Capítulo 45
La isla se llamaba Lamma, según le dijeron.
Un sol dado amenazante vino a interrogarla y le preguntó constantemente por el huevo; después, vino un grupo de médicos con maletines a examinarla.
Estaba acostada, desnuda, en una cama estrecha, expuesta a los brillantes rayos de luz, indefensa.
Se preguntaba qué había hecho y si moriría en la mesa de operaciones por un huevo.
Después, la encerraron en una pequeña celda que tenía una cama, un banco, un orinal y una mesa con herramientas de joyería, lápices, oro, plata y piedras preciosas.
Fascinada, levantó las herramientas una por una, sintió su peso en la mano y escuchó su suave tintineo.
Una oleada reconocible de emoción le recorrió el estómago.
Quizá fuera un efecto de la luz, pero le pareció que algo surgía de ese brillo, y unas voces, difíciles de captar, como música, resonaban en su cerebro.
Como guiada por una fuerza invisible, comenzó a hacer un gancho, un eslabón, un engaste para un anillo, una cadena.
Oía los pasos del guardia japonés con un rifle fuera de su celda, los susurros de las mujeres que repartían la comida, y las otras voces de la isla, de la desgracia de los prisioneros, de las olas y el viento; no levantaba la cabeza.
Pasaron los días, los meses y los años. Hizo anillos, collares con colgantes de piña, hebillas de cinturón de jade, cigarreras de plata y quemadores de incienso de esmeralda.
Cada objeto brillaba y emitía una intensa fosforescencia como un diamante en la oscuridad, evocando algo parecido a un recuerdo perdido.
Recordó el cielo nevado, el frío que calaba hasta los huesos, un apartamento lúgubre cerca de las vías del tren y una mujer con una voz suave, y después, como en un espejo, vio a una niña solitaria junto a las vías del tren, dibujando con las manos heladas.
Y, luego, esas manos sostenían un huevo precioso, irreal como un reino glacial. Ella, un trozo de jade, una huérfana.
Recordó sus años en Shanghái, la ciudad del oro y los gánsteres, el hechizante joyero francés del rostro encantador y la mujer más hermosa que había visto jamás, con un vestido amarillo brillante como el sol.
Recordó que había amado profundamente a dos hombres, uno llamado Isaac y el otro, Confucio; uno era viejo y el otro joven; uno moldeaba el metal y el otro rompía todas las reglas; uno le había dado un diamante y el otro la había hecho sentir como un diamante.
Su amor por ellos era como una marea que subía y bajaba, llena de misterio, llena de remordimientos.
La habían protegido, le habían dado su vida y la habían amado como ella a ellos.
Sí, los había amado, y ellos la habían amado.
Y entonces, un día, mientras observaba un zafiro del tamaño de un guisante a través de una lupa, recordó a la princesa obsesionada con los huevos y recordó a Matthew, el niño dorado al que había amado desde que nació, el niño que ahora tenía el Diamante de la Vida.
Y recordó su propio nombre.
Se abrió la puerta.
El guardia japonés le gritó que se marchara.
Anyu se puso de pie y se tambaleó hacia la puerta, sosteniendo el soplete con el que estaba trabajando.
Sentía las piernas débiles, después de haber estado sentada durante largas horas, y tuvo que apoyarse en la pared para sostenerse.
El soldado del muelle había vuelto, había recogido todas las joyas que ella había hecho y le había formulado más preguntas sobre el huevo. Anyu permaneció en silencio.
Fuera de la celda, el viento cálido le acarició el rostro.
Cerró los ojos. Hacía tiempo que había perdido la noción de las estaciones, había olvidado cómo era la isla o cuánto tiempo llevaba allí exactamente.
Ese momento de libertad, de regreso al mundo real, era inesperado.
Era casi el atardecer; las palmeras, la costa y el cielo parecían tenues, como sombras.
Muchas mujeres se habían reunido cerca de una tienda de campaña, donde habían dormido; algunas caminaban con dificultad por la pradera que estaba a su izquierda, con la cabeza gacha, como girasoles marchitos.
—Vete. —El guardia la empujó para que se uniera a ellas. ¿Adónde iban?
Un disparo la sobresaltó, lejano, pero a la vez cercano; por un momento, las mujeres se quedaron paralizadas en su caminata hipnótica, y después, una ola de gritos inundó la tranquila isla. Las mujeres se dispersaron como animales asustados.
Alguien cayó a su lado.
—Ayúdame —dijo una mujer.
La voz le sonó conocida: era la que repartía la comida. Anyu le tomó la mano, pero al tirar de ella, perdió el equilibrio y se estrelló contra la mujer. Juntas rodaron y cayeron por una pendiente. La caída era empinada y dejó a Anyu sin aliento. Finalmente, chocó contra un tronco y dejó de moverse.
