temporada está a punto de empezar, y yo voy a jugar en la cuarta línea, como un maldito novato.

Micah no responde a mi pregunta, aunque sé perfectamente que me ha oído; ha cambiado a otra canción sin ningún problema hace unos instantes. Me masajeo la sien mientras atravieso el salón rumbo a la cocina abierta.

Como siempre, aquello es un desastre. Hay montones de ropa limpia esparcidos por el sofá junto a calcetines desparejados esperando a ser clasificados.

Prendas deportivas cuelgan de los respaldos de las sillas, y la mesa del comedor está cubierta de pilas de libros.

Encima de una de ellas descansa un ejemplar maltrecho de una de las novelas románticas baratas de Oliver, Conquistando a Noah , en cuya portada aparece un tipo sin camiseta con unos abdominales absolutamente ridículos.

Durante un segundo me planteo levantarme la camiseta y comparar nuestros torsos, pero luego recapacito, pongo los ojos en blanco y giro el libro para dejar la portada boca abajo.

—Eh, Nicko, ¿te quedas a cenar? —pregunta Linden mientras hago otra parada de camino a la cocina.

Examino el palo de hockey apoyado contra la pared y llego a la conclusión de que pertenece a Sasha y no a mí.

Ella juega de delantera en el equipo femenino de la BTU, la Universidad Tecnológica.

Todos practicamos algún deporte universitario, así que la lavadora nunca descansa y la nevera suele estar peligrosamente vacía.

—Si hay suficiente para todos... —murmuro, mientras mi estómago protesta inmediatamente por mi indecisión. Probablemente podría acabarme yo solo un bufé entero, pero ahora mismo tampoco me apetece demasiado interactuar con nadie—. Aunque primero tengo que terminar un trabajo.

—Oh, sí. Hay comida de sobra —asegura Micah desde los fogones. Lleva el delantal rosa de Marisol encima de una sudadera del equipo de fútbol americano de la BTU y se limpia los dedos en la parte delantera.

—Menudo conjunto más sexi —comento mientras abro el congelador y rebusco hasta encontrar una bolsa de guisantes congelados para la rodilla.

—Ya lo sé. —Micah sonríe mientras sirve una generosa ración de arroz y verduras en un plato, coronándola con un filete de salmón—. Toma. Llévatelo arriba.

Parpadeo cuando me lo tiende.

La mentira me pesa en el estómago. No tengo que entregar ningún trabajo hasta la semana que viene, pero tampoco puedo sentarme con ellos y fingir que todo va bien cuando lo único que me apetece es esconder la cara en la almohada y gritar.

La. Maldita. Cuarta. Línea.

—Gracias.

Ojalá pudiera, al menos, esbozar una sonrisa.

La comida está buenísima, pero apenas pruebo un par de bocados.

Después de darle vueltas una y otra vez a la conversación con el entrenador, se me ha quitado el hambre.

Me siento como un adolescente malhumorado mientras escucho cómo la puerta principal se abre y se cierra varias veces.

Mis otros compañeros vuelven de entrenar o de clase y llenan la casa con sus voces y conversaciones.

Sentado junto a la ventana, con una bolsa de guisantes apoyada sobre la rodilla desnuda, veo a Olli y a Marisol descargar la compra del viejo Chevy de Olli cuando mi móvil empieza a sonar con aquella horrible canción de rap holandesa que Nate se asignó a sí mismo como tono.

La he cambiado como mil veces, pero al final me rendí y le dejé hacer lo que quisiera.

Le encanta esa clase de bromas absurdas.

—Hola, hermanito —me saluda con una sonrisa enorme en cuanto acepto la videollamada.

—Por siete minutos —le recuerdo. Cruzo la habitación y me dejo caer sobre la cama mientras observo su pelo todavía mojado.

Nate juega de extremo derecho en el equipo de St. Bernard, la más antigua (y probablemente la más prestigiosa) de las dos universidades de Bonham.

Su campus, situado a orillas del lago, está a apenas unos kilómetros del centro.

No nos vemos todos los días, pero siempre encontramos un rato para hablar, y casi siempre es Nate quien toma la iniciativa.

—¿Qué tal el entrenamiento?

Lanzo un gemido de protesta. Durante meses no ha dejado de preguntarme lo mismo. ¿Qué tal la rehabilitación? ¿Qué tal la fisioterapia? ¿Qué tal el entrenamiento?

¿Te sigue molestando la rodilla? ¿Te duele?

—Muy bien, mamá . ¿Y el tuyo? —Le pregunto, pero me doy cuenta de mi error en cuanto Nate entrecierra los ojos.

