Capítulo 42 #2
—Solo comen gusanos, almejas y moluscos.
No han cambiado su dieta en siglos y su aspecto ha permanecido igual durante millones de años.
Son las criaturas más antiguas de la Tierra, más antiguas que los dinosaurios.
—Levantó un cangrejo herradura y le dio la vuelta, para que las diez patas se agitaran en el aire.
Algunas cosas eran realmente eternas.
Un día, estaban jugando de nuevo en la playa cuando Matthew miró al cielo.
—¿Qué es eso?
Más allá de las olas turquesas, cerca de la costa de Kowloon, lejos en el horizonte, unos aviones volaban en círculos y dejaban manchas negras en el aire gris. Se produjo una llamarada y se elevaron columnas de humo.
Anyu frunció el ceño y se protegió los ojos del sol. No podía determinar la ubicación exacta de la llamarada, pero no parecía un simulacro ni un accidente.
—Vámonos a casa, Matthew.
De camino a su apartamento, preguntó a los vendedores, a peatones y a cualquiera con quien se cruzaba sobre el incendio, pero parecía que nadie sabía nada. Matthew encendió la radio. Solo había música.
Al día siguiente, una voz grave dio la noticia de que el aeródromo de Kai Tak, utilizado por la Fuerza Aérea Real, había sido bombardeado; los japoneses habían atacado Kowloon.
—Te lo dije. Está pasando —dijo Matthew—. ¿Qué va a ser de nosotros?
—Ya oíste las noticias. Los británicos de Kowloon contraatacarán y habrá una sangrienta batalla antes de que desembarquen en la isla de Hong Kong. Pero para entonces ya nos habremos ido de aquí. Mamá y papá volverán y nos iremos a Macao.
—¿Cuándo llegarán?
—Pronto. —Anyu no dejaba traslucir su preocupación en el rostro. Había pasado una semana desde que Esther se había marchado.
—¿Los japoneses nos matarán a todos?
—No, tú eres estadounidense. Te dejarán en paz.
—En la radio dijeron que los japoneses también estaban en guerra con los Estados Unidos y que nosotros también somos sus enemigos.
Ella también lo había oído y esperaba que fuera un rumor.
—Nos quedaremos en el apartamento por seguridad, Matthew.
Todos los días había noticias de saqueos en las calles de Kowloon, robos en las tiendas y atracos a los camiones conducidos por los empleados de los hospitales. Anyu se alegraba de haber almacenado arroz y frijoles suficientes para varios meses.
Pasaron diez días y Esther no volvió.
Preocupada, Anyu salió del apartamento para buscar a Esther.
¿Habrían encontrado ella y el señor Dearborn un ferry a Macao?
A esas alturas ya deberían haber oído hablar del bombardeo al aeródromo de Kai Tak y, si no habían encontrado un barco, tenían que darse prisa.
Una vez que los japoneses cruzaran el puerto Victoria, quedarían atrapados.
Fue al apartamento de Esther en Central, pero no había nadie allí y la tienda del señor Dearborn estaba cerrada.
Anyu decidió ir a los grandes almacenes donde trabajaba Esther. Matthew insistió en acompañarla.
Mientras caminaban hacia allí, Anyu casi no reconocía las calles por las que había pasado todos los días: el bombardeo de Kowloon había asustado a la gente de Hong Kong.
No había vendedores ambulantes ni gente empujando cochecitos; los autobuses y tranvías no funcionaban y los taxis habían desaparecido.
Se dio cuenta, con un escalofrío, de que los japoneses iban a invadir la isla de Hong Kong en cualquier momento.
—Quédate conmigo, Matthew. ¿Me oyes? No te alejes de mí.
Corrió hacia el majestuoso edificio Lane Crawford y se abrió paso entre la multitud que se llevaba fardos de ropa, lámparas e incluso ropa de cama. Se dio cuenta de que no eran compradores habituales, sino saqueadores, con una mirada histérica en el rostro.