—¿Dónde estamos? —preguntó la repartidora, que había caído a unos metros de distancia.
Anyu negó con la cabeza. No veía muy bien, pero aún podía oír la ráfaga de disparos y gritos a lo lejos.
—Te conozco. Eres la joyera.
Anyu se incorporó. Le dolía todo el cuerpo; quizá se había roto una costilla.
—¿Eres muda?
Carraspeó, pero entonces empezó a toser y, como siempre, la ansiedad le invadió los pulmones como un tirano.
—No pasa nada, no hace falta que hables. Creo que aquí estamos a salvo.
Anyu asintió con la cabeza.
—Están planeando matarnos, ¿sabes? Se rumorea que los submarinos estadounidenses torpedearon a los japoneses y que estos están perdiendo la guerra. Se van a marchar de la isla. Por eso han organizado una masacre aquí para deshacerse de nosotros. ¡No te muevas!
Anyu miró a su alrededor y vio lo que quería decir: no estaban solas.
A su alrededor, colgando de las ramas y las hojas, reflejadas por la luz del atardecer, había unas criaturas extrañas: ranas arbóreas de colores vivos, orugas peludas, polillas del tamaño de un platillo y arañas que desfilaban con sus patas delgadas como lápices.
Anyu se quedó quieta.
—Cuidado con esas orugas, son venenosas —dijo su compañera gimiendo.
Después, se presentó: se llamaba Rain. Parecía tener unos veinte años, era mucho más joven que Anyu. Originaria de una aldea de Cantón, vivía en Hong Kong desde los diez años y llevaba tres años encarcelada allí.
—Creo que me he roto la pierna. Me duele.
Anyu deseaba poder hacer algo.
—Nos esconderemos aquí, por si acaso los soldados nos buscan. Una vez que sobrevivamos a esto, podremos volver a casa.
A casa. Para volver a ver a Matthew. Anyu ya no tenía el pinchazo en las costillas ni se sentía intimidada por los insectos colosales que acechaban a su lado.
Encontró una cueva cercana y se metió allí con Rain.
Durante toda la noche, oyeron disparos y gritos desgarradores que provenían de la colina.
Al amanecer, los gritos se apagaron y el bosque se sumió en un silencio lúgubre. Salieron gateando.
—Mira —le dijo Rain dándole un codazo.
Fuera de la cueva, sobre ellas, donde había estado su celda, ardían llamas rojas y las columnas de humo negro se elevaban en espirales sobre el bosque.
El infierno furioso duró tres días; el aire siseaba con el calor y se desgarraba con los gritos agonizantes de los animales atrapados, el suelo ardía con la hierba y las ramas encendidas.
El olor a carne quemada y corteza de árbol ardiente flotaba en la isla, y el humo y el calor humeantes hacían llorar a Anyu.
Cuando el fuego finalmente amainó, el bosque, antes verde, se había convertido en un sombrío cementerio de arboledas carbonizadas cubiertas de cenizas.
Mareada por el hambre, Anyu salió a buscar comida, ya que Rain no podía moverse debido a su pierna rota.
Pero no pudo ir muy lejos, disuadida por el humo asfixiante y las brasas que titilaban en el camino.
Después de mucho buscar, regresó con tres ranas asadas y una tortuga de cabeza grande, lo mejor que pudo conseguir.
Se lo comieron todo.
Con el estómago lleno, Anyu atravesó el suelo tibio del bosque y se dirigió al campo de prisioneros.
No quedaba ni una sola prisionera; las tiendas se habían reducido a cenizas, su celda estaba sepultada bajo un montón de escombros y todo el oro, las piedras preciosas y las herramientas habían desaparecido.
Los guardias japoneses se habían ido, al igual que los barcos.
Cada día, Anyu salía de la cueva y bajaba la colina hasta la orilla, buscando los barcos que las llevarían a Hong Kong, una isla lejana. Matthew debía de tener ya catorce años, se había hecho mayor. No veía la hora de encontrarse con él.
Tenían hambre, siempre hambre. Con los cadáveres de animales y los insectos que se pudrían rápidamente al sol, Anyu cazaba murciélagos y pangolines y compartía su comida con Rain, que se recuperaba lentamente, pero aún no podía caminar.
Un día, Anyu oyó un estruendo procedente del faro de la isla de Hong Kong. Días más tarde, una flota con banderas británicas navegaba por el océano hacia el monte Davis. También aparecieron en el horizonte barcas de juncos azules de pescadores, remolcadores y veleros.
Ella saludó con la mano.
—¡Aquí! ¡Aquí!
“ ¡Ya voy, Matthew, ya voy! ”.