La joyera china Capítulo 43
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Capítulo 43

Más tarde, se supo que unos quinientos extranjeros habían sido ejecutados en la plaza. Anyu nunca supo si el señor Dearborn estaba entre ellos. No se volvió a saber nada de él.

Noventa y seis días después de la ejecución de su amiga, cuatro meses antes de que Matthew cumpliera once años, Kawashima encontró a Anyu.

Desde lo alto del tejado de su apartamento, Anyu observó a la mujer que se escabullía colina arriba, con la espada en la mano izquierda.

Atardecía; el sol había desaparecido tras la nube de humo que se elevaba incesantemente en aquellos días.

Cerca de ella, algunas mujeres locales vestidas con camisas y pantalones negros, que habían estado buscando restos de comida, corrieron hacia sus casas.

Había llegado el momento de tomar una decisión difícil.

—Matthew. —Anyu le dio un golpecito en el hombro—. Bajaré a recibirla.

Estaban sentados en la azotea de su apartamento, un escondite de los saqueadores mafiosos.

Los últimos meses habían sido brutales: había saqueos en las calles, tiroteos y acoso por parte de los gánsteres en toda la ciudad.

Anyu le mostró a Matthew las provisiones que había guardado a lo largo de los años: la carne enlatada, los melocotones en conserva, el pescado salado seco escondido bajo el suelo, cerca de la puerta; le recordó una y otra vez el monasterio que estaba al otro lado de la costa, le hizo memorizar los nombres y la dirección de sus abuelos en los Estados Unidos y le indicó qué debía hacer en un futuro próximo si algo los separaba.

Pero ella esperaba no tener que enfrentarse nunca a ese momento.

Matthew negó con la cabeza, con la cara y el pelo manchados de barro que ella le había untado para camuflarlo.

—No quiero que te vayas.

Al oír su voz, Anyu ya no estaba tan segura de su plan. Solo era un niño. ¿Sería capaz de encontrar el camino hasta el ferry? Quería quedarse y protegerlo.

—No puedo dejar que ella te vea ni que sepa quién eres. Te llevará con ella. Te hará daño y te utilizará como moneda de cambio. No permitiré que suceda.

—¡No me importa! No me dejes…

—Oh, mi niño, mi niño. Nunca te abandonaré. Te quiero más que a mi propia vida. Te he querido desde que naciste. Y siempre te querré, sin importar dónde estés o lo que me suceda. ¿Me crees?

—Sí, tía. Pero, por favor, no te vayas.

Kawashima había llegado a la cima de la colina.

Anyu se desabrochó el collar del Diamante de la Vida que llevaba alrededor del cuello. Lo miró por última vez y se lo colocó a Matthew.

—Ya está. ¿Lo ves? Nunca te abandonaré.

Él miró el collar con los ojos apagados como piedras.

—¿Recuerdas lo que te dije? Es una piedra legendaria, un tesoro precioso, y te protegerá como me ha protegido a mí. Te mantendrá a salvo. Te traerá buena suerte y bendiciones. Prométeme que nunca te lo quitarás. Lo llevarás puesto siempre. Es muy importante.

—No lo quiero… —sollozó.

—No tengas miedo, pequeño Matthew. Debes creer que, después de todo el humo y las bombas, volverá a salir el sol.

Debes creer que, en el río o en una tienda de campaña, bajo las estrellas o en una azotea, sobrevivirás.

Y lo más importante, debes creer que, sin importar cuántos años y meses pasen, volveremos a vernos.

Anyu se inclinó para besarle la frente y se deslizó por el tejado.

La tierra bajo sus pies estaba seca, cálida, como ámbar ardiente a fuego lento.

Pudo oír las voces que provenían de la colina y se apresuró a ir a la puerta trasera.

La abrió, cruzó el suelo de puntillas hasta su mesa de trabajo y forzó una tabla de la pared.

Sacó el estuche con el Huevo de Invierno y se lo guardó en el bolsillo de los pantalones.

