Capítulo 1
—¡Cuidado!
El corazón me da un vuelco cuando alguien se me abalanza por la espalda.
El golpe no es nada comparado con lo que estoy acostumbrado a recibir sobre el hielo, pero me ha pillado desprevenido.
Ahora mismo me tiemblan las piernas, y no es precisamente la clase de temblor que provoca la persona que te gusta, sino más bien del tipo que aparece cuando tu entrenador búlgaro te obliga a repetir el mismo circuito de ejercicios durante casi dos horas.
No me hace ninguna gracia el jadeo que se me escapa ni la forma en que agito los brazos para recuperar el equilibrio, provocando las risitas de algunos de mis compañeros.
Les muestro el dedo del medio antes de apoyar las manos enguantadas sobre los brazos menudos que se han cerrado con fuerza alrededor de mi cintura.
Durante un instante contengo la respiración al notar un pinchazo desagradable en el muslo derecho.
Mis músculos agotados protestan por la mala postura que he adoptado desde la lesión del año pasado.
Solo cuando estoy completamente seguro de haber recuperado el equilibrio consigo esbozar una sonrisa.
—¿Un placaje por la espalda? Un poco cobarde, ¿no? —digo mientras me arriesgo a mirar por encima del hombro para confirmar mis sospechas.
—Pero enfrentarse a un rival más grande demuestra valentía, ¿no? —Milo me sonríe sin despegarse de mi espalda.
—Depende. Tu padre probablemente diría que demuestra estupidez.
Igual que no ponerse el casco. —Le revuelvo el pelo con una mano enguantada para enfatizar la reprimenda.
Milo arruga la nariz, pero no protesta. Es bastante pequeño para sus doce años y todavía le importan más los juegos y el hockey —especialmente el hockey— que su aspecto.
Me estremezco al imaginar a los demás chicos del instituto metiéndose con él.
—¡Milo! ¿Qué te he dicho? ¡Primero los deberes y luego el hockey!
Los dos damos un respingo al oír aquella voz atronadora y bajamos la cabeza para evitar la mirada severa del entrenador Kovachev.
—Pero, tatko ... No estaba jugando al hockey —se defiende Milo mientras me suelta y sale disparado del hielo, consciente de que esa excusa no va a convencer a su padre.
Una sonrisa se me escapa al verlo imitar el acento del entrenador, quien se limita a resoplar y espera a que su hijo abandone la pista antes de enviarlo hacia el túnel con un suave toque en el trasero usando el palo.
—Ve a esperar a mi despacho. Tengo que hablar con Nicholas.
Me sobresalto. Al mirar a mi alrededor, me doy cuenta de que ya no queda nadie más. El resto del equipo debe de haberse ido hace rato a las duchas mientras yo perdía el tiempo jugando con Milo.
—¿Hablar conmigo? —pregunto, innecesariamente.
De pronto soy muy consciente de que estoy empapado en sudor.
Estoy agotado y las protecciones, junto con el uniforme, se me pegan al cuerpo.
Hace un año no me habría sorprendido sentirme así, pero ahora mi cabeza empieza a repasar automáticamente cada detalle del entrenamiento.
Pensándolo bien, podría haber generado mejores ocasiones de gol durante el partido de práctica, y algunos ejercicios me han costado más de lo habitual.
El entrenador se limita a observarme con una ceja arqueada.
—¿Conoces a algún otro Nicholas por aquí? —pregunta mientras se sienta en el banquillo, invitándome con el gesto a ocupar el sitio de al lado—. ¿Cómo está la rodilla?
La mano que, sin darme cuenta, había empezado a masajearme la rodilla derecha se queda inmóvil, como si me hubieran pillado masturbándome en las duchas.
—Eh... Mejor —respondo tras una breve pausa. Ni siquiera a mí me resulta convincente, aunque tampoco es mentira. Mi rodilla está mucho mejor que cuando aquel defensa de la Universidad de Massachusetts me estampó contra las vallas.
Estaba girándome para asistir a nuestro capitán, Linus Zollweg, y ayudarlo a marcar su tercer gol del partido cuando, de repente, me oí gritar a causa de un dolor tan intenso que me abrasó todo el lado derecho del cuerpo.
En ese mismo instante supe que estaba jodido.
Aquella sensación de desgarro no tenía nada que ver con los golpes y empujones habituales del hockey, y las expresiones horrorizadas de mis compañeros confirmaron mis peores temores.
Incluso los jugadores del equipo rival me miraban con lástima mientras me sacaban del hielo en camilla.
El médico del equipo no tardó ni un segundo en enviarme al hospital en cuanto me vio.
Allí me dieron el peor regalo de Navidad de toda mi vida: una rotura del ligamento cruzado anterior que me dejó fuera de juego desde finales del año pasado hasta hace poco.
Me ha llevado meses volver a ponerme los patines.
Así que, sí, puede que todavía no esté al cien por cien, y lo sé.
Sobre todo cuando los entrenadores nos ponen a hacer ejercicios técnicos.
