Capítulo 47
Por fin. Un collar con un colgante en forma de cangrejo herradura, una pieza extravagante que evocaba los sueños y anhelos de la infancia.
Brillaba con intensidad y mostraba un cuerpo hexagonal compuesto por seis rubíes cabujones montados sobre un caparazón de oro puro de veinticuatro quilates grabado con elegantes rombos.
Las espinas triangulares tenían incrustaciones de perlas y los ojos de talla marquesa estaban intrincadamente tallados en un raro jade verde esmeralda.
El último tramo del cuerpo, en forma de látigo, estaba elaborado con amatista de color rosa y se elevaba para dar sensación de movimiento, mientras que las diez patas esmaltadas, todas en rosa pimpollo, complementaban la dulce combinación de colores pastel, resaltando el carácter juguetón y el encanto inocente del colgante.
Anyu había tardado once años en fabricar el collar.
Era la pieza que más tiempo le había llevado hacer.
¡Y qué lentamente se había movido la aguja del tiempo!
En la isla de Lantau, la gente era demasiado pobre para comprar joyas o estaba demasiado ocupada para usarlas.
Durante once años, Anyu había vivido en una casa que se elevaba sobre pilotes por encima de las marismas, cerca de un canal; vendía pescado salado y cuerdas tejidas a los pescadores.
Ahorraba cada moneda que ganaba para poder comprar herramientas, disolventes y desengrasantes.
Después, los días en que no sufría mareos, abordaba sampanes cubiertos con una lona y viajaba tan lejos como le permitían sus débiles piernas para regatear con las familias que vendían antigüedades en la carretera.
Siempre se sentía con energías renovadas cuando tenía en sus manos un hallazgo raro, como una tabaquera de piedra lunar, un tigre de jade o un viejo marco decorado con perlas.
Los compraba, los desmontaba, les daba otra forma y utilizaba las piedras preciosas para su collar.
—Espero que ganes, Anyu —dijo Rain, mientras empaquetaba el collar para el concurso internacional de joyería que había atraído a joyeros de todo el mundo.
Era uno de los concursos internacionales más influyentes de Hong Kong, y muchos joyeros de renombre de París, Nueva York y Londres habían acudido en masa a la ciudad para competir por el primer premio.
Los periódicos, la televisión y la radio se habían vuelto locos con el evento, anunciando el concurso y promocionando con entusiasmo las piezas de joyería participantes, una oportunidad que Anyu había anticipado.
Sonrió. Tenía cuarenta y siete años. En esos días, sentía en lo más profundo de su ser que el collar de cangrejo herradura sería la última joya que haría.
—Puede que gane, puede que no.
—Entonces, ¿cómo encontrarás a tu niño?
—Tendremos suerte —dijo ella.
Unos días más tarde, mientras Anyu fundía oro en el molde del anillo, volvió a sentir un dolor punzante en los ojos.
Se quitó la linterna frontal y se los secó con un pañuelo.
Le sangraban. Parpadeó. A través de la ventana, los barcos y las casas se fundían en una neblina gris, y las montañas lejanas parecían pálidas como el agua.
Una corriente de aire atravesó la casa y la sacudió; la puerta chirrió. Pero había alguien en la puerta; alcanzó a distinguir… una sombra alta.
Inclinó la cabeza.
—¿Rain?
—Estoy aquí. —La voz de Rain provenía de cerca de ella—. Anyu, ¿te estás tomando un descanso? Este hombre quiere verte.
—¿Quién es? —Rain sabía muy bien que ella no tenía clientes ni recibía visitas.
Rain se lo explicó lentamente. El hombre dijo que era un joyero artesano estadounidense que había viajado a Hong Kong para la convención de joyería.
Había visto por casualidad en la televisión el reportaje sobre su joya con forma de cangrejo herradura.
Quería felicitarla por su diseño y preguntarle por qué había grabado IMAM en el collar, junto con un águila bicéfala.
—¿De los Estados Unidos? —preguntó Anyu.
La figura se acercó a ella haciendo crujir las tablas del suelo al ritmo de sus pasos.
La casa sobre pilotes se bamboleó.
Anyu extendió la mano. Una mano grande y firme, tomó la suya. Tragó saliva y lo sintió: la forma del rostro, la línea de la mandíbula, la nariz, los párpados y el cabello suave.
—Eres tú, ¿verdad? —susurró.
La sombra que estaba frente a ella tembló.
—Soy yo.
La voz de la eternidad, la voz del pasado y del futuro, la voz del amor. Pero no podía ser. Aun así, preguntó:
—¿Isaac?
Se oyó una risita ¿o un sollozo?
—Soy yo, Matthew. Matthew Dearborn, tía.
—Claro, claro. —Sonrió, con el corazón rebosante de felicidad.
Por fin. Tal y como había soñado. Lo había encontrado.
Solo él sabría quién había hecho un collar con la forma de su criatura favorita.
Solo él sabría el significado de las marcas del fabricante y del águila bicéfala—.
Estoy tan contenta. Estás aquí. ¡Qué maravilla! ¿Cuántos años tienes ahora, Matthew?
—Veinticinco años y dos meses.
Ella se rio entre dientes. Cómo deseaba poder verle el rostro, el cabello dorado, los ojos traviesos. Pero esto era suficiente: sostenerle la mano, sentir la piel y la fuerza de sus dedos.
—Te busqué durante la guerra, tía. No pude encontrarte.
Después de la guerra, oí que a mucha gente la habían enviado a la isla de Lamma y fui a buscarte.
Estaba arrasada por el fuego y había una fosa común.
La gente decía que muchos prisioneros habían muerto durante el incendio. Pensé que habías desaparecido.
—Ah. Cuéntame qué te pasó durante la guerra.
—Después de que te hubieras ido, muchos niños fueron capturados por los soldados japoneses y masacrados, pero el soldado que me capturó me dio un caramelo y me dijo que huyera.
Mucha gente enfermó y murió de hambre en el hospital, pero yo no.
Incluso cuando los estadounidenses bombardearon la ciudad, salí ileso.
Ella siempre había sabido que él sobreviviría.
—Es cierto, ¿verdad? Lo que dijiste sobre la piedra.
Le acarició la mano.
—Debes creer.
Él le acariciaba la cara, secándole las lágrimas.
—Ahora soy un joyero artesano con mi propia casa en Nueva York, la Casa Dearborn, tía. Hago joyas, creo recuerdos, evalúo piedras preciosas y tesoros.
—Tu madre estaría muy orgullosa. La recuerdas, ¿verdad?
—Por supuesto. Tengo dos madres.
—Ah, ¿no te lo había dicho? Tú eres el tesoro más preciado de todos.
Y su niño, el niño al que había estado esperando durante catorce años, el niño al que había protegido, el niño que tenía el Diamante de la Vida, se rio.
—¿Cómo podría olvidarlo? Recuerdo todo lo que me dijiste.
—¿Le rendiste homenaje a Confucio?
—Sí, y adivina lo que encontré.
Le guio las manos alrededor de algo liso, ovalado, y entonces, tal como ella esperaba, se abrió.
Anyu sonrió. Ya no podía ver las delicadas cáscaras de huevo talladas, los riachuelos con hilos de diamantes, la base de cristal de roca, los finos detalles de la pieza ornamental de valor incalculable que la había cautivado cuando tenía quince años, la pieza ornamental que había cambiado su vida, la pieza ornamental que había seducido a una princesa loca, pero siempre había sabido que su niño lo encontraría.