Se abrió la puerta principal. La luz del día le deslumbró el rostro.

—Ahí estás. —Era la voz de Kawashima.

—Me encontraste. —No podía ver el rostro de la asesina, solo los ojos brillantes. Detrás de ella había dos soldados uniformados.

—Te escondiste bien. Me llevó cuatro años encontrarte.

—No te rindes.

Kawashima se rio.

—Te llevaré hasta el huevo. —Anyu se puso de pie.

—¿Dónde está?

—Necesitaremos un barco —dijo ella.

En el puerto no había barcas de juncos, ni embarcaciones de pesca, ni vapores, ni transbordadores con techos de madera pintada; el enorme barco de doble proa que cruzaba el puerto parecía un juguete lejano aparcado en el muelle de Kowloon.

Una niebla espesa se extendía y envolvía unos cuantos botes blancos que se mecían en el río, a la deriva, como polillas.

La lancha motora avanzaba a una velocidad asombrosa y Anyu tuvo que aferrarse al asiento de cuero para mantenerse firme, consciente de que la asesina observaba cada uno de sus movimientos. Si su plan funcionaba, llegarían a la isla de Lantau en veinte minutos.

—Voy a vomitar. —Anyu se arrastró por la cabina y llegó a la popa. La lancha era bastante grande, con una segunda cubierta y un mástil principal, pero sin barandilla. Se llevó la mano a la garganta y se inclinó sobre el borde del barco.

—Vuelve aquí —le advirtió Kawashima.

Anyu se levantó, sacó el estuche y lo sostuvo con la mano derecha. Kawashima se colocó delante de ella, con los ojos brillantes de ira.

—Me has engañado. ¿Por qué dijiste que estaba en la isla de Lantau?

—Nunca dije que estuviera en la isla de Lantau. Dije que necesitábamos un barco.

Kawashima acercó la mano a su espada.

—Si me matas, lo tiraré a la bahía —advirtió Anyu.

—No te atreverías.

Anyu miró la caja.

—Ejecutaste a mi amiga. Ella era mi familia.

—Era estadounidense, enemiga de nuestro país.

—¿Alguna vez has amado a alguien?

La niebla se deslizó hacia el rostro de la princesa y luego se disipó.

—Me dieron en adopción a los ocho años. Soy huérfana.

—Yo también soy huérfana.

—¿Sabes lo que es que tu padre adoptivo te visite a medianoche cuando tienes dieciséis años? ¿Y que luego te casen con alguien a quien nunca has visto? No sabes nada de mí. El huevo es mío. Debo recuperarlo.

Anyu suspiró.

—Te lo daré, ya que lo deseas tanto. Acércate.

Kawashima se acercó a ella con pasos pesados; el barco se bamboleó. La princesa se detuvo cuando estaba a unos cinco pasos de distancia.

—Más cerca. —Anyu le hizo señas con la mano libre, manteniendo el equilibrio mientras el barco se mecía.

Kawashima dio un paso más.

—Ahora es tuyo. —Anyu colocó el huevo en las manos de la asesina. Kawashima lo examinó y, entonces, tras esbozar una sonrisa torcida, se echó a reír, triunfante.

Anyu se abalanzó sobre ella como una lanza y la empujó fuera del barco.

Un grito. Kawashima agitó los brazos y extendió la mano para atrapar el huevo en el aire. Después, se hizo más pequeña y, con un chapoteo, cayó al agua, casi en el mismo momento en que el huevo alcanzó la superficie y se hundió en la espuma blanca.

Por fin, la princesa tenía el huevo, tal y como había deseado, y nadie le quitaría jamás ese tesoro.

Se oyeron algunas voces. Los soldados le apuntaron a Anyu con sus armas.

—¿Dónde está la princesa?

Reconoció al hombre al mando: el señor Tanaka.

—En su tumba.

Anyu recibió un golpe en la espalda y cayó en la bahía.