Aún noto cierta inestabilidad en la rodilla al agacharme o al cambiar el peso del cuerpo de un canto al otro del patín.
Pero también he mejorado muchísimo desde aquellos primeros pasos con muletas en enero.
No digo nada de eso porque suena a excusa.
¿O no? No lo sé. Creo que las primeras sesiones de entrenamiento han ido bien, especialmente teniendo en cuenta que seguimos en pretemporada. Pero cuando veo al entrenador inclinar ligeramente la cabeza, empiezo a replanteármelo.
—Bien. —Sus ojos se detienen en mi rodilla como si pudiera verla por dentro—. Porque este año el equipo va a necesitarte. Pero más te vale ir con calma, ¿de acuerdo? No intentes forzar las cosas antes de tiempo.
Me descubro asintiendo mientras habla, pero enseguida noto cómo se me hiela la sangre.
¡Si llevo meses sin hacer otra cosa que ir con calma!
He seguido todas las indicaciones: caminar despacio y dando pasitos ridículos, estirar los ligamentos milímetro a milímetro, entrenar sin peso como si acabara de empezar... Estoy harto.
—Había pensado ponerte en una línea con Aldridge y Dunn. Solo durante un tiempo. También les vendrá bien a ellos.
Estoy seguro de que ahí hay algún tipo de cumplido escondido, pero mi cerebro sigue atascado en un único detalle: acabo de pasar de la primera línea a la cuarta.
A la puta cuarta línea con los de segundo año, lo que significa que no voy a estar muchos minutos sobre el hielo en nuestro primer partido.
Abro la boca para protestar, pero me muerdo el labio inferior con fuerza.
Discutir con el entrenador está mal visto, incluso cuando lo único que quieres hacer es explicarte.. y suplicar. Además, no consigo ignorar la pequeña duda que se abre paso en mi cabeza.
Sé que ya no sigo el ritmo de mis compañeros de línea como antes de la lesión, pero no sabría explicar exactamente qué falla. No es que me canse más o que vaya más lento. Es simplemente... Como si siempre llegara un segundo tarde. Y negar eso sería mentir.
Suelto el aire despacio y me obligo a asentir.
—Sí. Lo entiendo.
El entrenador entrecierra los ojos; se le marcan las finas arrugas de sus párpados mientras me observa con evidente desconfianza.
—¿Lo entiendes? —repite mientras se inclina ligeramente hacia delante, como si no terminara de verme bien—. ¿Y no vas a protestar? Tú eres Nicholas, ¿verdad? ¿No un espía infiltrado de otro equipo?
Resoplo, aunque sigo teniendo un nudo en la garganta.
—¿De verdad crees que dejaría que mi hermano nos espiara? —Me las ingenio para que mis palabras suenen como una broma, como si estuviera fingiendo sentirme ofendido, cuando en realidad solo intento evitar que me tiemble la voz.
Me han relegado a la cuarta línea.
Me han relegado a la cuarta línea.
Me han relegado a...
—Mmm... No sé si lo habrías permitido. A lo mejor has secuestrado a Nicholas.
—Me guiña un ojo y se pone en pie—. No será para siempre —añade, ya mucho más serio, mientras pasa junto a mí camino del túnel y me da una palmadita en el hombro—.
Solo hasta que recuperes la forma y dejes de pensar en la lesión.
Parpadeo, bajo la vista hacia mis patines y asiento sin saber muy bien qué pensar de eso.
No tengo tiempo que perder. Este es mi último año de universidad antes de dar el salto a la NHL.
La posición que obtuve durante el proceso de selección debería garantizarme un contrato con los Rebels de Nueva York, pero la lesión me convirtió de la noche a la mañana en una incógnita.
Los médicos me han dado el alta para volver a jugar, sí, pero ahora hay un gran interrogante en mi historial.
Sé que los Rebels van a seguir muy de cerca todo lo que haga esta temporada, y pasarme los partidos sentado en el banquillo no es precisamente la publicidad que necesito ahora mismo.
***
Me acaban de relegar a la cuarta línea .
Ese pensamiento sigue dando vueltas en mi cabeza mientras arrastro la bolsa de hockey y el resto de mis cosas desde la entrada del garaje hasta el porche de la pequeña casa que comparto con otros estudiantes.
La verdad es que tenía muchas ganas de vivir la experiencia universitaria completa: compartir habitación en una residencia, hacer amigos para toda la vida y todo eso; pero la realidad resultó ser bastante distinta.
En lugar de convertirse en mi mejor amigo, mi compañero de habitación acabó siendo la persona más insufrible que he conocido jamás.
No tiene nada de malo tomarse los estudios en serio, pero sus quejas constantes, sus sermones y sus intentos de controlar la vida de los demás acabaron superando todos los límites.
Y eso sin contar la vez que me robó las bombillas para intentar imponer un toque de queda a las diez de la noche.
Cuando terminé primero, ya estaba hasta las narices de la residencia.
Por suerte, no fui el único con una experiencia espantosa. Así nació el Refugio, como llamamos a nuestra pequeña casa de techo inclinado.