La joyera china Capítulo 42
91%

Capítulo 42

En su apartamento, Anyu limpió a Matthew, lo vio devorar la sopa de semillas de loto que le había preparado y le preguntó una y otra vez si quería más.

Disfrutaba de momentos como ese, de darle de comer.

En la habitación había un bochorno húmedo, como si estuviera envuelta en un espeso capullo de calor, a pesar de que era diciembre.

Anyu lo abanicó con un gran abanico de papel para mantenerlo fresco.

Después de comer, Matthew entró en el pequeño espacio de su taller y observó los huesos de sepia que ella había cortado.

Se sentó ante su mesa de trabajo con aire tranquilo. Cuando era más pequeño, ella tenía que advertirle que no tocara esto o aquello, pero ahora le confiaba todas las herramientas.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó él.

—Una cesta de flores.

—¿Ya está terminada?

—Sí.

Levantó la cesta hacia la luz; era pequeña, del tamaño de un anillo.

—¿Por qué siempre grabas I-M-A en tus joyas?

—Es mi marca de fabricante, mi firma. Significa “Yo soy Anyu” —respondió ella—. Pero espera un momento. —Con la sierra, grabó otra letra.

“I-M-A-M”.

—La segunda M eres tú. Algún día serás un gran joyero.

Esta será nuestra firma para la Casa Mandelburg.

—A menudo le había hablado de Isaac a Matthew, de las habilidades que él le había enseñado y de cómo la había convertido en una maestra joyera—.

Y esto —dibujó el símbolo del águila bicéfala justo al lado— es de una organización secreta a la que pertenecí.

No puedo contarte más porque hice un juramento para proteger ese secreto.

Pero tú ya sabes lo de la Aurora de Medianoche.

Él sacó la lengua.

—Siempre hablas de eso, pero yo no me lo creo. Solo es una piedra.

Cuando era más joven, se lo creía.

—No es solo una piedra. Es la Aurora de Medianoche.

—¿Por qué te la dio el abuelo si era tan poderosa?

Ella le dio una palmadita en la espalda.

—A veces hay respuestas que no podemos entender; a veces hay respuestas que nos negamos a entender. Cuando crezcas, lo sabrás.

Él se encogió de hombros.

—¿Puedo hacer hoy mi colgante de cangrejo herradura?

Los cangrejos herradura eran las criaturas marinas favoritas de Matthew. Cada vez que iban a la playa, le gustaba jugar con ellos.

Anyu tomó su pluma y un cuaderno de dibujo de la fila de herramientas alineadas en la pared.

—Aquí tienes. La precisión es la clave, no lo olvides.

El chico se sentó con los pies firmemente apoyados en el suelo y la cabeza inclinada hacia delante. Enseguida, se sumergió en su dibujo. Para un niño de diez años, su concentración era notable.

Cuando Esther llegó, era casi medianoche.

Ya habían terminado de cenar. Últimamente, trabajaba en un mostrador de Lane Crawford vendiendo joyas.

También ayudaba en la tienda del señor Dearborn durante el día; por las tardes, se relajaba en un club para mujeres de clase alta, con escaleras de mármol y salas con paneles de teca pulida.

Esther se quitó el sombrero de encaje y se sentó en el pequeño sofá, con un vestido de tafetán morado; tenía un aire arrepentido, pero se veía tan bonita como siempre. Últimamente había estado de buen humor, pero esa noche, no.

—Siento haberme perdido la cena.

Anyu le ofreció un cigarrillo.

—No pasa nada. ¿Estás bien? Te preocupa algo.

—No sé cómo contarte esta noticia. Creo que he visto a Kawashima.

Anyu no quería volver a oír su nombre nunca más.

—¿Estás segura?

Esther exhaló una nube de humo.

—Hoy había soldados japoneses en la tienda. Ella llevaba un uniforme militar de hombre y una espada. Nunca olvidaré su rostro.

A Anyu se le encogió el corazón.

—¿Te vio?

—No.

Exhaló.

—Bien. ¿Qué estaba haciendo?

—Hablaba con unos dependientes en el mostrador. Preguntaba por las joyerías que hay en esta isla.

Seguía buscándola, buscando el Huevo de Invierno.

Pero Anyu había tenido cuidado, había pasado inadvertida, se había mantenido alejada del foco de atención de las joyerías y solo había hecho trabajos de reparación.

Se había esforzado por permanecer irreconocible entre la multitud de personas de la isla.

—Por precaución, creo que deberías mantenerte fuera de la vista. ¿Quizá tomarte unos días libres en la tienda?

—El caso es, Anyu, que llevo un tiempo preocupada por la vida en Hong Kong. Ya has oído las noticias.

—Pero la radio dice que los británicos están bien equipados y suficientemente armados.

Esther negó con la cabeza.

—Me temo que se mantiene a la población en la ignorancia y el Gobierno quiere que siga así.

La situación es grave. He oído que, en el mejor de los casos, los británicos esperan aguantar noventa días y, después, no podrán hacer otra cosa que aguardar a que los rescate la Armada estadounidense que navega desde Hawái.

Anyu aún no sabía que los británicos dependían de los estadounidenses.

—Crees que el ataque es inevitable.

Esther suspiró.