Por lo general prefiero escuchar antes que hablar, pero cuando se trata de hockey siempre acabo cayendo.

Debería haberle seguido la corriente y haber cambiado de tema.

Nate no necesita más de dos frases para darse cuenta de que algo va mal.

—¿Qué ha pasado?

—Uf. Nada —respondo; aunque los dos sabemos que no va a dejarlo correr, que se va a aferrar al tema como un perro a un hueso.

Y también sabemos que acabaré contándoselo igualmente.

Siempre pasa lo mismo: Nate me acosa porque está convencido de que tiene derecho a conocer cada detalle de mi vida y de mis pensamientos.

Y yo... quizá me sentiría un poco mejor si se lo contara todo, pero no hoy.

Nunca había estado en la cuarta línea, ni siquiera en mi primer año.

La gran ironía es que yo mismo me beneficié de la lesión de otro jugador y me hice rápidamente con el puesto de titular en la banda izquierda, a pesar de que había jugadores con más experiencia que yo.

Me aferré a aquella oportunidad con todas mis fuerzas y nunca volví a soltarla, que probablemente sea exactamente lo que De Andre está intentando hacer ahora con mi puesto.

Maldita cuarta línea. Solo pensarlo hace que me ardan las mejillas de rabia y vergüenza, igual que aquel día en que me sacaron del hielo.

En mi cabeza, los directivos de los Rebels ya están preparando la llamada para decirme que no habrá contrato.

Que no pueden ofrecérmelo. No cuando apenas voy a tener minutos para demostrar que me he recuperado de la lesión.

—Pero, según te ha dicho, solo será hasta que vuelvas a estar al cien por cien —intenta animarme Nate cuando termino de contárselo. Los guisantes ya se han descongelado. Observo cómo varias gotas resbalan por mi pierna y empapan poco a poco el edredón.

¿Y si eso nunca ocurre? Quiero decirlo en voz alta, pero en lugar de eso, resoplo. Ya le he dado demasiadas vueltas a esa posibilidad. No saco nada bueno de ello.

—¿Te duele la rodilla después de entrenar? —pregunta Nate y estoy a punto de preguntarle cuándo piensa dejar Literatura Estadounidense y matricularse en Medicina cuando oigo abrirse la puerta del fondo de su habitación en la residencia.

Unos segundos después, una voz desagradablemente familiar atraviesa el altavoz.

—¿Es tu hermano quejándose de la rodilla otra vez?

—¿Es tu compañero de habitación haciendo preguntas estúpidas otra vez? —replico al instante. Hart y yo no nos llevamos precisamente bien desde aquella entrevista.

Nunca se me ha dado bien hablar delante de la gente y, desde luego, aquel día no fue mi mejor momento, pero él cogió mis palabras y las retorció hasta convertirlas en algo horrible.

Las transformó en algo que jamás quise decir, y después tuve que intentar explicárselo al decano cuando me llamó a su despacho apenas un día después de que la entrevista se emitiera.

Sus palabras no hicieron más que confirmar por qué desconfío tanto del activismo en redes sociales, especialmente cuando llega el Mes del Orgullo.

Porque, aunque dejó muy claro que le desagradaba lo que yo había dicho sobre Hart, también esperaba que me callara y sonriera para no dañar la reputación de la universidad.

De ese tipo de «apoyo» puedo prescindir perfectamente.

No necesito que nadie me estreche la mano para conseguir clics y «me gusta» en redes sociales si luego se limpia la palma en el pantalón y pone cara de asco cuando se apagan las cámaras.

Pero Hart jamás lo entenderá. Y tampoco ha cambiado nada. Da igual que coincidamos en la habitación de Nate o sobre el hielo: sigue comportándose como si yo fuera un resentido que lo odia porque le tiene envidia. Seguro que habría preferido que los Rebels me hubieran descartado hace años.

—Alguien está de muy mal humor hoy —comenta Hart.

—Chicos... —interviene Nate con desgana.

—Alguien sigue comportándose como un imbécil, como siempre —murmuro, pero ya no tengo ganas de discutir.

Podríamos pelearnos por cualquier cosa, pero no pienso hablar con él sobre mi rodilla—.

Tengo que estudiar —le digo a Nate, aunque los dos sabemos perfectamente que esta noche no voy a abrir un solo libro.

Aun así, me deja salir por la tangente y se despide.

Justo antes de que cuelgue, alcanzo a escuchar la voz de Hart:

—¿Y tú sabes siquiera cómo se estudia?