Entonces, lo oyó: un leve zumbido, como el de un mosquito. Levantó la vista. Un avión de combate. Después, otro. Proyectaban largas sombras delante de ella, como dos criaturas oscuras bajo el mar.
—¡Están bombardeando la isla, tía! —dijo Matthew.
—Busquemos a mamá. Vamos.
Entraron corriendo en los grandes almacenes; era una escena de frenesí indescriptible.
Los hombres rompían los mostradores de cristal y peleaban por las pieles, los bolsos y la ropa, mientras otros gemían en el suelo y se tocaban la cabeza ensangrentada.
Anyu encontró a un dependiente con el uniforme de la tienda sentado en el suelo con sangre en la cara.
—¿Esther Mandelburg? —dijo, con voz casi inaudible.
—Hace unos días salió de la tienda para ir a ver cómo estaba su esposo. Oí que los japoneses los han detenido.
¿Detenidos?
—¿Dónde están?
—No lo sé.
Un estruendo atronador sacudió el edificio. Se derrumbó el techo; el segundo piso se desplomó. Los ladrillos se estrellaron contra el suelo.
Anyu se abalanzó para proteger a Matthew.
—Tenemos que irnos, Matthew. Vamos.
Lo tomó de la mano y se lanzó al vacío justo cuando el balcón se derrumbaba.
En una carrera frenética, sin soltar la mano de Matthew, salió del edificio y corrió por la calle.
Estaba a solo unos metros de una iglesia cuando estalló otra bomba y el campanario se derrumbó con un gemido.
Anyu se detuvo y miró a su alrededor; el corazón le latía con fuerza en el pecho.
Desesperada, corrió hacia una cafetería que estaba cerca de una palmera, aferrada a la mano de Matthew.
Tan solo había dado dos pasos cuando una bala perdida pasó silbando a su lado y un hombre que llevaba un montón de sombreros se desplomó junto a ella.
Tembló; en pocos minutos, habían escapado de la muerte tres veces.
—¡Quiero ir con mamá! ¡Quiero ir con papá! —gritó Matthew con el rostro bañado en lágrimas.
—Primero tenemos que salir de aquí.
Lo arrastró consigo. Las calles estaban envueltas en una densa niebla de polvo y humo, ensordecidas por el sonido de los bombardeos, y el suelo temblaba.
Era difícil ver hacia dónde debía ir, pero algo estaba claro en su mente.
Con el Diamante de la Vida, ella evadiría la muerte y, mientras sostuviera la mano de Matthew entre las suyas, él también sobreviviría.
—Tenemos que encontrarlos, tía.
—Lo haremos. En cuanto dejen de bombardear. Volvamos a nuestro apartamento. Quédate conmigo, Matthew.
—Me estás triturando la mano.
—Lo siento.
Aflojó solo un poco y, luego, aceleró el paso y corrió por la calle llena de los ruidos cacofónicos de los edificios que explotaban y la gente que gritaba.
Intentó con todas sus fuerzas no mirar los aviones de combate que rugían sobre ella y apartó la mirada de las personas con los rostros ensangrentados y de los cuerpos desplomados sobre las escaleras de piedra.
Hong Kong se estaba convirtiendo en un infierno.
Durante seis días, el cielo explotó.
Los árboles caían, las colinas temblaban, los edificios gemían. Los chillidos de las personas se mezclaban con los gritos agudos de las gaviotas que sobrevolaban el agua. Se alzaban nubes de humo negro como el carbón, se extendían por el cielo y ahogaban un sol negro.
El día de Navidad, la isla estaba silenciosa como una jaula vacía.
En el aire flotaban las cenizas de los incendios, girando como copos de nieve, y las colinas desnudas tenían el color de la arena del desierto; en el puerto, los cascos de las barcas de juncos flotaban a la deriva y las velas rotas oscilaban.
