La jugada cambiada Prólogo
1%
La jugada cambiada

La jugada cambiada

Por A. J. Kyler

© inepub.com

Prólogo

Oigo un clic muy cerca del oído, seguido de una melodía alegre. Al otro lado de un cristal, alguien levanta tres dedos, dos, uno...

Trago saliva e intento sonar seguro de mí mismo, pero apenas oigo mi propia voz con los enormes auriculares que nos han obligado a ponernos en este estudio diminuto y abarrotado.

—Hola —digo con voz temblorosa, pero la palabra ya ha salido de mi boca, así que no hay forma de arreglar esa primera impresión. Me aclaro la garganta con la esperanza de que el resto de la entrevista salga mejor.

A mi lado, Van der Hoff asiente, pero enseguida parece recordar que tiene que responder en voz alta, porque nadie puede verle.

—Hola —consigue decir.

El presentador nos dedica una sonrisa de ánimo.

Está en último curso, igual que la mayoría de los estudiantes que ocupan la cabina de control al otro lado del cristal.

Solo reconozco a unos pocos. No es de extrañar, teniendo en cuenta que hay alumnos de ambas universidades: St. Bernard y Bonham Tech.

Incluso siendo de primer año, hacía mucho tiempo que no me sentía tan joven.

—Contadnos un poco sobre vosotros —dice alegremente el presentador sentado frente a nosotros, y suelto un suspiro.

Me siento como si estuviera en una de esas dinámicas para conocer gente de la semana de bienvenida.

Me ponen nervioso, pero al menos tengo una respuesta preparada gracias a todas las veces que ya he tenido que presentarme: ante mis compañeros de clase, mis compañeros de residencia y mi nuevo equipo.

—¿Empiezo yo? —Le lanzo una mirada al rubio sentado a mi lado, que se limita a encogerse de hombros. Asiento y continúo:

—Bueno... Me llamo Xander Hart y soy estudiante de primer año en St. Bernard. Me he mudado aquí desde Oregón y... —Dudo un instante mientras dejo caer los hombros—. Estudio Historia.

Me vuelvo hacia Van der Hoff y le dedico una sonrisa de ánimo. Con un poco de suerte, al menos he conseguido romper el hielo.

—Soy Nicko y...

—Ah, ¿te llaman Nicko en vez de Nicholas? —lo interrumpe el presentador, ladeando la cabeza con curiosidad—. Creía que usabas tu nombre completo.

—Pues creías mal —masculla Van der Hoff entre dientes—. Soy Nicko. Con «c» y con «k».

Inclino la cabeza. Es algo sutil, pero la forma en que modula la voz al pronunciar las sílabas de su nombre hace que suene de una manera muy concreta.

—Bueno, soy Nicko y juego al hockey.

El entrevistador y yo esperamos unos segundos para ver si añade algo más, pero Van der Hoff se limita a apretar la mandíbula.

Me siento obligado a echarle una mano, porque Nicholas van der Hoff tiene la misma cara que mi mejor amigo, Nate van der Hoff.

Solo veo a Nicholas cuando viene a visitar a Nate a nuestra abarrotada habitación de la residencia.

Aun con lo poco que sé del hermano gemelo de mi amigo, ya me he dado cuenta de que son personas completamente distintas.

Nate habría hecho estallar el estudio en carcajadas con solo un par de frases, mientras que su hermano tiene la expresión de alguien sentado en el dentista esperando a que le saquen una muela.

—Bueno... Los dos habéis sido seleccionados por los Rebels de Nueva York, ¿verdad? —pregunta por fin el entrevistador para romper el silencio.

—Sí —responde Van der Hoff con sequedad.

Sorprendido por sus respuestas monosilábicas, le lanzo otra mirada.

Siempre que aparece por nuestra residencia suele ser callado, pero Nate insiste en que su hermano cambia por completo en cuanto toma confianza, así que supuse que se mostraría más abierto durante la entrevista.

Aunque, por otra parte, sé que Nate se pone tan nervioso antes de los exámenes que se muerde las uñas hasta dejarse los dedos en carne viva.

Quizá a su gemelo le ocurra algo parecido.

Estiro la pierna para darle un toque con el pie y luego me inclino hacia el micrófono.

—Sí. Cuando terminemos la universidad, jugaremos en la NHL. Fui el duodécimo jugador universitario seleccionado para la Liga Nacional de Hockey. Yo juego de centro, y Van der Hoff de derecho...

—Izquierdo. Juego de extremo izquierdo —me corrige Nicko, antes de volver a quedarse callado cuando le dirijo una mirada irritada por haberme hecho perder el hilo.

—Los dos estamos muy contentos de que nos hayan seleccionado. Es increíble pensar que algún día podríamos jugar en un equipo con tanta historia.

—Pero, de momento, sois rivales. Tú juegas con los Badgers, ¿verdad, Nicko?

—El presentador se toma un momento para consultar los papeles que tiene delante: hojas cubiertas de anotaciones escritas con una letra ilegible y marcadas con separadores de colores.

Ojalá hubiera aceptado su oferta de enviarme las preguntas por adelantado.