—Patrick dice que no es cuestión de si ocurrirá, sino de cuándo será. Ahora, con la llegada de Kawashima, creo que tenemos que buscar una salida.

—¿Qué salida?

—Hablé con Patrick. Hemos contactado a un amigo para organizar un viaje en barco a Macao. Cuando tengamos los detalles, haremos las maletas y nos iremos. ¿Qué te parece?

¿Dejar Hong Kong? Anyu miró a su alrededor: la estufa de carbón, la cesta de mimbre que usaba para la compra, la estera de bambú que desplegaba por la noche para dormir y el taller en el espacio cerrado donde Matthew estaba dibujando.

No había pensado en abandonar ese nido, pero dondequiera que fuera Esther, ella la seguiría.

—Macao es una buena idea.

—Bien. Volveré en diez días.

—Matthew se quedará conmigo hasta que encuentres el ferry. ¿Te parece bien? —dijo Anyu.

Esther asintió. Sostuvo el cigarrillo entre los dedos y observó cómo el humo se deslizaba por encima de la lámpara. En el aire flotaba el olor del tabaco mezclado con la fragancia floral de Esther y la acetona del taller.

—Anyu, no sé… Tengo un mal presentimiento sobre esta guerra, sobre Hong Kong.

—Todo irá bien. Hemos pasado por cosas peores.

Esther esbozó una sonrisa forzada.

—He estado pensando que la vida, para alguien como yo, siempre ha sido bastante trágica. Siempre he estado huyendo de la guerra. La guerra en Rusia, en Shanghái y, ahora, la guerra en Hong Kong. No puedo evitar pensar que mi vida es simplemente un interludio triste de una larga elegía.

—Dejaste Shanghái por mí.

—Me alegro de que estemos aquí contigo, me alegro de tenerte.

No era habitual escuchar palabras de afecto de Esther. Anyu chocó su cigarrillo con el de ella en un gesto de cariño.

—Y yo te tengo a ti —dijo.

Podría haber dicho más, contar sus desgracias y compartir sus victorias.

Pero no era necesario: Esther sabía muy bien cómo se sentía.

Después de todos esos años juntas, estaban muy en sintonía con los pensamientos de la otra y no necesitaban contar, ni comparar, ni alardear del amor que existía entre ambas.

Eran amigas, hermanas, familia. Ahora y para siempre.

Esther sonrió.

—¿Recuerdas que una vez te dije que no te quedaras con nosotros porque éramos judíos apátridas?

—Y yo no te hice caso. Lo único que quería era vivir con tu familia.

—Eras terca. Siempre has sido muy terca.

Anyu le dio una larga calada a su cigarrillo.

—¿Te has preguntado cómo sería tu vida sin mí?

—¿Te culpas por lo que le pasó a mi familia? No. No es culpa tuya, Anyu. Es porque mi padre era joyero, es por lo que somos. Tú has sido nuestro amuleto de la suerte. Si no fuera por ti, hoy no estaría aquí. Estaría muerta en Shanghái, junto con mi padre y Samuel.

Los pensamientos de Anyu se desviaron.

—Los echo de menos.

—Yo también los echo de menos —dijo Esther en voz baja.

A todos ellos. A Isaac, a Samuel, al tío David y a las tías. Y a Confucio. Y a Madre.

Más tarde, fueron al taller y se apoyaron en el marco de la puerta para observar a Matthew trabajar con la cabeza inclinada, mientras una voluta de humo gris de soldadura le rozaba la frente y se elevaba hacia el techo.

—No te preocupes. Yo cuidaré de él —dijo Anyu.

—Sé que lo harás.

—Vuelve dentro de diez días —dijo Anyu.

Entonces, volverían a escapar. Como habían hecho antes.

Después de que Esther se hubiera marchado, Anyu mantuvo a Matthew ocupado.

Tan pronto como se despertó, le dio de comer fruta, avena y huevos, y fue con él hasta la terminal del ferry, desde donde hicieron un viaje de dos horas hasta el monasterio de Tsing Shan, donde se guardaban las cenizas de Confucio.

Subieron los empinados escalones de piedra que zigzagueaban entre imponentes árboles de caucho indios con troncos en espiral y hojas brillantes, pasaron por los portales de la montaña y visitaron la tumba de Confucio.

—Él es el guardián de mis secretos —dijo Anyu—. ¿Me prometes que le rendirás homenaje a Confucio cuando seas mayor?

Matthew asintió con la cabeza.

Más tarde, meditaron en la sala de culto y Anyu le contó la historia del reverendo Pui To, un maestro zen que, según se decía, residía en un pabellón cerca de la pagoda, y, por supuesto, las historias del Diamante de la Vida.

Después de abandonar el monasterio, pasaron la tarde en la playa, caminando por la costa larga e interminable.

Matthew buscó cangrejos herradura y, como siempre, la sorprendió con sus conocimientos sobre esas criaturas.

Los cangrejos herradura eran primos de las arañas y los escorpiones, dijo, y parecían feroces, con esa larga cola en forma de espada y el cuerpo cubierto por un caparazón duro con espinas afiladas y crestas puntiagudas, pero, a diferencia de los escorpiones venenosos y las arañas depredadoras, los cangrejos herradura eran inofensivos, tenían una rara sangre azul y a menudo estaban indefensos cuando los atacaban.