En la radio, un locutor dijo que el gobernador Young se había rendido.
Había tomado una lancha motora hasta Kowloon, al otro lado del puerto, donde los japoneses habían establecido su cuartel general dentro del Hotel Península, y había firmado un documento de rendición incondicional.
El intercambio había sido amistoso y había regresado al palacio del gobernador con su bastón de Malaca ribeteado de oro.
La radio no mencionó el trato que habían recibido los rehenes estadounidenses, declarados enemigos de los japoneses.
Durante todo el día, Anyu permaneció en lo alto de una colina, cerca de su apartamento, con la esperanza de ver volver a Esther y observando la actividad que había en las calles.
Por la tarde, vio un desfile de funcionarios a caballo y en jeeps que avanzó lentamente junto a los edificios bombardeados, con soldados que llevaban la bandera japonesa en dirección al distrito de Wan Chai, donde se había reunido una gran multitud en la plaza de la Estatua.
A los civiles extranjeros, al Cuerpo Médico del Ejército Real y a los Royal Scots que se habían rendido los llevaron a la plaza, a la espera de órdenes, según le dijo uno de sus vecinos.
¿Órdenes?
Se imaginaba qué clase de órdenes serían. El 23 er Ejército Japonés había ganado la guerra y había llegado el momento de la verdad para los extranjeros, que probablemente serían enviados a campos de prisioneros.
—Rápido, rápido. —Anyu tomó de la mano a Matthew y corrió cuesta abajo.
Se abrieron paso por las calles hacia el oeste, hasta la plaza de la Estatua.
Era un trayecto corto, pero les llevó mucho tiempo trepar por los escombros y llegar a la calle Chater.
Después, no pudieron seguir adelante, porque los bloqueó un ejército de soldados japoneses.
Anyu se paró en una escalera, desde donde alcanzaba a ver el dosel rojo de la estatua de la reina Victoria, pero nada más.
Después de buscar un poco, finalmente encontró una cornisa cerca de un león de piedra.
Le hizo señas a Matthew para que se acercara y se subió al pedestal, estirando el cuello.
Entonces, los vio: alrededor de la valla de la estatua estaban los soldados británicos derrotados, los policías indios con heridas sangrantes y, un poco más lejos, frente al imponente edificio del HSBC, de espaldas al puerto y mirando hacia la calle, había una fila ordenada de extranjeros desaliñados.
Eran muchos, hombres con abrigos de seda negra y mujeres con faldas.
—¿Los ves? —preguntó Matthew; tenía los ojos vidriosos.
Anyu negó con la cabeza y se quedó quieta. Delante de los extranjeros detenidos había una figura con uniforme de oficial, que llevaba una espada: Kawashima.
—Mamá debería estar ahí. ¿La ves?
Ahí. Anyu finalmente vio a Esther, el cabello como brillantes flores de trompeta doradas. Tenía treinta y nueve años, recordó Anyu, era una madre cariñosa, una vendedora agradable y una esposa atenta.
—¡La veo! ¡Ahí está! ¿La liberarán? ¿La enviarán a un campo, tía?
Anyu no veía nada a través de la multitud. Se puso de puntillas, estiró el cuello y divisó las puntas de los rifles delante de la fila. Se estremeció.
Se oyó un fuerte grito en japonés y los rifles se levantaron.
—¿Qué están haciendo?
Anyu sintió que se le rompía el corazón en mil pedazos. Con lágrimas en los ojos, giró a Matthew hacia ella y lo abrazó con fuerza.
—No mires, no mires.
Esther miraba hacia arriba, al cielo, tal vez buscando a Anyu, pidiéndole que cuidara de Matthew.
Entonces, se oyó una explosión y las flores doradas se tambalearon. Toda la fila cayó hacia atrás. Los disparos, ensordecedores, estremecieron la plaza y resonaron por encima de las estatuas.
El puerto se tiñó de sangre.