—Y yo juego con los St. Bernard Bats —respondo, mientras Van der Hoff se limita a asentir—. Pero ser rivales también te permite aprender mucho sobre la forma de jugar del otro. —Espero sonar diplomático, porque no tengo ni idea de qué clase de jugador es este Van der Hoff.

Sé que Nate es bueno; ha sido mi extremo derecho desde que los dos entramos en la alineación titular de los Bats.

¿Pero Nicholas van der Hoff? Ni idea. Aunque nuestros equipos se enfrentan con frecuencia, apenas hemos coincidido sobre el hielo.

No sé si eso cambiará cuando estemos en el mismo equipo.

¿Encajaremos con los demás? ¿Llegarán siquiera a contar con nosotros?

Para mí no hay alternativa: tengo que ganarme un puesto en la alineación titular.

El hockey es un deporte caro, y les debo mi éxito a mis madres, que han hecho todo lo posible para que pudiera llegar hasta aquí. Pienso devolvérselo multiplicado por diez.

—¿Y qué sentiste al conocer al equipo? —pregunta el presentador, interrumpiendo mis pensamientos.

Trago saliva al recordar el acto de presentación que organizaron para todos los nuevos seleccionados.

Nos enseñaron la pista en la que quizá lleguemos a jugar algún día, fue una experiencia tan emocionante como intimidante.

Haz las cosas bien y llegarás hasta aquí; si no estás dispuesto a esforzarte, más vale que vuelvas a casa.

Al menos, esa era la impresión que pretendían transmitir.

—Fue... intimidante, claro. Ver en persona a gente a la que solo conoces de la televisión y que está exactamente donde tú quieres llegar... Fue una pasada. —Consigo soltar una risita mientras me seco las manos sudorosas en los vaqueros.

—Pero todos fueron muy amables con vosotros, ¿no?

Incluso con los recién llegados. —Una vez más, me vuelvo hacia mi futuro compañero de equipo casi por instinto.

Solo llevo un año viviendo con Nate, pero se ha convertido en mi mejor amigo.

A estas alturas, pedirle su opinión me sale de forma natural, y no veo por qué no iba a hacer lo mismo con su hermano.

Pero aquel rostro familiar se transforma en una mueca hostil. Este no es Nate. La mirada que me dirige su gemelo es abiertamente amenazadora.

Parpadeo un par de veces y continúo:

—Tampoco debe de ser fácil para ellos. Al fin y al cabo, están incorporando jugadores nuevos, y eso siempre altera la dinámica del equipo.

Hay que hacer hueco y adaptarse a distintas formas de jugar...

—Levanto una mano para enfatizar mis palabras y la bajo enseguida, apresurándome a terminar la idea—.

En definitiva, nadie sabe cómo va a funcionar un equipo hasta que todos saltan al hielo juntos.

—¡Buena respuesta! Vamos al grano: ¿cómo de difícil es llegar hasta donde estáis vosotros? Quiero decir, ser seleccionado para la liga.

Me río, completamente superado por los nervios. Está claro que eso era lo que querían preguntar desde el principio.

—Es una mier... Es difícil. —Hago una mueca al darme cuenta de que casi se me escapa una palabrota en una entrevista pública. Me apresuro a seguir adelante; noto un cosquilleo en la nuca, justo donde mis madres me habrían dado un suave toque de atención por mi lenguaje.

»Quiero decir, tienes que intentar mejorar constantemente, entrenar todos los días e ir al gimnasio al menos cuatro veces por semana —enumero contando con los dedos—.

Y eso sin hablar de las clases, los trabajos y los exámenes...

—Suelto otra risita, me quedo callado un instante, me paso una mano por el pelo y casi me quito los auriculares sin querer.

»Pero es increíble haber llamado la atención de un equipo como los Rebels.

Al fin y al cabo, saben reconocer el talento cuando lo ven.

—Dios, espero que eso no haya sonado arrogante, pero tampoco voy a fingir modestia.

Estoy orgulloso de haber llegado hasta aquí. Me he dejado la piel para conseguirlo.

Como el presentador no me interrumpe, sigo hablando.

—Aunque, obviamente, todo puede resultar un poco más fácil si tienes a alguien que te presente a las personas adecuadas. Alguien que conozca a la gente indicada. Por ejemplo, si tus padres fueron jugadores o entrenadores.

Percibo cómo Van der Hoff se tensa a mi lado, pero no le doy importancia. No es ningún secreto que su madre entrena al equipo femenino de la Universidad de Brown ni que su padre jugó en la NHL antes de dedicarse al periodismo.

—Eso puede darte una ventaja enorme, porque saben cómo ayudarte a destacar entre los demás jugadores.

—Me obligo a dejar quietas las manos—. Mis madres hicieron todo lo que pudieron, y no podría estarles más agradecido, pero hubo muchísimas cosas que tuvimos que aprender sobre la marcha.

Y muchas otras se complicaron más de la cuenta.

Quiero decir, ni siquiera habían visto un partido de hockey antes de que yo empezara a jugar.

El presentador se ríe, y yo me uno con una pequeña carcajada.