La jugada cambiada Prólogo #2
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Prólogo #2

—Vaya, desde luego no debió de ser fácil —comenta.

Me sonrojo y bajo la vista. Durante buena parte de mi infancia me preocupaba no saber cosas que todos los demás parecían conocer porque sus padres se las habían enseñado.

O porque habían crecido en hogares donde el hockey era casi una religión.

Desde la muerte de mis padres, yo ya no había tenido eso.

—Sí. Durante mucho tiempo salí adelante gracias a la gente maravillosa del programa deportivo para niños adoptados, que ayudó tanto a mis madres como a mí a orientarnos en todo aquello.

Pero creo que, si tus padres han sido jugadores o incluso simples aficionados, te resulta mucho más fácil entender el deporte y abrirte camino hasta la NHL.

—Al menos a mí me seleccionaron por mi juego y no como parte de una estrategia de marketing.

Parpadeo, desconcertado. Después de todo mi discurso, casi había olvidado que no estaba solo en la entrevista.

Está claro que Van der Hoff no. Sus ojos verdes se clavan en los míos mientras se inclina hacia el micrófono. Se me revuelve el estómago y, antes de que pueda reaccionar, el presentador se lanza sobre aquella declaración como un buitre.

—¿Qué quieres decir con eso, Nicko?

—Es cierto que mis padres jugaron profesionalmente y que mi madre entrena ahora al equipo femenino de hockey de la Universidad de Brown —empieza Van der Hoff.

Parece estar preparándose para el saque inicial, esperando a que caiga el disco—.

Aprendí todo lo que pude de ellos, porque ¿quién no aprovecharía una oportunidad así?

—Por fin aparta la vista de mí y se vuelve hacia el presentador—.

Es muy difícil llamar la atención de un equipo de la NHL, y todavía más difícil conservarla.

Pero al final todo se reduce al talento, no al nepotismo.

Puede que mis padres me enseñaran, pero no jugaron por mí.

Van der Hoff vuelve a mirarme, y me deja desconcertado la rabia que desprende, tanto en la mirada como en el tono de voz. No tengo ni idea de qué he dicho para que se lo tome como algo personal.

—Me seleccionaron por cómo juego, no porque pudiera darles buena imagen y hacerlos parecer inclusivos.

—¿Qué estás insinuando?

La tensión me eriza la piel. Nunca había oído a Nicholas van der Hoff decir tantas palabras seguidas. Ojalá hubiera seguido callado.

—Me refiero a que tu entrevista de hace unas semanas fue muy diferente. —Sus ojos verdes brillan con malicia—. ¿O no?

Noto cómo me arden las mejillas, y por primera vez me alegro de que esto sea radio. Me vuelvo hacia el presentador, que observa a Van der Hoff con atención, e intento reconducir la conversación.

—Deberíamos volver al tema...

—No, espera. Esto me interesa.

Van der Hoff resopla.

—Me refiero al especial del Orgullo que hicieron sobre Hart.

Me giro despacio para mirarlo directamente. Los enormes auriculares hacen que algunos mechones de su pelo rubio claro sobresalgan por un lado de la cabeza. Nunca había odiado tanto a nadie como a este imbécil que acaba de sacar mi orientación sexual en directo durante un programa de radio.

Y, maldita sea, sigue hablando, como si quisiera compensar de golpe todo el tiempo que ha pasado callado.

—El año pasado, un grupo de jugadores de la NHL organizó un evento benéfico para la Noche del Orgullo, pero todo acabó convirtiéndose en un desastre cuando otros jugadores reaccionaron con comentarios homófobos.

Luego se filtró un vídeo que se hizo viral en redes sociales —explica a un presentador que claramente desconoce toda la historia.

El recuerdo me revuelve el estómago y me deja sin palabras, así que continúa sin que nadie lo interrumpa.

—Y apenas dos semanas después seleccionaron al único novato abiertamente gay.

—Me seleccionaron igual que a cualquier otro.

¡Resnikoff no tuvo nada que ver! —replico con brusquedad, sacudiendo la cabeza.

La estrella de los Rebels había sido grabada en vídeo criticando unas iniciativas de inclusión de una forma vergonzosa.

Recuerdo aquellas palabras inundando las redes y a todo el mundo opinando sobre ellas.

Pero esa faceta de Resnikoff nunca salió de los canales oficiales de los Rebels. Eso me lo habían dejado muy claro.

Van der Hoff pone los ojos en blanco y resopla con desprecio.

—Si de verdad te crees eso, eres idiota.

—Eso sí que es... —empieza el presentador, pero lo interrumpo con un gruñido.

—¡Si crees que tengo alguna ventaja por ser abiertamente gay, entonces el idiota eres tú! —En este momento solo existe una persona para mí: Van der Hoff. Que está sentado a mi lado, mirándome con aquellos ojos verdes llenos de rabia.

—No me refiero a eso... Lo que no me puedo creer es que te hayas dejado utilizar de esa manera y encima sigas diciendo que apoyan alguna causa. ¿Qué demonios te pasa?

—¡Al menos yo no escondo quién soy! ¡Me habría encantado tener a alguien como yo cuando era más joven! —Aspiro una bocanada de aire, pero todavía no he terminado—. ¿O es que te molesta que me dedicaran toda esa atención en vez de centrarse en ti? ¿Es eso? ¿Estás celoso?

Los dos nos hemos olvidado por completo del presentador. Los cables se tensan y se enredan cuando me inclino invadiendo el espacio personal de Van der Hoff.

—¿Porque así podrías ser el Van der Hoff del que habla todo el mundo? ¿La gran estrella?

—¡Eso no es...! ¡Cállate!

—Ah, claro. Qué conveniente. —Resoplo y me quito los auriculares de golpe.

—¡Eres un arrogante!

Los dos nos estremecemos al mismo tiempo cuando un pitido agudo nos estalla en los oídos y pone fin a la discusión de forma abrupta. Me arranco los auriculares tan rápido que me llevo algunos pelos castaños por delante.

Van der Hoff tira el micrófono al suelo mientras se pone en pie de un salto.

—¡Maldito imbécil! —escupe intentando plantarse delante de mí, pero cuando me levanto le saco varios centímetros.

No parece importarle lo más mínimo, porque, por mucho que sea un capullo, Van der Hoff es un jugador de hockey de pura cepa.

Sus dedos se cierran sobre mi camiseta y yo lo sujeto por los hombros.

Mi cadera golpea el borde de la mesa mientras forcejeamos.

—¡Eh, eh! ¡Parad! —grita el presentador, intentando levantarse también, aunque acaba enredado entre los cables.

Apenas lo oigo. Solo veo a Van der Hoff intentando darme un cabezazo. Intento clavarle el codo en las costillas para hacerlo retroceder, pero varias manos nos agarran antes de que pueda hacerlo.

—¡Cómo sois los jugadores de hockey! ¡Lo lleváis en la sangre! —grita desesperado el presentador por encima del caos.

La sintonía vuelve a sonar, seguida de los primeros acordes de una canción.

—¡Y esto ha sido todo por hoy! ¡No os perdáis el próximo episodio de La vida en el campus !