Capítulo 46
De pie frente al edificio en el que había estado su apartamento, Anyu se sintió mareada.
Casi no lo reconocía: era un montón de ventanas rotas y paredes derrumbadas, y el techo donde se había despedido de Matthew se había hundido.
El edificio parecía haber sido bombardeado meses atrás, y por todas las calles había hombres y mujeres demacrados, enfermos o hambrientos, señales de lo difícil que había sido la vida en Hong Kong.
Habían pasado tres años y medio. Se había perdido mucho tiempo. Matthew debía de ser más alto que ella. Saldría corriendo. “¡Vamos a la playa!”.
Pero ¿dónde estaba? ¿Habría seguido sus instrucciones? ¿Habría llegado al monasterio?
Anyu se desplomó en la calle, sin aliento, debilitada por la caminata cuesta arriba.
La oscuridad le enturbió la visión y le zumbaban de manera extraña los oídos.
Rain la ayudó a levantarse y le preguntó si estaba bien.
Le dijo que debían ir a su casa en la isla de Lantau, pero Anyu no quería irse.
Ese era su apartamento, el único lugar donde Matthew podría encontrarla, y le hubiera gustado quedarse allí sentada esperándolo todo el tiempo que fuera necesario.
Rain suspiró, con los ojos llenos de lástima.
—Está vivo —dijo Anyu.
—Ven conmigo, Anyu. ¿De acuerdo? No está muy lejos.
—Sé que está vivo. —Rain no sabía nada del Diamante de la Vida.
—Entonces tienes que recuperarte. Cuando estés bien, irás a buscarlo.
Sí, claro. Lo encontraría, y ya sabía cómo.